• Sebastián Blaksley

Capítulo 2.3 - Devotos de la verdad y el amor

Amada hija del Cielo. Alma nacida de las profundidades de la misericordia sin fin.


Hoy vengo lleno de alegría a morar una vez más en tu presencia, de este modo particular. Nuestros diálogos están llenos de amor y sabiduría. Irradian luz y belleza, porque dan testimonio de la santidad en la que permanecemos unidos por siempre. Nuestra relación es fuente de gozo para mi corazón. Te doy gracias por permitirme formar parte de tus relaciones, de tu vida, de tu realidad. He sido creado para servir al amor, y en realizar esa función reside mi contento y plenitud. Que dicha es saber que Dios mismo permanece en perpetua unión con cada una de sus criaturas. Y que nada puede separarnos de su amor.


He venido a decirte – o mejor dicho recordarte – que todo ser creado alcanza la plenitud al darse. Sé que esta verdad es conocida por ti. Aún así, es necesario traerla a este diálogo, para continuar avanzando hacia un mayor conocimiento de la gracia de la devoción. Poder entregarte con todo lo que eres, a la relación directa con el Amor que es la fuente de la creación, es decir con el creador de la vida, es un tesoro que nos ha sido regalado al ser creados. No siempre es visto como tal por la mente pensante, pero ciertamente lo es.


Por medio de la capacidad de unirte a Cristo con la mente, el corazón, el cuerpo y todo lo que forma parte de ti, te haces uno con Él. En razón de ello, no solo participas del cielo sino que tú mismo te haces cielo en su amor. ¿Puedes comenzar a comprender por qué tu función es la de traer el cielo a la tierra, o dicho de otra manera, reunir ambos reinos en la consciencia del creado, para que sean aceptados como la unidad que son? Para ello te ha sido dado el don de la devoción.


Alma amadísima. No existe distancia entre el cielo y la tierra, porque no existe espacio que recorrer entre lo que eres y su aceptación plena. Puede que algunos argumenten, que es cierto que no existe un lugar donde ubicar al reconocimiento de la verdad, de la que estamos hablando. Pero que aún así, existe tiempo entre lo uno y lo otro. Sinembargo, esto no es tan cierto como pareciera ser.


No existen diferencias entre lo que es el tiempo y lo que significa el espacio. Ambos son lo mismo, aunque sean percibidos de modo diferente. Recuerda que ya hemos dicho que existe una unidad inseparable entre la materia, el espacio y el tiempo. Son parte de una realidad dada. Eso es verdad. Pero también lo es; el hecho de que, aquello que no está sujeto a ninguno de sus aspectos o condiciones, no puede estar limitado por ellas. Esos tres aspectos de la realidad terrena son limitaciones, simplemente eso. Y como tal, no tienen ningún poder sobre aquello que fue creado fuera del tiempo, el espacio y la materia. Dios no tiene límites, su infinita extensión no puede ser obstruida por nada.


La existencia de los límites de la realidad tridimensional terrena, son muy útiles al Espíritu Santo, para el propósito de la delimitación de tu identidad. No tienen por qué ser algo que se viva con dolor, o que cause frustración. Son simplemente medios elegidos para alcanzar la plena realización de tu individuación. Como tal, son perfectos. Están ahí para cumplir la voluntad de Dios, es decir, la cual dispone que te conozcas a ti mismo en Cristo, es decir en la verdad, y goces de tu unicidad santa.


Quizá te preguntes porqué hablamos de estas cosas al hablar de la devoción. Lo hacemos porque de eso se trata; de que vivas tal como eres en verdad. Eso es posible cuando permaneces unido a lo que eres. Lo cual se realiza cuando te entregas por entero a tu verdadero ser, que es uno con Dios. Por ello es que se te invita a amar a Dios sobre todas las cosas, es decir con toda tu alma, con toda tu mente, y todo tu corazón. Este no es un mandato establecido para crear un pesado yugo sobre los bien-amados hijos e hijas del amor divino. Es simplemente una llamada a que te ames a ti mismo en la unidad divina que eres, y de ese modo ser conocedor del amor que eres en verdad. Al hacerlo, irradias luz, santidad, belleza, y los demás tesoros del reino.


Amar a Dios es amarte a ti mismo, puesto que no se puede concebir al creador como algo separado ni diferente de su criatura. El alma sabe qué es la verdad. Pedirte que ames a Dios sobre todas las cosas, es recordarte que ames todas las cosas en Él. Lo cual significa que ames con el único amor que existe, es decir Su divino amor. Recuerda que no hay otro amor que el de Dios, así como tampoco existe otra verdad que la de Cristo. Y que ambos moran en tu ser, pues son su fuente y su única realidad.


Dios no necesita que lo suban a un pedestal. Tampoco tú. De hecho, no necesita nada, tal como no lo necesitas tú. Lo único que desea es que cada una de sus criaturas goce eternamente de la dicha que no tiene fin, pues para ello fueron creadas. Su voluntad es que participen por entero del gozo infinito de su divinidad. Y sabe que eso solo es posible cuando vives en la verdad. Lo cual haces cuando reconoces tu verdadera identidad en Cristo, la aceptas jubilosamente, y te entregas a ella en cuerpo y alma. Es decir, cuando te transformas en el jubiloso devoto de la verdad y el amor que eres, y que son todas las cosas.


Ahora podemos comprender en mayor grado, la unión que existe entre devoción y ser. Entre la relación directa con Dios, y la realización del propósito de tu existencia. Ambos son uno, porque solo en el amor eres tal como fuiste creado para ser. Y solo dándote por entero a él, es como alcanzas la plenitud de tu ser.


Benditos seas tú que conoces y aceptas esta verdad.

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