Capítulo 14 - Amor, verdad y vida

I. Quietud de la mente


Hijito mío. Aquí estoy, a tu lado y en ti. He venido una vez más a morar contigo en la presencia del amor que somos en verdad. Vengo en la luz de la santidad que te ha creado. Juntos somos la verdad que brilla en todo lugar.


Estos diálogos proceden de lo eterno en ti, a pesar de que se manifiesten en el tiempo y el espacio. Son una muestra viviente de que el cielo y la tierra son una unidad. ¿De qué otra manera podría esta obra ser creada y compartida por medio de símbolos terrenales?


Aquí estoy. He venido a sacar a la luz - y de ese modo sanar - el miedo de la mente a desvanecerse. Es ese un temor muy profundo, del cual puedes hacerte consciente al observar las cavilaciones mentales que muchas veces parecen asaltarte. Esos pensamientos que no tienen ningún anclaje con la verdad - o que carecen de significado propio, ya que no resultan de utilidad para nada que pueda servir a tu existencia - no son otra cosa que los efectos de una actividad mental de esa parte de la mente a la que llamamos “mente pensante” o “mente separada del ser”. En cierto modo, puedes visualizar a esa parte como un ente separado. Una entidad autónoma. A eso es a lo que se le ha llamado “demonio”. Y ciertamente esa idea tiene bastante de cierto en algún sentido. Desde luego que no en la verdadera creación, sino en la realidad de la percepción y por ende de la experiencia humana.


¿Verdad que esos pensamientos parecen asaltarte a veces sin que los llames, como si se tratara de un pandemonio de locos que viene a robar la paz que se atesora en la morada de Cristo? ¿O que a veces irrumpen sin que se los llame, cuando se suscita una situación determinada, auto-atribuyéndose el derecho a decirte cómo son las cosas o cómo han de ser? ¿Verdad que esos pensamientos buscan cambiar lo que es y lo que será, y lo hacen por medio del ataque? ¿Acaso irrumpir no es atacar? ¡Oh! sí que lo es. Cuántas veces has sentido los ataques de esos pensamientos. Ataques de enojo, de miedo, de incertidumbre. Y tú te preguntas de dónde vienen. Y por qué son tan persistentes. Déjame responder a esa pregunta. Pues para ello he venido, para dar testimonio de la verdad en ti.


Ya sabes que si observas serenamente lo que acontece en tu interior, puedes ver que esa entidad llamada “mente pensante” se resiste a dejar de existir. Por eso es que una y otra vez busca crear su propia realidad. Es decir, crear pensamientos, emociones, situaciones, imaginaciones y fantasías que resuenen de alguna manera con el tipo de realidad que ella es. El parloteo constante es parte de su modo de ser. Así como también la lucha, los ataques, las divisiones y todo tipo de conflicto.


Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la mente separada del ser no es otra cosa que una entidad que busca separación constante, y para ello divide. Si aplicas tu divina capacidad de observación sin juicios, y no te distraes mirando hacia donde no hay nada que sea verdad, verás que todo lo que crea en tu interior no es otra cosa que argumentos, ideas y teorías que siempre concluyen en la división y el sufrimiento. Si bien las presenta de modo muy real ante tu consciencia, lo cierto es que son solo historias creadas por ella. Nunca son verdad. Nunca sucede lo que dice. En cierta medida son como un escritor que puede crear historias de terror o crímenes. Pueden ser muy aterradoras o incluso ingeniosas, pero no son reales. Los cuentos, cuentos son. De hecho, podrías meditar acerca de lo que significa la existencia de esos autores que tan amados y admirados son a veces en el mundo. Si lo haces a la luz de la verdad, verás que son una muestra visible, aunque en grado nimio, de lo que ocurre con la mente pensante. Son la externalización de lo que la mente separada hace, crear historias.


Dijimos que hablaríamos del miedo de la mente a su desvanecimiento. Eso es lo mismo que decir que traeremos a la consciencia el miedo a morir y nos daremos cuenta de que no tiene fundamento, salvo para la mente separada. Permíteme formular la siguiente pregunta: ¿Qué es lo que la mente teme? Y darte la respuesta: La mente teme dejar de pensar. Pues si no piensa deja de existir como tal. Y en eso está en lo cierto. Allí no está el problema. El asunto reside en que en la mente de Cristo, que es la única mente verdadera - y por ende tu única mente real - no existen pensamientos. Es decir que no existe la cualidad de aquello que la mente separada del ser pretende que sean pensamientos. En este sentido, es cierto que los pensamientos separados se desvanecen por completo ante la mente divina.

II. Una única verdad: tu ser


En Dios solo existe una realidad y esa es el amor. Por eso es que es atinado decir a estas alturas que en la mente de Cristo solo existe un pensamiento y ese es el pensamiento de puro amor infinito. Lo expresamos de este modo para que pueda ser comprendido con mayor facilidad por la mente intelectual. Pero en realidad el amor no es un pensamiento, y tampoco piensa nada, el amor es la realidad de Dios y por ende la única realidad de lo que eres. El problema con esto para la mente es que ante la luz deslumbrante del amor divino, no puede pensar. Se queda muda. Las emociones se acallan como consecuencia de la ausencia de parloteo mental.


En ese silencio interior profundo, donde todo es nada, tu ser resplandece en la luz de la Gloria. Tu alma pura se extiende sin límites en la infinitud de la existencia. Tu consciencia contempla todo sin interferencias, ni nubes que obstaculicen su visión. Y tu corazón descansa en la paz de la quietud. Allí no hay ruidos. No hay palabras. No hay planes que hacer para un futuro, pues la idea del tiempo es inconcebible


¿Qué problemas puede haber allí donde no hay nada, salvo el amor perfecto extendiéndose por siempre ilimitado y en paz? ¿Qué ayer puede necesitar ser olvidado, allí donde no existen ni siquiera rastros de memoria pensante? ¿Qué espacio puede tener la mente pensante en un cielo así, es decir en el reino del no tiempo? ¿Dónde quedarían las disputas en una realidad que no tiene contrario y en la que no existe nada salvo el amor?


Hijito mío. Alma enamorada de Cristo. En verdad, en verdad te digo que es a ese reino de silencio perfecto al que la mente parlanchina teme tanto. Te digo con amor que el miedo al silencio es muy grande en las mentes humanas. Mucho más de lo que suele reconocerse. Desde luego que no nos estamos refiriendo solamente al silencio exterior o a aquel que procede de un ejercicio de meditación u oración. Nos referimos al silencio en el que no hay pensamiento alguno. Al espacio en el que la mente muere a su realidad separada y es absorbida por la unidad.


La mente se resiste a que el océano de la verdad la integre a su plenitud y se funda en él. Pues sabe que cuando eso ocurre, ella deja de existir. No como aspecto de la mente, sino como mecanismo de continuo parloteo carente de sentido. Parecería que lo absurdo también pretende seguir existiendo, tanto como lo hace lo significativo. Sin embargo, hazte esta pregunta ¿de dónde obtiene la mente pensante su energía? Y recuerda que la obtiene de ti. De ninguna otra fuente. Y precisamente porque tú eres su fuente, es que te resistes a dejarla ir. En realidad, la mente nunca deja de existir, es eterna. Lo que no puede existir en la luz de la unidad es simplemente la actividad mental que no está en armonía con la mente de Dios. Podemos decir que una mente discordante retorna a la concordia del amor.


Lo cierto es que la mente pensante ni quiere seguir viva, ni dejar de existir. La mente no define ese tipo de cosas. La mente pensante simplemente piensa, pues para ello está. Quien no quiere que deje de existir, a pesar del hecho de que sabes que lo único que hace es mortificarte, eres tú. Esto sucede cuando se está identificado con ella. De hecho, el solo hecho de imaginarte sin pensamientos te produce bastante miedo. Crees que sería como si estuvieras muerto. Sin embargo, no hay nada más alejado de la verdad que esa creencia.


No hay dudas de que vivir sin una mente y seguir siendo lo que eres es imposible. Sin embargo, vivir sin locura sí que lo es. Y la mente separada no es otra cosa que una disfunción mental. O dicho de otra manera, es un uso antinatural de la mente. Esto lo sabes bien, pero dado lo insistente que es esa identificación, vengo a recordártelo por amor. Para que de ese modo te desapegues por completo de esos pensamientos. Observa que digo desapegarte de ellos, tomar distancia, dejar de darles poder con tu unión. No se te está diciendo que intentes que no existan.


Dejar de pensar parece algo difícil, y sin dudas lo es para un ser que está tan acostumbrado a vivir sobre la base de lo que los pensamientos separados le dicen. Pero lo cierto es que deshacerse del estado mental dual o de separación es posible, en tanto y en cuanto comienzas a aceptar el hecho de que eres amor y nada más que amor. La dificultad aparente de este asunto reside en el hecho de confundir pensamientos separados con tu ser.


Hermano amado. No es a la mente a la que tienes que detener, o con la que debes luchar. Lo único que debes hacer es permanecer en el amor. Eso es lo que en verdad significa dejar de pensar. Lo que se te pide es que dejes que sea Yo quien piensa por ti y deposita en tu mente los pensamientos que parecerán que no pensaste pero que en realidad son tus verdaderos pensamientos, emanados del único pensamiento de Dios.


Descansa en la quietud del amor. Deja de pensar, para que yo pueda pensar en ti. Haz eso y verás cómo los pensamientos que vengan y vayan serán considerados como lo que son, pensamientos de la mente pensante que vienen y van sin dejar mella alguna en tu perfecta realidad. Dejarán de ser un estorbo, puesto que los contemplarás desde las alturas de tu santidad. Tal como si el sol estuviera contemplando las nubes que están allí abajo, mientras están. En otras palabras, si te ejercitas en ello, sin ningún esfuerzo sino con la alegría de permanecer unido al amor, verás que poco a poco esos pensamientos comienzan a aplacarse. La energía mental disminuirá a tal grado que llegará a ser nada. Y en la medida en que disminuye, aumenta el Único pensamiento real, el pensamiento de puro amor que eres en verdad. O dicho con mayor exactitud, el único pensamiento divino acerca de ti. Cuando esto sucede, te haces consciente de la absoluta falta de necesidad de pensar, discernir, planificar, o crear ideas o memorias.

III. Cristo: mi vida y mi todo


Hijas e hijos de todo el mundo. Escuchadme con atención lo que os vengo a decir: No sois vosotros los que debéis pensar en vuestra mente, sino Dios. Esto es lo mismo que deciros que no sois vosotros los que debéis afanaros en vivir la vida que se os ha regalado, sino que es Cristo quien debe vivir en vosotros para que de ese modo podáis vivir en la plenitud del amor.


Hijito de mi corazón. Solo en el estado de “no mente” o cuando la mente pensante deja de pensar, es cuando puedes vivir en paz y por ende conocer a Dios en la luz de la Gloria. ¿Quiere decir esto que debes hacer algún esfuerzo o seguir alguna técnica que te lleve a ese estado? Desde luego que no. Si lo haces, reforzarás el patrón mental que buscabas desvanecer. Esto se debe a que, desear dejar de pensar es un juicio. Y lo que los juicios crean no son otra cosa que una realidad procedente de una mente separada del ser. Lo único que se requiere para alcanzar ese estado es aceptar todo tal como es. Esta aceptación, que es renuncia, es en sí el estado de no pensamiento dentro de la realidad dual.


Cuando aceptas que un pensamiento no amoroso es simplemente energía vital separada del ser, y lo observas como tal y permites que sea, sin inmiscuirte en ello, lo que estás haciendo es permitir que su “energía mental” sea reintegrada a tu ser por medio de la consciencia que eres, una consciencia que no conoce el juicio. Lo mismo ocurre con las emociones, fantasías y cualquier otra actividad interior que puedas experimentar.


Quedarte quieto y sereno, sintiendo la energía de los pensamientos – entre los cuales se encuentran las emociones, las cuales son pensamientos reflejados en el cuerpo – reintegra parte de lo que se había disociado de tu energía vital. Lo reúne con tu verdadero ser. Y de ese modo retornas cada vez más a la plenitud de lo que eres en verdad, hasta que finalmente llegas por completo a la aceptación en tu consciencia de la verdad.


Mientras permanezcas en el reino de la dualidad, es decir en la experiencia humana del tiempo y el espacio, no puedes abolir la ley de la percepción. Por lo tanto, no puedes eliminar del todo el parloteo mental, lo cual no es otra cosa que un modo de manejarse en esa realidad. Tampoco es necesario que lo hagas. Puedes ser plenamente humano en el tiempo y a la vez vivir en la presencia del amor. De ese modo reúnes en tu consciencia el cielo y la tierra. Lo divino y lo humano.


Lo que se te está recordando es que estás llamado a una nueva experiencia humana. Una nueva vida desde la realidad en la que estás aquí y ahora. No, haciendo que todo cambie, sino, simplemente abrazando todo en el amor que eres. Y viviendo en la verdad. Esto requiere que aceptes el poder de tu ser para transformar en santidad todo aquello a lo que se une. Y la capacidad de tu corazón de reunir todo en la integridad de la unidad del amor. De ese modo vivirás como el Cristo humanado. El Hombre-Dios que eres.


Cuando caminaba por los caminos del mundo, tal como lo haces tú ahora, tenía una mente pensante como la tuya. Era plenamente hombre a la vez de ser plenamente Cristo. Recuerda que el hecho de ser plenamente humano no quiere decir que lo seas única y exclusivamente en una realidad de tiempo, espacio y cuerpo físicos. La naturaleza humana elevada continúa siendo la que es aun fuera del tiempo.


Del mismo modo recuerda que Cristo no deja de ser el que es por causa de vivir como tal dentro de una realidad tempo-espacial. En otras palabras, Cristo puede ser el que es aun viviendo en la tierra, y tu humanidad puede seguir siendo la que es aun en el Cielo. De hecho, no existen diferencias entre lo uno y lo otro. En fin, extender este conocimiento no nos ayudará en el tema que nos convoca en este diálogo de amor. Por lo tanto no iremos más allá de lo dicho hasta aquí.


Es cierto que en la realidad dual puedes tener atisbos del silencio divino, pero son siempre atisbos. Pequeñísimos destellos de algo cuya grandeza supera todo entendimiento pensante. Lo mismo ocurre con los atisbos de luz y de cielo que puedes experimentar. Son todos necesarios, todos santos, todos procedentes del Cristo en ti. Pero ninguno es la totalidad de la verdad. Cuando ya no estés asido a la realidad dual, podrás ver todo en la inmensidad de lo que es y te darás cuenta de por qué necesitamos usar infinidad de palabras para expresar aquello que no tiene palabra, al referirnos a la belleza que eres en verdad y la magnificencia que la divina fuente de tu realidad es.


Dios no tiene contrario. Esto ya lo hemos dicho en reiteradas oportunidades. Sin embargo, entre decirlo y saberlo hay una gran distancia a veces. Conocer que tú no tienes contrario es a lo que esta obra te está llevando. Esto no es algo que pueda conocerse con la mente, sino con el corazón. No tener contrario no significa que seas único entre varios semejantes. Significa que no existe nada que no seas tú. Nada con que relacionarte que pueda estar fuera de tu ser. Es conocer que solo existes tú y la realidad que eres, la cual incluye todo lo que existe, se mueve y es. En otras palabras, es conocer la unidad. Ahora es cuando te preguntas, ¿Qué hacer entonces mientras vives en la realidad del tiempo y el espacio? La respuesta es siempre la misma; ser el que eres en verdad. Es decir, ser amor. Esto se debe a que el amor es lo único que es verdad acerca de ti y tu única realidad. Esto es lo mismo que decir, que juntos somos la verdad, el camino y la vida.


¡Te bendigo en la luz de tu santidad!

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