2. El movimiento de la consciencia

2. El movimiento de la consciencia

Así como el alma realiza un viaje sin distancia desde el estado de ser creada, en la pura potencialidad del ser, hacia la toma de consciencia de su identidad, es decir hacia el conocimiento pleno de lo que es, de la misma manera sucede con la consciencia universal. Esto quiere decir que tanto el alma particular como la consciencia colectiva a la que esta se une, realizan un movimiento acompasado. Son parte de una misma realidad. Son unidad.


No es posible comprender el camino del alma, sin conocer el de la consciencia universal a la que pertenece. Ni viceversa. Ambas son parte de una totalidad que no puede separarse, si es que se desea entender las cosas a la luz de la verdad. Para responder a la pregunta de qué es la humanidad, hacia dónde está yendo, o dónde está, solo necesitas saber lo que acontece en tu realidad. En pocas palabras, no hay diferencia entre el viaje de la creación y el tuyo. El creado siempre realiza la misma jornada, la cual puede definirse como un camino hacia el conocimiento de lo que es. Este conocer no significa solamente saber, sino pura aceptación. Esta es la razón por la que, aceptar plenamente lo que es trae paz a la consciencia.


La aceptación y el conocimiento van de la mano. Esto se debe a que, no aceptar lo que es tal como es, significa que crees que puede ser algo distinto a lo que en verdad – y no en fantasías – es. ¿Cómo podrías desear que las cosas sean diferentes de lo que son, si no albergaras de antemano la creencia de que algo así es posible? Digámoslo de otro modo. No aceptar la realidad de las cosas tal como son, es señal de que crees que puede haber otra fuente del saber, diferente de la realidad. ¿No es esto acaso una negación de la realidad misma? ¿Con qué otro motivo se la negaría, sino para sustituirla por algo diferente?


Alma bien amada. La realidad es la única fuente del saber hermoso, porque es la eterna extensión de Dios, fuente y propósito del conocimiento. A ella solo puede accederse cuando la mente y el corazón unidos en la verdad, están en paz. La serenidad de espíritu es necesaria para permitir que la benevolencia de la verdad se haga presente. La razón por la que esto es así, se debe a que el amor solo hace acto de presencia allí donde mora la paz. Y dado que la verdad es la voz y el poder del amor, solo cuando este ingresa en la mente y el corazón humanos, la humanidad puede recibir la revelación.


Aquellos primeros hermanos y hermanas que antaño caminaban por la tierra, aún siendo de naturaleza humana, no habían alcanzado el grado de consciencia que les permitiría concebir la idea de Dios, ni del amor. No siempre la humanidad expresó su anhelo de unión a lo trascendente, o su impulso a la búsqueda de la verdad. Esto debiera decirte algo. Eso se debe a que es la consciencia la que dicta el modo de ser de la criatura. Es decir, su expresión. Podemos decir que los primeros hijos de Dios que pisaron la tierra, llevaban dentro de sí, una semilla bendita, la cual ahora es una hermosa flor desplegada en tu humanidad. Del mismo modo, tú llevas dentro de tu corazón, una semilla divina, la que se manifestará como una nueva flor de santidad que embellecerá la creación. Así es como el universo avanza hacia la plena consciencia del amor que es.


Para entender con mayor claridad lo que se está recordando en este diálogo, es importante que mires a lo creado como expresión de la consciencia y no al revés. Si bien ambas son una unidad, te resultará más sencillo ver a una como manifestación de la otra, al menos por ahora. Con esta idea en mente, puedes ver cómo la vida humana es expresión del tipo de consciencia universal a la que está unida en el presente. Y esta, a su vez se encuentra en un determinado grado de unión con la verdad. En realidad, el camino terrenal que recorres, al igual que tus hermanas y hermanos en Cristo, no es otra cosa que una senda de regreso a la casa del Padre.


Cuando hablamos de humanidad, nos referimos a la expresión presente de tu naturaleza en el plano del tiempo y el espacio. Hacemos esta aclaración para que no se confunda la manifestación temporal en la realidad física, con la manifestación eterna de tu ser. Lo que eres no deja de ser lo que es cuando has cumplido tu propósito en el plano de la expresión material. Existe la humanidad celestial, es decir la vida de lo que eres en la plena realización divina. En ella, permaneces unida a todas las realidades manifestadas y por manifestar, las cuales están siempre en armonía con el ser de puro amor que les da existencia. Dicho de otro modo, vives plenamente consciente en la realidad divina.


La consciencia, que es lo que eres en verdad, se va manifestando para conocerse. Tu humanidad física – o experiencia terrenal- es un medio para conocerte. Y de ese modo responder a la llamada del amor. Sin dudas es un medio indirecto, puesto que el conocimiento halla su fuente en Dios. Pero aún así, no deja de ser el medio elegido para tu plena realización hacia la toma de consciencia de lo que eres. Como tal, es un medio perfecto ya que su fin es la perfección. No existe nada en tu humanidad que no deba ser abrazado en el amor, porque toda ella te permite llegar a donde verdaderamente anhelas estar. Es decir, a vivir la vida de Dios conscientemente en la unidad del ser.


El conocimiento que aquí se revela, por medio de la expresión en la palabra humana, no estaba disponible antes de este tiempo. Si bien este existía como pura potencialidad en el alma, eso no significa que se hubiera manifestado. Lo no manifestado no es conocido. Así como la humanidad no siempre fue consciente de la existencia del Ser supremo, tampoco lo fue siempre de la verdad de que ese Ser fuera amor y nada más que amor. Una vez que alcanzó el grado de consciencia capaz de hacer de esta verdad una realidad para ella, pudo dar el paso siguiente. Ese paso es el que se está dando en el presente de la historia de la creación. El paso que lleva a la plena aceptación de que no solamente el Creador es amor, sino que también lo es el creado, al ser una unidad eternamente santa.


Quizá pienses que esto no es de gran relevancia. Pero déjame decirte que sí lo es. En efecto, es un salto cuántico en la consciencia universal. Tan transformador como lo fue la expansión de consciencia que llevó al mundo a crear religiones, y todo tipo de concepciones espirituales y filosóficas. De ello surgió el mundo que experimentas. No hay un solo sistema de gobierno, organización humana, o de desarrollo en las ciencias, que no sea el que es como efecto de la consciencia universal que le da origen. Esta es la razón por la que, en un pasado inmemorial era imposible que las expresiones que hoy existen en el mundo pudieran existir. Todo tiene su tiempo en el reino del tiempo, incluso para la consciencia.


Una cosa es tener una cosmovisión en la que te concibes como un cuerpo, abandonado a la deriva en un mundo temible y peligroso; y otra muy diferente es la de saberte la hija bien amada de un Dios que es amor infinito y poder sin límites. Y cuya única voluntad es que seas eternamente feliz en Él, para lo cual te ha hecho heredero de su honor y su gloria. De una, surgirá un mundo de luchas, competencias y supervivencia. En fin, un mundo sin piedad. De otra, uno en el que se alabará a Dios en la eterna realidad del amor. No como efecto de una creencia, sino como expresión viva de lo que dicta el corazón unido a la mente en santidad.


Ha llegado el tiempo en que la expresión de la creación refleje a viva luz la verdad. Es un tiempo sin igual. No lo ha habido hasta ahora, desde que el espíritu de Dios sopló sobre la tierra yerma. y llamó a las criaturas a la existencia. ¿Crees acaso que los que te antecedieron siempre conocieron el amor? No. No lo hicieron, sino hasta que la consciencia estuvo lista para poder manifestar ese conocimiento. Dado que la manifestación y su fuente son una unidad, el amor solo hizo acto de presencia en la consciencia universal cuando esta estuvo lista para aceptarlo como parte de lo que es. Toda expresión tiene su origen en el ser que le da existencia.


Era natural esperar que, una vez que la consciencia universal fuera capaz de aceptar al amor como parte de lo que es, surgiera el conflicto. Recuerda que llamamos como tal, a la consciencia del universo material y no a la consciencia infinita de Dios. Al optar por comenzar a expresar el amor que es, la consciencia se preguntó ¿Qué significaría aquello que había manifestado, también como parte de lo que es, siendo ello lo opuesto al amor? ¿Cómo sería posible ser dos cosas antagónicas a la vez? Así es como entró el conflicto al mundo. De ese estado del alma, no podía surgir otra cosa que un reino de enemistades y rivalidades de todo tipo. La conflictividad creciente del mundo daba testimonio de ello. No podía ser de otra manera. En última instancia, esas expresiones permitían que la consciencia universal viera el estado de conflicto en el que estaba. Se conocía a sí misma en lo que era en su presente. Los contrastes estaban allí, a la vista de sus ojos, para que pueda conocerse a sí misma por medio de la expresión. El amor la seguía llamado y ya no podía – ni deseaba - desoír su voz.


Que la consciencia pueda verse a sí misma, quizá te resulte algo evidente y no tan trascendental. Sin embargo, permíteme recordarte que no siempre fue así para la consciencia del creado. Antes del momento de toma de consciencia, la creación material era en todo inconsciente de sí misma. Esto incluye también a la humanidad. Pasar del estado de inconsciencia del ser, hacia el de ser consciente de sí mismo ha sido un salto de proporciones inconmensurables. Solo cuando tu alma optó por ser consciente, y con ello abandonar el estado de inconsciencia, es cuando pudo saltar a la luz, y dejarse abrazar por el amor que es.


La pregunta de qué soy, no siempre estuvo visible en la consciencia del creado. La negación del ser hacía que ni siquiera sea formulada conscientemente. Así fue como permaneció enterrada en la oscuras bóvedas de la negación durante el tiempo en que se negó la verdad. Dicho de otro modo, mientras se eludía la llamada del amor a permanecer unida a él por siempre. La inconsciencia no es un estado propiamente dicho, aunque se asemeja bastante. En realidad es un estado consciente en el que el alma hace oídos sordos a la llamada de Dios. Al darle la espalda a la luz de la vida, que es el sol perpetuo sobre el que se fundamenta la existencia, el alma no podía ver otra cosa que una sombra proyectada de sí misma. Al creer ser eso, externalizó oscuridad.


Llegó un momento en que giraste tu mirada hacia la verdad. Su luminiscencia primero te encegueció, por causa de estar tanto tiempo sin contemplarla. Hasta que tu visión espiritual fue restaurada y comenzaste a ver con los ojos de Cristo, única fuente de verdadera visión. Cuando duermes, tienes los ojos cerrados. Cuando despiertas los mantienes abiertos. Algo similar es lo que ocurre en el camino de la consciencia Universal. Pasa de un estado de sueño del olvido hacia uno del despertar al amor. Esto lo sabes bien, pero en lo que pocas veces reflexionas es que la naturaleza humana es un todo, unida al Todo de todo. Esto no es un juego de palabras. Es la pura verdad.


Al unísono, la naturaleza humana cayó en un largo sueño, y al unísono despierta. Es cierto que en la simbología del génesis nunca se ha dicho que Adán haya despertado de su sueño. Sin embargo, ese despertar existe y es ahora. El tiempo transcurrido desde el instante en que la consciencia se sumergió en el sueño de Adán, y el inicio del despertar; fue el que antecedió a la primera venida de Cristo. Allí terminó el tiempo de soñar en el exilio, y comenzó un espacio temporal en el que la creación universal comenzó a despertar. En cierta medida, puedes considerar a la encarnación de Cristo en la humanidad, como el repicar de las campanas del Señor, las cuales resonaron en todos los corazones, llamándolos a despertar a la realidad del amor perfecto. En otras palabras, el amor llamó al alma de un nuevo modo, aunque con el mismo mensaje y para el mismo fin: vivir eternamente en en la dicha del amor de Dios. Nunca hubo otra llamada. Ni otra respuesta que estuviese esperando el amor.


Permíteme recordarte lo que aquí decimos, dada la importancia que tiene para esta revelación. La vida terrenal no es otra cosa que un tiempo dado al alma, para que responda a la pregunta que Cristo hace a cada ser desde el instante mismo de su creación. El tiempo que cada una de ellas se tome para responder es asunto de la libertad. Pero finalmente todos responderán.


Te invito a considerar el tiempo del sueño del olvido, no como un tiempo en que se ha negado propiamente al ser, o al conocimiento, es decir a Dios, tal como hasta ahora lo has concebido. Más bien has de verlo como un tiempo en el que el alma todavía duda antes de decidirse. Por esa razón es que el amor, en su infinita benevolencia, ha creado el universo perfecto donde se le diera al alma el tiempo que necesite para decidir, en virtud de su libre albedrío. Ese pedido de tiempo del alma, es lo que creó – en unidad con Dios – el tiempo en sí, y con ello el mundo que conoces con todas sus leyes. Esa también es la razón por la que, en el reino del tiempo viven el amor y la verdad, en toda su hermosura y santidad.


Hija de mi divino corazón. Alma bien amada. Nunca has despreciado a Dios, ni lo has negado. Simplemente has pedido tiempo para decidir en el ejercicio santo de tu libertad. Tu pedido halló el beneplácito del amor. En razón de ello, creó para ti un reino donde eso fuera posible, en unidad con tu libre albedrío y su divina voluntad. No como castigo, sino para que juntos – permaneciendo abrazados en la luz de la unidad – se te revele la verdad de lo que ese llamamiento significa. Y finalmente, te decidieras a aceptar al amor, como tu única realidad, tu fuente y tu gozo sin fin, y a la verdad como tu morada santa. Siempre unidos. Siempre amándose. Siempre en el cielo del amor que no tiene principio ni fin.

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