• Sebastián Blaksley

Capítulo 2.2 - En los brazos del amor

Amada alma de Dios. Hija bendita de la luz eterna.


Feliz aquel que confía en el Señor y se sumerge en su infinita bondad. Quien eso hace, vive en la unidad santa. Y por ende, en la verdad. Todo en la creación está unido a su fuente creadora, de lo contrario no podría existir. Ya hemos hablado de esto. Pero aquí lo traemos a la consciencia con el fin de derramar sobre este conocimiento, una nueva luz.


La verdadera devoción consiste en permanecer en la unidad. Es decir, entregarse por entero al amor que da la vida. Cuando haces eso, con tu cuerpo, alma y corazón, estás viviendo tal como Dios te creó para vivir. Pues has sido creado para vivir eternamente en sus brazos. En la unidad con su divino ser. En verdad, en verdad te digo que cada pensamiento amoroso que piensas acerca de Dios es un acto de devoción, tal como lo es cada acción y cada sentimiento dedicado al amor perfecto. Amada del cielo. Es con tu humanidad – tal como es - con lo que te unes en la verdadera devoción. En otras palabras, con todo lo que eres.


Intentar excluir algo de ti, de la unión con Cristo, es un mecanismo que surge de no amarte con amor incondicional. Esa manera de amar es lo que podríamos llamar un amor imperfecto, ya que la in-condicionalidad es la esencia del amor santo, el cual es la realidad de Dios. In-condicionalidad y totalidad son lo mismo. Con amor te digo que no se puede vivir plenamente en la verdad, sino se vive en la realidad. Y dado que esta es la totalidad de lo que es, no se puede amar con amor perfecto sino se ama totalmente, es decir con un amor sin límites, ni condiciones. Esto se debe a una sencilla razón; tu verdadero ser – que es uno de puro amor - es ilimitado. Recuerda que el amor no pone condiciones. Alégrate de que así sea.


Amada alma. ¿A través de qué otro medio podemos unirnos a nuestro Creador de puro amor, sino a través de lo que somos? Lo que eres, es la puerta de acceso a la realidad, a la vida; y con ello a Dios. Dicho de otro modo, tu cuerpo, mente y corazón, es decir todo lo que forma parte de ti, es la morada de Cristo. Es allí donde puedes hallar su divina humanidad, y con ello el cielo.


No hay otro medio para entrar al reino y permanecer en él, que no sea lo que somos. Por esa razón es que insistimos una y otra vez, en la importancia de amarse a uno mismo con un amor sin límites, ni condiciones. Un amor a prueba de todo. Un amor perfecto. Es cierto que la palabra perfecto, muchas veces puede ser un obstáculo para comprender esta verdad bajo la luz de la sabiduría eterna. Pero deja de serlo, tan pronto como reconoces que la idea de perfección que tienes procede del pensamiento aprendido del mundo, y no guarda ninguna relación con la verdad.


Eres perfecta tal como eres porque fuiste creada por Dios, fuente de toda perfección. Y no solo tú, sino toda criatura. Esta es la razón por la que no existen motivos para dejar algo de lo que eres fuera del alcance de la Luz de Cristo. Guardar algo de ti en alguna bóveda lúgubre de la consciencia, con la esperanza de que no sea visto por el Amor - al no mirarlo tú -, y de ese modo mostrarte como un yo ideal, es la base de la locura. Quizá no se vea tan así, pero en verdad te digo que ese mecanismo mental es el que le da vida al ego. Y con ello, a lo que no procede de la verdad. En otras palabras, es la roca sobre la que está construida la casa de la ilusión.


Amor perfecto, es una expresión que busca distinguir entre la falsa idea de amor y aquello que constituye la esencia de la verdad. Una vez más, recuerda que el amor no es un sentimiento, tampoco una idea, o algo que haces. Amor es lo que eres. Por lo tanto, no hay motivos para sentir vergüenza por algo que procede de ti. Si hay cosas del pasado que no te gustan, no pienses en él. Tampoco pienses en el futuro, pues eso que crees acerca de él no existe, salvo en tu imaginación. El futuro está en manos de Dios. Con amor te digo que su realidad no tiene nada que ver con lo que crees que será. Nada de lo que piensas acerca de él es verdad. No lo fue en el pasado, tampoco lo será ahora o mañana. Regocíjate en esta verdad. Abre tu mente y corazón a la eterna novedad de Cristo, en cuya grandeza reside la realidad. Y por sobretodo, recuerda que la vida le pertenece al amor.


Dios es eterno presente. Por lo tanto, es en él donde hay que vivir para poder permanecer en la dicha del cielo que eres. Es en él donde te conoces en la perfección divina, y no en los juicios de una mente aprendiz. Es allí, en el presente del amor santo, donde la verdad te es dada sin esfuerzo alguno, la revelación brilla en toda su luminiscencia y tu santidad es abrazada por tu hermosa humanidad. Allí es donde eres la devota del amor perfecto. Te entregas en cuerpo y alma al presente de Dios. Eres la eterna amante divina, unida a su divino amado. Eres una con tu realidad. En razón de ello, eres por siempre feliz. Por ello es que se te invita incesantemente a permanecer en la unidad. Es decir, que consagres todo pensamiento al amor, así como cada latido de tu corazón, cada deseo, necesidad, impulso. Cada amanecer y cada puesta de sol. Es decir, toda tu vida. Haz eso y estarás viviendo en el cielo ahora, y alcanzarás el conocimiento que a continuación se comparte.


Cristo es el regalo que recibes, como fruto de la devoción. Al recibirlo a Él, te recibes a ti mismo en la verdad de lo que eres. Puesto que todo lo que es Suyo te pertenece a ti, por derecho de nacimiento, y por su divina voluntad.


Bendito seas tú que te consagras al amor.

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