Capítulo 4 - Realización en el amor

4. Realización en el amor

Amada de mi ser. Alma purísima. Quizá te preguntes por qué ahora habría de comenzar a vivirse la era del corazón y no antes. ¿Qué propósito tiene el tiempo? ¿Qué es lo que hace que se tenga que esperar para alcanzar la consecución de los planes divinos? En este encuentro responderemos a esas preguntas.

Tal como se te ha dicho, el tiempo existe porque es una opción que existía dentro de la pura potencialidad del alma, de lo contrario no podría haber sido concebido. Nada puede cobrar existencia sin el consentimiento de la voluntad de Dios, en cuya realidad moran sus leyes eternas. Si bien lo que el Creador crea no puede ser descerado, lo que la mente fabrica en fantasías sí que puede ser deshecho. Ninguna ilusión es eterna. Eso es precisamente lo que está sucediendo en el reino del tiempo, se está desmantelando la maya que atrapaba a la creación, causándole todo un sistema limitaciones.


Un modo más sencillo de comprender lo que estamos hablando, es darse cuenta de que el tiempo no está yendo hacia adelante, tal como se lo percibe, sino hacia atrás. El tiempo se ha estirado desde la eternidad – que es el reino del no tiempo – hasta un límite. Una vez llegado a ese punto, comenzó a retraerse. En realidad el tiempo no va a ningún lado. Pero dada la tendencia de la mente humana a pensar en términos secuenciales, nos será útil concebirlo de esta manera para el propósito de este diálogo. En la trayectoria recorrida por el tiempo, desde la eternidad hacia el punto límite de su máxima extensión posible, se fue fabricando la historia de la creación tal como la conoces, y como parte de ello la de la humanidad.


Hemos dicho que el tiempo no va a ningún lado. Esto es algo que puedes comprender con facilidad, porque el tiempo no entra en la esfera del espacio, ya que son de naturaleza diferentes, aunque puedan convivir dentro de una misma dimensión. Lo mismo sucede con los diversos seres que pueblan la tierra, son diferentes, y sin embargo comparten un mismo reino.


Si el tiempo no va a ninguna parte, significa que no se mueve. Si no se mueve, ¿Cómo es posible que exista? ¿Acaso no piensas en él como algo que va deslizándose desde el presente hacia el futuro, y en su trayecto deja una estela detrás a la que llamas pasado? ¿Si el futuro no existe, y el pasado no es real, a dónde puede ir el tiempo si lo único real es el presente? La respuesta es muy sencilla, a ninguna parte. Su realidad existe solamente en la imaginación.


La noción de tiempo es una de las grandes creencias universales que ha ido pasando de generación en generación, afianzándose en la mente humana, hasta el punto en que pareciera imposible concebir la existencia sin él. Incluso la organización del cotidiano vivir del mundo está regida por su aparente realidad. Pareciera que lo abarca todo en tal medida, que no puedes ni siquiera concebir la idea de que no exista realmente.


Retornar a la casa del Padre es una expresión que refiere a un retorno. A un desandar pasos y regresar. En otras palabras, denota con claridad que se está volviendo a un punto de partida. Eso es precisamente lo que el universo está haciendo. Se va contrayendo hasta que finalmente regresa al estado de perfecta unidad con la eternidad. O si prefieres, con el eterno presente. El reino del no tiempo, de donde un día salió para tomar distancia y conocerse a sí mismo del único modo en que no podría hacerlo. Es decir, de una manera de conocer que estaba separada de la que Dios conoce.


En la parábola del padre misericordioso, el símbolo del hijo pródigo no hace referencia solamente a un alma o persona. El hijo es la filiación, la creación en su totalidad, la consciencia universal del creado. La casa del padre es un símbolo que representa al reino divino, única realidad cuyas leyes están en armonía con lo que el ser - y con ello la creación - es en verdad. Fuera de él no es posible vivir en paz, porque no existen leyes que permitan, ni el sustento del ser, ni su existencia, ni su expresión. Dicho de otro modo, lo que eres solo puede ser pleno en el reino cuya realidad es una ello. Un ejemplo claro es lo que sucede con un pez al salirse del agua. Simplemente no puede seguir viviendo, porque solo el reino de las aguas contiene dentro de sí todo lo que él requiere para desarrollar una vida en plenitud.


Una de las razones por la que se te dificulta comprender lo que aquí se dice acerca del tiempo, es que sabes que el amor es expansión. Por lo tanto, la mente inquiere; cómo puede ser cierto lo que se dice, acerca de que el universo está contrayéndose, si la vida es expansión. Una tentación en referencia a este asunto es decir que en realidad, la vida del mundo no es real y por ende no es vida verdadera, de tal manera que lo que se contrae no es vida. Sin embargo, esto no es tan así. La vida terrenal es vida. Esto se debe a que está sustentada por el amor. De lo contrario, tal como ya dijimos, no podría ni siquiera ser concebida. Además de ello, si no existiera en ella la fuerza vital de la vida eterna, Cristo nunca podría haberse unido al tiempo.


Ahora responderemos con claridad a este asunto de la irrealidad del tiempo, y el viaje que está haciendo la humanidad, y con ella toda la creación. La contracción del tiempo se realiza a medida que el universo se expande. Si se expande lo suficiente, llega a un punto en el que se une a lo eterno. Esto no es algo que la mente pensante pueda aceptar ni comprender, por medio de sus razonamientos intelectuales. Aún así, la mente unida al corazón sabe que es verdad. La consciencia experimenta esto cada vez que se une al amor. Cuando el amor hace acto de presencia en tu vida, el tiempo colapsa. Y al mismo tiempo tú te expandes. Sientes que trasciendes todo límite, te sientes invulnerable, vivo. Esto no es una mera sensación, más bien procede del recuerdo de la eternidad. Este recuerdo, el cual surge del conocimiento, vive en ti y no se puede borrar por la sencilla razón de que es lo que eres.


La humanidad, como parte de la creación universal, está retornando al punto de partida, la casa del padre. Hace esto por medio de su unión con el amor. Al unirse más y más a él, se va expandiendo la consciencia y en esa expansión se va contrayendo el tiempo, el espacio y la materia tal como lo has concebido hasta ahora. Por eso es que un día te dije que tu función era “hacerte nada en el amor”. En él te haces todo, a medida que lo que no es verdad en ti se hace nada. Esta también es la razón por la que un día te dije, “tú me das la nada, y yo te devuelvo el todo”.


Puedes pensar en el punto límite de extensión del tiempo, como el punto más bajo al que llegó la caída de la consciencia, o el punto máximo de inconsciencia, desde el cual la filiación comenzó a hacerse más y más consciente de lo que es en verdad. Inició así su retorno al amor. No porque antes no estuviera unido a él, sino porque lo había concebido como algo aparte de sí mismo. No es que el alma no amara el resplandor de la gloria del padre, o que su divina esencia no causara en ella una atracción irrefrenable. Lo que aconteció es que al contemplarla, pensó que la Grandeza de Dios era algo distinto de lo que era su ser. Algo admirable y venerable, pero diferente de sí misma.


La idea de un ser divino separado de lo que el alma es, es lo que creó el mundo de la dualidad. Es decir, un reino en el que la duda fuera posible durante un tiempo. Una dimensión en la que el amor conviviría por cierto espacio temporal con la idea de un opuesto a sí mismo, para que la filiación pueda elegir. Ya no por la visión directa de la verdad, sino de modo indirecto por medio de los opuestos. Aún así, la llamada a la elección seguiría activa, incluso en la consciencia dual. De hecho, ese llamamiento no se puede borrar del alma pues es constitutivo del ser.


Vaya donde vaya la filiación, haga lo que haga, o fabrique las dimensiones que desee fabricar, la llamada del amor a permanecer en su divina unidad la acompañara sin interrupción. En este contexto, podemos decir que el reino de los cielos es el estado de consciencia de la unidad, a la cual la creación se une por medio de la jubilosa aceptación del llamamiento divino a vivir en la verdad de lo que es, es decir del feliz reconocimiento de que es una con Dios. En ello, el alma abraza para siempre la verdad que le dice que en Él lo es todo y goza de toda plenitud, y que fuera de Él no es nada porque no existe realidad fuera del amor; y Dios es amor, tal como ella también lo es. En eso radica la unidad. Unión del amor con el amor.


El universo se extiende porque se se expande la consciencia que le da existencia. Esta es la razón por la que se inició con un punto de materia, en la que estaba condensada la consciencia del creado en el plano físico. De ese punto de inicio, que es en realidad el punto de retorno a la consciencia del amor, comenzó a expandirse cada vez más. Esa expansión fue creando nuevos seres, cada vez más conscientes, pues son la extensión del amor. Recuerda que el amor crea siempre un nuevo amor. De tal manera que el universo va ensanchándose – por decirlo de alguna manera – hasta hacerse uno con lo infinito. Regresar a la casa del padre es retornar a la consciencia del amor.


Todo tiempo estaba contenido en el punto de materia inicial, al igual que todo límite. A medida que la consciencia universal comenzaba a expandirse, tanto el tiempo como la materia - y con ello el espacio - se des-condensaba, y con ello se iba desvaneciendo. Esta es la razón por la que los seres que van cobrando existencia en el universo, son cada vez más conscientes y sutiles. Hasta que llegue el punto en que no exista diferencia entre lo celestial y lo terrenal, lo eterno y lo temporal, la materia y el espíritu, tal como lo ha dispuesto la voluntad de Dios desde siempre. Esto explica de modo simple porque dije que era el Alfa y la Omega. Todo surge del amor, y retorna a él.


A estas alturas, tal ves te estés preguntando cómo es posible que se desvanezca lo que no existe, ya que el tiempo en sí es una ilusión. La respuesta es sencilla, porque las ilusiones necesitan del tiempo para existir y en él son desvanecidas. Las fantasías dejan de habitar la mente a lo largo del tiempo, porque para que ello suceda deben desandar lo andado. Es cierto que la velocidad con que se desanda el patrón mental de crear fantasías es muchísimo más veloz que el de haberlo desarrollado. Esto se debe a que el tiempo de fabricación de las ilusiones no actúa como una recta horizontal sino vertical. Se sube la cuesta de la separación, o de la negación de la verdad, y una vez que se decide retornar al amor se desciende como si el alma soltara las amarras que la tenían atada al mundo de las ilusiones, y saltara hacia los brazos del amor.


El hecho de que el des-hacimiento del patrón mental de crear fantasías se realice con mayor celeridad, es lo que está viviendo la humanidad en estos tiempo de transformaciones percibidas como veloces y profundas. Naturalmente, no existe esa velocidad propiamente dicho, ya que el tiempo no va a ninguna parte. Lo que sucede es que la mente pensante percibe como muy veloces a los cambios que no logra integrar por medio de sus razonamientos aprendidos. Dado que lo nuevo no puede ser comprendido usando como marco de referencia lo viejo, la mente aprendiz queda desorientada. Cuando está intentando integrar un cambio, percibe que ya se sucede otro, y así sucesivamente. Esto crea un estado de agobio en ese aspecto de la mente. Todo esto tiene un propósito, y es que finalmente se deje de creer que lo que la mente pensante – con sus interpretaciones aprendidas acerca de lo que es la vida – se deje a un lado.


El tiempo va unido a la memoria cognitiva y esta a la capacidad de aprendizaje. Para ello existe. Sin memoria, la mente aprendiz no podría aprender nada, ya que no existiría un espacio donde guardar lo aprendido. A ello es lo que normalmente se lo llama conocimiento del mundo. Sin embargo, cuando la consciencia deja de brindarle energía a ese aspecto de la mente, y se va desentendiendo de ello, lo que sucede es que comienza a alborear el verdadero conocimiento, el cual procede de la mente de Cristo, y no de las interpretaciones de una mente que busca pensar por y para sí misma. Esto hace que exista durante un cierto tiempo, una resistencia por parte de ese aspecto del alma que estaba acostumbrada a concebir la realidad a su modo, y que creía que era ella quien debía darle significado a las cosas.


Tal como se puede observar, lo que sucede en el reino terrenal no es otra cosa que un proceso de des-hacimiento de los patrones mentales, emocionales y de más aspectos del alma. Todos los cuales son desvanecidos, para poder unirse a Cristo en la plenitud del ser. De esto, y no de otra cosa es de lo que se trata lo que llamas la historia de la creación, la de la humanidad y la de tu paso por el reino del tiempo.


Una vez que aceptas al amor como tu única realidad, y por ende como lo que eres, los patrones de los que hemos estado hablando, se van transmutando unos tras otros. El universo trabaja para que ello se realice de modo perfecto y en paz. No solo para ti, sino para toda la creación. Esto se debe a que la consciencia del amor engloba dentro de sí a la consciencia universal. En otras palabras, la creación física, el mundo y tu existencia, están ahí para colaborar con tu voluntad y la de Dios, de vivir conscientemente unidos en la dicha del amor perfecto. No solo para ti, sino para toda la creación.


Confiar en que Dios llevará a feliz término tu realización, y la de todos, es vivir en la verdad. En tu ser existe el conocimiento de que esto es verdad. Sabes que la vida está en manos de Él, es decir de un Ser supremo que le da existencia, y la sostiene con benevolencia por medio de su fuerza vital de puro amor santo. Este conocimiento, el cual procede de tu perfecto conocimiento de Dios, mora en ti. Puedes acceder a él a cada instante de tu vida. Para que su belleza pueda resplandecer en tu mente y corazón, solo necesitas aquietar tu alma un poco. De ese modo, invocas a la paz, y permites que la voz del amor sea oída por ti y para el mundo entero. Al hacerlo, te haces consciente de los latidos del Sagrado corazón, de cuyo palpitar brota la vida de tu ser, y en cuyo amor moras eternamente en unidad con todo lo creado.


Alma llena de luz. Corazón lleno de hermosura. Compréndelo bien. El propósito del tiempo, y todo lo que está unido a él, es llevarte dulcemente al reino del no tiempo. Una vez que te lleva hasta sus puertas, se desvanece para siempre, y retorna a la realidad sin forma ni límites del Espíritu Santo. En ese umbral del cielo, Dios mismo toma tu mano, besa tu alma, y con su dulce vos te dice:


Amada mía. Hija de mi divinidad. Bienvenida a casa. Te estaba esperando. Pasa a gozar de las delicias de mi amor, las cuales te pertenecen por toda la eternidad. Tuyo es el cielo. Tuya la tierra. Tuyos son los ángeles y tuyo mi corazón, pues Cristo es tuyo y todo para ti.

Y tú te fundes por siempre en el amor.

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