• Sebastián Blaksley

Capítulo 2.14 - Confianza ilimitada

Actualizado: jun 25

Querido hijo de Dios. Alma que brillas en la luz del cielo.


Hoy vengo a morar en tu presencia, de este modo particular, para derramar bendiciones inimaginables sobre los hijos e hijas del amor santo. En verdad os digo, que finalmente el amor resplandecerá en toda su gloria y plenitud. No os preocupéis si sentís que en vuestras vidas las cosas no son como habíais pensado que debían ser. A veces, vuestros planes, aunque fundados en intenciones de paz, no llevan a donde vuestro ser anhela estar. Tampoco os angustiéis pensando en vuestro futuro, pues está en manos de Dios. Seguid las inspiraciones de vuestros corazones, y permaneced unidos a Cristo. Si hacéis eso, nada os podrá hacer daño, porque comprenderéis - y experimentaréis -, que lo que sois no puede ser tocado por nada que no sea el Amor perfecto.


El poder del amor es grande. Vosotros sabéis esto. Sinembargo, muchas veces consideráis como amor lo que no es tal. Al hacerlo, os desilusionáis, al sentir que os ha fallado. Pero hijas e hijos de la santidad, el amor no puede fallar, ni abandonar, ni causar dolor. Lo único que puede extender es alegría sincera, serenidad de espíritu y plenitud. Cuando, de algún modo sintáis que el amor es esquivo en vuestras vidas, reconoced que eso no es amor, ni lo era, ni lo será.


Solo en la unión con vuestro verdadero ser podéis experimentar el amor hermoso, y por ello extender lo que sois. El gozo de la unidad supera cualquier medida humana. Es eso lo que en realidad buscasteis, cuando fuisteis en busca del amor. Dado que en el pasado lo buscasteis donde no se puede hallar, ahora seguís con ese temor a perderlo; o experimentar, el sufrimiento de las desilusiones de la vida.

Pero, amadas y amados míos, recordad que ya no estáis viviendo en lo viejo sino en lo nuevo. No necesitáis de ningún sustituto de la verdad. Habéis reconocido cuál es el propósito de Dios en vuestras vidas. Eso llena de alegría vuestro ser. Y de reverencia vuestros corazones, ante lo que sois en Cristo.


Vuestra Inmaculada Madre y el Sagrado corazón de Jesús permanecen a vuestro lado y en vosotros. No os olvidéis de ello. A veces, los patrones de pensamiento y respuesta emocional, los cuales se adhirieron, por decirlo de algún modo, a vuestras mentes y corazones, se reactivan. Eso hace que se recree en vuestra experiencia interior, aquello que ya habéis dejado atrás para siempre. No os preocupéis por ello. Son simplemente patrones. No son reales, ni perdurarán más allá de lo que tengan que durar. No creéis ninguna preocupación en vuestras almas, sean de índole moral, espiritual, material, afectiva, intelectual o cualquier otro. El pasado, pasó. Ya no está aquí. Y no volverá. Porque la Misericordia infinita lo ha transmutado desde la nada que era, en más consciencia de la verdad, lo cual ha dado grandes frutos para vuestro ser. No miréis para atrás. Tampoco para adelante. Fijad vuestros ojos en Cristo.


El amor no anda en busca de culpables, o seguidores que paguen por sus culpas y pecados. Nada de eso procede de su ser. Él, que es el Señor de la vida, Madre de los vivientes y Fuente de alegría sin fin, solo os llama a dejarlo entrar cada vez más en vuestras vidas. Hasta llegar al punto en que seáis completamente absorbidos por su divina realidad. Para ello, se os invita incesantemente a dejaros amar. A darle al universo la oportunidad de mostraros cada día su amor infinito, su benevolencia sin fin, su abrazo de luz inefable.


Todo lo que necesitáis para alcanzar la plenitud reside en Cristo. Cuando os unís a Él conscientemente, os dejáis absorber por la esencia divina, causa y fin de la santidad; desde la que surge la creación perfecta del Padre de la perfección. Hermanas y hermanos de todo el mundo, escuchad con alegría lo que os vengo a recordar. Tenemos un Dios que nos ama con un amor sin medida. Una pureza sin igual. Y una abundancia que ni siquiera somos capaces de dimensionar. No soló vosotros - como seres de naturaleza humana -, sino toda la creación, incluyendo a los seres angélicos y arcangélicos. Nadie es capaz de abarcar la infinita Misericordia del amor perfecto. Por ello es que deseo invitaros a no ponerle límites a la bondad de vuestra Madre divina. Aquella que nos ha dado la vida, y la sigue dando por toda la eternidad. De Ella brotan fuerzas inimaginables de pureza y santidad. En su corazón reside la fuerza del universo, la sabiduría eterna, y la ternura de un amor que no conoce fronteras. Caminad con Ella, tal como lo hago yo, vuestro Ángel de luz que os ama incondicionalmente.


El amor os invita a levantar vuestras cabezas, erguir vuestros cuerpos santos, extender vuestros brazos y abrir vuestras manos. El cielo os está llamando. Desde sus alturas, está derramando gracias inconcebibles hacia la humanidad. Una lluvia de bendiciones está cayendo desde el corazón de Dios hacia la tierra y sus criaturas. A todos los seres vivientes les llega. Y también a toda la creación universal. Dejaos inundar por ello. Abrid vuestros corazones para recibir los milagros del amor de Cristo. Y la gracia bendita del Abrazo de María, causa de nuestra alegría, refugio de las almas que buscan la paz, consuelo de los afligidos, y júbilo de los corazones que viven en el amor. En ella hallaréis los tesoros del reino, pues su Inmaculado corazón es la fuente del amor hermoso, siempre en unión con el Sagrado corazón de Jesús, basamento de la belleza de la santidad.


Alegraos en María. Entregaos al amor de Dios. No os arrepentiréis. En verdad, en verdad os digo que nada es imposible para el Amor perfecto. Entregadle a Él vuestras vidas, cada vez más. Y veréis grandes maravillas. Seréis felices, incluso aquí en la tierra. Y la hermosura de vuestro ser santo será manifestada, para gozo de los que buscan la verdad. En otras palabras, comenzaréis a vivir vuestro cielo desde ahora y por toda la eternidad. Pues para ello fuisteis creados, para gozar eternamente en el amor de Dios.


Os bendigo en la santidad.


Gracias por responder a mi llamada.

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