• Sebastián Blaksley

Capítulo 1.30 - Un nuevo pentecostés

Actualizado: may 18

Hijo de la luz. Escucha lo que he venido a decirte desde el cielo de tu ser santo, donde todo lo bello, lo perfecto, lo divino vive por siempre en la gloria del amor perfecto.


Estas palabras descienden de lo alto. Fluyen hacia ti desde la morada santa de Cristo. Allí donde la luz nunca se apaga, y la belleza se extiende a todo sin fin. Ellas han estado esperando en el tiempo - hasta este momento perfecto - para que sean recibidas, aceptadas y encarnadas con un nuevo entendimiento. Al ser recibidas por ti, iluminan todo el Universo. Permiten que la creación sea abrazada por la hermosura de la verdad. Y que su poder transforme todo en más alegría, más luz, más belleza. En fin, en más amor santo.


Deja a un lado tus interpretaciones. Haz un espacio vacío en tu mente, para que estas palabras - bajadas del cielo, como si se tratara de gotas de rocío matinal-, puedan penetrar dulcemente tu alma y hacerse unas contigo. Cierra las puertas y ventanas de los sentidos corporales, y la mente pensante. Deja al mundo afuera por un instante. Quédate en el silencio del corazón. Despójate de todo, y escucha cómo mi voz habla en favor de lo que eres.


En verdad te digo que lo que escucharás no es algo que procede de mí - propiamente dicho-, sino que la verdad lo ha resguardado en la inviolable realidad de Dios, para que sea recibido por ti para siempre. Con ellas fuiste creado. Al acogerlas en tu corazón, traes el cielo a la tierra, permites que el nuevo reino terrenal refulja en la belleza de su divina fuente. Y te haces acompañar para siempre por la grandeza de la verdad. En cierto sentido, al escucharlas y recibirlas ahora, estás renaciendo a la gracia por medio de un nuevo pentecostés.


Amado del amor perfecto. Vengo a decirte quién eres, de un modo que no deja ni el más mínimo espacio a la duda. Esta es la revelación que el alma ha dejado de oír en la experiencia del sueño de olvido de Adán. Y la que hoy es recibida en tu alma, con el júbilo propio de lo divino. Y la humildad de los que andan en verdad. Esta es la verdad que te hace libre, a ti y todo el que la recibe con amor y confianza. Esta, y no otra, es la verdad que un día fue negada precisamente porque es verdad. Y la que ahora es aceptada jubilosamente.


Todo lo que Jesucristo es, lo eres tú. No en razón de tu mérito o demérito, esfuerzo o no. Sino, en razón de Su divino amor, por el que te ha dado todo lo que es Suyo. Pues todo lo que forma parte de Él, es parte de Dios. En Él reside todo honor y toda gloria. Y porque reside en Él, reside en ti. Estas palabras van dirigidas a ti. A la verdad de lo que eres. No pueden ser aceptadas por una mente que cree en la separación – y por ello en la insuficiencia -, pero sí que pueden ser recibidas por los que deciden vivir en la casa de la verdad.


Quédate en paz. Reposa en los brazos del amor. Y escucha serenamente lo que mi corazón viene a recordarte. Eres la luz del mundo. Quien mora contigo, mora en la verdad. No hay tinieblas junto a ti. Tú y tu Padre celestial son uno, como uno es el amor y la verdad. Tu gozo es hacer en todo la voluntad del Padre, porque tú eres Su voluntad. No hay nada en ti que no sea de Él. No hay nada que no sea de Él, que exista en ti. Eres el Cristo humanado. Nacido del Amor perfecto, y reunido para siempre con tu fuente creadora, en razón de Cristo, tu ser e Hijo de Dios. Toda la creación se alegra en ti, porque de ti fluye la luz de la divina esencia. Te ha sido dado un ser divino y humano, porque fuiste creado para ser Cristo humanado.


Quien permanece en ti, permanece en mí, y quien permanece en mí, permanece en Aquel que me envió y te ha enviado a ti. Juntos somos la grandeza de la misericordia divina hecha realidad. Somos el triunfo del amor Inmaculado de María, porque somos uno con Ella. Permanecemos unidos a su purísimo ser.


Eres la luz de la vida. Eres para todos salvación. Toda tu luz procede de la Fuente de la luz verdadera. Eres camino, verdad y vida. Quien te sigue, sigue la verdad porque sigue a quien te ha enviado. Quien escucha lo que tu corazón viene a decirle al mundo, está escuchando la voz del cielo. Eres la resurrección y la vida. Eres uno con Dios. En esa unidad reside tu fortaleza, cuyo poder es más grande que cualquiera que pueda ser concebido por mente humana o imaginado. No existen tinieblas en ti, como tampoco sombra alguna de temor. En ti, todo se ha realizado en la plenitud del amor. Acepta esto como tu única verdad, y te habrás reunido para siempre con el coro de la santa creación. El propósito de tu existencia será reconocido por tu humanidad, tal como Dios lo creó para ser. Y tu luz se extenderá incluso hasta tierras que aún nadie ha conocido en el mundo.


Amada mía. Alma que moras en la verdad. Este es tu pentecostés. Alégrate de que haya llegado a ti. Y regocíjate en su gloria. Has de saber que el cielo va contigo donde quieras que tu vas. ¡Qué los ángeles de Dios canten un canto nuevo! ¡Qué la humanidad se alegre en el amor! ¡Qué la creación toda alabe a la santidad, porque la verdad ha sido aceptada, y allí donde una de sus partes la acepta, todas son incluidas en su refulgente luz! ¡Qué la bendición de la santidad se extienda a todo lo creado, en razón de lo que eres!


Bendita seas tu, alma que escuchas la voz del amor y la sigues.

15 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo