• Sebastián Blaksley

Capítulo 10 - Severidad del amor

Hijos Míos,


Las relaciones humanas pueden ser elevadas hasta la mismísima divinidad.


Vosotros, como seres humanos creados por Dios, tenéis la capacidad de ser transformados. No solo en el cuerpo sino en vuestras consciencias. Esta capacidad propia de vuestra realidad os dice mucho.

Dejáos transformar por el amor. Permitid que el Espíritu de Dios os haga ser lo que Él ha dispuesto que seáis. Podéis ser cambiados. Puede crearse un nuevo mundo. En razón de esta verdad es que no pocas veces es necesaria la santa amonestación.


Hoy quiero invitaros a reflexionar acerca de la severidad del amor.


Cuando el amor os dice que algo no debe hacerse o dejar de hacerse, o cuando os exhorta a cambiar, a veces os enojáis. Esto se debe a un apego al patrón de pensamiento propio del ego. Solo el ego puede sentirse amenazado. Nunca la verdad. Solo el orgullo reacciona. El amor responde.


La razón por la que muchas veces reaccionáis con enojo ante las amonestaciones de Cristo, es porque hacéis una falsa asociación entre lo que es un llamado de atención y un ataque a vuestra dignidad.

En el mundo, las diferencias suelen intentar resolverse con agresiones y violencias de todo tipo. El ego ha hecho eso por siglos. Lo hace con el propósito de anular la diferencia. Cuando alguien viene a mostrarle que está equivocado, que lo que hace, piensa o dice no tiene nada de santo ni bondadoso, se enoja y enciende la ira para matar a lo que considera su adversario.


El ego es un constante mecanismo de fabricación de enemigos. Todos y todo es su adversario, según su falsos criterios de pensamiento. Y naturalmente, como el ego es un sistema de pensamiento basado en el miedo, cualquier cosa que perciba como que pueda socavar su modo de pensar, lo percibirá como un contrincante e intentará matarlo. Aunque para ello debe hacer un juicio falso y clavarlo en una cruz.


El amor solo le habla al amor. No conoce otra realidad que la santidad y la verdad. Por lo tanto, cuando os habla, no está hablándole a esa parte de vuestra mente que no es real porque no fue creada por Dios. Le habla a vuestro verdadero ser. Sinembargo, cuando lo hace, el ego percibe una amenaza. No sabe en qué consiste propiamente dicha, pues es ignorancia, pero percibe que algo puede atacarlo. Y reacciona. Si os hacéis consientes de ese mecanismo en vuestras vidas, observando cómo reacciona vuestro interior ante las palabras, actos u omisiones de los demás, podréis entender con sencilla claridad lo que aquí estamos compartiendo.


Si en vez de dar rienda suelta al impulso de reaccionar del ego, permitís que esa energía interior sea integrada en el silencio de vuestros corazones, haciéndoos conscientes de lo que sentís; la paz de Cristo que mora en vuestro ser la transmutará en más consciencia de la sabiduría. De ese modo, desvaneceréis al ego de vuestras mentes y corazones y sanaréis por completo. Una vez más, el que reacciona es siempre el ego. El amor solo responde.


Reaccionar y responder no son lo mismo. De hecho son lo opuesto. Existe una dimensión en este asunto que deseo compartir para que os hagáis conscientes y os liberéis por completo. Dada la falsa pero muy extendida asociación que el mundo hace entre amonestar y atacar, y la habitual costumbre del ego de usar la ira para eliminar las diferencias, muchas veces no queréis amonestar a quienes sabéis que necesitan ser amonestados, porque no queréis pasar por el esfuerzo de tener que enfrentar la reacción del ego de vuestras hermana o hermano o porque no sabéis como hacerlo con amor.


La amonestación del amor es siempre una corrección fraterna. Nace de la verdad que el corazón no puede callar. Pero está siempre unida al propósito del amor. Ser severo no quiere decir ser iracundo. No estás atacando a tu hermano porque le muestre que el camino que está recorriendo lo llevará a un precipicio seguro, cuando los ojos de tu espíritu ven con claridad que esto es verdad. Se te revela esa visión, para que expreses amor santo exhortando a tu hermano a que no siga dando pasos en esa dirección.


¿Acaso una madre que ama con amor responsable dejaría de amonestar a su hijo pretende pilotear un avión sin tener idea de cómo hacerlo? ¿Dejaría, una madre amorosa, de llevar al médico a su amado niño para que lo curen suministrándole una inyección, a pesar del hecho de que al niño no le guste y por ello grite y patalee lleno de rabia?


El amor es severo, pero es siempre amor. Existen muchas cosas en los corazones humanos que deben ser corregidas, enderezadas y sanadas. Hábitos poco saludables. Creencias falsas. Ideas limitantes. Miedos. Recuerdos dolorosos. Ignorancias e incapacidades. Tendencias que no ayudan a la felicidad. Y muchas otras cosas. Todas las cueles pueden ser trasmutadas por el amor. Es importante que sepáis que todas esas cosas no son otra cosa que energía vital separada del ser. Reunirlas nuevamente al amor que sois es el significado de la expiación. Y con ello alcanzáis la plenitud del amor.


No pocas veces, el amor os envía como gotitas de agua que son lanzadas al aceite hirviendo. No rechacéis ese don. Iluminar al mundo significa que se descorran los velos de la ignorancia para que, viendo puedan ser libres. Vosotros sois enviados a vuestras hermanas y hermanos para que la luz de Cristo que mora en vosotros sea vista.


Si actuáis desde la verdad que es siempre amor, no os debéis preocupar por si los demás os aceptan o no. Tampoco cuando, hablando por amor vuestro hermano se enoja consigo mismo o con vosotros. Os aseguro que ese enojo es simplemente la primera reacción. Detrás de ello, existe el deseo de vivir en la verdad. Más tarde o más temprano, dependiendo de su voluntad, la verdad que ha entrado en él por medio de vuestra amorosa amonestación, procedente de la severidad del amor y la dulzura del corazón de Dios, dará frutos de luz. Quizá a los breves instantes de haberla recibido. Quizá unos minutos después. O talvéz años más tarde. No importa. En todo los casos, creará un nuevo amor santo.


Recordad que la palabra que brota del corazón de Dios nunca es estéril. Os aseguro que si vuestro hermano no quiere recibir la verdad que le es regalada y expresada por medio de vuestra santa amonestación, otro corazón lo hará por él. Y finalmente retornará a vuestras mentes con una luminiscencia, armonía y santidad centuplicadas.


Hijos míos. Os invito a unir la verdad que vive en vuestros corazones, con el amor, y la ecuanimidad. A reconocer la unión que existe entre la severidad y la dulzura del amor. Las cuales actúan como alas que dan vuelo al espíritu y guían a la mente que desea vivir en la verdad.

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