• Sebastián Blaksley

Chapter 3.2 - El nuevo cielo está aquí

Hijo del altísimo. Amada alma de Dios,


El camino que vamos transitando, es el camino del corazón. Una senda eterna, cuyo origen, recorrido, y destino es el amor. Vengo lleno de alegría y gratitud a morar contigo, en unidad con lo que sientas que sientas, y piensas que piensas. Estoy a tu ldo y en ti, para que abracemos cada sentimiento y pensamiento, cada sensación, cada realidad interior que va surgiendo y moviéndose en tu experiencia presente. Abrazamos juntos todo lo que estás siendo. De ese modo llevamos amor a cada aspecto de tu ser. Y con ello a Cristo.


No existe nada malo en ti. No hay nada que esté desencajado de la santidad que eres en verdad. Todo sentimiento que nace en tu corazón, así como todo pensamiento que se engendra en tu mente, son extensiones de lo que eres. Por lo tanto, son expresiones de tu santidad. Juzgarlos, considerando a algunos de ellos como más apropiados que otros, más saludables, o positivos, con cualquier tipo de valoración que sea es algo que carece de sentido. Hacer algo así, no solo te lleva al desánimo y la desarmonía interior, sino que te sumerge en un estado ajeno a la verdad. Explicaremos esto.


Se ha dicho que no juzguéis, para no ser juzgados. Esa lección, o amoroso recordatorio, que se ha dado al mundo entero hace dos mil años, sigue siendo la base del camino de la paz. El amor no puede existir donde moran los juicios. Esto se debe a que, cuando decides juzgar, comienzas a crear una realidad donde tiene que haber culpables y víctimas.


La victimización y el apego a la culpabilidad van de la mano. Esto se debe a que, si juzgas algo de ti como erróneo, tienes que concebir algo de ti como su contrario, para que lo elimine o someta. Lo mismo ocurre si juzgas algo como correcto en ti. En una mente dividida, la idea del bien siempre va unida a la del mal. Pensar en una, conduce a pensar en su opuesto. Así las cosas, al juzgar se inicia una la lucha, la cual busca erigir a una de las partes como vencedora, y a la otra como víctima. Recuerda que juzgar es un aspecto central de la mente egoica y no de la mente de Cristo. Lleva el recuerdo de esta dulce verdad, bien en alto durante este diálogo.


Al juzgar, la mente separa en dos bandos. Lo cual crea las condiciones perfectas para la pugna. Comienza así, a jugarse un partido en el que debe haber un ganador. El empate no es posible en este tipo de juegos, se dice a sí misma la mente separada del amor. Se desarrolla así, una pelea cuerpo a cuerpo entre dos partes opuestas, las cuales buscan establecer su supremacía. ¿A qué se debe eso? A que sabes que no puedes ser dos cosas contrarias al mismo tiempo. O bien eres malo, o bien eres santo. No se puede ser ambas cosas en simultáneo. O eres un ego, o eres Cristo. No hay una tercera opción. Esto lo sabes bien, y no se puede cambiar, pues forma parte de lo que eres. Alégrate de que así sea.


Amarte a ti mismo es la fuente de la paz y la condición para vivir en la verdad. Se ha dicho que cuando juzgas - o atacas –, cualquier cosa que estás sintiendo, o pensando, te sumerges en un estado ajeno a la verdad. Esto se debe a que, los sentimientos y pensamientos son neutros en sí mismo. No producen ningún efecto propiamente dicho. Son simplemente una expresión del ser. Lo que no es neutral es tu unión con ellos. Recuerda que todo efecto procede de la unión. Por lo tanto, establecer para ellos, una condición de bondad o maldad, santidad o pecaminosidad, o cualquiera otra, es asignarles atributos que no tienen. Todo eso, es simplemente falso.


Digámoslo con claridad. Los sentimientos, sentimientos son. Los pensamientos, son simplemente pensamientos. Pretender que sean otra cosa, es alejarse de la verdad. Ambos son formas diferentes de la expresión del ser que les da existencia. En cierto sentido, son como ondas de un lago lleno de hermosura. O si prefieres, para ser más exactos, como los diversos colores del arco iris. Cada uno de ellos, expresa la belleza de tu alma. Tu vida. Lo que eres. Tu inefable realidad, la cual no solo es vasta e inabarcable, sino que es expresión perfecta de la magnificencia de Cristo.


Amada alma llena de luz. El secreto no reside en lo qué sientes o piensas, sino en qué haces con ello. En otras palabras, en si te relacionas con ello con amor, o con miedo. En verdad, en verdad te digo que el cielo comienza con amarse a uno mismo, tal como Dios te ama, ha amado y amará por toda la eternidad. Te invito a vivir en ese amor, ahora y siempre. En razón de ello, estaremos viviendo en el nuevo cielo y la nueva tierra. Seremos la expresión viva de la divina voluntad.


Te bendigo en la santidad del ser.


Gracias por responder a la llamada del amor.


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