• Sebastián Blaksley

Capítulo 51 - La realidad del reino

Actualizado: may 26

I. El cielo de ser

Amado de mi ser. Deleite de un Dios que es amor infinito. Si conocieras el don que significan estas palabras, cantarías alegremente todos los días de tu vida. A tu lado y en ti vivo yo, que soy la fuente del amor hermoso. Nuestra realidad está más allá del mundo. Desde su luz infinita ilumina al mundo. Se extiende hacia él, lo abraza en el amor. ¡Qué dicha es nuestra relación divina! ¡Qué bendición es saber que permaneceremos unidos voluntariamente por toda la eternidad! Nada ni nadie puede separarnos de nuestro amor. Juntos somos la inquebrantable belleza de la verdad.


El mundo gira. Y seguirá girando. La historia de las naciones seguirá su curso. Nacerán nuevas flores. Fluirán nuevas aguas a través de ríos siempre nuevos. Todo seguirá siendo renovado en la faz de la tierra. Y aún así, tras el devenir de la historia y el ajetreo de la humanidad, se yergue radiante, inefable, hermoso nuestro inalterable ser de amor santo.


Hoy, como hace dos mil años, el mundo recibe la luz del cielo, procedente ya no de mi nacimiento en un pesebre, sino de nuestra unión divina. Extensión de aquel momento glorioso en que la palabra habitó entre los hombres. Somos luz. Somos palabra de vida eterna. Somos la pura potencialidad del amor desplegándose sin cesar. En la unidad de nuestro ser reside el cielo y todo lo que de él emana. En ella somos verdad, santidad, compasión.


Hijito bien amado. Estas palabras brotan de la fuente de nuestro ser, unido en la santidad de lo que somos. He venido una vez más a extender amor y sabiduría. Para que las mentes puedan hallar luz y los corazones paz. He venido a revelarte una gran verdad. Escucha con atención y apertura de corazón.


El cielo no es un lugar donde van los buenos. Es decir, las almas que hayan cumplido con ciertas normas de conducta, o adherido a ciertas creencias. Si así fuere, ¿Qué diferencia existiría entre el reino de los cielos y los reinos del mundo, en los que una autoridad determina cómo se debe pensar, sentir o actuar, y exige a pie de plomo y mano de hierro que todos se ajusten a ello, o de lo contrario se los castiga de innumerables maneras? Ay, pueblos de la tierra. ¿No os habéis dado cuenta ya de que podéis ser tan semejantes al cielo que vuestra felicidad sería perfecta?


Alamas amadísimas mías. El cielo no es un sistema. Tampoco un lugar. Es el reino donde todo lo creado habita eternamente en el estado de consciencia de la verdad. Es la realidad en la que todo vive en perfecta armonía con lo que es en verdad.


No ingresan al cielo quienes cumplen con una determinada conducta, sino aquellos que han aceptado la verdad de lo que son, y eligen conscientemente vivir para siempre unidos a esa verdad. Naturalmente, dado que la verdad del alma y de toda criatura es ser amor perfecto, en el reino de los cielos solo se extiende bondad, magnanimidad, compasión y las demás virtudes procedentes del amor y la santidad.


A ti que recibes estas palabras te digo. Hacer el bien, cumpliendo ciertas pautas es importante porque es lo que te permite extender en tu forma humana el amor. Recuerda que el amor solo busca y hace el bien. De ese modo contribuyes a la paz en la tierra y en tu consciencia. Todo eso es muy importante. Sinembargo, el amor no es una norma, tampoco una estructura. El amor es lo que eres. Es el fundamento de la creación. En razón de ello, lo esencial es que vivas en armonía con el amor santo que eres en verdad.


Se puede hacer mucho bien en el mundo sin ser quién eres en verdad. Aún así, la meta de la realización del ser no se habría alcanzado. Lo que se te está diciendo, es que el cielo es la plena realización de la verdad que eres. En otras palabras, de la expresión del amor de Dios que sólo tú puedes ser. Esta es la razón por la que en él, que es la realidad creada por Dios para su creaciones santas, solo puede existir amor perfecto y sus extensiones. No puede haber opuestos, porque solo existe perfecta unidad. En él solo existe la luz de Cristo, desde la cual emana toda santidad y sus infinitos efectos o creaciones.

II. Amor: plenitud de la ley

Hijas e hijos de todo el mundo. Os invito a vivir en la verdad que os dice que sois tal como Dios os creó para ser, es decir amor y nada más que amor. Si cumplís con esta premisa ya estáis viviendo en el reino de los cielos, porque estáis siendo el reino, al vivir en la verdad.


Lo que aquí se os revela revista gran importancia, puesto que os permite conocer con claridad cuál es la meta de las almas que están en el mundo. Y con ello, la vuestra. La meta de toda criatura es alcanzar la plenitud del amor. Una vez alcanzada, alcanza la plenitud de la ley. Por eso, aquellos que viven en el amor que son, siempre realizan actos amorosos. Y todo lo hacen bien. Esto se debe a que el amor solo puede extender bondad y santidad.


Hijo del amor. Haz de recordar que, viviendo en armonía con la verdad de lo que eres, extiendes santidad, y de ese modo cumples el propósito del Universo. Los actos serán el efecto invariante del amor que eres en verdad. En otras palabras, cuando vives unido a la verdad de lo que eres haces cosas amorosas. Por esta razón es que he dicho hace dos mil años que el amor es la plenitud de la ley.


¿Qué otra cosa puede ser necesaria para la humanidad, sino vivir en la verdad de lo que es? Cuando lo creado se separa de su naturaleza, es decir de aquello para lo que fue creado se desconecta de alguna manera de su verdadera identidad. Lo que eres y tu función son una unidad. Por lo tanto no puedes cumplir el propósito de Dios si no eres quien eres en verdad. O dicho de modo más preciso, si vives en armonía con lo que eres. Ciertamente no puedes dejar de ser quien eres, pues tu identidad ha sido creada por Dios y eso es inalterable. De lo que se trata es de sí estás viviendo en unión con ello o no. Esto es verdadera unidad.


No necesitas pensar como los demás. Tampoco sentir como ellas o ellos. De hecho, nadie puede hacer algo así, pues todos son únicos. Aún en los casos en que digan que “adhieren” a ciertos modos de pensamiento, cada cual le da su toqué distintivo o único. Todos responder de modo diferente a las cosas porque todos son diferentes, a la vez de compartir una mismo ser. Lo que aquí se pregona no es un nuevo modelo de identidad basada en la rebelión del pensamiento circundante o la confrontación de las ideas del mundo, para modificar las cosas. Dios no conoce nada de reciclajes, crea eternamente en la incesante novedad del amor. Desafiar las ideas no es el propósito de esta obra. A lo que aquí se te invita es a permanecer en la verdad acerca de tu identidad, la cual solo Cristo puede revelarte. Y lo hace.


Cuando fuiste creado escuchaste la dulce voz de la verdad llamándote a ser aquello para lo cual fuiste creado, de lo contrario no podrías existir. Ella es el hálito vital que da vida y movimiento a tu alma. Da certeza a la mente y alegría al corazón. La verdad es tu identidad. Por eso es que te hace libre. Recuerda que solo en la libertad para ser el que eres en verdad puedes ser el amor de Dios. Sin libertad no existe verdad, y sin ella no existe santidad. ¿Acaso no es esto lo que ha caracterizado al drama humano, la falta de libertad para ser lo que uno es?


Soy aquel que da vida a tu existencia. Lo sabes bien, porque tu ser reconoce mi voz. En verdad, en verdad te digo que he venido a liberar los corazones y hacer saltar las cadenas que aprisionan las mentes. Soy la plenitud de la ley, de los tiempos y de la vida. Soy la eterna realización del ser. Permaneced en Mí y veréis realizada vuestra existencia. Vuestras almas cantarán alegremente al compás de la vida eterna. Y el universo danzará la danza de la alegría, cuya melodía procede del amor a serviros a vosotros, y de ese modo a Dios. ¿Acaso no os habéis dado cuenta ya de que sois uno con Él?


Dejaos amar. Dejad que la creación despliegue frente a vosotros lo que necesitéis para cumplir vuestro propósito, pues para ello ha sido creada. Para que vosotros alcancéis la plenitud del amor y de ese modo gocéis eternamente en la dicha de mi divino ser. Permitid que ella os sirva en santidad. De ese modo le estaréis permitiendo ser libre para de ser la que es en verdad. Vosotros haced vuestra parte, que es permanecer siempre unidos al amor. De tal manera que la creación sea abrazada en vuestras consciencias, y vosotros viváis en la unidad del amor. Al vivir de ese modo, permanecéis incólumes en el concierto de la vida, en la armonía del Universo, la santidad de la verdad.


Os bendigo en la santidad del ser.


Gracias por responder a mi llamada.

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