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Cuerpos, mentes y corazones

I. El conocimiento de lo nuevo


Creer que aquello que causa dolor y sufrimiento a los hijos e hijas de Dios permanecerá sin ser transmutado por el amor, es no entender. Tu deseo de paz crea paz. Tu anhelo de amor llama al amor. Tu profundo interés en construir un mundo mejor trae el cielo a la tierra. Te aseguro, ser de mi ser, que no tendrías esos sentimientos en la realidad presente que vives, si no se hubieran consumado ya. Quieres ser feliz porque conoces la felicidad perpetua. Quieres estar sano, fuerte, y vivir sin limitaciones porque tu ser conoce la realidad del Reino de los cielos, es decir la vida eterna. Y sabe que solo en ella es pleno. Ese conocimiento es parte de lo que eres.


A ver si puedes recordar junto a mí lo que un día te fue mostrado en santidad y justicia, y permitir que el recuerdo del cielo retorne a ti. Cierra los ojos por un instante. Deja a un lado todo lo que crees saber. Sumérgete en un olvido consciente de todo lo vivido en el plano de la materia hasta ahora. Suéltalo todo. Vacíate de ti mismo, hasta el punto de hacerte nada en el amor.


Ahora, corazón santo, descansa en la quietud de tu alma. No digas nada. No le levantes la voz a Aquella que te traerá en sus purísimas manos la visión de la nueva creación, la cual es tan eterna como lo es el mismísimo Dios, tan nueva como lo es el amor.


Aquiétate. Permite que el conocimiento de la verdad acerca del destino de todas las cosas sea depositado en tu mente santa. Y comenzarás a recordar. Recordarás poco a poco, pero cada vez más claramente, los colores y las formas, la música y las hermosuras de ese reino lleno de luz, paz, y certeza perfecta. Y con ello, recordarás también, que es allí donde moras por siempre en unión con el amado de tu alma, y en armonía con cada aspecto de la verdadera creación de Dios. Ese es tu hogar, del cual nunca te has ausentado.


Ahora, abre tus ojos y respira serenamente. Regresa a la recepción de estas palabras. No creas que la visión del nuevo reino terrenal no te ha sido dada. La recibiste. Y tu alma saltó de alegría ante el recuerdo de un amor que no tiene principio ni fin. Una realidad cuya benevolencia y plenitud sobrepasan en toda medida lo que la mente intelectual es capaz de concebir. Alégrate de haber recibido la visión del nuevo cielo y la nueva tierra, que aunque la mente pensante pueda no haber comprendido, tu consciencia la ha abrazado en su perfecta luz.


Nuevamente, ¿de dónde crees que procede el deseo de crear un mundo mejor, y la insatisfacción con el sufrimiento, sino del conocimiento de la nueva creación? Tal vez la mente aprendiz infiera que el nuevo cielo y la nueva tierra serán creados en el futuro. Eso se debe a que todavía puede estar asociando la palabra nuevo con algo que nunca antes existió y que, por lo tanto, debe ser creado en un tiempo ulterior para que esa novedad sea tal. Esta asociación entre creación y tiempo es tan falta de significado que carece de sentido sostenerla entre tus creencias.


II. El abrazo perpetuo del sol


La nueva creación no se realiza en el tiempo sino en la eternidad. No surge del reciclaje de la creación actual, como mejora de un error anterior, sino que nace como nueva expresión de la infinita potencialidad de Dios. A lo que el hijo y la hija hicieron, lo cual se volvió en su contra causándole todo tipo de dolores, el amor lo desvaneció dulcemente. Lo hizo desaparecer sin estridencia alguna. Y en su lugar, hizo resplandecer una dimensión de existencia que manifiesta lo que ellos anhelaron en verdad, y no en ilusiones, en perfecta armonía con la voluntad de Dios.


El cuerpo, que otrora fuera usado para separar, en la nueva creación es un medio de extensión del amor, al ser el espejo sobre el que se refleja la santidad de Cristo. La mente, que tantas veces había sido utilizada para evadir la realidad y crear mundos y más mundos de fantasías, alejando al alma de la verdad, y por ello causándole dolor, en el nuevo cielo y la nueva tierra, es el medio perfecto a través del cual el espíritu crea un nuevo amor santo. Los corazones crean melodías de alabanzas.


Nada de lo que los hijos e hijas de Dios crearon ha sido destruido. Más bien, el amor lo tomó en sus manos y al unirse a ello, lo transformó en formas sagradas, creaciones santas, realidades benevolentes, inofensivas y eternamente jubilosas. Con ello, lo que se te está recordando es que tu voluntad creadora, la cual fabricó muchas cosas que no están en armonía con la esencia divina, puede ser transmutada por la energía del amor divino y lo ha sido.


Si el deseo del hijo de Dios era tener un cuerpo, ¿por qué no debería tenerlo? ¿Acaso porque sería un obstáculo a la santidad, o una barrera ante la verdad? Quizá ese haya sido el propósito original que le hayas asignado, al identificarte con el ego. Pero eso no quiere decir que tenga que ser así para siempre. Todo, absolutamente todo, lo que creas y haces, se transmuta en amor perfecto, luz salutífera, y perpetua benevolencia, al ser unido al Cristo en ti. Eso se debe a lo que la esencia divina es. No puedes cambiar esto, porque hacerlo sería cambiar a Dios.


El amor no desprecia lo que has hecho. Ni lo que hace nadie. ¿Por qué razón habría de hacer algo así? Recuerda que es incapaz de ofender ni atacar. Por lo tanto, más que estar pensando en todo lo que perderás al entrar al cielo, comienza a darte cuenta de todo lo que ganarás en razón de la infinita misericordia divina. Todo tu mundo te será dado en santidad, restaurado en perfección, transmutado en la luz que nunca se apaga. De manera tal que podrás gozar de tus creaciones, ya que estarán en perfecta armonía con la potencia creadora de Dios.


Amada de la verdad. No perderás el cuerpo, ni el ser, ni a tus seres queridos al reunirte con el amor perfecto en el nuevo cielo y la nueva tierra. Tampoco se te privará de nada de lo que amas en santidad. Más bien, recuperarás todo ello en una nueva cualidad santa. Esto no es una cuestión de capricho divino. Es lo que siempre has querido. Porque a pesar de todo, detrás de tus creaciones, sean las que sean, está el deseo de ser como tu Padre. Y lo serás, eternamente en unión con la verdad.


III. Todo es ganancia


Digámoslo claramente. En la nueva creación, un nuevo cuerpo es el mismo cuerpo pero todo reunido en el propósito santo de comunicar amor perfecto, y de gozar de la dicha divina por toda la eternidad. Un cuerpo que no muere ni se debilita, ni cambia con el tiempo, porque ya no está sujeto a él sino a lo eterno. Un cuerpo cuya función es extender comunión, comunicar santidad. Es expresión viva del cuerpo de Cristo.


En el nuevo reino terrenal, una nueva mente es la misma mente, pero toda reunida en el propósito santo de extender la verdad, y de ser un medio activo por medio del cual creas con Dios. No queda aturdida por pensamientos desarmónicos que la alejan del eterno presente divino. Es una mente unificada, sanada, centrada en la verdad, y por ende goza de certeza y conocimiento perfectos. Por eso es que mora feliz en la paz del cielo. Es la mente de Cristo expresándose en ti.


Un nuevo corazón es el mismo corazón de siempre, pero todo reunido en el propósito de extender el amor perfecto. De esa manera crea un nuevo amor en unión con su santa fuente. Es un corazón que ha sido transformado en canal del amor divino. Ya no se mueve de manera discordante, puesto que late al ritmo del corazón de Dios. Todo en él es pureza. Solo irradia la luz de Cristo. Entona solamente himnos de alabanza y gratitud. Le sonríe solo al amor, en quien tiene puesta toda su predilección, ya que no sabe otra cosa que amar a su divino amado, a quien permanece por siempre abrazado, unido a él por toda la eternidad.


Creer que Dios está enojado por lo que la humanidad ha fabricado es concebir al amor como algo no amoroso. Creer que el desenlace final de la historia de la humanidad - y con ello, del viaje de tu alma – consiste en presentarse ante el amor divino para que se te demuestre la insensatez de todo lo que hiciste, y a cambio exponga ante tus ojos sus maravillosas creaciones, es creer que tu Madre creadora está compitiendo contigo, y que tiene que demostrar algo. Nada de eso tiene sentido. Por eso es que con amor te pido que abandones cualquier tipo de creencia que pueda asemejarse a lo que aquí se te está recordando.


No creas que la idea de la pérdida en Dios es algo trivial. Es lo que ha hecho que la humanidad se demore en su jubilosa y triunfal entrada al cielo, la eterna morada de su ser. Una vez más hija mía, no perderás nada al volver a mis brazos. Solo habrá ganancias. Y mucho más grandes de lo que la mente pensante es capaz de concebir. No solo mantendrás todo lo que has creado, transmutado en una cualidad de santidad como fruto de la transformación de todas las cosas en Cristo, lo cual deseas de todo corazón, sino también todo lo que ni siquiera has visto, oído o pensado aún en términos de magnificencia, belleza y felicidad.


En verdad, en verdad os digo amada humanidad, que al venir a mí no perderéis nada, sino que lo ganaréis todo. Los anhelos de vuestros corazones serán colmados en un grado de plenitud que sobrepasa toda medida humana. Alegraos en esta revelación de la verdad.







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