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En la casa de la verdad

Hija de Dios. Alma que vives en la luz de la santidad.


Hoy vengo lleno de gozo, para que juntos continuemos extendiendo amor. En este diálogo santo, recordaremos una luminosa verdad que mora en todas las almas, aunque muchas veces esté oculta tras los velos del olvido. Antes de comenzar con nuestro intercambio de sabiduría y paz, déjame contemplar tu hermosura. Ser testigo silencioso de tu santidad. Gozarme en la contemplación del Cristo en ti. Permanezcamos unidos en la belleza del amor santo. Hazte más consciente de la unidad que somos. Tú y yo. Por siempre uno en Dios, cuya sabiduría es la fuente de nuestro saber y obrar, nuestro gozo y plenitud.

¡Qué dicha es vivir en la verdad! ¡Cuánta hermosura irradia su dulce Faz! ¡Cuánta fortaleza nos regala su dulcísimo corazón!


Amada del cielo, escucha con amor y apertura, lo que a continuación te digo. ¿Qué otra cosa puede significar que sientas el corazón herido, sino el efecto de haber percibido una falta de amor? Y sin embargo, cómo sería posible herir al amor. ¿Qué cosa tendría la potestad de provocar algo así? Sé que estas preguntas viven en las profundidades de tu mente santa. Por ello es que vengo a responderlas. Para que gocemos en la sabiduría del ser.


Nada puede herir al amor. Esta es una gran verdad, aunque muchas veces no aceptada por la humanidad. Aún así, en ella reside la sanación total del alma y la liberación del miedo. Lo que eres, no puede ser herido. Tampoco obliterado, o atacado. Está tan por encima de los pensamientos y actos del mundo, que ni siquiera pueden verse entre sí. Dicho llanamente, la distancia que existe entre el sistema de pensamiento del mundo y el de la verdad es tan grande, que no hay manera de que se unan jamás.


Cuando sientes que el mundo te ha herido, y esto puedes sentirlo de incontables maneras, es porque aún no te has percatado de que de él no puedes recibir nada, ya que su neutralidad es su realidad. Esperar algo muy valioso de aquello que no puede darlo, es motivo de desilusión. Y tal como ya se te ha dicho, si hay desilusión es porque hubo ilusión. De ello se desprende que la herida es una ilusión, aunque sea percibida como muy real. Alégrate de que así sea.


Con este diálogo, lleno de amor y bondad, no estamos abogando por la negación de tus emociones. Ellas están ahí. Las percibes. Son pensamientos reflejados en el cuerpo. No hay necesidad de negarlas, ya que forman parte de tu experiencia humana. Como tal, vienen y van, como lo hacen las nubes que surcan el firmamento. sin embargo, sí que es necesario ir más allá de ellas, hacia la verdad de lo que eres, si es que deseas gozar de la libertad de los hijos de Dios. O dicho de otro modo, llevarlas ante el trono de tu verdadero ser, en el que reside la razón que es casa de la verdad, morada del Cristo en ti. Así como también lo haces con cualquiera de tus pensamientos.


Recuerda que no existe diferencia entre una emoción y un pensamiento, ya que ambos proceden de la mente pensante, aunque parezcan manifestarse de modo diferente. Las emociones que experimentas están íntimamente ligadas a las creencias. Cambia de creencias, y cambiarán ellas. Abandona tus creencias, y las abandonarás a todas ellas. Y ahora la mente se pregunta, ¿qué cosa quedará cuando ya no halla emociones? Quedará la verdad.


La razón te dirá con amor que aquello que eres no puede ser herido, por la simple razón de que es uno con Dios y nada puede herirlo a Él. No solamente no puede causarle herida alguna, sino que tampoco puede atacarlo. Nada puede atacar al amor. Nada puede hacer que pierdas tu capacidad de amar y ser amado. Nada puede eliminar el amor de tu ser, porque sería eliminarte a ti del libro de la vida. Y eso es algo que ninguna criatura tiene el poder de hacer.


Recuerda que todo lo que es de Dios te pertenece por derecho de nacimiento. Por lo tanto, también es tuya su divinidad. Como Hombre-Dios compartes tu realidad con Cristo. Lleva esta verdad en lo alto de tu consciencia y estarás haciéndote acompañar por la sabiduría del cielo. Y con ello, la duda dejará de anidar en tu mente, y la certeza resplandecerá en toda su hermosura. Cuando eso sucede, el miedo se disipa y el alma retorna a la paz que no tiene principio ni fin.


Bendito seas tú, que escuchas la voz de la verdad y la sigues.



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Sebastián Blaksley
Sebastián Blaksley
30 de jun.
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Con gratitud y humildad.

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