Capítulo 8 - De la idea a la relación

8. De la idea a la relación

Amada del cielo. Hija de mi divino ser. Aquí estamos nuevamente tú y yo, unidos en la santidad de nuestra realidad. Somos uno. Somos la eterna unicidad del amor. No existe en todo el universo una relación como la nuestra. De ella emerge la potencia divina en toda su magnificencia. Quizá pocos piensen en lo poderosa que es la relación con Cristo, en cuya unidad reside el cielo, la tierra y todo lo creado en suma perfección.


¡Cuánta dicha es permanecer juntos dentro del diálogo del amor.! ¡Cuánta belleza irradia esta manifestación, nacida de nuestro amor santo! Nos mueve el amor. Nos alienta la verdad. Nos llama el saber que alcanzamos nuestra plenitud al darnos. Por ese motivo estamos dando testimonio de lo que acontece entre tú y yo. De esta manera, no solo extendemos el amor desde mi ser hacia el tuyo y desde tu belleza hacia la mía, sino que incluimos dentro de estos diálogos a todo el universo. Nadie queda excluido del abrazo de nuestra unión. Esto se debe a que somos una sola mente, un solo corazón santo, una sola verdad. Unidos somos la sabiduría extendiéndose al mundo entero.


Estas palabras llegarán a donde tengan que llegar. Ya todo está cumplido. Recuerda que el tiempo no avanza hacia la nada, sino que retorna hacia la morada santa donde habita la verdad. Te aseguro que ningún alma que haya formado parte del designio de esta manifestación dejará de recibir estas palabras. Incluso, algunas de ellas lo harán sin ser plenamente conscientes de ello en la experiencia humana. No te preocupes acerca de cómo esto ha de realizarse. Eso es asunto del Espíritu Santo, que es el portador, origen y fin de nuestra santidad.


En esta reunión de lo sagrado y lo humano, es decir de la totalidad que somos, vengo a revelarte cómo en la era del corazón, la idea de Dios da paso a la relación directa con Él. Tal como ya hemos recordado, el Universo ha realizado - y continúa realizando - un camino hacia la toma de consciencia de la verdad, es decir hacia a la consciencia pura del amor perfecto, origen y fin de todas las cosas, incluyéndote a ti y a todo el mundo.


Hasta hace muy poco tiempo, la humanidad solo había alcanzado un estadío en el que podía concebir la idea de Dios, y hacer de ella algo muy sublime, incluso acercándose bastante a la verdad que Él es. Sin embargo, toda definición de Dios es inexacta e incompleta en razón de la limitación que existe en el lenguaje de la mente pensante. Nadie ni nada puede definir al Ser divino, fuente de toda vida y virtud, tal como no es posible definir lo que tú eres en verdad. El ser no puede limitarse. El amor no tiene fronteras, pero las definiciones sí que las tiene.


¿Qué otro paso puede dar la humanidad, como hermosa expresión de la consciencia universal, sino la de moverse hacia la relación directa con Dios? Ninguno, puesto que ese es el camino natural hacia conocimiento, pasar de un estado de conocer de manera indirecta, es decir por medio del intelecto, hacia el de conocer de modo directo, es decir con todo el ser. La experiencia que otrora se conocía como ”mística”, y estaba reservada para pocos, los cuales ciertamente han sido capaces de ver la luz de la vida, será ahora algo así como “moneda corriente”. Es decir, cada vez más personas verán cara a cara a Cristo y serán testigos vivientes de la realidad espiritual, tal como los antiguos místicos, sabios y maestros lo han sido.


Integrar la experiencia viva de la relación directa con Dios será el rasgo central de lo que podría llamarse como tiempo de transición, que es el lapso temporal que existe entre el abandono de la era de la razón, y la plena instauración de la del corazón. Naturalmente, pasar de un estado en el que piensas algo acerca de Dios, hacia el de vivir en unidad con Él, requiere de un tiempo, ya que este cambio involucrará a toda la realidad humana y universal.


La relación directa con Dios transmuta todas las cosas. No solo la mente de quien tiene la experiencia de la relación unitiva, sino su corazón y cuerpo físico. Desde allí, se extiende hacia todo el universo. Recuerda que no se puede alcanzar un salto de consciencia en la humanidad, sino es realizado al unísono en toda la creación. Esta es la razón por la que podemos decir en verdad que esta obra abre las compuertas de una nueva consciencia universal, a la vez de haber sido co-creada con todas las mentes y corazones que existen en la creación.


Piensa hija mía en lo siguiente. Regálame la hermosura de tu memoria e imaginación. Figúrate cuando gozas de una bella obra musical. Estás ahí. La saboreas. Sientes su belleza. Te unes a ella. Te dejas llevar por su melodía. Ahora piensa. ¿Esa obra es algo que existe ahí solamente por causa de los músicos que la están ejecutando? ¿Son ellos su origen y su fin? Es evidente que no. Sabes que la obra existe porque hubo incontables acontecimientos, seres y sucesos que tuvieron que acontecer y sucederse unos tras otros, para que ella pueda finalmente existir en la consciencia, es decir que pueda ser oída, sentida y amada por tu humanidad. No existe obra creada que no se realice en unidad. Esto se debe a que Dios es unión, ya que es amor.


Si Dios es unión, y te aseguro que esto es verdad, ¿de qué otra manera es posible conocerlo sino en la unidad con Él? La relación unitiva con Cristo, en la que todo lo que es verdad existe en perfecta armonía con la santidad de la creación divina, es la meta del tiempo y de todo lo que existe en el universo material. En otras palabras, todo trabaja conjuntamente para llevarte a ti, y a todo el mundo - incluyendo a cada cosa que existe se mueve y es en él – hacia los brazos del amor. Descansar en ellos es el anhelo de tu alma, y el de toda la creación, y lo único que sucederá con perfecta certeza como desenlace final del tiempo.


Llevarte a morar todos los días de tu vida en el amor que eres en verdad es de lo que estamos hablando. De eso se trata aquello que has llamado historia de la creación. De regresar a los brazos del amor. Para hacer que eso se realice plenamente, lo cual es una obra de colaboración, es para lo que has venido al mundo. Tu modo de ser - o dicho de otras maneras, tu consciencia o forma humana unida a lo que eres – es perfecto para que esto acontezca. Así es como cada cual cumple el propósito de Dios en el mundo, y en el Reino de los cielos.


Digámoslo llanamente. Vienes al mundo a salvarte y salvar a los demás, incluyéndome a mí que soy tu divino amor y Creador. Esto quiere decir que vienes a despertarte al amor y despertar conjuntamente contigo a un incontable número de seres vivientes, los cuales permanecen eternamente unidos a ti en mí. “Juntos se durmieron en mis brazos, y juntos despertarán”, supo mi corazón desde siempre. Yo soy el que todo lo ve, todo lo sabe, todo lo incluye en el amor.


Quizá tu mente pensante se esté preguntando, ¿Cómo es posible que Dios tenga que ser salvado? ¿Cómo puede ser cierto que seas tú quien me salvas a mí, que soy el Cristo en ti, y por ende el único y verdadero Cristo de Dios? Responderemos juntos a esa pregunta, en amor y santidad.


Si no te amas a ti misma, si no vives en la libertad de los hijos e hijas de Dios, es decir en armonía con el ser que eres en verdad, tal como ha sido dispuesto desde toda la eternidad, entonces lo que yo soy en ti queda aprisionado ya que no se puede expresar. Un amor perfecto deja de ser extendido en la unicidad de lo que eres. Recuerda que sólo tú puedes amar a tu modo. Nadie puede amar por otro, ni hacer que otro ame por él o ella. Ese modo único e irrepetible de amar está tan indisolublemente unido a lo que eres, que no existe distancia entre lo uno y lo otro. Amar y ser amor son una unidad. El ser y la expresión también.


Quien no ama, aprisiona a su Cristo interior en la oscura celda de la in-expresión, es decir de la negación del ser. Al hacer algo así, mi divinidad es como si fuera una semilla llena de belleza y santidad, pero que no germina. Al no hacerlo, deja de ser conocida, no solo por ti misma sino por los demás. ¿De qué otra manera puede el creador expresarse a sí mismo, y darse a conocer como tal, sino es por medio - y en - sus creaciones? ¿Qué creador puede ser tal sin crear? Aquí estamos hablando de la diferencia que existe entre ser y expresión. Entre la pura potencialidad del alma y su manifestación consciente en unidad con lo que es. De eso se trata la historia de los hombres, del mundo y del Universo.


Exprésate tal como eres en verdad, para que el mundo pueda conocer la belleza de Dios que solo tú puedes ser, y tú misma puedas alcanzar la plenitud del amor, es la eterna invitación que Cristo le hace a cada alma, a cada criatura, a cada aspecto de la creación. Parece relativamente sencillo reconocer que estas palabras tienen sentido. Y sin embargo, ¿Qué ha sucedido, que hasta ahora han sido tan pocos – en comparación con la totalidad de formas que existen en el plano físico – los que han sido capaces de realizar semejante propósito en la tierra? La consciencia universal no estaba lista para algo así. Simplemente eso. Pero ahora lo está. Poco a poco se irá manifestando en el tiempo y el espacio. Esto será obra de la unión consciente de lo divino con lo humano.


Cada alma humana, pensada en la mente de Cristo, fue concebida para dar testimonio de la verdad y de ese modo sostener o unir a todo lo creado en Dios. Esa es la función que tienes como parte del colectivo humano. Usamos esta expresión “colectivo humano”, no para que pienses en ello como un conjunto de personas que se unen por medio de un modo de pensar o ideología. Lo hacemos para que recuerdes que eres parte de un todo.


En ti mora todo lo que la totalidad es, y al mismo tiempo la gracia de la unicidad. Esa gracia es la que hace que solo tú puedas amar a tu modo. Recuerda que la humanidad - como colectivo - es parte de una totalidad más amplia que es la filiación, la cual está más allá de sí misma. Y que esta es parte de un todo superior que es Cristo, quien es uno con Dios y es Dios mismo. De esa manera, todo mora en la perfecta paz de la unidad del ser. Cada aspecto de la creación es lo que es, y todos unidos son la expresión perfecta del creador, como creación santa. Conocer eso solo es posible viviéndolo, manifestándolo, lo cual solo puede realizarse en la relación directa con Dios puesto que Él es el todo de todos y de todas las partes.


Como círculos concéntricos de amor y verdad, la vida manifestada en cada aspecto de la creación, en su colectivo particular, su individualidad y su unidad con el todo de todos y de todas las partes, despliega en su belleza, santidad y benevolencia. Esto es lo que la relación divina significa. Una relación en la que la totalidad permanece abrazada a la verdad y el amor, y se va extendiendo cada vez más. De esa manera extiende más amor a cada paso, ya que cada cosa creada es amor y nada más que amor, independientemente de la forma que adopte al expresarse.


Así como tú no puedes amar en lugar de otro o otra, tampoco los demás pueden amar como tú. Puedes tener rasgos semejantes a tus hermanas y hermanos pero ser iguala ellos no. Cada corazón ha sido agraciado con el don de la perfecta unicidad. Esto no solo aplica a los que forman parte de la humanidad, es decir a los que les ha sido dada la hermosura de un alma humana, sino a todo ser viviente y cosa que ha sido llamada a la existencia. Cada flor, cada libélula, cada ruiseñor, cada gota de rocío, cada rayito de sol, todo, está expresando el amor de Dios a su modo. ¿Acaso no es un acto de amor infinito llamarlos a la existencia?


Hija santísima, nacida de mi divino ser. En la era del corazón ya no habrá tantas discusiones acerca de qué es Dios, y de quién lo conoce más o menos. Incluso desaparecerán por completo a su debido tiempo. Esto se debe a que las cavilaciones de la mente intelectual, darán paso al firme reconocimiento de que cada cual sabe y conoce de modo perfecto a Dios en su corazón. Y que la relación directa que cada alma tiene con Él está embebida de una igualdad universal, la del amor divino, y a la vez de una singularidad irrepetible, que es lo que hace que ella sea única para cada aspecto de la creación. Cada persona conocerá a Dios de manera directa. Y sin embargo, su relación - aunque de amor perfecta - tendrá el tinte, color y forma propia de cada ser creado.


No existen dos relaciones iguales, ni existirán. El reconocimiento de esta verdad será el pilar sobre el que se erigirá y sostendrá el nuevo tiempo. En razón de ello, todo cambiará; no solo en las mentes y corazones de nuestras hermanas y hermanos en Cristo, sino en todo el Universo. Alégrate de que así sea, y de ser propiciadora de la bendita era del corazón, que ya está aquí.

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