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En la paz del corazón - Carta 81


I. Saber en el amor


Hijos míos,


Seguir creyendo en la inexorabilidad del destino doloroso de la humanidad es continuar con el viejo modo de pensar. Creer que la vida de mis hijas e hijos va a terminar en una catástrofe de nivel global, y con ello todo lo que está en la tierra, es otorgarle al mundo un poder que no tiene. La vida le pertenece al amor. Por lo tanto, la última palabra, y la primera, la tiene Dios.


En verdad, en verdad os digo que no escuchéis a los que buscan atemorizaros. No hay necesidad de algo así. Desde los orígenes de la separación, ha habido - y aún sigue habiendo - quienes extienden temor. Eso no tiene sentido para los que saben que Dios es amor infinito y cuya omnipotencia siempre está unida a la compasión, la benevolencia y la luz de la santidad.


Os invito a ser responsables con aquello que permitís que entre en vuestras mentes y corazones. No todo lo que se dice en el mundo procede de la verdad. No todos los que dicen ser Mis profetas lo son. No siempre los que dicen saber cómo serán las cosas en el futuro, ya sea que lo crean por cuestiones religiosas, espirituales o científicas, o incluso por cualquier otro orden de conocimiento, manifiestan la verdad que es siempre verdad. No todos hablan en Mi nombre. A quienes sí lo hacen, yo los conozco muy bien. Pues son mis mensajeros.


Os aseguro que nadie conoce cómo, ni cuándo será el final de los tiempos. Ni siquiera el Hijo. Esto solo le es reservado al Padre. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que Dios actúa en unidad con su creación, y va creando los futuros posibles y probables en unión con el amor. La creación no es una línea recta que haya sido trazada desde toda la eternidad y que todos tengan que recorrer inexorablemente. No. Ni siquiera es una línea. La mente de Cristo es infinita. Todas las dimensiones de la pura potencialidad de lo que es y será, residen en ella. Esto no es algo que la mente condicional pueda comprender, puesto que su manera de pensar condicionada asume que las cosas serán la consecuencia directa y lineal de un presente dado, el cual interpreta como efecto de un pasado determinado.


Pero amadas y amados míos. Si la mente pensante no puede comprender las interconexiones infinitas que existen en todo lo que forma parte de la creación, incluyendo el tiempo, el espacio, la materia y los acontecimientos, ¿cómo es posible que se autoatribuya la prerrogativa de saber cómo será el futuro, y cuál será el desenlace final de las cosas? En efecto, creer que habrá un desenlace final es signo de no entender. La vida es eterna y la creación también. Dios no crea cosas para que sean des-creadas, todo lo que emana de su ser es tan eterno, santo y perfecto como lo es Él. Nadie puede modificar esto.


Hijas e hijos de mi divino ser. El tiempo - y con ello la costumbre - de educar por medio del miedo es algo que debe dejarse definitivamente atrás, si queréis habitar en la tierra de los vivientes. Un enfoque como ese es propio de un sistema de pensamiento alejado del amor. Es cierto que, dado el hecho de que infundir temor se generalizó como un instrumento para influir en los demás y llevarlos a caminar por ciertos caminos predeterminados, el Espíritu Santo ha usado eso para llevarlos del miedo al amor. Pero eso no debe confundirse con el miedo que busca infundir el ego.


Dios es Padre y Madre amorosos como no hay otro igual. Su amor no tiene comparación. Nunca se enoja con sus hijos. Él no es como los padres de la tierra. Tampoco castiga. ¿Con qué motivo haría algo así el amor? Infundir temor es un modo de atacar y por ende de castigar. Nunca procede del amor, pues el amor es incapaz de someter. Y eso es lo que todo miedo busca hacer: subyugar a otro u otros. No importa la forma que este adopte. Puede ser tan sutil como la de presentarse bajo apariencia de amor y espiritualidad. O de diversos medios de coacción disfrazados. O puede hacerlo abiertamente. Nada de eso es esencial. El miedo es siempre miedo y nunca procede del amor.



II. Un modo de discernir


Os regalo un poderoso criterio de discernimiento, para cuando observéis que, de alguna manera, alguien o algún sistema de pensamiento os quiere atemorizar. Escuchad con atención esta simple verdad. El ego atemoriza, el Espíritu Santo revela, ilumina e infunde paz. Entender la diferencia que existe entre lo uno y lo otro es de vital importancia para no caer en confusiones. Aun así, los que han llegado hasta este punto del camino, aquellos que reciben estas palabras, y las abrazan en la santidad de sus corazones con amor y apertura, ya no necesitan dedicar mucho tiempo a ese discernimiento. Para vosotros, y muy especialmente para vosotros, los que habéis optado por la luz como vuestro único camino, lo único importante es entender lo que a continuación se os dice:


En el mundo existen aún las opciones del amor y del miedo. Vosotros estáis llamados a elegir solo y siempre el amor. Esto incluye el dejar atrás lo que es propio de su contrario. Sin entrar en cavilaciones metafísicas o de otra índole acerca de lo uno o lo otro. Lo que os roba la esperanza, la paz y la alegría sincera, no os pertenece porque no procede de Mí. Cerrad vuestros oídos y los demás sentidos a ello. Recordad que el amor es la luz del mundo, el cielo y la tierra.


Hermanas y hermanos en el amor de Cristo. Hoy os llamo a decirle no al miedo de un modo categórico. También os llamo a meditar acerca del siguiente discernimiento.


Nada de lo que yo hago se hace en la oscuridad. En otras palabras, Yo no oculto nada, puesto que soy la luz del mundo, del cielo y la tierra. En el tiempo en que caminaba por los caminos terrenales con un cuerpo físico semejante al de vosotros, hablé en plazas y sinagogas. Siempre dije lo que tenía que decir de modo abierto, luminoso y público. Esa es la razón por la que comúnmente elegía lugares al aire libre, para que todo aquel que deseara recibir la Palabra de vida eterna que brotaba de mi boca, pudiera hacerlo sin mayores dificultades. Nunca he puesto, ni pongo, barreras para acercarse a Mí, ni para oír mi voz. En Mí no existe el miedo. ¿Por qué entonces habría de ocultarme?


Las únicas veces que hablé en privado fue cuando las circunstancias de uno de mis hermanos o hermanas así lo exigían en razón del amor y el sentido de dignidad en el pudor de esa alma. Me refiero muy concretamente a los asuntos privados de cada uno, los cuales nunca deben ser ventilados, pues el alma sufre cuando su legítimo derecho al silencio y la intimidad es vulnerado. Fuera de esas situaciones de amorosa intimidad con el alma personalísima y única, todo lo demás fue dado abiertamente y sin ocultismos de ninguna especie. Existe una razón sencilla para eso.


Lo que es del dominio de todos debe serles dado a todos. Lo que es potestad de uno, debe quedar en su ámbito  personal y sagrado. Esto es aceptar lo que es tal como es. ¿Qué sentido tendría que yo, que soy la verdad universal y la vida eterna, revele verdades universales que atañen a la totalidad de mis hermanos y hermanos, incluso de todos los tiempos, con el fin de ayudarlos, y lo haga diciéndoles a mis mensajeros que no revelen su identidad, o que mantengan ocultas las cosas? Os estoy invitando a hacer un recto uso de la facultad de discernimiento en relación a los mensajes que os lleguen o escuchéis en el mundo. Sed prudentes con respecto a aquellas voces que ocultan su identidad, diciendo que son mis mensajeros. En verdad, en verdad os digo que difícilmente lo sean.


Confiad en el poder de nuestra unión. Antes de aceptar ligeramente cualquier cosa que se os proponga en materia de pensamiento, creencias o ideas, reuníos conmigo. Juntos realizaremos un discernimiento perfecto. Os aseguro que si hacéis eso, poco a poco os iréis dando cuenta con feliz asombro de que lo que procede de Mí solo os regala sosiego, dicha y serenidad de espíritu. Y junto con ello, una certeza profunda de que todo estará bien, porque comprenderéis - en la serena luz de la verdadera sabiduría- que todo está en las manos del amor. Por esa razón es que te digo una vez más, a ti que recibes estas palabras, y a todo aquel a quien tú se las compartas:


Que nada te turbe.
Que nada te espante.
Deja todo en las manos del amor.
A Él y solo a Él le pertenece la vida.
Que tu corazón descanse serenamente en la certeza de la paz de Dios.
Ella es tu herencia y tu única realidad.

Este es un llamado a ser fieles custodios de la paz en vuestros corazones. A permanecer en la presencia del amor hermoso todos los días de vuestras vidas. Es un recordatorio a no hacer nada que ponga en riesgo vuestra paz, aunque sea bueno o esencial. En otras palabras, es un llamamiento a vivir en la verdad.


Os bendigo en el amor de Dios.


Gracias por responder a mi llamada.




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