1. El viaje del alma

1. El viaje del alma

Toda alma realiza un viaje sin distancia desde el corazón de Dios hacia el conocimiento de Cristo. Si bien ambos son una unidad, la cual reside en la esencia divina, este viaje – por decirlo de algún modo – es necesario para que exista la individuación del ser. Como alma, has estado moviéndote desde un punto hacia el otro. Ciertamente las expresiones “un punto” o “movimiento” no deben ser entendidas literalmente, ya que la realidad no tiene partes o lugares a donde se pueda ir, ya que es infinitamente una. En ella no puede haber espacios que recorrer. Sin embargo, sí que se lleva a cabo un movimiento de realización de la consciencia del ser.


El creado emerge de la fuente de la vida, y es impulsado a conocerse a sí mismo como lo que es, es decir como expresión del amor perfecto. Conocimiento este, que solo puede alcanzarse en la verdad, pues ella es su esencia, realidad y morada. Solo cuando este se alcanza, puede decirse que se ha alcanzado la plenitud, puesto que el conocimiento y lo que el creado es, son uno y lo mismo. De Dios procede, en el Espíritu de amor existe, y hacia Cristo se dirige, el ser creado por puro amor santo.


Lo que acontece en el alma, acontece en la consciencia universal a la que está indisolublemente unida, y viceversa. De tal modo que la trayectoria que cada una recorre, es la misma que aquella que transita la humanidad como un todo. Brotas de mi divino corazón. Se te revelael don de la libertad de elegir deliberadamente al amor. Recorres el camino que te lleva al conocimiento de quién eres en verdad, para hacer la opción por el amor. Y luego, te fundes en el sagrado corazón, el cual es la unidad de mi divino ser y la verdadera creación. Dicho llanamente, del amor procedes, en el amor te conoces, y al amor retornas, en el perfecto conocimiento de tu eterna unicidad. Lo mismo sucede con aquello que llamaremos consciencia colectiva. Toda alma pertenece a un colectivo. Por esa razón es que podemos hablar de familia humana. La suma infinita de todos los colectivos, o grupos de creaciones, por decirlo de alguna manera, conforma la filiación.


Cuando decidiste conocerte a ti mismo fuera de la fuente del saber hermoso, es decir de la verdad, te uniste a un tipo de conocimiento que no era tal. Esta decisión no era irrevocable. Esto se debe a que en realidad esa fue la elección de no conocerte. Lo hiciste basándote en la idea de que no era necesario unirte al conocimiento de la verdad acerca de lo que eres. Esto te costó la consciencia del cielo de tu ser. Para que ello sea posible, tuvo que existir de antemano una consciencia colectiva a la que puedas unirte, la cual estuviera fundamentada en la negación del conocimiento, y por ello del ser. Sin embargo, esa opción estaba destinada a no perdurar, ya que lleva dentro de sí las cimientes de la disolución.


La negación del ser implica necesariamente dejar de existir. Dado que eso es imposible, pues la eternidad es tu fuente y realidad, lo que sucedería al hacer esa opción es que crearías un estado de conflicto. Un reino de caos donde no se puede morar en paz. Pero en él habría una puerta de salida, que no es otra cosa que la misma por la que ingresaste. Es decir, tu libre determinación. Cómo llegarías al punto en que ejercerías tu libre albedrío para hacer la opción fundamental de vivir en la verdad, es de lo que se trata la experiencia que llamas del mundo. O si prefieres, para ser más específicos, una dimensión de tiempo, materia y espacio aparentemente separada de Dios.


Naturalmente, una realidad desunida de la fuente de la creación, es decir del amor, es algo imposible. Para eso, la mente hizo un uso inexacto de sus facultades, es decir de lo que es. En vez de co-crear en Cristo, fabricó lo que llamas fantasías. Es esta una capacidad del alma que nada tiene que ver con la creación original. Dios no alberga fantasías acerca de nada. Tu ser tampoco. De un sistema de pensamiento basado en cosas imaginarias, solo surgiría un mundo de imágenes. Y así sucedió. No en la creación divina, sino en tu experiencia particular, dentro de un colectivo que estaba en armonía con ello.

Recuerda que siempre pertenecerás a una consciencia universal, independientemente de cómo la concibas. Puedes permanecer unida a la consciencia de la Luz o a la inconsciencia del ser. En ambos casos pertenecerás a un “colectivo” a lo que te adhieres. Nada en la creación puede existir sin estar unido algo mayor a si mismo. La parte no puede prescindir del todo, pues para ser “parte” debe serlo de algo. Ese algo es la totalidad a la que esta se une. En otras palabras, la identidad es siempre una cuestión compartida. Ninguna criatura puede ser fuente de su propia identidad.Solo Cristo es la fuente de la verdadera identidad, porque solo Dios es la fuente del significado.


Quizá te preguntes, para qué hablamos del pasado, en una obra que revela lo nuevo. Lo hacemos para que puedas comprender con mayor claridad a dónde estás. Has llegado al punto en el que – como alma individuada y humanidad – retornaste al conocimiento de quién eres en verdad. Con ello, has alcanzado el estado de unidad del ser. Ya no eres un ser sin razón, o que niegas la verdad. Eres el amor reintegrado. Por lo tanto, todo es nuevo. No en razón de lo que el intelecto pueda comprender o imaginar. Sino en razón de lo que la consciencia de la verdad que eres va co-creando en unidad con la consciencia suprema. Se ha restablecido la conexión consciente entre tu humanidad y Dios. Es la primera vez que eso sucede en el viaje de tu alma. Permíteme explicarte esto.


En el plano del ser, nunca estuviste separado de la fuente del amor hermoso, porque si eso hubiera sucedido dejarías de existir. Sin embargo, cuando fuiste creado se te dotó de libre albedrío. Esto forma parte de lo que eres. Ser libre es la voluntad de Dios para sus creaciones. De lo contrario, Él mismo no podría serlo. De tal modo que, al emerger del divino corazón, el alma lleva dentro de si una pregunta, como si se tratara de una semilla plantada dentro de lo que eres. Tal pregunta existe en todo ser viviente, no solo en el alma humana.


Para ser más precisos, la pregunta fundamental de la cual estamos hablando aquí, no existía como pregunta propiamente dicho en el estado primigenio. Esto se debe a que la mente no había aún concebido el lenguaje de la separación, el cual utiliza palabras que nunca pueden ser entendidas por todos, ni todo, pues esa es su finalidad. La pregunta fundamental en realidad es un llamamiento. Una llamada de Dios a su criatura. Es la voz del amor llamando al alma a hacer la opción por el amor. Toda creación lleva dentro de sí esa llamada.


Dado que el estado mental que surgió en el alma como efecto del estado de separación, interpreta todo en base al lenguaje de las palabras que la mente elabora, lo que sucedió es que la llamada se transformó en pregunta. Pero aún así, sigue siendo un llamamiento. Una invitación amorosa que vive en todos los corazones. Es la pregunta que llevaste dentro de tu alma, la cual no te dejaba en paz y preguntaba qué soy. Detrás de ella está la invitación a elegir solo el amor como tu única realidad y con ello a la verdad como lo que eres. En última instancia, es la voz de Cristo que una y otra vez te dice; ¿me das tu alma? Esta petición que el amor le hace al amor es universal, y encierra dentro de sí la gracia del libre albedrío, lo cual es esencial a lo que eres.


El amor y la libertad no pueden ir separados porque son lo mismo. Esa es la razón por la que no existe ser en la creación que no desee ser libre, y por la que el cautiverio nunca será de tu agrado. La libertad es el estado natural del ser. En pocas palabras, si carecieras de libre albedrío, no podrías amar, ni vivir en el amor. Eso haría que dejaras de ser. Dado que el amor es quien te ha creado como extensión de lo que es, estás llamado a ejercer tu libertad en razón del amor.


Todos han venido al mundo del tiempo, la forma y el espacio, para ejercer su libre albedrío en unión con la verdad. De eso se trata el viaje del alma. De un camino que se recorre, desde el no ejercicio de su libertad, hacia la plenitud de su ser. Nadie puede alcanzar un estado de plena realización si no ejerce su libertad conscientemente. Dios conoce esto con perfecto conocimiento. Él es tan libre como lo eres tú y todas sus creaciones.


Lo que se te está recordando, amada de mi divinidad, es que nadie está obligado a amar. Esto es algo que puedes comprobar de modo sencillo en tu experiencia humana. No puedes obligar a alguien a que te ame, del mismo modo en que nadie te puede forzar a amar algo o a alguien. Tampoco a dejar de amarlo. En pocas palabras, el amor no se puede imponer. Tampoco se puede aprender. Eso es lo que hace que las creencias sean impotentes ante su realidad. Y también los sistemas de pensamiento. Nada puede imponerse al amor. En ello reside su soberanía, su fortaleza y su inquebrantable paz.


El tiempo se te ha dado para que dispongas de él para ejercer tu libre albedrío. Es decir, para responder a la pregunta que el Creador ha impreso en todos los corazones, llamándolos a aceptar al amor perfecto como su única realidad, y su ser. Y de ese modo, pasar a gozar de las maravillas que el amor creó, y eternamente crea enunión con la verdad. Igualmente, el espacio se te ha concedido para que exista un espacio de libertad, donde puedas ejercer la opción fundamental. Lo mismo acontece con el cuerpo físico, la personalidad y todo loq ue existe en el universo material. Todo está ahí para contribuir a tu perfecta realización, la cual alcanzas al vivir en la libertad de los hijos de Dios.


¿Puedes darte cuenta, de que la única diferencia que existe entre unos y otros, es simplemente que hay quienes ya han optado, y quienes aún postergan esa opción; dentro del marco de su libre albedrío, el cual siempre será respetado por Dios? Este criterio de discernimiento es esencial a esta revelación. Ya no vemos a algunos como buenos o malos, sabios o ignorantes, acertados o equivocados. Miramos todo desde la perspectiva de la verdad. Reconocemos que la diferencia radica únicamente en el hecho de ejercer o no el libre albedrío. Quienes aún no lo han hecho, lo harán a su debido tiempo. Los que ya han respondido a la llamada de lo alto, continúan su existencia recorriendo el eterno camino del amor santo. Lo hacen de la mano de Cristo, a quien han aceptado libremente como la verdad, laúnica realidad de lo que son, y la fuente de su ser.


Quizá te preguntes ¿para qué siguen estando en el mundo, durante un tiempo, quienes conscientemente han hecho la opción por el amor, y anhelan vivir en la unidad divina de todo corazón? Escucha amada mía. ¿Qué otra razón puede haber para ello, sino la de extender amor? Ellas son amor. Almas que han alcanzado en la tierra la unidad del ser. En razón de ello, saben que hay hermanas y hermanos que aún siguen durmiendo el sueño del olvido. Un estado de no elección, procedente de la existencia de un conflicto interior que lleva a la mente a no decidirse.


Lo saben porque ellas mismas lo han experimentado. Sus memorias han sido sanadas por el amor. Por su libre elección, no dejarán el mundo hasta que no hayan completado su parte en la obra del despertar universal al amor, la cual es una empresa de colaboración, como todo en la creación. Dicho de otro modo, hasta no dar lo que ellas están llamadas a dar, para que el mundo terrenal despierte a la verdad. Al estar unidas conscientemente a Cristo, lo hacen en perfecta armonía con la voluntad de Dios, con la que son una unidadeterna. Extienden la luz divina de su ser, a pesar de las vicisitudes que pudieran llegar a haber en los caminos del mundo. Esto se debe a que conocen la verdad. No se amedrentan por nada. Saben que no existe tal cosa como el cielo allá y la tierra acá. Conocen la unidad. Se gozan extendiendo el amor que son, ahora y siempre.


Vayan donde vayan, las almas que han ejercido su verdadera libertad, permanecen unidas al amor. Descansan en paz en sus brazos, estén donde estén, y experimenten lo que experimenten. Sus vidas ya no les pertenecen, pues se las han entregado a Cristo, fuente de toda verdad y santidad; para que se realice en ellas, y a través de ellas, lo único que puede ser realizado; la eterna extensión de Dios. Al saberse eternamente amadas; por un amor que no tiene principio ni fin, y en cuya realidad se encuentra la plenitud del ser, gozan eternamente de la alegría de la perfecta realización.

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