• Sebastián Blaksley

Capítulo 11 - Vínculo con la Madre divina

Hijos míos,


Os invito a sumergiros cada vez más en el insondable océano de amor infinito de mi inmaculado corazón. En él hay espacio para todo y todos. Si permanecéis unidos al amor que vive en vuestro ser y os trasciende, viviréis en plenitud. Allí encontraréis la respuesta a toda pregunta verdadera. Es dentro de vuestro ser donde reside la verdad. Es en vuestros corazones donde anida el amor del Padre.


Cada uno de vosotros sois canales de luz. Depende de vosotros el permitir que la gloria de Cristo brille a través de vuestro ser. A nadie se le niega la esencia divina que le dio origen. Nadie queda excluido del amor creador. Dad gracias a Dios por haberos dado la vida y por sobretodo por regalaros la entrada a la eternidad.


La generosidad de Dios no conoce límites. Todo lo suyo es dado a todos. Haced lo mismo vosotros. Dad lo que habéis recibido. Compartid vuestros bienes materiales y espirituales con los demás. Cread un mundo donde nadie quede excluido de vuestro amor. Todos tienen algo para dar a los demás. Todos necesitan algo del otro. Esta dinámica de tener y necesitar es lo que permite que fluya la fuerza del dar y recibir como una unidad.


El viejo mundo estaba basado en el acumular para uno mismo. Esa avaricia que corroe el corazón humano es algo que debe dejarse a un lado. El miedo a no tener lo suficiente lleva a escatimar y a atesorar cosas pasajeras que aprisionan al alma. Sed libres. No os apeguéis a nada ni a nadie, salvo a la verdad que es siempre verdad.


El amor y la verdad son una unidad. Bendito aquel que entiende esta gran sabiduría. En ella radica la salvación del mundo entero.


Algunos de vosotros valoráis a los demás, e incluso a otras naciones, por una prosperidad que es pasajera y que muchas veces ha sido lograda a expensas del amor. Pocas veces reparáis en el daño hecho para lograr cosas que parecen ser dignas. Os invito a unir el “qué” con el “cómo”. La esencia con la forma. No todos los medios están en armonía con el amor a la hora de pretender alcanzar metas determinadas.


Si el medio es ajeno al amor, también lo es el fin. Si el fin es ajeno a la santidad, también lo es el medio. El amor perfecto es el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todo lo que es real. Creer que se puede separar la realidad de un medio, de la del fin que forma parte inseparable de él, pues es necesario para ser alcanzado, es vivir en la separación. Esto es contrario a la verdad.


En la verdadera creación divina no existe separación alguna. Todo es unidad en el amor. Considerar que un fin justifica cualquier medio es señal de falta de entendimiento a la luz de la sabiduría divina. En el amor no hay nada que no sea amoroso. La mente que está gobernada por la verdad permanece unida al amor porque reconoce que es una unidad con el corazón, trono de la perfecta caridad.


En el principio no existía la idea de acumular. Esta surgió como hija del miedo, lo cual procede de la falta de amor. Solo los que desean ser especiales buscan acumular para sí. Y solo los temerosos pueden concebir la idea de ser especiales. Esto se debe a que el deseo de ser especial es el deseo de ser superior a los demás. Este deseo desordenado, pues no procede del amor, es causado por un profundo sentimiento de minusvalía. En otras palabras, de una profunda falta de amor a uno mismo.

Los que permanecen en el amor saben que lo tiene todo porque moran en la casa de la verdad y en ella reside la sabiduría del cielo, morada del conocimiento verdadero.


Vosotros fuisteis creados por el amor creador que Dios es. Esto hace que seáis co-creadores. Tenéis la capacidad de crear vuestro mundo. Ponedla al servicio del amor y estaréis conquistando vuestro cielo. No ahoguéis vuestros corazones abarrotándolos de cosas que no necesitáis ni deseas verdaderamente. Id livianos por la vida. Sed desapegados. Generosos. Extended lo que sois. Dad a los demás de vuestro tiempo, vuestros talentos, vuestra alegría, vuestra sabiduría, vuestro amor sincero.


En la medida en que permanecéis unidos a mi corazón inmaculado, en igual medida puedo obrar en vosotros. Somos una unidad. Esto ha sido determinado por el Padre de todos, quien ha creado todo dentro de la inmutable unión del amor. Nada puede existir fuera de la unidad. Sinembargo, que estéis unidos a mí, tal como todo hijo lo está con su madre, no hace que podáis recibir mi amor conscientemente y gozar de mi presencia. Para ello hace falta vuestra disposición, tal como sucede con toda relación.


Hijito de mi corazón. Te estoy llamando a ser cada vez más consciente de nuestra relación divina. En ella encontrarás los tesoros del cielo.


Ven. Tú que me has dado tu sí. Ven y haz tuya la dulzura de mi amor. Permite que la sabiduría del cielo te sea dada por medio de nuestro vínculo sagrado. El vínculo con la Madre divina. La unión con la fuente del ser. Así como un día fui llevada en cuerpo y alma gloriosa al corazón de Dios, así lo serás tú a su debido tiempo. Y también todos aquellos que hacen la opción por el amor.


Descansa en la paz de la unidad de nuestros corazones. Que nada turbe tu corazón de niño. Esta Madre que te ama con amor salvífico, y que ha sido instrumento para dar vida al Cristo humanado, te abraza y envuelve en la ternura de los cielos.


La belleza de Dios te pertenece. Los sentimientos propios de la hermosura de Cristo son tuyos por derecho de nacimiento. Reclámalos ahora y siempre. No estés tan interesado en obtener solo más inteligencia. Dejad a un lado el deseo de acumular información. Más bien concentra tu atención en el amor que eres capaz de dar y recibir. Mira que ambos son lo mismo.


Quien más ama, más amor puede recibir. Y quien más abierto está a recibirlo, más lo da. Dar y recibir son uno y lo mismo. Amar y ser amado es una unidad.


Confía en mi amor. Estoy viva. El amor me hizo eterna. La verdad me elevó al cielo en mi tránsito bendito. Desde el Reino te bendigo. Desde el corazón de Dios te abrazo. Desde mi ser te protejo todos los días de tu vida, en razón de tu elección de permitirme ser refugio de tu mente y corazón.

Permanece en nuestros diálogos lo más posible. No creáis que ellos son un estorbo para tu vida. Todo lo contrario. En ellos existe un poder que moldea la vida humana.


En verdad, en verdad os digo hijos míos, es preferible orar que hacer. Permaneced siempre en mí, como yo permanezco en vosotros. Yo soy la vida. Soy María.


Gracias por responder a mi llamada.

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