• Sebastián Blaksley

Capítulo 1.27 - Soy muy santo

Actualizado: may 15


Alma de luz verdadera. Corazón palpitante de amor santo. Acá estamos. Reunidos tú y yo, por la gracia del cielo y nuestra voluntad amorosa. Nos unimos en un diálogo de amor y verdad. Nos reúne la sabiduría de Cristo. Nos convoca la unidad con todo lo que es santo, perfecto, hermoso. Somos la expresión viva de la relación divina. En nuestra existencia se hace manifiesta la bondad de nuestro eterno creador. Somos sus hijas e hijos. Sus criaturas. Y nos alegramos por ello. No necesitamos crear ninguna otra identidad ya que hemos recibido la revelación de la verdad. Vivimos en la certeza de ser lo que siempre hemos sido y seremos; los hijos bien amados de la Madre divina. De Aquella desde donde todo lo que es real surge como extensión perfecta de su realidad de pureza y santidad.


¡Cuánta dicha es permanecer contigo! ¡Cuánta alegría sincera hay aquí! Tú y yo. Reunidos en el amor. Recreando un nuevo amor santo, porque somos la eterna novedad de Dios extendiéndose sin límites. La luz brilla desde el corazón de la santidad hacia nosotros, dándonos vida. Y desde nuestro centro, se extiende hacia toda la creación, en un movimiento sin fin. Lleno de luz. Lleno de verdad. Lleno de sabiduría perfecta. Sabemos que todo lo que forma parte de nosotros permanece en nosotros por siempre, tal como tú y yo nunca nos hemos separado.


Te conozco desde antes de que seas concebido en el vientre de tu madre. Antes. Mucho antes de que el tiempo comience a andar. No hubo un tiempo, ni un espacio, ni una realidad en la que tú y yo no estuviéramos por siempre unidos en la verdad. Porque allí donde está Cristo siempre has estado tú. Y donde está Él siempre estoy yo, unido a la luz de su divino ser. Todos los que formamos parte de Dios permanecemos unidos a Él, tal como Él a nosotros.


Somos multitud de amor. Somos los incontables ángeles del cielo, reunidos en la realidad angélica de este Ángel amoroso que te está hablando ahora. En él vivimos todos, porque somos unidad. Su voz es la nuestra, porque es la voz del amor. Todos somos el mismo amor. Expresamos la misma y única verdad. Aquella que emana de la luz del Cordero de Dios. En ella viaja - por todos los universos-, la potencia creadora del amor. Por ella existe todo lo que existe. Y en ella vive todo lo que le pertenece al creador, incluyéndote a ti.


Eres luz porque eres verdad. Eres amor porque eres la hija de Dios. Y porque eso es lo que eres, es que necesitamos repetírselo a la mente una y otra vez hasta que la nueva fmiliaridad de la verdad acerca de lo que eres, le resulte tan natural y cómoda como todo lo que le es conocido. Lo cierto, alma bendita, es que no existe nada más antiguo, seguro y conocido que la verdad acerca de quién eres. Esta es la razón por la que la mente se une a ella con tanta facilidad, a pesar de que puedas percibir que le cueste. La verdad es el refugio de la mente. Así como el amor lo es del corazón.


Te invito a que le digas a la mente la verdad. Y dejes que ella la absorba serenamente. Ha estado escuchando ilusiones por mucho tiempo. Ahora ha llegado el momento en que eso cambie para siempre. Dile - tanto como puedas - lo que a continuación se dice, pues esa es la verdad que te hace libre. Ella cambiará tu vida para siempre en un simple abrir y cerrar de ojos. Pareciera que exageramos al decir algo así, pero te aseguro que es la pura verdad. Toda tu vida, así como la de prácticamente todo el mundo, por no decir todo, esta basada en una mentira que la mente a escuchado y aceptado como verdad. La falsa idea de lo que eres. Eso ha hecho que ella misma se vea a sí misma como lo que no es. ¿Qué otra cosa podía hacer, si su función es crear contigo y para ti, aquello que tú le indicas?


No es la mente la que te gobierna sino tú a ella. Dile que haga tal cosa y obedecerá. Dile que haga otra, y también lo hará. No puede funcionar de otra manera. Recuerda que ella es el medio activo por medio del cual el espíritu crea. Dile la siguiente verdad, de todas las maneras posibles o que más te gusten. Dísela incesantemente, y muy especialmente cuando sientas que te has salido del redil - para que nunca más la olvide:


Soy muy santo. Soy el Cristo en mí. Mi Padre y yo somos uno.


Haz esto y verás cómo la mente comienza a cambiar radicalmente. Medita ahora acerca de lo siguiente. La mente ha estado creando para ti, la realidad que tú mismo le has pedido crear, por medio de lo que le has estado diciendo que eres. Dado que tenía que crearte una realidad en la que encajara la idea de que eras un ser separado e insuficiente, así lo estuvo haciendo. ¿Pero, piensa hijito de Dios, qué realidad surgirá ahora, que a la mente le estamos revelando la verdad, es decir recordando la santidad de nuestro ser, la belleza de nuestra realidad y el amor que somos, siempre hemos sido y eternamente seremos?

2 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo