• Sebastián Blaksley

Capítulo 12 - Humildad

Hijitos míos,


Hoy como siempre, os invito una vez más a ser humildes de corazón. No busquéis la perfección a la manera del mundo. El perfeccionismo procede del miedo y está teñido de orgullo. Más bien aceptad vuestra condición con amor. No os dejéis abrumar por la culpabilidad. Cuando percibáis pensamientos de culpa, llevadlos ante la razón. En ella reside la verdad que Cristo es. Allí veréis que muchas veces os preocupáis por cosas que no tienen sentido. Y si vuestro dolor de consciencia procede de acciones que han causado sufrimiento a otros o a vosotros mismos, comprenderéis una amorosa lección: El amor todo lo perdona y lo corrige. Seréis testigos de la misericordia divina.


La humildad es el ungüento de las heridas porque está unida a la verdad. Permanecer en mí es reconocer que por vosotros mismos no podéis nada. Ni un solo latido de vuestro corazón sería posible sin el consentimiento del Creador.


Esforzarse está bien pero no a costa de perder la paz. Para poder entender esta fuente de sabiduría y vivirla, es necesario ser humildes. Habéis sido dotados de una consciencia capaz de discernir una escala moral. No neguéis ese don del cielo. A todos se os ha dado la santa capacidad de saber dónde reside el bien. No os olvidéis que el amor y la benevolencia son una unidad. Si no pudiereis reconocer lo bondadoso tampoco podríais reconocer el amor. Y sinembargo sabéis dónde reside la dulzura, dónde mora la ternura. Lo sabéis porque sois portadores de la sabiduría del corazón.


Hijos míos, no todo está bien. Si así fuera, el mundo sería un paraíso y ciertamente no lo es. Os digo esto para que no dejéis a un lado vuestro discernimiento moral. Las virtudes embellecen el alma, cuando están atemperadas por la belleza de la mansedumbre y la humildad, porque proceden de Cristo. No es necesario sumergirse en las ciénagas de la falta de amor para conocer qué cosa es lo santo o para experimentar una realidad dolorosa que no tiene sentido.


Os invito a vivir en la pureza del amor. Los puros de corazón son felices porque sus consciencias no los amonestan con exhortaciones cuyo propósito es hacerlos retornar a la verdadera caridad. Amar con pureza es amar por la simple razón de la caridad. Es dar todo de uno mismo para salirse del encierro del egocentrismo lacerante que tanto daño hace a las almas. Es también dejar de pensar en uno mismo como si fuera el centro del universo. Y comenzar a entender y aceptar que solo el amor es central. Es no seguir exaltando al pequeño yo. Es darle espacio a Cristo para que more en vuestros corazones y desde allí ilumine vuestra realidad.


Cultivad la mansedumbre en vuestros corazones, de tal modo que podáis ser semejantes a Dios, que es siempre manso y humilde de corazón. La paz es el hogar de los humildes porque sus mentes descansan plácidamente en las aguas mansas del amor y el perdón.


No hagáis nada por vosotros mismos. No podéis. Haced todo con vuestra Madre celestial. Os aseguro que si obráis de este modo, vuestras vidas serán un tránsito sereno hacia el cielo. Os espero siempre con los brazos abiertos. Os invito a cultivar nuestra intimidad amorosa, dedicando tiempo a dialogar conmigo. En nuestros diálogos de amor encontraréis grandes tesoros espirituales. Podréis ver todo con una nueva luz, la luz de la verdad.


Venid a mí todos los días de vuestras vidas, hasta que nuestra relación sea la realidad de vuestra existencia. Haced de Cristo vuestro centro. Entregadme a mí vuestras lágrimas, vuestras frustraciones y vuestros sueños. Yo los transformaré en perlas de santidad.


No os angustiéis por el futuro, pues de ello se ocupa la Madre. Más bien dedicaos a vivir el presente en Mi amor. No hay nada de lo que os preocupe que mi corazón inmaculado no pueda hacerse cargo. Sé muy bien que estáis viviendo tiempos difíciles a nivel individual y colectivo. Por esa razón es que me manifiesto cada vez más y permanezco de un modo tan particular a vuestro lado.

Tiempos difíciles, tiempos de María.


La verdadera humildad os llevará a vivir la vida como niños en los brazos de esta madre de puro amor santo. De ese modo dejaréis a un lado vuestras preocupaciones materiales, morales y espirituales. No neguéis vuestros sentimientos, más bien haceos conscientes de ellos, sean los que sean. Entregádmelos a mí. Juntos haremos con ellos lo que Dios disponga para vuestro bien y el de todos.

Os hablo como una Madre porque eso es lo que soy, madre de todos y todo.


Quiero intimar con cada uno de mis hijos. A vosotros os doy las gracias por escuchar mi voz y recibir mis mensajes de amor y verdad. En estos diálogos sencillos, sin estridencias ni grandes revelaciones, quiero morar con vosotros en la sencillez de la verdad.


Amados míos. A todos os invito a vivir en la humildad, tesoro de los sencillos de corazón. Una vida simple es una vida en libertad. Una existencia en la pureza del amor es la mayor gracia que puede concebirse. Soy la inmaculada concepción. Soy la concordia del amor. En la unión de nuestros corazones reside la verdad, unida al corazón de mi divino hijo Jesús. Permaneced en nosotros, que somos la realidad del amor uno.


Os bendigo en Cristo el amor. Levantad vuestras miradas al sol y no veréis las sombras. Abrazáos a mi amor y el flujo de la divina unión os colmará de bendiciones. No os centréis en lo pasajero. Vivid pensando en las cosas del cielo, de lo demás se ocupa el Altísimo. Mirad que vuestro Padre os ha regalado el reino de los cielos para que moréis eternamente en la presencia del amor. Comenzad a vivir vuestro cielo ahora.


Extended el amor que os doy a todos. Nos os privéis de las delicias de Dios. Ellas son para ti que recibes estas palabras y para todo el mundo. El que desee vivir en el amor que me invoque. En un abrir y cerrar de ojos entraré y haré morada en su corazón. Y juntos cantaremos para siempre las maravillas del Señor.


Os amo a todos.


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