Extracto 8 de "Mi diálogo con Jesús y María: Un retorno al amor", recibido por Sebastián Blaksley

Actualizado: 11 may

La obra "Mi diálogo con Jesús y María: Un retorno al amor", recibida por Sebastián Blaksley, se encuentra en proceso de publicación.



Libro 2: Diálogos de un alma

Capítulo 2

Visión, entendimiento y libertad

I. En la luz de la gloria

23.02.2013


Durante el día de hoy persiste la experiencia que se inició hace tiempo en forma intermitente y ahora es permanente. Todo es luz, las texturas son a la vista como si fueran de marfil blanco muy blanco pero conservan los diferentes colores. No encuentro palabras exactas para describirlo a pesar de mi sincero esfuerzo por encontrarlas. Las formas son diferentes, gente, árboles, autos, flores, edificios, pero todos son como si estuvieran hechos de un mismo “material” que es luminoso y de una inmensa belleza. Uno sabe, sin saber cómo sabe (es como si fuera una certera intuición) que todo está hecho de un mismo “algo”. Sin importar que forma tome y sin importar siquiera si es árbol o persona, aire o una piedra, en esencia todo es idéntico. Todo comparte la misma luz, la misma belleza. Los colores refulgen en su propio color pero la luz que los ilumina es la misma y al refulgir se hacen más brillantes pero a la vez más serenos a la vista. Es un brillar que no encandila sino, que de algún modo que no sé cómo, da paz.

Lo mismo aplica a las cosas. El tren, la gente, la basura de la calle, las nubes, el aire y el pasto, todo desde adentro iluminado en una misma luz.


Hay algo que es diferente en esta experiencia comparada con las anteriores. En el espacio entre las cosas, hay el mismo “algo-iluminado”. Se me hace difícil describirlo. Lo único que se me ocurre decir es que es como si se le preguntara a un pez, ¿qué es el agua? No podría responder. Ese “algo-luz” es como si fuera simplemente un océano en el que todo vive, existe y es y que el “material” del que está hecho ese océano es el mismo material de todas las cosas. Desde adentro hacia afuera de ellos es ese “algo-luz” el que existe. Es como si el pez estuviera hecho de agua.


Una pregunta me surge al ver esto: ¿cómo es que siendo su “materia prima” la misma, la cual no es corpórea ni concreta, se hace mil formas, mil colores, mil texturas y mil sonidos sin dejar de ser exactamente lo que es? Todo es igual por dentro, por decirlo de algún modo, pero todo es diferente por fuera, sin dejar de ser lo mismo. Un árbol y una persona son lo mismo, pero a la vez el árbol es árbol y la persona es persona.


Esto veo y percibo con mis sentidos ininterrumpidamente hace varios años.


Asimismo, siento en mi cara un viento leve que no es viento ni se mueve. Especialmente bajo la boca y los ojos. Es como si fuera agua fresca o viento que refresca la cara. Esta sensación la tengo hace cuatro años o más. Pensaba al principio que era viento y venía de algún lado, pero dado que lo siento sin cambios en un lugar cerrado o al aire libre, haya viento o no, sé que es como si “alguien” soplara serenamente en mi cara, y eso da una paz y quietud que se sabe no viene de ninguna cosa exterior.

El cuerpo se siente como si no estuviera. No hay dolor, no hay placer, no hay nada.


Es solamente neutro. Como si fuera de una textura de “goma” que no pesa, ni es liviano tampoco. Simplemente es como si no existiera pero sigue cumpliendo todas las acciones. Veo, camino, converso, escucho, trabajo, etc., pero lo hago como si el cuerpo no estuviera. No hay cansancio, no hay estímulos, no hay nada. Solo una inmensa paz y un “sentir” que no se siente en el cuerpo y él no participa de ese sentir que es dicha. Y esta paz y esta dicha no lo produce nada en particular, simplemente es y siempre es.

Aclaración de Sebastián


Cuando digo la voz, hago referencia a una voz interior que es certera y de una autoridad tan inmensa que no admite la más mínima duda. Podría defender lo que dice esa voz aunque el mundo entero me dijera lo contrario. No es una voz audible como las voces que se escuchan con los sentidos corporales, pero es voz. Es pensamiento que uno sabe que no es su propio pensamiento. Viene aparejado de una inmensa paz, de una certeza que da una seguridad que nada de lo que yo experimenté en este mundo me la da. Hay dos voces en mí, de eso no tengo la menor duda. Esto me producía desestabilización y conflicto al principio pero me fue dado a entender al respecto. Lo escribiré oportunamente.


No he escuchado voces audibles a la fecha. En una sesión terapéutica que realicé hace dos años, se me preguntó si era la voz de un hombre o una mujer. Respondo: no es hombre ni mujer. Es una voz que al hablar hace. Si dice paz, la paz viene. No sé cómo esto se hace pero así es. Pero de algún modo yo sé que es voz masculina sin ser un hombre tal y como ese concepto se entiende en general en el mundo. Es la voz de la autoridad misma. Es la voz de la verdad, yo sé que así es.


Esa voz, que es pensamiento, llega conjuntamente en muchas oportunidades con un cambio en mis sentidos físicos: los oídos se sienten como si estuviera abajo del agua pero escuchan mejor, la vista se me cambia de foco, como si enfocara diferente un lente o algo así. En la garganta hay una fuerte sensación de algo que no sé definir bien, es como si un sabor dulce muy dulce hubiera entrado. Lo más parecido a ese sabor es la miel pero aún eso no describe el “dulzor” que se siente solo en esos casos. Este sabor no siempre aparece. Lo demás sí.


Hoy a la madrugada vino a mí una respuesta a una pregunta que de algún lado provino. ¿Qué significado tenía que se inicien estos escritos el 13 de febrero de 2013? No sé por qué motivo este pensamiento se hizo fuerte en mí hace varios días. Hoy súbitamente entendí que esa fecha, que previamente no tenía ningún significado para mí, es la fecha del calendario oficial católico para dar inicio a la pascua de resurrección del año 2013. Es miércoles de ceniza.


Solo dos fechas del calendario católico eclesiástico son las de mayor significancia. El nacimiento de Jesús, navidad, y pascuas de resurrección. ¿Qué otros dos sucesos pueden ser más relevantes?

Que comience este camino de los escritos el día mismo en que se inicia el tiempo de la pascua de resurrección reviste un significado de relevancia para mí y quizá para quienes son capaces de comprender lo que la pascua significa, al menos a nivel de la experiencia espiritual.

Por la tarde vino a mí el siguiente diálogo sin ninguna preparación ni relación mental con lo que estaba pasando en mi interior consciente.

II. En las alas del amor

Jesús: Sagrado significa substraído del mundo. Has de saber y anunciar al mundo este mensaje. Se ha perdido el sentido de lo sagrado. Y, al perderlo, se ha caído en la pérdida del pudor. No te exhibas al mundo, ni en el cuerpo, ni en tu interior. Tú me perteneces a mí y a nadie más que a mí. No le perteneces al mundo.


Quédate en mí y substráete del mundo, tú que eres sagrado pues has sido creado por Dios a su semejanza. No debes arrojar perlas a los cerdos. No arrojes a mi hijo al fango. Quédate en mí, que soy tu cielo en ti. Hay un lugar sagrado en ti, que nunca será profanado. En ti vive el altar a Dios, donde se honra al hijo en su dignidad como Hijo del Altísimo. Esa es la dignidad que te corresponde. Dignidad divina. Dignidad infinita para ti que eres digno hijo de tu Padre. En nuestra intimidad, nadie ni nada debe interferir, pues es recinto sagrado. Quédate en mí y verás grandes maravillas en ti.


Cuando fui a misa a las 20hs. y estando atento a la homilía del sacerdote, escuché de él lo siguiente: “pascua es un tiempo de encuentro entre Jesús y el alma. Un tiempo de diálogo con Jesús”. Algo en mí entendió que este era un mensaje para mí, que respondía cabalmente a lo que a la mañana me vino del pensamiento. Ahora sé que el miércoles de ceniza de este año 2013, fecha en que inicio los escritos, mi alma entró en un nuevo nivel de diálogo con Jesús, es decir, con Dios. Sé que de algún modo, que está alejado de mi experiencia consciente, en mi interior se produce un cambio hacia una mayor Intimidad con Jesús. El alma, ciertamente habla con Dios y Dios habla con el alma.

Hoy también me fue inspirado el dejar expresadas algunas de las experiencias interiores previas. Así lo hago.

II.A Jesús intercede por mi alma


En cierta oportunidad, al levantarme para ir a trabajar, a las 8 am cuando estaba listo para salir de casa, de repente una visión apareció ante mí, tan viva que a pesar del tiempo la puedo recordar con perfecta claridad.


Vi súbitamente: yo estaba en un campo con hierba color ocre dorado, en un día que era soleado y diáfano, todo con luz. A una distancia de como de dos metros, estando yo parado bajo la sombra de un árbol, vi a Jesús arrodillado en oración frente a una roca de porte mediano grande. Jesús tenía una túnica color mostaza clara, como tirando a marrón ocre. Era como de arpillera o una tela rústica.


Escuchaba su oración que era mental. Yo escuchaba con claridad lo que su mente decía. Jesús estaba especialmente afligido y preocupado. Su angustia era inmensa. Su oración decía así: “Padre, solo te ruego que él venga con nosotros (se refería a mí). Que vuelva a casa. No me prives de su presencia en el cielo. Padre bueno, te lo suplico, haz que retorne. Que no se pierda. ¿No te das cuenta que sin él, yo muero? Llevémoslo juntos a casa porque sin él yo no quiero estar en el cielo. Padre eterno, dámelo, es mío.”


Jesús lloraba amargamente al decir esta oración. Al terminar, se levanta y se va caminando despacio como amargado dándome la espalda, como si nunca hubiera notado mi presencia. Cuando él se marcha, yo con lágrimas y espanto grito: “pero Jesús… ¿por qué decís eso…? Estoy acá… pero si vos sos y siempre fuiste todo para mí… ¿por qué tu angustia?” Y él se dio vuelta para mirarme pero, con la cabeza baja y sin mirarme nunca me dijo:¿acaso lo que yo te ofrezco no tiene ningún valor para ti? ¿Por qué lo desprecias?


Yo respondí, con una amargura que nunca había experimentado antes: ¿por qué me decís eso, si lo que vos me das es lo más importante para mí…? Me angustia que pienses eso… ¿Por qué, si te lo di todo por amor?


Jesús no respondió, siguió su camino y me dejó solo, llorando amargamente. Acá la visión termina.

Cuando me desperté, sin tener idea de nada, vi que eran las 11 de la mañana. Tres horas estuve en el piso del departamento. Me vi en el suelo y entendí que algo me había pasado.


Cancelé mis responsabilidades y me quedé todo el día con la mente en blanco y una serenidad que me dio una paz y un silencio muy grande y que quisiera volver a sentir.

II. B En los brazos de María

Un día sentí - mientras estaba acostado - un impulso irrefrenable y una voz que me decía: “ven hasta los pies de mi imagen en San Nicolás y pídeme esto: Madre, te lo ruego, llévame al corazón de tu divino hijo Jesús para que él habite en mí”.


Fui a San Nicolás a los pies de la imagen de Ntra. Señora del rosario de San Nicolás a 200 km de distancia de casa, más o menos. Recé esa oración, o mejor dicho, la oración “se rezó en mí”, con una profundidad de corazón que me deshacía de anhelo en que eso sea hecho en mí. No entendía lo que quería decir bien, pero sí entendía que había en mí un deseo no sentido nunca antes de morirme de amor por Jesús. Me deshacía de amor por la in-habitación de Jesús en mí. Y algo en mí tenía la certeza de que era María quien lo haría por mí.


A los tres días, recibí el mensaje del Padre X, (párroco de la parroquia a la que pertenezco -en este momento- y cuyo templo es a una cuadra de casa) de que quería ungirme con el ministerio de la eucaristía. Eso me dejó con el alma muda porque nunca pensé que pudiera participar de ese tipo de ministerios, ni de acercarme, ni pensé que esto podría ser algo para mí. No acepté. Le dije que necesitaba orar antes de decir que sí, dada la importancia de este anuncio. Al día siguiente, tuve claramente identificado en mi mente que precisamente esa era la oración a la que fui llevado. María me entregaba literalmente a Jesús. ¿De qué modo puede hacerlo más claro y evidente que en la hostia consagrada?


El mensaje era claro para mí: ahora sí, acá te entrego a mi divino hijo Jesús. Le pedí al párroco que me unja como ministro de la eucaristía para llevar a Jesús a los enfermos, moribundos y a todos los que necesitara fuera del templo. Él me dijo que esa era justamente la idea que había tenido. Me nombró entonces ministro extraordinario de la eucaristía. Desde ese día cumplo mi ministerio del que recibí la bendición formal dos semanas después. Cuando recibí la bendición solemne el párroco me dijo: “que esto sea para tu gozo y no para aumentar tu sentido de responsabilidad. Es un regalo de Jesús para vos. Disfrútalo”. No dije nada porque guardo estas cosas en el silencio, pero dentro de mí, sabía de dónde venía eso.


Cuando un año después estaba yo dándole la comunión en persona a mi primera hija, no pude más que ver el regalo de la Madre. Dos años más tarde, yo estaba dándole a mi segunda hija su primera comunión. Esto confirmó que la virgen me concedía un pedido que le había hecho hace 4 años atrás en similares circunstancias que las descriptas en cuanto a la oración de la advocación de Ntra. Señora de San Nicolás, donde una oración se rezaba en mí diciendo: haz que lleve a mis hijas al cielo. Has que solo viva para llevarlas a Cristo y llevarles a Cristo hacia sus almas.


Fui su catequista. Con ellas recorrí seriamente y con alegría el camino de preparación de su primera comunión. Ambas recibieron su primera comunión literalmente de mis manos. Participo por pedido de la directora general de catequesis del colegio, como ministro de eucaristía de todas las celebraciones religiosa eucarísticas del colegio, lo que me permite recorrer más de cerca el camino de Cristo junto a mis hijas.

II. C Carga tu cruz y sígueme


Súbitamente, cuando estaba totalmente alejado de la oración en ese día y divirtiéndome con un amigo en nada que fuera serio ni elevado, recibí una visión en similares condiciones mentales que la que había recibido en abril. Yo estaba caminando junto a Jesús, muy cerca de Él en el momento exacto de su primera caída al llevar la cruz. Jesús cargaba una cruz pesada. Estaba vestido de igual modo que en la visión anterior, con su túnica mostaza, idéntica imagen corporal, cargando la cruz. Mucha gente a su alrededor, pero no la oía. Era una turba. Él recorría un camino en el que había casas a ambos lados. Un camino estrecho, con casas bajas como de adobe. Atrás había un arco. Era como una calle angosta con escalones que bajaban. Jesús cae con la Cruz. Se levanta y sigue. Sin mirarme. Como en el caso anterior, leí con claridad absoluta su pensamiento y decía: cárgala y sígueme.


Como en el caso de abril, mi mente quedó en blanco. En un silencio total que era nada, vacío, no juicio, no pensamiento, paz, serenidad, quietud. Nada. No afectó en nada la presencia de la persona amiga que estaba junto a mí.

II.D Lánzate al amor

Súbitamente tuve la siguiente visión. De repente me salí de mí y estaba en otro lugar. En una casa toda de vidrio, con marcos de madera. Era de doble planta. En la casa todos bailaban una danza como si fuera una fiesta pero estaban muertos. Yo les decía a cada uno, como desesperado: “no bailen ¿no ven que están muertos?” ¿Por qué bailan, no ven que afuera vienen para matarlos? No se muevan para que no se note que están acá o entrarán a matarlos. Todos estaban vestidos de blanco crema. No había música ni sonido de ninguna especie. Subí corriendo las escaleras, tratando de que entiendan que había peligro afuera, que se escondan todos. Pero nadie me oía. Todas eran personas mayores, como de 40 a 60 años.


Al pie de la escalera, (después de bajar corriendo, porque tampoco arriba me escuchaban e ignoraban totalmente mi grito de “escóndanse”), había una niña como de 5 a 6 años vestida de un blanco que iluminaba. Era rubia. De una belleza deslumbrante. Era tan alegre que contrastaba con los demás y bailaba de un modo especial con una gran armonía y belleza en sus movimientos simples. Era alegre y se sentía su alegría. De los demás se sentía que estaban muertos.


De ella, se notaba su vivacidad. A pesar de que todos bailaban, la niña bailaba de un modo particular. La vi, y le dije llorando “¿qué haces acá, no ves que hay peligro?” La niña me sonrío, tomó mi mano y me quiso llevar afuera. Me resistí para salir. Y le dije: “no, afuera todo es peligro. No podés ir afuera”. Ella me llevó serenamente. Era de una belleza tan grande que estar con ella y mirarla me daba alegría y paz. Y al ver atrás el resto de la escena, la niña contrastaba mucho con la muerte que veía en los demás. Al salir, tuve miedo. Mucho. Diría que pánico.


La niña me llevó a donde había una mesa de madera que tenía al lado un banco. La mesa y el banco estaban bajo el único árbol que había en un inmenso campo de hierba color ocre dorado, idéntico al de la visión de junio y con la misma luminosidad. Era un día soleado y diáfano como el de las tres visiones descriptas. Sentado en el banco con ella, contemplábamos en silencio el prado color dorado. Había brisa porque el pasto se mecía suavemente. La niña me pregunto: “¿qué ves?” Yo contesté: “nada, solo silencio, solo quietud, no hay nada. Solo el campo”. Ella me respondió: sal de la casa del miedo y lánzate al amor. La visión termina.

II. E Elevación del alma


Vi una escalera blanca de mármol muy alta, que no tenía barandas ni costados. A cada lado había como un cielo. Si uno no caminaba por los peldaños podía caer a una especie de precipicio, como si la escalera estuviera en el cielo, a miles de kilómetros de distancia del piso. Una niña bajaba. Era la misma que la visión anterior pero su pelo era rizado, vestida de un blanco iluminado. Todo estaba en medio de una luz muy luminosa. Yo entraba al pie de la escalera y subí en mis hombros a la niña con gran esfuerzo. Algo me tiraba hacia abajo. El esfuerzo que hacía por subir cada peldaño era inmenso, desgastante. Yo estaba totalmente concentrado en no dejar que la niña baje. Subía peldaño a peldaño a la niña en mis hombros con denodado cansancio.


La niña parecía ser como mi hija a la que tenía que salvar de seguir bajando y subirla hasta un lugar seguro arriba. Abajo, a mis espaldas veía un altar con un sacerdote celebrando el culto, gente de espaldas a mí sentada frente al altar, como si fuera un templo. Toda esa imagen era negra; la gente, el sacerdote, pero no el altar. La gente era como sombras. El sacerdote o celebrante levantaba los brazos en cruz y llamaba a todos. Yo sabía que la niña no debía ir allí. Y así la subía cada vez con más esfuerzo. La niña iba en mis hombros y a pesar de mi agotamiento por subirla peldaño a peldaño, ella iba con una sonrisa y una gran paz, Estaba alegre y serena. Era de una hermosura inefable. Sus ropas blancas y delicadas. Finalmente subí hasta el último escalón.


Apoyé a la niña sobre lo que era una especie de final de la escalera. Bien ancho, todo con luz, de una belleza indescriptible. Había colores, paz, todo era de una alegría total. Allí había una seguridad que contrastaba con lo de abajo. Yo quedé en el escalón previo a la llegada. En la llegada deposité a la niña. Y al saber que estaba a salvo allí, descansé en paz en el escalón previo. Ella se quedó sentada mirándome con alegría y paz y su visión me dio paz. Sentí que algo en mí decía: ya está. Ya llegaste. Estás a salvo para siempre.

II.F Estoy a la puerta

Súbitamente veo: Jesús en un vestido blanco resplandeciente, de una gran luminosidad que daba paz, estaba frente a mí tras una puerta de vidrio con paneles cuadrados pequeños. Su rostro irradiaba una gran alegría. Estaba muy contento y en silencio. Yo no entendía por qué se quedaba ahí. En silencio me mantuve. Dado que no se movía, dije: Jesús, pasá por favor. ¿Por qué te quedas ahí del otro lado? No te quedes afuera. Fue un gesto de hospitalidad mío que surgió súbitamente, como si alguien amado estuviera frente a la puerta sin entrar. Solo esperando. Entonces leí su pensamiento con la claridad de otras oportunidades: estaba esperando que me dejes entrar. La visión termina.

II.G No tengas miedo


Un sábado al mediodía, después de venir de colaborar en el comedor para personas de la calle de las hermanas misioneras de la caridad, todo mi interior estaba muy triste. Sentía una profunda tristeza que no sabía de dónde venía y a la vez una gran necesidad de orar. Comencé a rezar el rosario. Me senté como de costumbre en el sillón que habitualmente uso para rezar, cerré los ojos y recé con el rosario en la mano y con las puertas cerradas. Cuando terminé de rezar, abrí los ojos y a mis pies, entre ambos, había un globo inflado color blanco. Simplemente estaba allí. No había puertas ni ventanas abiertas.


Nunca tuve globos en mi casa. Simplemente había llegado hasta allí en ese instante. Lo guardé durante meses en una caja, como recuerdo, junto a otras cosas de oración que tengo. De algún modo sentí que era un regalo de la virgen para mí. ¿De dónde venía el globo sino del cielo? Y, ¿qué representaba el color blanco sino la pureza? Vivo solo y por ende nadie pudo haber puesto ese globo en mi casa. Y escuché en mi mente lo siguiente: no tengas miedo, soy yo.

Nunca más tuve este tipo de experiencias.

II.H Cara a cara con la verdad


Un día al levantarme sentí un cansancio interior fuerte, como si no tuviera fuerzas a pesar de haber dormido bien y suficiente. Y me sentía bien.


Sentí de repente como un choque frontal contra algo en mi interior. Como si de repente algo en mí, que fuera a una velocidad inmensa, se chocara de frente contra un muro. Un muro inamovible e imperturbable. Mi mente quedó simplemente en blanco. No había pensamientos, no había emociones, no había nada. Solo un silencio infinito. Una vastedad inabarcable. Un vacío total. Una oscuridad total. Como si el universo oscuro se hiciera todo. Yo era atraído por ese todo que tenía una fuerza de tal magnitud, que yo era ese todo que era a la vez nada. Era como una fuerza universal total. Simplemente me había topado de repente con esto. Simplemente sucedió.


El cuerpo era ajeno a mí. Se movía, hacía lo que tenía que hacer, caminaba, hablaba, cumplía sus obligaciones del día, pero estaba ajeno a mí. Yo no era el cuerpo. Y el cuerpo era como una especia de imagen que yo veía tal como a todo lo demás (autos, casas, otros cuerpos, mesas, etc.). Todo funcionaba como en una especie de juego mecánico. Como si fueran personajes o muñecos. Todo refulgía en una luz que brillaba desde dentro de cada cosa. Pero todo era ajeno a mí. Yo no era nada de eso. No había ninguna conexión entre lo demás y yo. Lo veía todo. El cuerpo no se movía más de lo indispensable. No podía moverse totalmente. Solo decía lo que tenía que decir, hacía lo mínimo que debía hacer. No había nada que en los movimientos del cuerpo fuera de más. Yo no era nada de eso que veía. Los cuerpos, los objetos, todo, era como desconocido por mí.


De algún modo yo era ese todo en el que de repente me hice a mí mismo. Yo era ese todo y de algún modo ese todo era yo. Miraba y veía las cosas cotidianas pero no tenía ninguna familiaridad con nada. Al pasar por un lugar, yendo en el auto a una reunión, vi como yo ya había pasado por ese lugar antes y como yo ya había estado en el lugar en el que iba a ir aún sin haber llegado. Ya había pasado por todo antes de que todo pase.


Vi las circunstancias en que se produciría mi muerte y su instante mismo. Fue una visión de paz. Las voces de las gentes se escuchaban con el cuerpo perfectamente bien, pero en un modo más ensordecido. Yo no tenía nada que ver con ninguna de las cosas. Era ajeno a todo. A la noche también estaba en ese todo que era como si fuera el universo total. Una especie de universalidad que lo sabe todo, algo así como la verdad misma. De algún modo que no sé cómo, uno sabe que lo que tuvo es una colisión con la verdad. Súbitamente me estrellé, o mi mente se estrelló, con ese algo todo, que es como si fuera la verdad misma, porque lo sabe todo y lo ve sin verlo.


En ese algo universal, con el que de repente me choqué frontalmente a una velocidad que no tiene comparación con nada que hubiera experimentado antes, sentía o experimentaba la nada. Interiormente, al momento del choque frontal, era como si uno fuera manejando un automóvil a una velocidad extremadamente alta, viajando por una ruta serena, y de repente hay una curva. Pega la curva a la misma velocidad inmensa y al dar la vuelta simplemente se choca de frente contra un murallón inamovible, y uno se adentra en esa pared y se hace parte de esa pared misma de tan fuerte que es la colisión.


No había nada. No existía nada. El silencio era total. La vacuidad total. El vacío absoluto. Nada adentro. Nada afuera. Nada en nada. Y en esa nada, yo sentía que era todo. Y algo en mí, como si fuera en mi naturaleza misma, hacía que no quisiera salirme de esa nada. Yo era esa nada. Y había una fuerza indoblegable que me hacía todo en esa nada. La nada y yo eran una misma cosa y de algún modo esa nada era todo y experimentaba como el todo era yo. Porque ese yo era todo. Yo era las cosas, yo era cada cuerpo, yo era cada objeto. Yo era todo y sin embargo todo era ajeno a mí.


Los cuerpos eran ajenos a mí y yo era ajeno a todo. Esa vida que veía, los cuerpos y las cosas, no estaban vivas, solamente eran como parte de una escena. Era como una obra que estaba pasando pero yo la veía desde muy lejos. Tan lejos que era totalmente ajena a mí. Y no experimentaba nada al verla. Simplemente, como si uno viera de lejos cómo los árboles se mecen con el viento. Uno no es el árbol, ni se involucra en él. Y yo sentía una absoluta integridad de todo. Todo era silencio, nada, paz. Así estuve 14 días ininterrumpidos.


II.I Luz de luz verdadera


Durante todo el día y casi sin interrupción, he visto como todo lo que contemplaron mis ojos estaba revestido de una belleza llena de luz. Toda cosa está iluminada. Uno sabe que esa luz es la misma luz que compartimos todos con toda cosa creada. Los colores refulgen, las personas se iluminan y destellan una belleza que no sé cómo describir realmente en palabras. Es como si esa luz y belleza acompañara a todos pero algunos no se dan cuenta de que ella está en ellos. Como si uno viera que todos son felices solo que algunos no se dan cuenta de ello. Todas las cosas se hacen como de un cristal muy cristalino lleno de luz y colores brillantes que dan paz a la vista. Solo hay belleza, luz y alegría. Todo se hace alegre. Se me dio a entender lo siguiente: toda criatura, es decir, toda cosa creada, refleja la luz de la luz verdadera que es la fuente de la vida,así como las estrellas y la luna no brillan con su propia luz sino que la toman del sol. Dios es como el sol que ilumina a todo ser. Así es la creación, luz de vida hecha ser. Y esto refulge en todo lo que existe.


Asimismo, se me dio a entender que la luz que contemplan mis ojos y la belleza que ello destella, así como la inmensa paz y quietud que inspiran, son el reflejo de mi propia Luz. Pues sigue siendo una percepción y no la verdad misma, pero es la antesala de la visión de la luz verdadera. Esa luz que se refleja es la luz de la belleza del alma que todos pueden ver en su interior. Por eso no debemos tener miedo a mirar en nuestro interior. Pues el miedo a mirar adentro es solo una estrategia de la mentira para evitar que veamos nuestra santidad. La mentira nos susurra que somos miserables y pecadores, la verdad nos dice: mira adentro de ti mismo, búscame en ti y búscate en mí, pues la mentira, el miedo, que es el enemigo del Amor, tiene miedo a que cuando mires adentro veas que eres santo. Esa, y solo, esa es la causa de la resistencia que muchos experimentan para no mirar adentro de sí mismos. No tengas miedo de mirar adentro pues te digo que encontrarás la imagen y semejanza de Dios, es decir, tu belleza. Tú eres mi hijo amado.

II.J Sombras iluminadas

Con respecto a experiencias que pudieran parecer perturbadoras,tuve muchas durante el año 2007 al 2008. Al entrar en casa sentía una presencia perturbadora que lo abarcaba todo en la casa. Se hacía una densa atmósfera que ahogaba la respiración. Esto pasaba solo al entrar a mi casa, independientemente del estado anímico externo mío o del día que hubiera tenido. En efecto, como esta experiencia era diferente a todo lo que hubiera experimentado antes, sabía que era algo que simplemente pasaba.


Cuando me iba a dormir experimentaba un algo que respiraba de modo hediondo encima mío y me ahogaba como agarrándome de la garganta sin dejarme respirar. Era como si su cara pestilente estuviera frente a mí y todo encima de mí.