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El estado de Gracia

I. Palabra de vida eterna


Cuando habité en la dimensión terrenal de existencia, en la humanidad de Jesús, yo que soy la que Soy, no solamente mostré el camino hacia la resurrección, sino que lo hice realidad consciente para el universo del tiempo, el espacio y la materia. Recuerda que dije que yo era el camino. Por lo tanto, no solo señalé la senda hacia la plenitud del ser, que es lo que se ha llamado resurrección, sino que la creé. En mí no existe distancia entre el decir y hacer, entre el disponer mi voluntad y su realización.


Lo que aquí se está recordando, amada de la divinidad, es que el plan de reconciliación de lo humano con lo divino, o de reunión, incluyó desde siempre el respeto y la integración de todo lo que el plano de existencia material es. Con ello, quiero decir que el camino de retorno al amor, o de regreso a la verdad, sería - y en efecto es – uno en el que las leyes del tiempo serían puestas al servicio de la verdad. Nada ha sido ni será destruido por Dios en el Universo físico. No hay razón para ello.


El amor tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas. Por lo tanto, el plano temporal también podía ser renovado por medio de su amoroso abrazo divino. Y eso es lo que sucedió. En razón de ello, se respeta la original necesidad de los hijos e hijas de Dios de disponer de tiempo para su regreso. El mismo es utilizado, por decirlo de algún modo, para el propósito de garantizar su llegada serena a la casa de la Madre, y alcanzar así el estado de Ser en Cristo. Este es el motivo por el que experimentas tu resurrección en fases sucesivas. Para ser más precisos, no es tu verdadero ser quien experimenta secuencias o etapas, sino esa parte de la mente que ha creado el tiempo psicológico para experimentar la separación. Todo lo demás que forma parte de ti vive eternamente en la resurrección.


El tiempo colapsará. En realidad, esto es lo que llamamos la consecución del nuevo reino terrenal o el fin de los tiempos. No hay un fin propiamente dicho, porque en la creación no existen los finales, ya que Dios es eterna realidad infinita. Sin embargo, la mente ha creado un estado mental en el que mira las cosas desde una perspectiva de temporalidad. Es decir, en el que parece que todo nace en un tiempo y deja de ser en otro. Pero nada de eso es verdad.


II. La unidad de la resurrección


Lo que nace y luego muere no es real. Es simplemente una ilusión acerca de las cosas. Algo así como una pantalla donde se crea una historia que tiene un comienzo y luego termina. O si prefieres, un lienzo vacío – creado por la mente separada – donde ella misma pinta y despinta figuras. Así es como el hijo de Dios se entretiene a su modo, construyendo castillos de arena a orillas del mar. Todos los cuales se desvanecen tras ser alcanzados por las olas que proceden del océano de mi divino amor, o por el viento que suscita el soplo de mi espíritu. Todo ello acontece hasta que el alma – en unión con su divina fuente – determina que los finales ya no son solamente para todas las cosas que se proyectan en esa falsa realidad, sino para la experiencia de separación en sí.


El tiempo desde la experiencia de separación hasta el retorno a la consciencia plena de resurrección, es algo que cada alma ha dispuesto en perfecta armonía con su fuente santa. Cuando hiciste esa elección, sabías que regresarías, y que la resurrección sería el regalo de tu Divina Madre para ti, a quien ama con un amor que no tiene principio ni fin. Un amor tan grande que sobrepasa todo entendimiento de la mente pensante. Esto es algo que aconteció no solo en la parte de la naturaleza humana, es decir en tu singularidad, sino en la naturaleza humana en términos universales.


Todo es unidad en la creación. Por lo tanto, cuando lo humano quedó sumergida en el estado de consciencia de separación, tuvo que hacerlo cada aspecto de su realidad; cada persona, si prefieres utilizar este término. Eso es lo que intenta describir el mito de Adán y Eva. Ambos representan a toda la humanidad como naturaleza y también a cada parte que la constituye.


Hija mía, nacida de mi divino amor. Escucha con atención y apertura de corazón lo que a continuación se revela. En el llamado “relato de la caída”, descripto en el libro de Génesis en la Biblia, se habla de que la mujer y su descendencia aplastará la cabeza de la serpiente, símbolo que representa a la mente separada universal. ¿Qué es lo que se quiso decir con ello? Se quiso expresar con claridad lo que en esta obra se trae a la consciencia. Es decir, que finalmente, una mujer – lo femenino de Dios – traería la restauración de todo lo que el estado de separación necesitaría que se restaurase.


La expresión que dice “la mujer y su descendencia” se refiere a Mí, tu divina madre que aquí te habla, y a ti, junto a todas mis hijas e hijos unidos en la plenitud del amor. Hace referencia inequívocamente a los tiempos de María, los cuales son los tiempos de toda la historia de la creación, aunque en estos últimos tiempos esto se manifieste de modo más evidente.


En el instante mismo en que la mente creó el estado de no ser, o estado de consciencia de separación, en ese mismo instante la creación le fue dada a la maternidad divina en una nueva forma. No es que antes no era suya, pues todo le pertenece al amor, sino que una nueva dimensión del aspecto femenino de Dios se ponía en movimiento. Ello es, el nacimiento de Cristo en la humanidad separada, lo cual crearía el efecto de la apertura del portal de consciencia de la Resurrección. Eso abriría las compuertas del estado de ser divinizado del universo en su totalidad.


III. Resucita en mí, ahora


Hija de la luz que siempre brilla. ¿Puedes comenzar a ver cuán grande es la misericordia de Dios? ¿Puedes comprender por qué la esperanza siempre está justificada y con ello la alegría sin fin? ¿Te es posible entender ahora en mayor grado, por qué el desánimo no tiene lugar en la verdad? Ya has resucitado. No solo tú, sino toda la creación. No por tus méritos o esfuerzos, ni los del resto de la filiación, sino por la simple razón del amor. Así de grande es el corazón de esta Divina Madre que te ha creado en la infinita alegría de la verdad, y sabe que tu verdadero ser reposa en sus brazos siempre amorosos.


Una pregunta que te invito a volver a realizar en tu interior y a que me la entregues a mí, es la siguiente: ¿Cuál es la razón por la que la humanidad se ha centrado tanto en el aspecto culposo o condenatorio de la historia; a pesar de que desde el principio se ha mostrado que la resurrección y la vida eterna serían la convergencia de la creación, al anticipar la soberanía de la Madre celestial sobre todo lo creado? La respuesta está en lo que cree ser. Y dado que sus creencias dan testimonio de lo que su voluntad anhela o dispone, podemos decir que la voluntad de ser especial y vivir separado del amor es lo que retiene a la mente atrapada en la experiencia de una realidad que, aunque ilusoria, engendra sufrimiento.


Una vez que has respondido a la pregunta de quién eres en verdad, dejas a un lado el estado de separación y retornas de modo inexorable e inmutable al estado de Gracia. Ello sucede cuando en el hondón de tu corazón decides soltar las defensas contra el amor y la verdad, y en consecuencia te sumerges en la experiencia de cristificación. En otras palabras, resucitas.


La forma en que decides expresar tu resurrección es cuestión de tu unicidad. No todos la expresan del mismo modo. Esto también ha sido demostrado en Jesús y María, quienes expresaron la resurrección de modo diverso entre ellos. Jesús demostró que su ser – tan humano como divino – es ilimitado, por lo tanto, nada ni nadie puede obstaculizar ni a su cuerpo glorioso ni a su espíritu santo. María, la Asunta de Dios, expresó en su elevación gloriosa que la muerte no existe y que la dimensión de la limitación terrenal no es el final del camino, ni mucho menos. Ella es la siempre viva. La siempre pura. La eternamente iluminada. Es la Mujer cuya descendencia sana la mente separada y la eleva hasta llevarla a la mente de Cristo, en cuya realidad la humanidad se hace plena en Dios.


A ti que recibes estas palabras, te digo amorosamente: Si le has dicho que sí al amor y te has decidido a vivir en la verdad, - cosa que te aseguro que ya has hecho, pues la opción fundamental ha sido realizada en ti, contigo y por ti, de lo contrario no estarías aquí -, ya vives en la resurrección. En otras palabras, eres la resucitada.



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