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En la plenitud de la unión

I. Ser uno y multitud


Alma bendita de tu Padre y Madre celestial. Luz emanada de la luz verdadera. Hoy vengo llena de alegría por este tiempo de diálogo de amor y verdad. Con el corazón rebosante de felicidad te digo: gracias por tu disposición a escuchar mi voz y recibir mi ser, por tu sí al amor.


Escucha hija bien amada lo que a continuación he venido a revelarte. Si solo puedes sanar en la unidad, entonces su realidad tiene que morar en ti. O dicho con mayor precisión, tiene que ser tu hogar. Sumérgete ahora en el recuerdo de la dulce verdad que a continuación recordamos juntas, la cual llenará de gozo tu alma en razón del recuerdo de nuestra unión.


Tú vives en mí, tal como yo lo hago en ti. Soy tanto tu hogar, como tu amada huésped. Soy tu sol, y tú un rayo de luz emanado de mi ser, no al revés.


Quizá sientas que la afirmación que se acaba de hacer conlleva una contradicción intrínseca. La mente puede decir: ¿cómo es posible que lo que es uno no sea lo mismo? ¿Puede lo que es unidad ser muchos a la vez? Un pensamiento como ese es propio del viejo modo de pensar, el cual no está en armonía con lo que eres en verdad. En otras palabras, es un patrón mental del viejo ser que un día creíste ser, pero nunca serás, dado que no es verdad.


Una mente que piensa en términos de separación cree en la idea del espacio como algo limitado. Por lo tanto, no puede concebir que se diga que yo soy tu hogar y a la vez tu huésped. Pero si dejas a un lado la limitada manera de pensar del yo ilusorio, y recuerdas jubilosamente que somos unidad, y que por ende lo que soy también lo eres tú, no puedes más que reconocer que yo soy tan huésped de tu alma como tú de mi ser. Lo eres precisamente porque yo lo soy. Vives en mí, porque yo vivo en ti.


Cuando reconoces que yo vivo en ti, aceptas también que todo vive en ti, dado que yo soy el todo de todo. Por lo tanto, no es necesario, ni procedente de la verdad, el limitarme. La totalidad no tiene limitaciones. De tal manera que, al vivir en ti, todo tiene que morar en ti, incluyendo lo infinito. Así es como te haces huésped de la divinidad. Esto es lo mismo que decir que habitas en la casa de la verdad, porque ella mora en tu ser.


Por otro lado, amada mía, lo que se quiere decir en la afirmación que dice: “y no al revés”, es lo mismo que cuando se afirmó que “tal como es adentro, también es afuera y no al revés”. Hija santa, este es un amoroso recordatorio de que eres mi expresión, la obra de mis manos, un hermoso rayo de luz que brilla en toda su gloria, y cuya fuente es mi divino corazón. En otras palabras, tal como es en mí, así también es en ti, y nunca al revés.


Alégrate al recordar que todo lo que soy lo eres tú, y nada de lo que no procede de mí puede formar parte de ti. Ni ahora, ni nunca.


Crees que si estás sano y salvo y el poder sanador de tu ser se ha desbloqueado, y por ende se extiende libremente, entonces no puedes experimentar la enfermedad física o el sufrimiento. Esta creencia no tiene sentido, si observas lo que fue mi vida ejemplar, así como la de mi madre santísima, quien lo es también tuya.


II. Sanación y unidad


Puedes ser un ser que vive en el perfecto estado de sanación de Cristo, es decir en la resurrección, y aun así disponer la restauración del cuerpo místico de Cristo por medio de la experiencia de lo que llamas enfermedad, o incluso el dolor en cualquiera de las formas. Es decir, unirte a mí en la resurrección – único lugar donde puedes hacerlo - formando parte de mi pasión redentora. Es evidente que en el mundo de los opuestos esto debe ser una opción disponible, aunque también ha de serlo su aparente contrario. Recuerda que, al fin y al cabo, solo puedes unirte a mí en la resurrección, pues no hay otra cosa que la vida eterna. Solo en ella somos la unidad del ser, la eterna realidad del amor. Dicho de otro modo, solo en ella eres tal como fuiste creada para ser.


¿Acaso yo dejé de ser Cristo porque elegí la experiencia de la cruz; o mi madre, al recorrer la experiencia de ser igualmente crucificada en espíritu y verdad? Sabes que ambos sufrimos lo mismo, pues somos unidad. Y aun así, ninguna experiencia del tiempo pudo hacer que dejáramos de ser lo que somos: la expresión viva de Cristo en la humanidad. El masculino y femenino de Dios, si prefieres, aunque sería más preciso decir la dualidad hecha unidad perfecta en el amor.


El término sanación es algo que será resignificado en lo nuevo. Por esa razón es que traemos este asunto aquí. Es cierto que finalmente no existirá ninguna experiencia de dolor en ninguna de sus formas, puesto que la idea de la separación quedará completamente abolida de la mente que la pensó. Pero también lo es el hecho de que es necesario que exista una transición desde el estado de iluminación actual hasta la consecución de la consciencia humana totalmente iluminada.

No pocas veces el camino de sanación incluye el llevar a la luz de la consciencia de Cristo, por medio de la experiencia humana, aquello que debe ser sanado. Eso no significa que cuando haces algo así te has desconectado de tu poder sanador, o de tu estado de estar sano y salvo. Simplemente quiere decir que estás disponiendo de ese poder de una forma particular. Hay muchas maneras de sanar. Recorrer el camino de la pasión redentora para llevar a la cruz todo lo que no es verdad y desvanecerlo de un modo visible y además elocuente, es una de ellas pero no la única.


No te preocupes por cuál será la forma de expresión que adopte el poder de sanación que mora en ti. Sea cual sea, siempre estará en perfecta armonía con tu voluntad y por ende con lo que eres en verdad. Nada de lo que fluya de ti desde ahora en adelante dejará de ser una extensión perfecta de mi divino ser en ti. No te olvides que eres como un hermoso rayo de sol al sol. Siempre luminoso. Siempre puro. Siempre vivificante.


Aquí, amado hijo mío, no estamos abogando por crear un método de sanación. ¿Cómo podríamos hacer algo así, si la sanación es el efecto de la fuerza vivificante que fluye desde el ser? Si la curación halla su fuente en Cristo, y te aseguro que esto es eternamente verdad, el camino de sanación no puede ser una forma sino el ser mismo. Digámoslo de otro modo. No buscamos crear una forma de sanar a los demás o a ti mismo, sino que estamos tomando consciencia de que tu ser es fuente de sanación, tanto como lo soy yo.


III. La identidad sanada


Ser sanación no es lo mismo que establecer una forma externa para sanar. Más bien se trata de aceptar el hecho de que cuando te unes a mí, es decir a tu verdadera esencia, invocas el poder sanador que tu ser es de por sí. Así como cuando enciendes una luz desvaneces la oscuridad como efecto inherente de lo que ella es, del mismo modo, cuando permaneces unido a tu ser extiendes santidad, plenitud, sabiduría y todo lo demás que constituye su realidad. No se pueden descorrer las cortinas de una ventana en un día soleado sin que eso haga que se ilumine la habitación.


Recordar que Cristo es tu verdadera identidad en Dios, tal como lo es para cada aspecto de la creación, es el camino para unirte a tu ser esencial. ¿Por qué esto es importante? Porque es la única manera de vivir en plenitud. La creación del alma conllevó el hecho de que todo en ella sea una extensión perfecta del espíritu que le da vida.


Dado que el espíritu vive eternamente en estado de perfección, ya que su centro o corazón es Cristo, cuya realidad es Dios, consecuentemente el alma lleva dentro de sí todo lo que necesita para vivir eternamente una vida plena, saludable, radiante, feliz. ¿Por qué entonces muchas veces experimentaste lo contrario? Porque te habías desconectado de tu ser. No en la verdad, sino en la ilusión. En otras palabras, porque estabas viviendo una vida sin ser plenamente consciente del Cristo en ti.


Regresar a mí, que soy la vida sin fin, es el camino a la paz, la armonía, y la realización. Así como se te dijo que eres la santidad personificada porque yo soy la fuente de la santidad y la santidad en sí, ahora se te dice que eres la vida eterna, por la misma razón. Regocíjate en esta verdad y hazte acompañar todos los días de tu vida por su dulce voz repitiendo para tus adentros o a viva voz:


Soy eterna. Estoy sana, siempre lo he estado y siempre lo estaré. La verdad acerca de mí es Cristo. En unión con él somos la eterna realidad del amor.



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