• Sebastián Blaksley

Capítulo 2.11 - La casa sobre roca

Amada de la luz. Hija de la santidad,


Hoy vengo ante ti, con las manos llenas de bendiciones, y el corazón rebosante de alegría, por el don de nuestra relación santa. Por el tiempo que pasamos juntos en estos diálogos del cielo. Y la Gracia de formar parte de tu vida. Quiero decirte una vez más, que no te preocupes por nada, tu Ángel te acompaña donde quieras que tú vas. Y conmigo, en unión contigo, están siempre Jesús y María, causa de nuestra alegría, y convergencia de nuestro ser. Donde ellos moran, siempre vive el amor. Y con él, la vida sin fin. En Ellos reside la dicha de nuestras almas, y la plenitud de nuestro ser. A Cristo, todo honor y toda gloria.


Hija del cielo. Escucha lo que a continuación te digo. ¿Qué entrega puede ser más deseada para el corazón, que la que se hace al amor? ¿Cuál, la más amada por la mente, sino la que se da a la verdad, única fuente de su certeza y por ende de su paz?


Entregarte en cuerpo y alma a vivir en el amor y la verdad, es ahora la meta de tu vida. El camino que juntos recorreremos con alegría y en plenitud. Al hacer esto, te haces acompañar por la paz y la dicha que no conocen límites. Encuentras así, no solo un aliciente para la vida, sino que, el camino en sí se transforma en tu gozo y plena realización. Encuentras la senda de la vida eterna, por la cual comienzas a andar desde ahora. Vislumbras el cielo con claridad. No hay nubes en el horizonte, ni piedras sobre las que se pueda tropezar. Ahora caminas por praderas llenas de verdor, porque has aceptado que el amor es tu destino y tu realidad. Y que la verdad es tu hogar y tu luz. Cuando estableces una meta como esta, desaparece todo conflicto, porque en ella solo existe certeza.


Amada mía. Fuiste creada para vivir en la verdad, y extender el amor de Dios en razón de lo que eres. Cuando aprendes a hacer eso, es decir a vivir en unión con esta verdad, y a expresarla con tu vida, ya nada te turba, nada te espanta. Todo se transforma en un devenir sin juicio. Descansas en la inmutable serenidad del ser. Permaneces en la quietud del alma. Irradias santidad. En pocas palabras, eres feliz. Aquí encuentras el verdadero significado de la expresión, “construir la casa sobre roca”, o “ser como un árbol plantado a orillas del río, que da frutos abundantes y sus hojas jamás se marchitan”. Solo existe un fundamento certero y ese es la verdad, basamento de la creación. Y una sola realidad fecunda, el amor. Esto se debe a que eso, y solo eso es lo que Dios es.


Pareciera que hablamos de dos cosas separadas, pero ambas son una unidad. En cierta medida, y a los efectos de una simplificación para el entendimiento, podemos decir que la verdad es Dios en tu mente, mientras que el amor es Él mismo en tu corazón. Sin dudas, Aquel que es el Uno desde donde todo lo que existe emerge, no puede ser dos cosas diferentes. Aún así, utilizamos palabras distintas, para expresar una misma realidad, con el fin de respetar el lenguaje de la mente y el corazón, y así permitir su integración en la sabiduría de Cristo.


Te invito a que no leas estas palabras solo con la mente, sino que pongas en ellas tu corazón. Que, a medida que absorbas lo que aquí se dice, permanezcas muy queda dentro de ti, y seas consciente de tus sentimientos, reacciones y pensamientos. De esa manera; permaneces en el estado de unión, que es donde mora Cristo. No apliques tus razonamientos a lo que aquí se te dice. No busques entender las cosas por medio del intelecto. Deja simplemente, que la verdad y el amor, desde donde brota esta obra, haga en ti - contigo y por ti - lo que el cielo ha dispuesto, como regalo bendito de la eterna bondad del Creador.


La palabra de Dios es milagrosa. Crea, en razón de su divino poder. Por lo tanto, no te crees preocupaciones, pensando en qué harás con lo que aquí recibes. El Espíritu de Sabiduría que mora en ti y en mí, nos guiará suavemente por los valles de la paz, caminaremos juntos por sendas llenas de hermosura y santidad. Recuerda que el secreto de esta obra, tal como de todo lo que te es dado a compartir como escriba del cielo, lápiz en las manos de Dios, no está en lo que se dice propiamente, sino en la unión con Aquel que es su fuente. En verdad, en verdad te recuerdo una vez más que el alma sabe reconocer la voz del divino amante, rey y señor de los corazones. Canta, vibra y se alegra al oírla, tal como si se tratara de un niño que escucha la voz de su madre, o de una esposa que se alegra ante la presencia del esposo.


Pasar un tiempo a solas con Cristo es la meta de estos escritos, tal como lo es de toda obra que suscita el Espíritu Santo. En otras palabras, su fin es permanecer en la unidad. Lo cual es lo mismo que decir, en la presencia del amor. ¿Qué otra propósito puede ser más importante que este, si ello constituye la meta de tu existencia, y la razón de la creación?


Alégrate de estar recibiendo estas palabras del Cielo. Entona un canto de gratitud a Dios por este don. Y reconoce en ti, la santa capacidad de escuchar la voz del Señor, fuente de vida sin fin.


Te bendigo en la santidad del ser.


Gracias por responder a mi llamada.

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