Capítulo 37- Resurrección y vida

I. Nueva humanidad

Hijito mío. En estos tiempos de grandes confusiones te invito a sumergirte cada día más profundamente en los abismos de mi divino corazón. En él encontrarás siempre la sabiduría del cielo, la cual ha de ser la única fuente de tu saber y obrar. Has de recordar que, quien viene a mí y permanece en mi divino amor, ya vive en la luz. Dejó de ser un hijo de la carne nacido de lo perecedero para pasar a ser hijo de la eternidad, nacido del espíritu. Quizá esta distinción sea algo difícil de aceptar para la mente intelectual que aún no ha hecho de la sabiduría de Cristo, la cual mora en todas las almas, su única fuente de conocimiento. Pero es perfectamente entendible para quienes han creado en su alma un espacio de aceptación para el misterio. Ellos saben que no todo puede ser explicado por la mente pensante. Han aprendido a apelar a la sabiduría del amor, cuya voz escuchan y siguen con alegría. Por eso es que sus corazones cantan, vibran y se sosiegan al oír la verdad que se revela en estos diálogos de pureza y santidad.


En vuestros corazones existe un saber que no es del mundo. Cuando apeláis a él, encontráis las respuestas que proceden de la fuente del amor hermoso. Cuando os digo corazón, no me refiero a un aspecto sensible de vuestra alma, sin conexión con el aspecto racional de vuestra naturaleza humana. El corazón es el centro de vuestro ser. Por ende, es la unión de mente y corazón en la plenitud del ser que sois en verdad. No existe tal cosa como la separación entre la mente y el corazón. Esto lo sabéis muy bien, pues nadie es capaz de pensar algo que no tenga algún impacto en el corazón y viceversa. Ambos aspectos de vuestras almas, el racional y el sensible, son el alma en sí, siempre unida al espíritu que os da vida, el hálito que os da existencia.


Como seres humanos que sois, habéis sido dotados de todo lo que Dios ha dispuesto que debéis tener como criaturas humanas, nacidas de Él, para y en su Gloria. Y como tal, sois una unidad mente-alma-cuerpo. Eliminar una de esas dimensiones; o considerarla inapropiada a vuestra existencia, o de una cualidad menor que la otra, es desintegrar. Es decir, es anular la unidad que sois. Y con ello, vuestra humanidad. Vuestro cuerpo es tan sagrado como lo es vuestra alma y vuestro espíritu. Todo en vosotros es sagrado en razón de su origen.


El mundo se ha relacionado conflictivamente en lo que se refiere al cuerpo y el espíritu. Esto no es otra cosa que la exteriorización de un conflicto interior. En muchos casos, se ha relacionado con ambos aspectos como si se tratara de realidades opuestas e irreconciliables. Quienes piensan de ese modo no pueden evitar exaltar un aspecto en detrimento del otro. Así es como han aparecido los sistemas de pensamiento que hicieron del cuerpo un ídolo, el cual anula en gran medida al espíritu, y los que pretendieron hacer del espíritu humano vuestra única realidad, anulando el cuerpo físico.


Pero hijitos míos. Si el cuerpo no fuera parte integral de la unidad que sois en verdad, ¿con qué propósito yo me habría hecho hombre? ¿Acaso la encarnación de Dios en la materia, es decir en un cuerpo humano, tendría sentido si fuera una unión divina que finalizara en la desintegración del cuerpo físico? ¿Con qué fin lo eterno se uniría a lo finito, si esto último fuera simplemente algo así como un suspiro de realidad ilusoria en la infinita existencia de lo eterno?


He dicho que Dios no hace nada en vano. Y es verdad. Las vanidades pertenecen al ámbito de las opciones alejadas de la sabiduría del cielo, que es la fuente de la creación. Por lo tanto, no forman parte de Mí. La unión hipostática entre la divinidad de mi ser y la corporalidad de la naturaleza humana es una unión eterna y celestial. Recuerda que nadie puede separar lo que Dios ha unido. Por lo tanto, nadie puede separar la realidad del cuerpo de la realidad del alma y el espíritu, y permanecer en la verdad.

II. Vida eterna

Si os sumergís en las profundidades de vuestros corazones, podréis reconocer que amáis vuestro cuerpo y que no queréis que deje de existir. Os identificáis con él tanto como con vuestra alma. Esto se debe a que en el fondo sabéis que el cuerpo forma parte constitutiva de lo que sois. No solo el vuestro, sino el de todos.


Hijos míos. No existe nada en vosotros que no sea parte de vuestra realidad como seres humanos. Tanto el alma -dotada de un corazón, una mente, una memoria, una voluntad, una imaginación y una consciencia capaz de conocerse a sí misma, a los demás y a Dios- así como el cuerpo con todos sus componentes, y el espíritu que anima vuestras vidas, han sido creados por el amor, y por lo tanto, son eternos. Puede que aquello que forma parte de vuestra realidad no sea puesto al servicio del amor, o se distorsione en su propósito. Pero eso no hace que lo que Dios creó como una unidad pueda desintegrarse. La toma de conciencia de la perfecta integridad de vuestro ser como humanos que sois, es de lo que trata el retorno al amor, o regreso al estado virginal.


Os entrego esta revelación, llena de amor y sabiduría, para haceros más conscientes de que el mundo necesita apelar al verdadero conocimiento que procede del cielo, y en razón de ello, lo que entiende como cuerpo y espíritu sea devuelto a la verdad. El mundo necesita de un nuevo planteamiento, en cuanto a su relación con el cuerpo físico y su unión indivisa con el espíritu del que recibe vida. Ese nuevo entendimiento, procedente del Espíritu Santo, es lo que habéis estado pidiendo. Y por ello os es dado.


Puede que hasta ahora hayáis concebido al cuerpo como vuestro centro, sin dar mucho espacio al espíritu. O lo contrario -puede que hayáis pensado que un buen cuidado del cuerpo era una manera de amaros. O que el cuerpo no requiere atención alguna, y por ello le hayáis negado cuidados, bajo el entendimiento de que, si lo hicierais le restaríais atención al espíritu. En ambos casos - y todos habéis caminado por uno de ellos, o lo seguís haciendo – la unidad está anulada de la consciencia particular.


Ser espiritual parecería para algunos que es una cuestión de no ser muy físicos. O lo contrario. Y sin embargo, el cuerpo es parte del aspecto de la expresión del espíritu como seres humanos. De hecho, sin ambos no seríais humanos. Seríais otra cosa, lo cual no es lo que Dios ha concebido como vuestra realidad humana. El cuerpo y el espíritu son uno y lo mismo. No se pueden disociar. Intentar hacerlo es como pretender separar las moléculas que conforman el agua del océano en el que esa agua existe, se mueve y es.


Vuestros cuerpos no perecen. Son transfigurados por la gloria de la eternidad. Esta expresión no es una metáfora, es la manera más simple y directa de expresar la verdad acerca de vuestro cuerpo físico y su realidad dentro del continuo de eternidad, como parte integral de la unidad mente-cuerpo-alma que sois. Si esto no fuera así, deberíais aceptar que mi humanidad como Jesucristo no es completa ya que no tendría un cuerpo. Y sin embargo soy el Hombre-Dios. El resucitado. Tengo un cuerpo humano y un espíritu divino, tal como tú. Y como todo ser corporal-espiritual.


Fijaos que he dicho “como todo ser corporal-espiritual”. Lo hago para que recordéis que existen cosas materiales que no tienen espíritu. Tal como es el caso de una estatua, cuya forma humana no implica que sea una manifestación de la unidad espiritual y corporal que es propia y única del ser humano creado por el Amor de Dios.


He dado a conocer que soy la resurrección y la vida. Con esto he querido decirte a ti que todo lo que forma parte de Mí, mi cuerpo, mi espíritu y mi alma, es eterno. Está revestido de la santidad perfecta que soy. En esta verdad reside la verdad acerca de ti en Mí. Tu cuerpo forma parte de ti, tanto como tu mente, tu corazón y tu espíritu. En nuestra unión, todo ello es reintegrado a la unidad del ser en la que fuiste creado. De ese modo, permaneces jubilosamente en la integridad que eternamente eres, no en razón de tu modo de ver las cosas sino en razón de la voluntad de Dios para ti que eres su hijo bienamado.


Os bendigo en la unidad del amor.


Gracias por responder a mi llamada.

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