• Sebastián Blaksley

Capítulo 2.13 - La alegría de la devoción

Amado del cielo. Hijo santísimo del Padre de la santidad.


Hoy vengo ante ti, para que sigamos regalando palabras de vida eterna, a un mundo sediento de sabiduría y verdad. Lo hacemos, recordando juntos la grandeza de lo que somos. Permaneciendo unidos en el gozo de ser tal como fuimos creados para ser. Y en el feliz reconocimiento de la santidad de nuestra existencia.


Hijos de Dios. No sois simplemente la luz del mundo, lo cual ya de por sí es un gran don. Sois el puente que lleva a la humanidad desde el siglo de la razón, a la era del corazón. Eso es lo que se está haciendo aquí. Si se lo comprende bien, esto es lo que significa verdaderamente iluminar a las naciones, dar testimonio de la verdad, y permanecer en la presencia de Cristo, en los tiempos que vivís. A cada tiempo su realidad. Os invito a escuchar con amor y apertura, lo que a continuación se dice.

¿Qué otra cosa puede dar certeza a la mente y el corazón, sino el entregarse por enteros a una única causa, todo abarcadora, y llena de propósito en la verdad y el amor? Hijos bien-amados del Creador. Con amor os recuerdo, que el alma humana ha sido creada para lo infinito. Y por ello, para lo que procede de lo eterno. Nada que sea de otra condición, cualidad, o realidad puede satisfacerla, en razón de su origen y destino. Esta afirmación de la verdad es cierta, en el sentido estricto de su aseveración y significado. Sinembargo, existe algo que debe ajustarse en relación a la interpretación que soléis hacer de ella.


Creer que lo infinito, y por ende lo eterno, está desunido de vuestra humanidad, hace que no queráis morar en el cielo. Esto se debe a que nadie desea perder lo que es. Y con ello lo que ama, pues forman parte de una unidad. ¿Quién en su sano juicio desearía algo así? Un inconveniente que existe en la aceptación de la realidad ultima del ser, que es Dios, es que pareciera que, al unirte a Él pierdes todo o casi todo. Quizá sigas considerando que en Su divino abrazo puedes hallar paz, en razón de tu experiencia viva y vivificante, en la unión con Cristo. O que recibes entendimiento y dicha en múltiples formas. Incluso, muchísimos otros tesoros de inestimable valor. Todo eso es verdad. Lo recibes, como fruto del amor perfecto. Pero lo que no sueles tener en cuenta, es que tu humanidad, tal como es, forma parte de Él, tanto como tú formas parte de su creación.


Amar a Dios con toda tu alma, toda tu mente y todo tu corazón, significa aceptar el hecho de que eres uno con Él. Cuando le entregas tu cuerpo, mente, corazón y todo lo que eres, a alguien o algo, te unes a ello. Una vez más, ese es el verdadero significado de la devoción, tal como lo hemos recordado en reiteradas oportunidades, para que la mente no se olvide. Al decir, tu cuerpo, estamos refiriéndonos a tu humanidad tal como es. Esto significa, tu tiempo, dedicación, pensamientos, sentimientos, deseos, y demás aspectos de tu realidad presente. Así es como te unes por entero. En otras palabras, no tienes otro modo para unirte a alguien o algo, que no sea lo que eres, es decir tu humanidad.


Durante siglos, el mundo ha estado zigzagueando entre el desprecio al cuerpo - y con ello a la naturaleza humana -, y su exaltación, en beneficio o detrimento de una realidad espiritual desconectada de la creación material, temporal y espacial. Un cielo allá y una tierra acá. Ambas realidades separadas por una distancia tan grande, que no se pueden unir. Creer en algo así es, no solamente establecer una creencia alejada de la verdad, sino que es aterrador. Ese temor, debería decirte algo. Si te hicieras consciente de ese miedo, simplemente llegarías a un punto en el que dejarías que esa creencia se vaya, tal como si se tratara de una hoja de otoño a que el viento se la lleva, para nunca más volver.


Escúchame hijo de la santidad. Todos los aspectos de tu humanidad son importantes para Dios. Dejar uno - o algunos - de ellos fuera del alcance de su amor, es un error de grandes dimensiones. No porque sea algo malo o pecaminoso. Sino porque, aquel aspecto al que no se le permite recibir la luz vivificante de su divino ser, queda fuera del alcance de la fuerza que procede de la fuente de la vida.


Naturalmente, eso hace que no reciba toda la fuerza de la energía saludable del divino ser. Déjame recordarte amorosamente que, en Cristo, toda herida puede ser sanada. Todo conflicto resuelto. Toda falta de entendimiento, iluminada por su sabiduría perfecta. Toda duda, reemplazada por su certeza. En otras palabras, no hay nada que el amor no pueda hacer por ti, en beneplácito de tu santidad y plenitud. Esta es la razón por la que, permanecer unido a Él es el camino de la dicha sincera, y la realización.


Te invito a que le entregues todo a Cristo, siempre. Te aseguro que – en razón de ello - verás grandes maravillas en tu vida. Los sueños de felicidad que parecían imposibles, o que se habían echado a perder, se harán reales. Los anhelos de tu corazón quedarán colmados, mucho más allá de lo que eres incluso capaz de imaginar y desear. Por esta razón es que te llamo a que no renuncies a tus sueños de grandeza, ni a tu anhelo sincero de vivir en paz, armonía y plenitud; no solo para ti, sino para tus seres queridos, y el mundo entero. No ahogues las aspiraciones de tu ser, pues todas ellas se alcanzarán en Cristo, por Él y con Él, en una medida apretada y abundante. Alcanzarás la plenitud para la cual fuiste creado, como alma inmortal, humanidad santa, criatura del amor perfecto. Lo harás, porque ya no vives tú, sino que es Cristo quien vive en ti.


La paz sea contigo, que escuchas la voz del amor y la sigues.


Gracias por responder a la llamada de lo alto.

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