• Sebastián Blaksley

Capítulo 2.31 - Cristo es realidad

Amados míos en el amor de Cristo,


Hoy os invito a poner en dudas las interpretaciones que os presenta la mente pensante. Ninguna de ellas es cierta. La verdad no es algo que pueda ser interpretado, sino que es revelada al alma cada vez que esta se despoja de sus propias creencias, y modos de ver las cosas, para permitir que la sabiduría del amor le muestre la realidad.


La verdad es Cristo. Su divino ser se reveló en las consciencias a lo largo de los siglos, y se hizo uno con vuestra humanidad, para que todo lo que sois esté embebido en la luz de la verdad eterna. Alegraos de saber que vuestras interpretaciones, simplemente no son verdad. Son el fruto de un camino de aprendizaje de la mente humana. La cual ha ido adquiriendo contenidos, y los ha elaborado a lo largo de milenios y milenios, para intentar comprender la realidad a su modo. Nada de ello puede llevaros a la certeza que procede de la verdad, porque tal como se ha dicho esta no puede ser aprendida.


Despojaos ahora mismo de vuestros viejos modos de pensar. No renunciando al pensamiento, o atacando la mente. No. Ese camino no os llevará a nada que os brinde paz. Por lo tanto, no puede ser el camino señalado por el amor. La manera más directa de desapegarse de las propias interpretaciones, es siendo humildes de corazón. Recordad que humildad es andar en verdad. ¿Qué se quiere decir con esto? Que desarrolléis el hábito de ser observadores imparciales de vuestros pensamientos, emociones, y todo lo que acontece en vuestro interior. Y os digáis a menudo.


Esto que piensa mi mente, no tiene ningún significado. Las interpretaciones que me trae, simplemente no son verdad. Estoy equivocado con respecto a todo, y me alegro por ello. Esperaré a que la verdad me sea revelada, en toda su gloria y benevolencia.

Os aseguro que cuando haga acto de presencia en vosotros, saltaréis de alegría. Cantaréis un canto nuevo de alabanza y gratitud, al amor de los amores. Sentiréis el gozo de la certeza de la verdad. Y por ello, la paz volverá a reinar en vuestros corazones puros.


Una vez que hayáis reconocido la falta de significado de las interpretaciones de la mente pensante, reposad en la serenidad de vuestro ser. Dejad que Cristo haga por vosotros, cualquier cosa que disponga hacer o dejar de hacer. Poned todo en sus manos. Esto es verdadera humildad. No le digáis qué cosas debe realizar, o cómo debe proceder. Simplemente, entregadle vuestros pensamientos a Él, y veréis cómo son transmutados en luz de consciencia. Sed pacientes con vosotros mismos, y con la revelación.


Os aseguro que a su debido tiempo, las cosas se presentarán ante vuestros ojos espirituales, de un modo tan claro y prístino, que no tendréis ni la más mínima duda. A estas alturas, es bastante probable que ya os hayáis dado cuenta de que, en las interpretaciones acerca de los acontecimientos, conductas, o incluso de lo que creéis ser, o de lo que son los demás, nunca hay certeza perfecta. Esta es la razón por la que en ellas no se puede hallar paz. Esto ya os debería decir algo. Aquello que no brinda paz al alma, alegría sincera al corazón, y certeza a la mente, no procede de la verdad de lo que sois. Es decir, no procede de Cristo. Por lo tanto, es irreal.


Os recuerdo todas estas cosas, no para que penséis que existe algo en vosotros que no es digno de ser amado, o que funciona mal. Lo traemos juntos a este diálogo, porque es importante recordar que la función de lo que llamáis intelecto, no es ser señor, sino servidor. Todo lo creado tiene esa función. Incluyéndome a mí, como ser angélico, y a vosotros como seres creado con una naturaleza humana.


Uno de los temores que suele presentarse, cuando decidís tomar distancia de los pensamientos e interpretaciones de la mente pensante, es el de creer que quedaréis sin un anclaje con la realidad. Dice la mente para sus adentros, al llegar a este punto: “¿Si mis interpretaciones son todas falsas, cómo podré comprender la realidad?” No os preocupéis por ello, pues la realidad es Cristo, y os será revelada con tanto amor y claridad que no tendréis necesidad de razonar nada. Simplemente, conoceréis. En efecto, cuando soltáis el apego a vuestras interpretaciones, como medio para entender cómo son las cosas, estáis abriendo las puertas del retorno a la verdadera realidad. Es decir, a la cordura. Por ello es que os digo con todo el amor de mi corazón:


Abandonad el mundo de las interpretaciones, y morad en el reino de la verdad.

Os bendigo en el amor de Dios.


Gracias por responder a mi llamada.

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