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Capítulo 14 - La salud espiritual

14. La salud espiritual


Hija santísima. Alma llena de verdad. ¡Qué alegría es estar juntos aquí, unidos en este diálogo rebosante de amor y hermosura! Se ha dicho en esta obra que la sanación será un aspecto central de la era del corazón. Explicaremos esto un poco más, en razón de su relevancia. En la nueva consciencia, la humanidad comprenderá, no solamente de manera intelectual, sino en forma de conocimiento interior, que los efectos de sus acciones son reflejo perfecto y claro de su estado espiritual. Aceptará que de un alma pura, salen obras puras; de un corazón enamorado, brotan acciones amorosas; de una mente que está en paz, emerge la verdad que es siempre verdad.


Sí, amadas y amados de todo el universo, todo comienza en el corazón. Incluso la creación, y con ella vosotros, ha sido llamada a la existencia como efecto del movimiento del corazón de Dios. Esta verdad también será abrazada por todos durante esta nueva era de consciencia, que hace muy poco tiempo ha nacido. Los que gobiernen las naciones, cualquier institución, o incluso una pequeña comunidad como puede ser una familia, comprenderán que de nada sirve intentar alcanzar el bien común, si antes no han alcanzado su propio bienestar espiritual, es decir la armonía del amor que son. En realidad, esta afirmación ya es conocida en la consciencia humana desde hace un tiempo. Pero en la era del corazón, dejará de ser una frase llena de belleza y sabiduría, para pasar a ser la vara que regirá las conductas humanas.


¿Si el alma no está limpia, cómo podría ser clara su visión? ¿Si la mente está atormentada, cómo podría pensar en paz, y reconocer la verdad? ¿Si el corazón está apesadumbrado, lleno de angustias y traumas, cómo puede escuchar los suaves susurros del amor? Puede, pero no con perfecta claridad. Desde luego, eso hace que no pueda integrar lo que procede del Cristo interior. Recuerda que toda guerra nace en el corazón humano, y toda paz también.


Veréis cada vez más seres caminando por la tierra interesados en su sanación, y en la sanación de los demás, incluyendo al planeta y la creación. Finalmente, las hijas e hijos de Dios vivirán en armonía y en paz con todo. No como resultado de una nueva norma moral o de conducta, sino como un modo de ser. Los sanadores; quienes no siempre han existido en el mundo de modo tan generalizado como en estos tiempos, habrán contribuido de manera amorosa a que esto se realice.


Observa hija mía, como va creciendo - en todo el mundo - la consciencia acerca de la necesidad de sanación, y el deseo de ser sanados. Esto no solo se manifiesta en la expansión del sistema de salud corporal, sino que se ha expandido como nunca antes hacia el aspecto de la mente. Así mismo, seguirá extendiéndose, como si se tratara de una onda concéntrica, hacia el corazón. Desde allí, continuará hacia el espíritu, en su totalidad. Digo “en su totalidad”, porque la última fase de este movimiento expansivo de sanación será la integración de la unidad Hombre-Dios, Mujer-Diosa, dentro del abrazo sanador de la unión.


Lo que aquí se está diciendo, amados de todo el universo, es que la consciencia universal ha ido ensanchándose cada vez más, hasta abarcar también el aspecto de la sanación. Ha hecho eso de modo gradual, conforme las diversas olas de consciencia iban manifestándose.


Primero existió la idea de que se estaba enfermo. Esto pareciera ser poca cosa, pero ciertamente no lo es. Una muestra de ello es el hecho de que solo el hombre es capaz de concebir ese conocimiento. De eso hablaremos a su debido tiempo. El paso siguiente, al de la idea de estar enfermo, fue el de concebir el pensamiento de que es posible y deseable sanar lo insano. Una vez aceptado ello, se pasó a su expresión, lo cual llevó a la búsqueda de cómo sanar el cuerpo.


Todo lo que atañe al sistema de salud física, no es otra cosa que la exteriorización del conocimiento de que la sanación es posible, y deseable. Sin ese saber, ni siquiera se podría comenzar a pensar en algo así. Detengámonos aquí. Observa cómo la humanidad es el único aspecto de la creación que es consciente de la necesidad de sanación, y en razón de ello portadora de los medios para sanar, no solo a sí misma sino a las demás criaturas. Esto se debe a que tú, al igual que la humanidad en su conjunto, tienes la función de sanarte y sanar. Función y capacidad son una unidad.


Reconocerse como sanadores es algo que finalmente pasará a formar parte de la verdadera identidad humana. O dicho con mayor precisión, se reconocerá como parte de lo que el alma humana es. La razón de ello, es que el amor y la sanación van de la mano. Si eres amor, no puedes dejar de ser sanador. En efecto, ambas palabras son dos formas de decir lo mismo.


Solo el amor sana. Esta es una verdad que debe ser aceptada todavía, pero que pronto lo será en forma universal. En otras palabras, se aceptará que sin amor no existe sanación posible; pero en él, todo queda sanado, sano y salvo. Digámoslo llanamente, Cristo es la fuente de la sanación y la sanación en sí.


Si hemos dicho que el ser sanador es una unidad con lo que eres, y Cristo es la fuente de toda sanación, lo que estamos afirmando es que la era del corazón será una era Cristo-céntrica. Y que de esa centralidad, surgirá el nuevo mundo. Finalmente, todo convergerá en Él.


Cuando muchos crean que Dios ha desaparecido de la tierra, será el momento perfecto para que esto que aquí se dice comience a manifestarse de modo visible y creciente. Esto se debe a que es necesario que primero se desencajen las viejas ideas acerca de Dios, y los patrones mentales que eso fue creando en la mente y el corazón. Una nueva consciencia trae una nueva visión de las cosas. Siempre ha sido así, y siempre lo será.


Amada humanidad. Os revelo estas cosas para que recordéis, dónde reside la fuente de la dicha sin fin. Y recordando, vengáis siempre a beber en Mí, que soy manantial de agua viva. Recordad, que quien se sumerge en el océano infinito de mi divino amor, se encuentra a sí mismo en la verdad. También se os regalan estas palabras de amor vivo, para que por medio del recuerdo de lo que sois, os dirijáis certeramente a la morada de la paz, y permanezcáis en ella todos los días de vuestras vidas. De ese modo, seréis tan felices como no sois capaces de imaginar.


Hijas e hijos míos. Así como se os ha dicho durante siglos y siglos que no estéis pendientes del cuerpo, hoy vengo a deciros que no os centréis en vuestras acciones, sino en vuestros corazones. Un corazón puro, irradia pureza en razón de lo que es. Una mente serena, extiende sabiduría. Un alma llena de amor, regala luz. En virtud de todo ello, el cuerpo y las acciones serán santas, bondadosas, y verdaderamente inteligentes.


Hermanas y hermanos en santidad. No estamos diciendo que hasta ahora no hayáis sido inteligentes, sino que existen diversos tipos de inteligencia. Esto es evidente, si observáis en paz la creación. No es lo mismo la inteligencia de la tierra, que la del ser humano. Lo mismo sucede entre el sol y un hermoso guepardo. O entre una flor y una gota de agua de un río. Detrás de ellas y en ellas existe inteligencia, pues surgen del supremo saber que es Dios, cuya magnificencia abraza dentro de sí todas las cosas y les da vida. Aún así, a cada cual se le ha dado una identidad particular, para poder ser la parte que está llamada a ser. Esto conlleva un tipo de consciencia. Y con ello, de entendimiento, memoria y voluntad. ¿Cómo podría existir la singularidad del yo que eres, sin ello? No podría.


Así como la inteligencia no es la misma entre los diversos aspectos de la creación, tal como hemos observado anteriormente, tampoco lo es dentro de una constelación de almas. Esta es la razón por la que existen diversas formas de inteligencia, incluso entre los miembros de la familia humana. En realidad, la inteligencia ha de considerarse en función de la medida de la plenitud a la que está llamado cada ser. En el caso de la humanidad, esta medida es Cristo. Por lo tanto, su inteligencia ha de considerarse en razón del grado de unión con la Consciencia de Cristo. Por esta razón es que eres consciente de que, a mayor grado de unión con Él, mayor sabiduría, paz y realización.


Quizá sintáis el deseo de objetar lo que aquí se dice, al pensar que existen personas que han sido consideradas como de gran inteligencia a lo largo de la historia de la humanidad, y sin embargo demostraron de manera elocuente, no estar unidas al amor. Hijas e hijos míos. Eso nunca fue inteligencia propiamente dicho, aunque se la halla llamado tal. La verdadera inteligencia obtiene su fuente de la mente divina, cuya realidad es el amor, ya que en Él todo es unidad. Cuando el entendimiento se separa de la fuente de la verdad, lo que surge no guarda relación alguna con la inteligencia, tal como ha sido creada por Dios.


El mundo va camino hacia el conocimiento de la verdadera inteligencia divina. Una vez que esto haya acontecido, pues surgirá de un acontecimiento muy particular de la consciencia universal, no os quedará ni la más mínima duda de lo que aquí se revela. Hasta este momento, la humanidad como familia no ha tenido tal experiencia.


Es cierto que existieron místicos y místicas que vislumbraron la grandeza y realidad del supremo saber, fuente de todo lo creado. Pero incluso en esos casos, ninguno pudo sostener ese conocimiento por mucho tiempo, ya que la experiencia mística no se podía retener, ni compartir. Esta es la causa por la que les fue tan difícil en el pasado hacerse comprender. El motivo de ello es que no existía un lenguaje capaz de expresar claramente la vivencia de unidad, en razón de la consciencia alcanzada hasta ahora. Sin embargo, eso no continuará siendo de ese modo. La humanidad será plenamente capaz de sostener, expresar, y compartir la unión con Cristo. Esto acaecerá en la era del corazón. Esto se debe a que será efecto de la nueva consciencia universal que ya está en movimiento, la cual está llevando cada vez más aceleradamente a todo y todos, hacia la relación directa con Dios.


Podríamos decir, que la inteligencia humana, como capacidad universal y particular, será sanada de tal manera que sea perfecta expresión de la mente de Cristo, en todo momento, lugar y circunstancia. Para alcanzar ese estado de unidad con la fuente del saber hermoso, es que se ha desencadenado un profundo e irreversible proceso de sanación cósmica. Esto incluye a cada corazón, cuerpo, mente de cada hermana y hermano, así como a cada aspecto de la creación. Una de las manifestaciones de ello será la sobreabundancia de sanadores en el mundo entero. Al principio muchos no les creerán, como siempre ha sucedido en los saltos de consciencia. Pero finalmente serán integrados a la mente colectiva e individual.


No dudes de tu poder de sanar los corazones. Cada vez que te entregas a la relación directa con Cristo, lo estás haciendo para ti y el mundo entero. En efecto, durante el tiempo que te dedicas a permanecer en la unidad conmigo, por medio de estos diálogos, el flujo sanador del espíritu santo se mueve desde el centro de mi divino ser hacia el tuyo, y desde el centro de tu corazón hacia todo el universo. Los ojos del cuerpo no pueden ver este fluir de amor, santidad y sanación. Pero existe, y lo puedes sentir. Quizá ahora. Quizá mañana. O quizá dentro de un tiempo, cuando sin darte cuenta veas que tu vida ha ido siendo sanada a lo largo del camino, y comienzas a ser testigo de la luz de tu gloria.


Cuando contemples la hermosura en la que te has convertido, y sientas el gozo de vivir en la gloria de tu santidad, es posible que surja una pregunta. Esta puede manifestarse de múltiples maneras. La mente puede inquerir; ¿qué sucedió? ¿cuándo fue que dejé de ser lo que un día fui, para pasar a ser lo que soy en verdad? ¿qué pasó, que ahora respiro libertad, alegría, abundancia y plenitud, cuando antes me sentía tan lejos de la dicha? No te preocupes por ello, pues esas preguntas durarán solo un instante, pues serán absorbidas en la dulce voz de la verdad, aquella que te susurra al corazón, y que sabes reconocer muy bien, pues es tu verdadera identidad. Escucharás dentro de tu corazón, lo que el cielo viene a decirte ahora, para que lo hagas tuyo, pues habla de ti:


Hija mía. Alma bendita. Contemplemos juntos el poder de tu alma unida al amor. Regocijémosnos en nuestra gloria. Nuestro amor lo ha sanado todo. Ha reunido lo que estaba disperso, llevado luz allí donde antes había tinieblas, y paz donde reinaba la guerra. El amor que somos ha hecho de ti algo nuevo, que eres eternamente una con Dios. Canta el cielo. Los ángeles alaban a la Madre Divina. La creación se alegra de ser testigo de tu resurrección, pues contemplándote a ti, que eres la renacida de las aguas de la vida, se sabe por siempre segura en los brazos del amor. Sabe que ella también ha resucitado contigo. Hasta la mismas estrellas brillan ahora con una nueva luz. Todo renace en la unidad que eres con Cristo. Todo resucita en la relación directa con Dios, pues en ella reside la fuente de la vida sin fin.


Bendita sea tú que recibes estas palabras, y las llevas en el silencio de tu corazón.


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