• Sebastián Blaksley

Capítulo 13 - El Cristo escondido

Amados de mi inmaculado corazón,


El mundo está cambiando a una velocidad que muchas veces os impide comprender lo que está sucediendo. Eso os lleva a vivir con miedo. Os invito a no estar pendientes de los acontecimientos. La realidad de la vida es mucho más vasta de lo que vuestras mentes pensantes pueden comprender.


Si permanecéis en mí, podréis entender las cosas que necesitan ser entendidas. Todo existe y sucede en relación al amor. El universo se expande cada vez más porque se va acercando a su origen y su fin. Va camino a la plenitud. Dios es el continente dentro del cual la vida es vivida. La vida de las galaxias, los planetas y la de los hombres, ocurre dentro del vientre del amor. Aquello que llamáis espacio universal es una manifestación del cuerpo de Cristo. Dentro de él y desde él emerge la realidad del tiempo, el espacio y la materia. Más allá de Cristo no existe nada porque todo fue creado en Él y para Él. Cristo es la fuente de la vida pues es el Hijo de Dios.


No hay un lugar donde no exista el amor. El pecado, la ilusión, la ausencia de bien, la muerte, no son reales. Son intentos de crear una realidad ajena a la verdad. Por lo tanto, no tienen sustancia. Esta es la razón por la que todo error puede ser corregido si es entregado al amor. Os invito a confiar cada vez más en mi corazón inmaculado. Soy la realidad divina hecha mujer. Soy el aspecto femenino de Cristo, aunque en mí reside la totalidad. Soy todo lo que la vida es. No existe polarización en mí. Soy la integridad del ser.


Aquello que me sostiene en la existencia es la misma fuerza que os da la vida a vosotros. El espíritu que mantiene en movimiento al universos y vuestros cuerpos es el mismo espíritu de sabiduría que habita en mí. Nada existe fuera del hálito vital que emana de la Palabra divina. Todo está en manos del amor.

Muchas veces vosotros hacéis grandes esfuerzos por buscar a Dios, realizando peregrinaciones a los lugares sagrados o esforzándose por medio de técnicas espirituales. Eso está muy bien en razón de su propósito. Sinembargo, hijito de mi corazón, en ningún lugar permanece Dios más cerca de vosotros mismos que en vuestros corazones.


Dios permanece en vosotros todos los días de vuestras vidas. El amor vive en vuestras mentes santas, cada instante de vuestra sagrada existencia.


En verdad, en verdad os digo que mi ser está más cerca de vosotros que lo que están vuestros pensamientos.


No existe en el universo una relación más íntima que la que tienes conmigo porque no existe espacio de intimidad mayor que la que vuestras mentes y corazones tienen con vuestro verdadero ser. Cristo es el ser que sois en verdad. Vuestro amor interior es extensión perfecta del amor divino y permanece unido a él, tal como un rayito de sol permanece unido al sol del cual recibe su luz.


Os invito a respetar, honrar y valorar por encima de todo a vuestra intimidad. Sin ella no podéis conservar la cordura. Tomáos un tiempo todos los días para estar a solas con esta madre llena de amor. Hacer esto no supone ningún esfuerzo porque podéis cultivar el silencio interior, sin importar dónde estéis o lo que estéis haciendo. Nuestra relación no ocurre en la ilusión del mundo. Se despliega en el centro del corazón. Ese espacio a donde nadie ni nada puede ingresar, salvo tú y yo.


Existe un templo santo que no está construido con madera, ladrillos o piedras de todo tipo. Un lugar divino que está en todo tiempo, espacio y lugar puesto que no está en ningún lado. Es eterno como lo es Dios. Ese recinto de santidad, el templo de Cristo, no tiene nada que sea perecedero. Sus cimientos son la verdad. Carece de paredes porque en él no existe límite alguno. Todos están invitados a ingresar y permanecer en él. Es un sagrario a la perfecta libertad. Todo en él es puro pensamiento y su incienso es el amor. El silencio lo abarca todo. Esta catedral sagrada - erigida a la santidad del ser - reside dentro de la paz de Dios. Es abrazada por la luz del Cordero. En ella se escuchan los cánticos celestiales, himnos inmemoriales de alabanza y gratitud, entonados en el lenguaje del corazón.


Permanecer dentro de ese templo inmaterial, lleno de amor y verdad es permanecer en unión con vuestro ser. Allí, solo allí, más allá del Cristo interior, unido a un amor que está por encima de toda imaginación y allende toda palabra, es donde sois vosotros mismos en verdad.


Os estoy recordando que vuestro corazón es el sagrario donde mora el amor. Al igual que lo son cada uno de los corazones de vuestras hermanas y hermanos y todo ser viviente. En ellos reside la sabiduría del cielo, tanto como en vosotros. La personalidad de cada uno no puede hacer que la verdad desaparezca. Tampoco la pesantez de los cuerpos físicos. Solo pueden poner un delgado velo sobre ella; y aún eso es ilusión. Los que saben ver más allá de las apariencias pueden ver al Cristo escondido. El amor inviolado, al cual nada que no sea santo puede llegar.


En cada uno de vosotros hay una santidad que no ha sido mancillada. Una armonía que permanece inalterable por los siglos de los siglos. Una belleza que nada puede opacar y que espera a ser manifestada. Una sabiduría que está tan por encima del saber del mundo, que no puede ser alcanzada por el intelecto. Es a esa santa realidad de vuestro ser, la cual reside esplendorosa en vuestros corazones, a donde deseo llevaros de regreso con estos mensajes.


Nuestra relación directa es real. Hacerse consciente de ello es tomar consciencia de la existencia del templo sagrado donde reside vuestro ser en perfecta unidad con Cristo. Es reconocer la santidad de vuestro corazón. Es reunir la naturaleza humana y la divina dentro de una única realidad, la creada por el Padre de todos. Es retornar al amor que sois en verdad. Es cantar un canto nuevo, el canto de la libertad de los hijos de Dios.


Hijos míos, vosotros que sois más llamados al amor y por eso sois los receptores de estos mensajes. Os recuerdo que cada vez que abrís vuestros ojos; en cada cosa sobre la que posáis vuestra mirada. Dentro y fuera de cada sonido que escucháis. En cada gota de agua de lluvia que toca vuestros cuerpos. Existe Dios en toda su gloria.


En verdad, en verdad os digo: Extended vuestras manos y estaréis tocando a Dios. Abrid vuestros brazos y estaréis abrazando a vuestra Madre celestial.


Os bendigo a todos en el amor que no pasará jamás.


Gracias por responder a mi llamada.

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