Capítulo 1.28 - Eterna unidad del amor


Hijito del amor santo. Nacido de la Madre de todo lo creado. Y del Padre eterno. Aquí estoy. Siempre a tu lado y en ti. Te observo a cada instante de tu vida. No hay un solo palpitar de tu corazón que no tenga un eco en el mío, porque cada uno de sus latidos resuena y reverbera en el corazón de Dios, en cuyo centro existimos por siempre en la luz de la santidad. Quédate aquí, en la unión de lo humano y lo divino. Deja a un lado todos tus temores. Tus preocupaciones y tus ansias, sean las que sean. Por el tiempo en que transcurra este diálogo de amor y verdad, te pido que confíes plenamente en la misericordia divina. Deja tu vida en sus amorosas manos. Y despójate de todo, para estar plenamente presente en esta comunión.


Sé que en tu mente aún existen los ecos de ciertos patrones mentales y emocionales del pasado, los cuales parecen amedrentar tu corazón. He venido a que juntos abracemos ello. A que llevemos luz a ese aspecto de la mente. Esa parte que aún le teme a la novedad. Recuerda que la mente se aferra a lo que cree conocido y le teme a lo que percibe como nuevo. No porque lo nuevo sea temible, sino porque la mente pensante busca crear sus propias leyes para atribuir significado a la realidad y de ese modo controlarla. Tener el control es la meta de toda mente separada. Dejar soltar y confiar en Dios es la realidad del alma pura.


Has recorrido un camino lleno de vida, hasta llegar a este momento. ¿Acaso alguna vez te faltó Dios? ¿Acaso el amor se ausentó de ti? ¿Hubo tan siquiera un solo instante donde Cristo no te sostuviera y acompañara, abrazara y hablara? No. Sabes muy bien qu