• Sebastián Blaksley

Capítulo 65 - Llamada de la Madre divina

Amado hijo mío,


Hoy quiero llenar tu vida de bendiciones. He venido con las manos abiertas llenas de gracias y tesoros del Cielo. Quiero invitarte a compartir conmigo la alegría de Dios. Por donde miras vez vida. Todo lo que se escucha a tu alrededor es dicha. En el silencio del amor surgen los cantos de la creación. El creador se regocija creando. El hijo se alegra en la presencia de la Madre. Y los ángeles cantan en unión con todos. Luces nuevas. Luces eternas. Los corazones danzan con María. Las mentes descansan en la paz de la verdad. Las almas se sumergen en el océano infinito de la consciencia pura.


Alégrense toda la tierra. Cristo ha llegado. Una nueva luz brilla en el mundo. Una nueva creación santa ha nacido. Surgida de la unión de nuestros espíritus enamorados. El movimiento del amor hermoso va creando un nuevo amor santo. El mismo que brota desde las entrañas mismas de la Misericordia sin fin. Aprovechad esta llamada del amor misericordioso del Padre. Es tiempo de jubileo. Tomad de él lo que os quiere dar. No esperéis demasiado en el tiempo. Tened en cuenta que el perdón de Cristo fue creado para el tiempo. Y cuando este se acabe, retronará a la eterna amorfía de Dios, desde donde ha surgido.


En este tiempo de Gracia y bendiciones, todo lo que entreguéis al corazón de Jesús será santificado en razón de su santidad. Todo lo que le pidáis será concedido, en tanto que esté en armonía con la voluntad de Dios y vuestro verdadero ser. No existe nada que pidáis en nombre de la Misericordia divina que no os sea concedido. Aún la situación más difícil a la vista de los hombres, será transformada en luz divina, cuando la pongáis en manos del Amor misericordioso. Todo nudo será desatado.


Os estoy regalando la Gracia más grande que se puede recibir. El poder de uniros a la Misericordia. Hacedlo con un corazón confiado. Pedidle a Ella lo que consideréis necesario. Verted en su insondable abismo, todo lo que aqueje a vuestros corazones. Unid a ella vuestras alegrías y tristezas. Dejad que todo lo que acontece en vuestras vidas sea sumergido en el océano infinito del amor de Dios. Un amor que es pura misericordia. Que sana las heridas. Que cuida a sus hijos. Un amor que responde a quien lo invoca. Que es siempre fiel. Que no se amedrenta ante el dolor o el pecado.

Dejaos abrazar por el amor de esta Madre divina. Decid a cada instante de vuestras jornadas:

María, madre divina, en ti confío

Con estas palabras enlazáis vuestros corazones con el mío y yo os llevo hasta las profundidades de la Misericordia. En ella, vuestras almas retorna al estado original. Queda lavada de toda mancha. Renace en la belleza de Cristo, y queda más blanca y pura que un copo de nieve. En verdad, en verdad os digo que no hay nada que no pueda ser restaurado por el poder del amor misericordioso del Padre. A ese amor sin principio ni final es a donde os puedo llevar si confiáis en mí.


Os pido de todo corazón que no viváis la vida como si no tuvierais una madre celestial. La tenéis. Está aquí. Hablándoos a cada uno de vosotros. A aquellos que recibís estas palabras y a los que no. El poder misterioso de la voz de Dios se manifiesta en todos de maneras que no podéis aún comprender. Estas palabras traen vida. Son dadas por la mente Uno, en la que toda mente reside. Son expresadas en la unión de los corazones. No os olvidéis que en Cristo sois una sola mente, un solo amor santo, un solo ser. En el inmaculado corazón de María sois la concordia del amor.


Vivid vuestras vidas alegres en la unión con Cristo. En ella reside el poder creador del universo y mucho más. No os dais una idea de cuántas cosas maravillosa tiene Dios para dar a sus hijos. Os invito a hacer la prueba y corroborar lo que se os está diciendo. Esta prueba no es una falta de confianza. Es un regalo del Cielo. A veces, hijitos de mi inmaculado corazón, el hombre necesita ver un poco para creer mucho.

La urgencia a hacer de la confianza plena en el amor vuestro alimento, hace que sea necesario regalaros la experiencia del amor actuante de Dios en vuestras vidas de un modo particular. Por ello es que os invito a pedir abundantemente. No como singo del miedo o de una creencia en la carencia. Sino como acto de confianza ilimitada. ¿Acaso los niños lactantes, no le piden sin tapujos a su Madre para que esta la alimente?


Os regalo el don de la confianza plena en el amor. Os llamo a hacer de ella la fuente de vuestra certeza, el camino a seguir y la manera de vivir vuestras vidas. Creced en ella. Entregáos sin límites a la Misericordia. Buscad desentrañar sus divinos misterios. Os aseguro que jamás podréis pedirle lo suficiente. Pues en ella residen los infinitos tesoros del Reino. Es una fuente inagotable de bondad. Es un sol perpetuo que ilumina todo en la belleza del amor. Es luz que nunca se apaga. Viento suave que siempre sopla, refrescando las almas y haciendo vibrar los corazones. De ella surge la vida. En ella se mueve todo lo que tiene movimiento. Por ella, todo ha sido creada. Incluso vuestro ser.


Sois la respuesta que el amor ha dado al amor. Habéis nacido de un diálogo santo entre las tres personas de la divina esencia. En la realidad trinitaria del amor es donde moráis. Haceros consciente de ello es retornar a la verdad. Vivir la vida en razón del amor que sois es vivir como el Cristo que sois.

Os doy mi bendición.


Gracias por escuchar mi voz y seguirla.

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