• Sebastián Blaksley

Capítulo 2.10 - El rostro del amor

Amada alma que vives en Cristo, rey de la creación y centro de la realidad divina. Aquí estoy. Vengo a morar contigo en este diálogo de amor y verdad. Lo hago lleno de alegría y santidad. En la pureza de mi corazón angélico reside la gloria del Padre de los cielos y la tierra. De Aquel que ha dado vida a todo lo que existe, se mueve y es. Y también la hermosura de la Madre de los vivientes.


Dios es padre, madre, hijo, hermana, hermano, amigo y muchas otras cosas más. Y a la vez, no es nada de ello. El nombre de Dios puede ser el que tú quieras, con tal que recuerdes que es eterna relación de amor, ser creador de la vida sin fin, y de todo lo bello, lo santo, lo perfecto. Los nombres que se usan en el mundo, no tienen el poder otorgar identidad. Solo el ser divino, desde donde procede lo que eres - y lo que somos todos -, es capaz de hacer algo así. En otras palabras, lo que eres, ha sido dispuesto desde toda la eternidad por la Fuerza Creadora del Universo, del cual formamos parte como regalo bendito de Amor infinito.


Ninguna palabra humana puede definir lo que está más allá de todo límite. De tal manera que, es posible que al querer nombrar al origen de la creación, y su destino, encuentres limitaciones en el lenguaje. De esto ya se ha hablado. Y lo has experimentado de muchas maneras. Unas de las cuales es la dificultad para poner en palabras la experiencia mística. Sinembargo, lo traemos aquí, para que recuerdes que existe la tentación de encasillar la vida de Dios y del ser, en definiciones y estructuras, a pesar del hecho de que el Amor perfecto no las tiene. Dios es el ser sin atributos que da vida a todo y desde el cual se manifiesta toda criatura. Sin su divino ser, nada existiría.


Quizá te preguntes, para qué repetir - una vez más - este asunto de los nombres de Dios, habiendo sido tan tratado a lo largo de los siglos. Lo hacemos porque es necesario que no quede ninguna duda acerca de dónde es que estás llamado a poner tu devoción. Tal como todo lo que procede del alma, eres tú quien elige el objeto sobre el cual posar sus potencias. Todo en la vida de tu ser necesita una meta. No solo los sentimientos. Sino, cada movimiento del alma, y también del cuerpo. Sin destino, no existiría nada; porque la creación es en todo semejante a su creador, independientemente de que sus criaturas nieguen la verdad o no. Recuerda que Dios es la fuente del significado. Siendo Él mismo el propósito de las cosas, todo lo que emana de su divino ser, tiene que tener un sentido. Dicho de otro modo, eres un ser significativo porque fuiste creado por Dios.


Sentido significa dirección. Es decir, una meta o destino hacia donde dirigirse. Este aspecto inmutable del ser, está presente en cada uno de los aspectos de la creación. Escucha con amor lo que a continuación te digo. No puedes dejar de expresar tu capacidad de devoción. Lo que sucede, cuando el alma humana siente que no tiene una meta, es que ha puesto esa potencia al servicio de la nada, es decir de la ilusión. A causa de ello, el poder de la devoción queda dividido, al tener que depositarse en varias partes. O mejor dicho, dirigirse hacia varias metas. Eso hace que se fraccione su capacidad de entrega. Es decir, que no se entregue por entero a nada. De allí proceden los estados de apatía y falta de energía, que muchas veces experimenta el corazón humano. Y también la búsqueda de metas que no tienen ningún sentido en relación al reino de la verdad.


Ahora te pido por amor, que juntos formulemos la siguiente pregunta, y nos quedemos en silencio ante ella. Sin dar ninguna respuesta. Simplemente trayéndola a nuestra consciencia. En ella, el amor la responderá por sí mismo.


¿A dónde dispongo dirigir mi devoción?


El poder de la devoción es grande. Puedes ver sus efectos en el devenir de la historia de la humanidad. Y en la tuya propia también. Ser consciente de ello es de gran importancia para esta obra, puesto que lo que busca es que centres tu devoción en lo que Dios dispone para ti desde toda la eternidad, de tal manera que puedas vivir en armonía con lo que eres en verdad. Cómo no iba a ser poderosa la devoción, si lo que significa es que pones lo que eres al servicio de aquello a lo que decides unirte. Eres poderoso, esa es la razón por la que todo aquello sobre lo que posas tu voluntad es revestido de poder. Poco importa, a los efectos de este diálogo, si aquello sobre lo que el alma humana se entrega es real o no. Siempre producirá efectos en la experiencia personal.


Te estoy invitando, alma amada de Dios, a que honres tu poder, tu luz y tu gloria una vez más. Que aceptes, lo que sabes muy bien; lo poderosa que eres. Que dejes de temerle a ello. Y deposites dulcemente ese poder inconmensurable del que eres portadora, en los brazos del amor. Una vez hecho esto, descansa en paz, en la certeza de que él hará con ello, lo que tu verdadera voluntad, en perfecta unión con la de Dios, dispone en santidad.


Hermanas y hermanos de todo el mundo. Vuestra vocación es el amor. Vuestro destino, la verdad. Vuestra meta, la santidad. Esta es la razón por la que el cielo os llama, por medio de estos escritos, a que seáis alegres devotos de la Santísima Trinidad. Pues el Padre es el amor, Cristo la verdad, y el Espíritu la santidad. Haced esto, y el cielo se abrirá de par en par ante vuestros ojos. Seréis la expresión viva del amor de Dios; el rostro viviente de Cristo, fin de vuestro ser y de toda la creación.


Os doy las gracias por responder a la llamada de lo alto. Y por vuestro sí al amor.


Os bendigo en la luz de la verdad.

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