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La era del corazón, recibido por Sebastián Blaksley - Parte 1 de 3

Actualizado: 21 jul 2022


La era del corazón

Recibido por Sebastián Blaksley

3 de octubre de 2021



Cómo se originó


El día 3 de octubre de 2021, una semana después de haber finalizado la recepción y transcripción de los textos que se reúnen bajo el nombre de “Trilogía del corazón”, estando en silencio y oración, se hizo presente en mí, un coro de incontables ángeles del cielo, entonando un himno de alabanza y gratitud al amor de los amores por habernos llamado a la existencia.


Antes de su venida, mi alma queda sumergida en una paz profunda, una quietud que todo lo envuelve en santidad, dicha y pureza. Es ese, un estado de gozo inefable. Los sentidos del cuerpo se acallan, y una especie de “silbido” sereno y armonioso se escucha en mis oídos físicos y siente en todo el cuerpo. Una sensación de ser acariciado por una brisa suave y danzante cubre la totalidad de mi rostro. Todo eso, y otras cosas llenas de belleza y pureza, suceden súbitamente como antesala de la venida de las manifestaciones. De tal manera que mi humanidad se prepara para recibir lo que el cielo dispone.


Mi alma sabe, de un modo que no se puede poner en palabras, que el cántico de inefable belleza que entonan los ángeles, y es expresado desde y en sus corazones, es el que se canta constantemente en la creación. Es su respuesta a la Divina Madre por haberla llamado a la existencia, es decir por darle la vida. Es este un hosanna eterno que la filiación entona al creador de todo lo bello, lo santo, lo perfecto; a aquel que está más allá de todo nombre, toda palabra y todo símbolo. Dentro de ese cántico celestial de indescriptible hermosura, se hace presente la voz de Cristo, es decir el Puro pensamiento.

En cada visitación me es mostrado en imágenes y visiones simbólicas aquello que constituye el mensaje en cuestión, el cual luego se transcribe en palabras escritas. Una vez que las imágenes y símbolos me son dados, se hace presente Jesús de Nazareth, el Cristo humanado, en toda su gloria, humanidad y divinidad. Es él quien me dicta las palabras que luego conforman los capítulos de esta obra, y me instruye en el conocimiento de las mismas.

En las visiones se me muestra la historia de la creación, la evolución de la consciencia, y el destino de todas las cosas. Me es revelado también el origen del tiempo, el camino de las almas, y la historia de la humanidad, como parte de la expresión de la consciencia universal.


Me ha sido dado a entender que el conocimiento que me es revelado en esta manifestación, existe en todos, ya que forma parte de nuestra realidad. Por tal razón es que considero que la palabra más exacta para describir estos mensajes, no sería “revelación” sino “recordar”. Esta obra es una expresión de la mente universal, que da testimonio del hecho de que estamos recordando en forma individual y colectiva, de dónde venimos, dónde estamos, y a dónde vamos. En otras palabras, recordando la verdad que hemos venido a recordar. La verdad acerca de qué somos.

Con amor en Cristo,

Sebastián Blaksley




Acerca de la obra


Amada de mi corazón. Alma llena de santidad. En nuestro amor se revela la verdad. En nuestra unión, la sabiduría. Juntos creamos nueva vida. He venido a tomar tu mano, tu tiempo y humanidad, para llevar luz a las mentes y paz a los corazones por medio de estas palabras. El mundo necesita saber. Por esa razón es que vengo a revelar cuál es el camino que recorre la creación. En otras palabras, a responder la pregunta que existe en los corazones de nuestros hermanos y hermanas, y que dice así: ¿Dónde estoy y a dónde voy?


Observa amada mía, que se ha omitido de la pregunta la parte que dice ¿de dónde vengo? Esto se debe a que ya ha sido respondida en los escritos que anteriormente te fueran dados, para compartir con el mundo entero. Si te detienes - y meditas con serenidad - lo que aquí se te dice, descubrirás que existe una relación directa entre todas las palabras que juntos extendemos . Ellas forman parte de una totalidad. Conocer el origen de tu existencia, es también conocer tu realidad y destino, pues son uno y lo mismo. Sin embargo, porque a veces la mente y el corazón necesitan separar algunos símbolos, para luego darles significado en la totalidad, conforme al lenguaje humano, es que se han creado sucesivos escritos, de los cuales estos son parte integral.


Estas palabras van dirigidas a la consciencia del Cristo en ti. Ya no hablamos de una mente o un corazón, pues has alcanzado el estado de plenitud del ser, que es aquel en el que reconoces que ambos son una unidad inseparable, en lo que eres como humanidad santa. De modo tal que no existen razones para hacer distinción entre lo uno y lo otro. A la unidad de mente y corazón la llamamos consciencia del ser. Es allí a donde va dirigida esta expresión de amor y verdad. Mi voz, representada en esta obra, llegará allí donde tenga que llegar. El alma que la reciba, comprenderá porque es hija de la luz que brilla en todo lugar.


No le hablamos a alguien en particular, como si fuera un individuo, pues ya se ha reconocido jubilosamente - y aceptado - el hecho de que no existe tal cosa como un ser individual.

Estamos hablando desde la totalidad de la Fuente hacia la unidad de la creación. Existe la consciencia universal, la cual es extensión perfecta de la consciencia divina. Esta, abraza a aquella. Usamos dos términos, para que se pueda comprender con mayor facilidad que; en esta revelación, la consciencia del Creador se manifiesta a la consciencia del creado en unidad de amor y sabiduría. Ambas forman una relación. Creado y creador. Origen y destino. Alfa y omega.


Dicho llanamente, estos escritos son una manifestación del conocimiento de Cristo, revelándose por amor a la humanidad. Un amor que estará presente hasta la consumación de los tiempos, es decir por toda la eternidad. Van dirigidas al centro de tu ser, y con ello al centro de la consciencia universal, en razón de la unidad del ser. Recuerda que somos una sola mente, un solo corazón, una sola alma. Unidos somos la luz de la vida.


Alma pura. A medida que vayas recorriendo esta obra, es probable que te topes con revelaciones que la mente pensante no comprenda, y en razón de ello le cueste aceptarlas. Eso procede simplemente de la costumbre de utilizar lo aprendido como fuente del saber, en vez de permitir que la verdad sea revelada. No te detengas por ello. Sigamos juntos de la mano, hasta que se diga todo lo que tenga que decirse, en razón de nuestra sabiduría perfecta. Mira que la totalidad conlleva dentro de sí un regalo que la parte por sí sola no puede dar.


Absorbe cada palabra que aquí se te regala, como si fueran de gotas de rocío bajadas del cielo. Déjate llevar por ellas. Siéntelas. Abrázalas con toda tu alma y todo tu ser. Permite que el poder que en ellas existe embeba tu humanidad, y se extienda más allá de ti mismo, en razón de nuestro amor. Así es como se las regalamos al mundo entero y a toda la creación.

No en virtud de las leyes de lo viejo, sino de las del espíritu de Dios, quien hace nuevas todas las cosas.


Recuerda amada de mi divino corazón, que nada es imposible para Mí. Por lo tanto, tampoco lo es para ti, que eres uno conmigo. Mi voz llega al centro de lo que eres. Tu alma sabe quién le está hablando. Conoce la voz de la verdad. Reconoce la sabiduría de Dios, pues en ella existe, se mueve y es. No le niegues a tu ser la dulzura de mi voz, y la alegría de permanecer unidos en la santidad del ser. Unidos somos la casa de la verdad. El refugio de paz en el que nuestros hermanos y hermanas anhelan habitar. Extensión purísima de la sabiduría del cielo. Juntos creamos el nuevo cielo y la nueva tierra. Estas palabras dan testimonio de ello.


Bendita seas tú, que escuchas mi voz y la sigues.


Capítulo 1. El viaje del alma


Toda alma realiza un viaje sin distancia desde el corazón de Dios hacia el conocimiento de Cristo. Si bien ambos son una unidad, la cual reside en la esencia divina, este viaje – por decirlo de algún modo – es necesario para que exista la individuación del ser. Como alma, has estado moviéndote desde un punto hacia el otro. Ciertamente las expresiones “un punto” o “movimiento” no deben ser entendidas literalmente, ya que la realidad no tiene partes o lugares a donde se pueda ir, ya que es infinitamente una. En ella no puede haber espacios que recorrer. Sin embargo, sí que se lleva a cabo un movimiento de realización de la consciencia del ser.


El creado emerge de la fuente de la vida, y es impulsado a conocerse a sí mismo como lo que es, es decir como expresión del amor perfecto. Conocimiento este, que solo puede alcanzarse en la verdad, pues ella es su esencia, realidad y morada. Solo cuando este se alcanza, puede decirse que se ha alcanzado la plenitud, puesto que el conocimiento y lo que el creado es, son uno y lo mismo. De Dios procede, en el Espíritu de amor existe, y hacia Cristo se dirige, el ser creado por puro amor santo.


Lo que acontece en el alma, acontece en la consciencia universal a la que está indisolublemente unida, y viceversa. De tal modo que la trayectoria que cada una recorre, es la misma que aquella que transita la humanidad como un todo. Brotas de mi divino corazón. Se te revela el don de la libertad de elegir deliberadamente al amor. Recorres el camino que te lleva al conocimiento de quién eres en verdad, para hacer la opción por el amor. Y luego, te fundes en el sagrado corazón, el cual es la unidad de mi divino ser y la verdadera creación. Dicho llanamente, del amor procedes, en el amor te conoces, y al amor retornas, en el perfecto conocimiento de tu eterna unicidad. Lo mismo sucede con aquello que llamaremos consciencia colectiva. Toda alma pertenece a un colectivo. Por esa razón es que podemos hablar de familia humana. La suma infinita de todos los colectivos, o grupos de creaciones, por decirlo de alguna manera, conforma la filiación.


Cuando decidiste conocerte a ti mismo fuera de la fuente del saber hermoso, es decir de la verdad, te uniste a un tipo de conocimiento que no era tal. Esta decisión no era irrevocable. Esto se debe a que en realidad esa fue la elección de no conocerte. Lo hiciste basándote en la idea de que no era necesario unirte al conocimiento de la verdad acerca de lo que eres. Esto te costó la consciencia del cielo de tu ser. Para que ello sea posible, tuvo que existir de antemano una consciencia colectiva a la que puedas unirte, la cual estuviera fundamentada en la negación del conocimiento, y por ello del ser. Sin embargo, esa opción estaba destinada a no perdurar, ya que lleva dentro de sí las cimientes de la disolución.


La negación del ser implica necesariamente dejar de existir. Dado que eso es imposible, pues la eternidad es tu fuente y realidad, lo que sucedería al hacer esa opción es que crearías un estado de conflicto. Un reino de caos donde no se puede morar en paz. Pero en él habría una puerta de salida, que no es otra cosa que la misma por la que ingresaste. Es decir, tu libre determinación. Cómo llegarías al punto en que ejercerías tu libre albedrío para hacer la opción fundamental de vivir en la verdad, es de lo que se trata la experiencia que llamas del mundo. O si prefieres, para ser más específicos, una dimensión de tiempo, materia y espacio aparentemente separada de Dios.


Naturalmente, una realidad desunida de la fuente de la creación, es decir del amor, es algo imposible. Para eso, la mente hizo un uso inexacto de sus facultades, es decir de lo que es. En vez de co-crear en Cristo, fabricó lo que llamas fantasías. Es esta una capacidad del alma que nada tiene que ver con la creación original. Dios no alberga fantasías acerca de nada. Tu ser tampoco. De un sistema de pensamiento basado en cosas imaginarias, solo surgiría un mundo de imágenes. Y así sucedió. No en la creación divina, sino en tu experiencia particular, dentro de un colectivo que estaba en armonía con ello.


Recuerda que siempre pertenecerás a una consciencia universal, independientemente de cómo la concibas. Puedes permanecer unida a la consciencia de la Luz o a la inconsciencia del ser. En ambos casos pertenecerás a un “colectivo” a lo que te adhieres. Nada en la creación puede existir sin estar unido algo mayor a si mismo. La parte no puede prescindir del todo, pues para ser “parte” debe serlo de algo. Ese algo es la totalidad a la que esta se une. En otras palabras, la identidad es siempre una cuestión compartida. Ninguna criatura puede ser fuente de su propia identidad. Solo Cristo es la fuente de la verdadera identidad, porque solo Dios es la fuente del significado.


Quizá te preguntes, para qué hablamos del pasado, en una obra que revela lo nuevo. Lo hacemos para que puedas comprender con mayor claridad a dónde estás. Has llegado al punto en el que – como alma individuada y humanidad – retornaste al conocimiento de quién eres en verdad. Con ello, has alcanzado el estado de unidad del ser. Ya no eres un ser sin razón, o que niegas la verdad. Eres el amor reintegrado. Por lo tanto, todo es nuevo. No en razón de lo que el intelecto pueda comprender o imaginar. Sino en razón de lo que la consciencia de la verdad que eres va co-creando en unidad con la consciencia suprema. Se ha restablecido la conexión consciente entre tu humanidad y Dios. Es la primera vez que eso sucede en el viaje de tu alma. Permíteme explicarte esto.


En el plano del ser, nunca estuviste separado de la fuente del amor hermoso, porque si eso hubiera sucedido dejarías de existir. Sin embargo, cuando fuiste creado se te dotó de libre albedrío. Esto forma parte de lo que eres. Ser libre es la voluntad de Dios para sus creaciones. De lo contrario, Él mismo no podría serlo. De tal modo que, al emerger del divino corazón, el alma lleva dentro de si una pregunta, como si se tratara de una semilla plantada dentro de lo que eres. Tal pregunta existe en todo ser viviente, no solo en el alma humana.


Para ser más precisos, la pregunta fundamental de la cual estamos hablando aquí, no existía como pregunta propiamente dicho en el estado primigenio. Esto se debe a que la mente no había aún concebido el lenguaje de la separación, el cual utiliza palabras que nunca pueden ser entendidas por todos, ni todo, pues esa es su finalidad. La pregunta fundamental en realidad es un llamamiento. Una llamada de Dios a su criatura. Es la voz del amor llamando al alma a hacer la opción por el amor. Toda creación lleva dentro de sí esa llamada.


Dado que el estado mental que surgió en el alma como efecto del estado de separación, interpreta todo en base al lenguaje de las palabras que la mente elabora, lo que sucedió es que la llamada se transformó en pregunta. Pero aún así, sigue siendo un llamamiento. Una invitación amorosa que vive en todos los corazones. Es la pregunta que llevaste dentro de tu alma, la cual no te dejaba en paz y preguntaba qué soy. Detrás de ella está la invitación a elegir solo el amor como tu única realidad y con ello a la verdad como lo que eres. En última instancia, es la voz de Cristo que una y otra vez te dice; ¿me das tu alma? Esta petición que el amor le hace al amor es universal, y encierra dentro de sí la gracia del libre albedrío, lo cual es esencial a lo que eres.


El amor y la libertad no pueden ir separados porque son lo mismo. Esa es la razón por la que no existe ser en la creación que no desee ser libre, y por la que el cautiverio nunca será de tu agrado. La libertad es el estado natural del ser. En pocas palabras, si carecieras de libre albedrío, no podrías amar, ni vivir en el amor. Eso haría que dejaras de ser. Dado que el amor es quien te ha creado como extensión de lo que es, estás llamado a ejercer tu libertad en razón del amor.


Todos han venido al mundo del tiempo, la forma y el espacio, para ejercer su libre albedrío en unión con la verdad. De eso se trata el viaje del alma. De un camino que se recorre, desde el no ejercicio de su libertad, hacia la plenitud de su ser. Nadie puede alcanzar un estado de plena realización si no ejerce su libertad conscientemente. Dios conoce esto con perfecto conocimiento. Él es tan libre como lo eres tú y todas sus creaciones.


Lo que se te está recordando, amada de mi divinidad, es que nadie está obligado a amar. Esto es algo que puedes comprobar de modo sencillo en tu experiencia humana. No puedes obligar a alguien a que te ame, del mismo modo en que nadie te puede forzar a amar algo o a alguien. Tampoco a dejar de amarlo. En pocas palabras, el amor no se puede imponer. Tampoco se puede aprender. Eso es lo que hace que las creencias sean impotentes ante su realidad. Y también los sistemas de pensamiento. Nada puede imponerse al amor. En ello reside su soberanía, su fortaleza y su inquebrantable paz.


El tiempo se te ha dado para que dispongas de él para ejercer tu libre albedrío. Es decir, para responder a la pregunta que el Creador ha impreso en todos los corazones, llamándolos a aceptar al amor perfecto como su única realidad, y su ser. Y de ese modo, pasar a gozar de las maravillas que el amor creó, y eternamente crea en unión con la verdad. Igualmente, el espacio se te ha concedido para que exista un espacio de libertad, donde puedas ejercer la opción fundamental. Lo mismo acontece con el cuerpo físico, la personalidad y todo lo que existe en el universo material. Todo está ahí para contribuir a tu perfecta realización, la cual alcanzas al vivir en la libertad de los hijos de Dios.


¿Puedes darte cuenta, de que la única diferencia que existe entre unos y otros, es simplemente que hay quienes ya han optado, y quienes aún postergan esa opción; dentro del marco de su libre albedrío, el cual siempre será respetado por Dios? Este criterio de discernimiento es esencial a esta revelación. Ya no vemos a algunos como buenos o malos, sabios o ignorantes, acertados o equivocados. Miramos todo desde la perspectiva de la verdad. Reconocemos que la diferencia radica únicamente en el hecho de ejercer o no el libre albedrío. Quienes aún no lo han hecho, lo harán a su debido tiempo. Los que ya han respondido a la llamada de lo alto, continúan su existencia recorriendo el eterno camino del amor santo. Lo hacen de la mano de Cristo, a quien han aceptado libremente como la verdad, la única realidad de lo que son, y la fuente de su ser.


Quizá te preguntes ¿para qué siguen estando en el mundo, durante un tiempo, quienes conscientemente han hecho la opción por el amor, y anhelan vivir en la unidad divina de todo corazón? Escucha amada mía. ¿Qué otra razón puede haber para ello, sino la de extender amor? Ellas son amor. Almas que han alcanzado en la tierra la unidad del ser. En razón de ello, saben que hay hermanas y hermanos que aún siguen durmiendo el sueño del olvido. Un estado de no elección, procedente de la existencia de un conflicto interior que lleva a la mente a no decidirse.


Lo saben porque ellas mismas lo han experimentado. Sus memorias han sido sanadas por el amor. Por su libre elección, no dejarán el mundo hasta que no hayan completado su parte en la obra del despertar universal al amor, la cual es una empresa de colaboración, como todo en la creación. Dicho de otro modo, hasta no dar lo que ellas están llamadas a dar, para que el mundo terrenal despierte a la verdad. Al estar unidas conscientemente a Cristo, lo hacen en perfecta armonía con la voluntad de Dios, con la que son una unidad eterna. Extienden la luz divina de su ser, a pesar de las vicisitudes que pudieran llegar a haber en los caminos del mundo. Esto se debe a que conocen la verdad. No se amedrentan por nada. Saben que no existe tal cosa como el cielo allá y la tierra acá. Conocen la unidad. Se gozan extendiendo el amor que son, ahora y siempre.


Vayan donde vayan, las almas que han ejercido su verdadera libertad, permanecen unidas al amor. Descansan en paz en sus brazos, estén donde estén, y experimenten lo que experimenten. Sus vidas ya no les pertenecen, pues se las han entregado a Cristo, fuente de toda verdad y santidad; para que se realice en ellas, y a través de ellas, lo único que puede ser realizado; la eterna extensión de Dios. Al saberse eternamente amadas; por un amor que no tiene principio ni fin, y en cuya realidad se encuentra la plenitud del ser, gozan eternamente de la alegría de la perfecta realización.



Capítulo 2. El movimiento de la consciencia


Así como el alma realiza un viaje sin distancia desde el estado de ser creada, en la pura potencialidad del ser, hacia la toma de consciencia de su identidad, es decir hacia el conocimiento pleno de lo que es, de la misma manera sucede con la consciencia universal.

Esto quiere decir que tanto el alma particular como la consciencia colectiva a la que esta se une, realizan un movimiento acompasado. Son parte de una misma realidad. Son unidad.


No es posible comprender el camino del alma, sin conocer el de la consciencia universal a la que pertenece. Ni viceversa. Ambas son parte de una totalidad que no puede separarse, si es que se desea entender las cosas a la luz de la verdad. Para responder a la pregunta de qué es la humanidad, hacia dónde está yendo, o dónde está, solo necesitas saber lo que acontece en tu realidad. En pocas palabras, no hay diferencia entre el viaje de la creación y el tuyo. El creado siempre realiza la misma jornada, la cual puede definirse como un camino hacia el conocimiento de lo que es. Este conocer no significa solamente saber, sino pura aceptación. Esta es la razón por la que, aceptar plenamente lo que es trae paz a la consciencia.


La aceptación y el conocimiento van de la mano. Esto se debe a que, no aceptar lo que es tal como es, significa que crees que puede ser algo distinto a lo que en verdad – y no en fantasías – es. ¿Cómo podrías desear que las cosas sean diferentes de lo que son, si no albergaras de antemano la creencia de que algo así es posible? Digámoslo de otro modo. No aceptar la realidad de las cosas tal como son, es señal de que crees que puede haber otra fuente del saber, diferente de la realidad. ¿No es esto acaso una negación de la realidad misma? ¿Con qué otro motivo se la negaría, sino para sustituirla por algo diferente?


Alma bien amada. La realidad es la única fuente del saber hermoso, porque es la eterna extensión de Dios, fuente y propósito del conocimiento. A ella solo puede accederse cuando la mente y el corazón unidos en la verdad, están en paz. La serenidad de espíritu es necesaria para permitir que la benevolencia de la verdad se haga presente. La razón por la que esto es así, se debe a que el amor solo hace acto de presencia allí donde mora la paz. Y dado que la verdad es la voz y el poder del amor, solo cuando este ingresa en la mente y el corazón humanos, la humanidad puede recibir la revelación.


Aquellos primeros hermanos y hermanas que antaño caminaban por la tierra, aún siendo de naturaleza humana, no habían alcanzado el grado de consciencia que les permitiría concebir la idea de Dios, ni del amor. No siempre la humanidad expresó su anhelo de unión a lo trascendente, o su impulso a la búsqueda de la verdad. Esto debiera decirte algo. Eso se debe a que es la consciencia la que dicta el modo de ser de la criatura. Es decir, su expresión. Podemos decir que los primeros hijos de Dios que pisaron la tierra, llevaban dentro de sí, una semilla bendita, la cual ahora es una hermosa flor desplegada en tu humanidad. Del mismo modo, tú llevas dentro de tu corazón, una semilla divina, la que se manifestará como una nueva flor de santidad que embellecerá la creación. Así es como el universo avanza hacia la plena consciencia del amor que es.


Para entender con mayor claridad lo que se está recordando en este diálogo, es importante que mires a lo creado como expresión de la consciencia y no al revés. Si bien ambas son una unidad, te resultará más sencillo ver a una como manifestación de la otra, al menos por ahora. Con esta idea en mente, puedes ver cómo la vida humana es expresión del tipo de consciencia universal a la que está unida en el presente. Y esta, a su vez se encuentra en un determinado grado de unión con la verdad. En realidad, el camino terrenal que recorres, al igual que tus hermanas y hermanos en Cristo, no es otra cosa que una senda de regreso a la casa del Padre.


Cuando hablamos de humanidad, nos referimos a la expresión presente de tu naturaleza en el plano del tiempo y el espacio. Hacemos esta aclaración para que no se confunda la manifestación temporal en la realidad física, con la manifestación eterna de tu ser. Lo que eres no deja de ser lo que es cuando has cumplido tu propósito en el plano de la expresión material. Existe la humanidad celestial, es decir la vida de lo que eres en la plena realización divina. En ella, permaneces unida a todas las realidades manifestadas y por manifestar, las cuales están siempre en armonía con el ser de puro amor que les da existencia. Dicho de otro modo, vives plenamente consciente en la realidad divina.


La consciencia, que es lo que eres en verdad, se va manifestando para conocerse. Tu humanidad física – o experiencia terrenal- es un medio para conocerte. Y de ese modo responder a la llamada del amor. Sin dudas es un medio indirecto, puesto que el conocimiento halla su fuente en Dios. Pero aún así, no deja de ser el medio elegido para tu plena realización hacia la toma de consciencia de lo que eres. Como tal, es un medio perfecto ya que su fin es la perfección. No existe nada en tu humanidad que no deba ser abrazado en el amor, porque toda ella te permite llegar a donde verdaderamente anhelas estar. Es decir, a vivir la vida de Dios conscientemente en la unidad del ser.


El conocimiento que aquí se revela, por medio de la expresión en la palabra humana, no estaba disponible antes de este tiempo. Si bien este existía como pura potencialidad en el alma, eso no significa que se hubiera manifestado. Lo no manifestado no es conocido. Así como la humanidad no siempre fue consciente de la existencia del Ser supremo, tampoco lo fue siempre de la verdad de que ese Ser fuera amor y nada más que amor. Una vez que alcanzó el grado de consciencia capaz de hacer de esta verdad una realidad para ella, pudo dar el paso siguiente. Ese paso es el que se está dando en el presente de la historia de la creación. El paso que lleva a la plena aceptación de que no solamente el Creador es amor, sino que también lo es el creado, al ser una unidad eternamente santa.


Quizá pienses que esto no es de gran relevancia. Pero déjame decirte que sí lo es. En efecto, es un salto cuántico en la consciencia universal. Tan transformador como lo fue la expansión de consciencia que llevó al mundo a crear religiones, y todo tipo de concepciones espirituales y filosóficas. De ello surgió el mundo que experimentas. No hay un solo sistema de gobierno, organización humana, o de desarrollo en las ciencias, que no sea el que es como efecto de la consciencia universal que le da origen. Esta es la razón por la que, en un pasado inmemorial era imposible que las expresiones que hoy existen en el mundo pudieran existir. Todo tiene su tiempo en el reino del tiempo, incluso para la consciencia.


Una cosa es tener una cosmovisión en la que te concibes como un cuerpo, abandonado a la deriva en un mundo temible y peligroso; y otra muy diferente es la de saberte la hija bien amada de un Dios que es amor infinito y poder sin límites. Y cuya única voluntad es que seas eternamente feliz en Él, para lo cual te ha hecho heredero de su honor y su gloria. De una, surgirá un mundo de luchas, competencias y supervivencia. En fin, un mundo sin piedad. De otra, uno en el que se alabará a Dios en la eterna realidad del amor. No como efecto de una creencia, sino como expresión viva de lo que dicta el corazón unido a la mente en santidad.


Ha llegado el tiempo en que la expresión de la creación refleje a viva luz la verdad. Es un tiempo sin igual. No lo ha habido hasta ahora, desde que el espíritu de Dios sopló sobre la tierra yerma. y llamó a las criaturas a la existencia. ¿Crees acaso que los que te antecedieron siempre conocieron el amor? No. No lo hicieron, sino hasta que la consciencia estuvo lista para poder manifestar ese conocimiento. Dado que la manifestación y su fuente son una unidad, el amor solo hizo acto de presencia en la consciencia universal cuando esta estuvo lista para aceptarlo como parte de lo que es. Toda expresión tiene su origen en el ser que le da existencia.


Era natural esperar que, una vez que la consciencia universal fuera capaz de aceptar al amor como parte de lo que es, surgiera el conflicto. Recuerda que llamamos como tal, a la consciencia del universo material y no a la consciencia infinita de Dios. Al optar por comenzar a expresar el amor que es, la consciencia se preguntó ¿Qué significaría aquello que había manifestado, también como parte de lo que es, siendo ello lo opuesto al amor? ¿Cómo sería posible ser dos cosas antagónicas a la vez? Así es como entró el conflicto al mundo. De ese estado del alma, no podía surgir otra cosa que un reino de enemistades y rivalidades de todo tipo. La conflictividad creciente del mundo daba testimonio de ello. No podía ser de otra manera. En última instancia, esas expresiones permitían que la consciencia universal viera el estado de conflicto en el que estaba. Se conocía a sí misma en lo que era en su presente. Los contrastes estaban allí, a la vista de sus ojos, para que pueda conocerse a sí misma por medio de la expresión. El amor la seguía llamado y ya no podía – ni deseaba - desoír su voz.


Que la consciencia pueda verse a sí misma, quizá te resulte algo evidente y no tan trascendental. Sin embargo, permíteme recordarte que no siempre fue así para la consciencia del creado. Antes del momento de toma de consciencia, la creación material era en todo inconsciente de sí misma. Esto incluye también a la humanidad. Pasar del estado de inconsciencia del ser, hacia el de ser consciente de sí mismo ha sido un salto de proporciones inconmensurables. Solo cuando tu alma optó por ser consciente, y con ello abandonar el estado de inconsciencia, es cuando pudo saltar a la luz, y dejarse abrazar por el amor que es.


La pregunta de qué soy, no siempre estuvo visible en la consciencia del creado. La negación del ser hacía que ni siquiera sea formulada conscientemente. Así fue como permaneció enterrada en la oscuras bóvedas de la negación durante el tiempo en que se negó la verdad. Dicho de otro modo, mientras se eludía la llamada del amor a permanecer unida a él por siempre. La inconsciencia no es un estado propiamente dicho, aunque se asemeja bastante. En realidad es un estado consciente en el que el alma hace oídos sordos a la llamada de Dios. Al darle la espalda a la luz de la vida, que es el sol perpetuo sobre el que se fundamenta la existencia, el alma no podía ver otra cosa que una sombra proyectada de sí misma. Al creer ser eso, externalizó oscuridad.


Llegó un momento en que giraste tu mirada hacia la verdad. Su luminiscencia primero te encegueció, por causa de estar tanto tiempo sin contemplarla. Hasta que tu visión espiritual fue restaurada y comenzaste a ver con los ojos de Cristo, única fuente de verdadera visión. Cuando duermes, tienes los ojos cerrados. Cuando despiertas los mantienes abiertos. Algo similar es lo que ocurre en el camino de la consciencia Universal. Pasa de un estado de sueño del olvido hacia uno del despertar al amor. Esto lo sabes bien, pero en lo que pocas veces reflexionas es que la naturaleza humana es un todo, unida al Todo de todo. Esto no es un juego de palabras. Es la pura verdad.


Al unísono, la naturaleza humana cayó en un largo sueño, y al unísono despierta. Es cierto que en la simbología del génesis nunca se ha dicho que Adán haya despertado de su sueño. Sin embargo, ese despertar existe y es ahora. El tiempo transcurrido desde el instante en que la consciencia se sumergió en el sueño de Adán, y el inicio del despertar; fue el que antecedió a la primera venida de Cristo. Allí terminó el tiempo de soñar en el exilio, y comenzó un espacio temporal en el que la creación universal comenzó a despertar. En cierta medida, puedes considerar a la encarnación de Cristo en la humanidad, como el repicar de las campanas del Señor, las cuales resonaron en todos los corazones, llamándolos a despertar a la realidad del amor perfecto. En otras palabras, el amor llamó al alma de un nuevo modo, aunque con el mismo mensaje y para el mismo fin: vivir eternamente en en la dicha del amor de Dios. Nunca hubo otra llamada. Ni otra respuesta que estuviese esperando el amor.


Permíteme recordarte lo que aquí decimos, dada la importancia que tiene para esta revelación. La vida terrenal no es otra cosa que un tiempo dado al alma, para que responda a la pregunta que Cristo hace a cada ser desde el instante mismo de su creación. El tiempo que cada una de ellas se tome para responder es asunto de la libertad. Pero finalmente todos responderán.


Te invito a considerar el tiempo del sueño del olvido, no como un tiempo en que se ha negado propiamente al ser, o al conocimiento, es decir a Dios, tal como hasta ahora lo has concebido. Más bien has de verlo como un tiempo en el que el alma todavía duda antes de decidirse. Por esa razón es que el amor, en su infinita benevolencia, ha creado el universo perfecto donde se le diera al alma el tiempo que necesite para decidir, en virtud de su libre albedrío. Ese pedido de tiempo del alma, es lo que creó – en unidad con Dios – el tiempo en sí, y con ello el mundo que conoces con todas sus leyes. Esa también es la razón por la que, en el reino del tiempo viven el amor y la verdad, en toda su hermosura y santidad.


Hija de mi divino corazón. Alma bien amada. Nunca has despreciado a Dios, ni lo has negado. Simplemente has pedido tiempo para decidir en el ejercicio santo de tu libertad. Tu pedido halló el beneplácito del amor. En razón de ello, creó para ti un reino donde eso fuera posible, en unidad con tu libre albedrío y su divina voluntad. No como castigo, sino para que juntos – permaneciendo abrazados en la luz de la unidad – se te revele la verdad de lo que ese llamamiento significa. Y finalmente, te decidieras a aceptar al amor, como tu única realidad, tu fuente y tu gozo sin fin, y a la verdad como tu morada santa. Siempre unidos. Siempre amándose. Siempre en el cielo del amor que no tiene principio ni fin.


Capítulo 3. Suenan las trompetas

Una vez que la llamada del cielo se hizo humanidad en el Cristo humanado, se hizo más audible para la creación material. O mejor dicho, se hizo una con la realidad terrenal que el alma estaba experimentando. Si meditas acerca de lo que aquí se te está diciendo, verás que esto tiene sentido. Si la llamada es universal, no puede estar ausente en ninguna de las realidades que existan, incluso aquellas que no fueron creadas por Dios. Con esto me refiero a que, a pesar de que la mente pueda querer fabricar un mundo de fantasías, la pregunta de Cristo al alma seguirá activa en el centro de cada ser. Recuerda que los pensamientos no son el ser, ni las fantasías pueden llegar al centro de lo que eres. Si lo hicieran, no seguirían siendo ilusiones, ya que lo que se une a ti se hace verdad en razón de lo que eres.


El motivo por el que la llamada de Cristo está activa siempre, y es universal, es porque es la llamada a la existencia. Sin ella, nada existiría. Y Dios sabe que deseas existir, tal como lo desea toda criatura. De lo contrario no las hubiera creado. El acto creador no es una acción egoísta. No surge de la divina voluntad separada de la voluntad del creado. Al llamarte a la vida, el amor ha respondido a tu voluntad de ser.


El llamamiento de Dios a la creación es eterno, por lo tanto se hace ahora y siempre. Lo mismo sucede con la respuesta. Al responde el alma a la invitación del cielo, a vivir eternamente en la dicha del amor perfecto que ella es, lo hace de modo perpetuo. Esta respuesta sin fin, no significa que se tenga que pensar en responder, o hacer eternos discernimientos. Ni siquiera requiere palabras. El amor no piensa en los términos de lo que llamas pensamientos humanos. No elabora razonamientos. Tampoco hace nada. El amor simplemente es. ¿Qué otra cosa puede pedirle Dios al alma, sino su voluntad de amar, ya que eso es lo único que es totalmente suya?


La llamada a la existencia no es un capricho divino, es la voluntad de ser que existe en ti. ¿Cómo es posible que antes de ser creado, ya hubieras expresado tu voluntad de ser? Esto se responde de modo muy sencillo. Nunca hubo tal cosa como un antes de ser creado. Existes desde toda la eternidad porque Dios es eterno. No hubo nunca un tiempo en que tu y Yo no existiéramos unidos en la verdad. Ni lo habrá.


¿Cómo comprender la verdad que te dice que has existido desde siempre, y tu existencia es la respuesta a tu voluntad eterna de ser? Reconociendo la verdad de lo que eres; un aspecto de Dios. Por lo tanto, tienes que ser eterno. Eres el espejo del cielo en el que Dios mismo ve reflejado un aspecto de su ser. En otras palabras, eres literalmente un pedacito de cielo. La suma infinita de todos los espejos de santidad – que son los diversos aspectos de la creación – es lo que hace que Dios se conozca a sí mismo en la filiación. ¿Acaso un creador puede conocerse como tal, de otro modo que no sea en sus creaciones? ¿Si la creación es el rostro de Dios, donde Él mismo se conoce en su poder creador, como no iba a ser santa, bella, perfecta?


Para que pueda existir el libre albedrío, era necesario que existiera la potencialidad de darle la espalda a la verdad. Evidentemente, de si tomaba esa opción, de ello surgiría un estado en el que, a pesar de que la creación fuera expresión de lo divino, no puedes verla ni reconocerla. Pero, tal como ya hemos dicho, darle la espalda al sol no significa que el sol deje de existir, o que sus rayos dejen de abrazarte con su luz, calor y vitalidad. Lo único que eso quiere decir, es que estabas mirando para otro lado. Hacia la nada. Un modo sencillo de comprender esto es el siguiente. Al dejar de mirar a la verdad como tu única realidad, lo que hiciste fue dejar tu capacidad creadora en suspenso, por eso es que la mente quedó en blanco. No dejaste de ser el que eres, pero sí que quedó en suspenso la respuesta a la invitación a formar parte de los procesos creadores de Dios, a los que estás llamado a unirte desde el instante mismo de tu creación.


Dios es ternura sin fin. Esto hace que su voluntad disponga que sus hijas e hijos bien-amados sean despertados serenamente y con suavidad. La llamada a despertar al amor, es más suave que la más tenue brisa de verano, y más tierna aún que un hermoso copo de nieve. Al mismo tiempo, es portadora del poder que crea la vida, y sostiene al universo en la existencia. El amor siempre respetará la libertad. Esta es la razón por la que a cada cual se le respeta su tiempo y proceso, para hacerse consciente y responder a la invitación del amor a vivir en la verdad. El cielo puede esperar, pues sabe que incluso en esa espera hay amor, santidad, perfección. Lo hay, porque respetar la libertad del alma es un acto de amor perfecto, y por lo tanto santo.


En términos de la verdad, poco importa si optas por un camino u otro en relación a lo que eres. Dios siempre irá a tu lado y en ti. Él seguirá contemplándose a sí mismo en toda su Gloria al contemplarte a ti, porque no ve ilusiones. Ve todo tal como es, pues es la fuente del ser. Por lo tanto, la llamada a despertar no es para Él, sino para ti. ¿Para qué? Para que tú también puedas ver la grandeza, magnificencia, e inefable belleza de Cristo, y de ese modo te goces eternamente en la alegría de conocerte en Él.


Lo que Dios ve cuando te mira, deja al alma muda de amor y hermosura. Lo que su divino ser vive, en esa perpetua visión de la verdad, es dicha sin fin, vida en abundancia, plenitud sin límites, amor sin fronteras. Todo eso y mucho más - en términos de perfección - es lo que te pertenece por derecho de nacimiento. Y lo que el amor divino quiere que hagas tuyo, pues tuyo es. Y no solo dispone eso para ti, sino para toda la creación. A todos os llama para que viváis en la verdad de la santidad que sois, por toda la eternidad. Es un llamamiento a vivir en la paz que no tiene contrario y es el basamento de la vida.


Se te está diciendo con claridad, amada de mi corazón, que lo que sucedió hasta este momento, tanto para ti como para la consciencia universal del creado, es que se recorrió un camino en el tiempo para poder elegir, es decir para hacer la opción fundamental del alma. También se está revelando que esa opción fundamental ha sido hecha por tu alma y por toda la creación. Dicho llanamente, el universo creado le ha dicho sí al amor. En razón de ello, todo está siendo embebido por él. Iluminando. Reuniendo. Santificando. Como efecto de ello, se ha abandonado la era de la razón, para dar inicio a la era del corazón.


La historia de la creación ha sido un viaje sin distancia, desde el estado de creado a la espera de realizar su opción eterna, hasta el momento en que le dice sí a Cristo. Una vez realizado esto, en el interior profundo de la consciencia, la humanidad vive su noche oscura del alma, para luego resucitar a la luz de la vida. Así como es adentro, es afuera. Tal como aconteció en tu camino de ser, lo mismo ocurre en el mundo entero.


Sí, amada mía. El tiempo que antecedió a esta nueva era llamada era del corazón, la cual se está manifestando ahora, ha sido un largo camino desde la negación del ser, hacia su aceptación, para luego atravesar la noche oscura universal. Y de allí, pasar a vivir en la luz de la divina gloria. No podía ser de otro modo, pues no existen diferencias esenciales entre la parte y el todo. Entre lo que cada aspecto de la naturaleza humana es, y lo que es el todo de la humanidad. A estas alturas es necesario que comprendas qué es verdaderamente aquello que llamamos noche oscura universal. De eso hablaremos en este diálogo de amor y verdad.


Lo que llamas noche oscura, independientemente de que se refiera a un alma o a toda la creación, pues ambos son una unidad, hace referencia al tiempo que va desde la plena aceptación del amor, como la única verdad del ser, hasta el des-hacimiento de lo que no es verdad. Una vez que las diversas capas de ilusión se van desmantelando, la santidad del ser puede refulgir en toda su magnificencia. En cierta medida, es como si fuera el parto de Cristo en la creación.


Antes del alumbramiento hay un proceso. Así como la vida de un niño que va a nacer, se va gestando en la oscuridad del vientre de la madre, tu ser permanecía en las profundidades del corazón de Dios, resguardado de todo engaño, a la espera del momento perfecto en que debía salir a la luz. Ese tiempo perfecto es ahora. No un ahora eterno, en el sentido de que siempre pudo ser y siempre podrá serlo. Sino, en un ahora concreto. Este momento histórico de tu vida, de tu alma, y de toda la creación, incluyendo desde luego al mundo entero. Ahora, y no antes, conforme lo comprende el tiempo. ¿Acaso no fue para ello que se creó el tiempo, para darle tiempo a la creación para hacer la opción fundamental?


La llamada universal ha sido escuchada, y respondida. Nadie que la escucha puede dejar de responder, pues escuchar y responder son en verdad lo mismo. Así es como sucedió en tu consciencia y en la de la creación. Llegó el tiempo en que te decidiste a escuchar la voz del amor en tu interior. Cuando hiciste esa elección, le diste al unísono tu sí a Cristo, pues de eso se trataba la llamada. Al darle tu sí, tomaste la decisión irrevocable de que todo lo que no fuera verdad acerca de ti, y de tu realidad, se desvaneciera para siempre. Dicho de otro modo, le pediste al Espíritu Santo que venga a iluminar tu humanidad, y deshiciera todo lo que no estaba en armonía con la santidad de tu ser. Y Él no se hizo esperar.


Tan pronto lo invocaste, el Espíritu Santo hizo acto de presencia en ti, y comenzó a hacer lo que es su función hacer, restaurar y sostener el recuerdo de lo que eres en tu mente y corazón. Para hacer eso, te dejaste llevar al desierto donde te habló al corazón. Fue un diálogo de padre a hijo, de madre a hija, de maestro amoroso a alumno humilde y receptivo. Un diálogo en el que participó no solamente tu humanidad, sino toda la creación. Fue un encuentro de la totalidad, realizado en la parte. En ese encuentro de corazón a corazón, todo quedó transformado. Lo que nunca fue, dejó de ser para siempre. Al hacerlo, estructuras de pensamiento, patrones mentales y emocionales, creencias, modos de ver las cosas y de ser, fueron primero reemplazados por sus opuestos en santidad, para finalmente ser abandonados por completo.


Como efecto de la transformación, tu mente y corazón fueron vaciados de todo lo que considerabas “tuyo”, para poder ser absorbido por el amor. Dejaste de pensar por ti mismo, para permitir que sea Cristo quien piensa en ti. Abandonaste el deseo de vivir por ti mismo, para permitir que sea Cristo quien viva en ti. Esto no es algo que sucedió solamente en ti. No podría haber acontecido en tu consciencia particular si antes no estuviera disponible esa opción. De manera tal que, los tiempos que antecedieron a ese encuentro real con Dios, sirvieron como preparación de la opción fundamental que viniste a realizar al mundo.


El paso por el tiempo es el último peldaño del alumbramiento del ser. Es atravesando ese estadío como naces a la vida eterna. Esta revelación es de gran relevancia, pues te permite conocer el propósito del mundo tal como lo ve Dios. Piensa en él, no como una vida que se te da para ver si apruebas un examen o un conjunto de pruebas, sino como la última etapa de un camino hacia la plena realización de lo que eres. Los que vienen a él vinieron a despertar, pues están listos para hacerlo. En efecto, todos los que caminan por los senderos del mundo están despertando. En ese sentido todos están despiertos, pues han venido al reino cuya meta es la de despertar al amor.


¡Cuán misericordioso es Dios, que ha permitido que exista el reino del tiempo, para que su hija bien-amada pueda optar por el amor! ¡Cuán sabias son sus obras! Ha hecho que en él exista todo lo necesario, para que se pueda alcanzar el conocimiento de la verdad y ejercer el libre albedrío. ¡Qué bondadosos, sus designios! Él mismo ha decretado las leyes del universo. Al hacerlo, lo ha dotado de las leyes perfectas para que el alma pueda conocer la verdad acerca de su ser. Y al conocerse en su serena luz, le regale un sí perpetuo al amor de Cristo. Así es como el alma se dice sí a sí misma, pues no es otra cosa que amor.


¡Qué grande es el amor! Su ser está más allá de toda palabra. Con su voz ha dado vida a todo lo que vive. Para sus creaciones es madre y padre, hermana y hermano, amigo y unidad. Estando su ser más allá de todo símbolo, se hace palabra humana. No teniendo límites, se une a la forma para hacerse uno con la materia. Siendo eterno, abraza el tiempo. Y todo ello, por puro amor al alma. En su bondad ha dado órdenes a sus ángeles para que hagan sonar dulcemente las trompetas del cielo. Para que todo el universo puedan oír la voz del amor llamando a la vida que no tiene fin. Y ha dicho que ese cántico celestial perdure por los siglos de los siglos hasta la consumación de los tiempos. De tal modo que todos puedan pir con claridad la llamada de lo alto, diciéndole a cada criatura:


Ven, amada mía, amor de mi ser. Ven a gozar de las maravillas que preparé para ti desde toda la eternidad.


Capítulo 4. Realización en el amor


Amada de mi ser. Alma purísima. Quizá te preguntes por qué ahora habría de comenzar a vivirse la era del corazón y no antes. ¿Qué propósito tiene el tiempo? ¿Qué es lo que hace que se tenga que esperar para alcanzar la consecución de los planes divinos? En este encuentro responderemos a esas preguntas.

Tal como se te ha dicho, el tiempo existe porque es una opción que existía dentro de la pura potencialidad del alma, de lo contrario no podría haber sido concebido. Nada puede cobrar existencia sin el consentimiento de la voluntad de Dios, en cuya realidad moran sus leyes eternas. Si bien lo que el Creador crea no puede ser descerado, lo que la mente fabrica en fantasías sí que puede ser deshecho. Ninguna ilusión es eterna. Eso es precisamente lo que está sucediendo en el reino del tiempo, se está desmantelando la maya que atrapaba a la creación, causándole todo un sistema limitaciones.


Un modo más sencillo de comprender lo que estamos hablando, es darse cuenta de que el tiempo no está yendo hacia adelante, tal como se lo percibe, sino hacia atrás. El tiempo se ha estirado desde la eternidad – que es el reino del no tiempo – hasta un límite. Una vez llegado a ese punto, comenzó a retraerse. En realidad el tiempo no va a ningún lado. Pero dada la tendencia de la mente humana a pensar en términos secuenciales, nos será útil concebirlo de esta manera para el propósito de este diálogo. En la trayectoria recorrida por el tiempo, desde la eternidad hacia el punto límite de su máxima extensión posible, se fue fabricando la historia de la creación tal como la conoces, y como parte de ello la de la humanidad.


Hemos dicho que el tiempo no va a ningún lado. Esto es algo que puedes comprender con facilidad, porque el tiempo no entra en la esfera del espacio, ya que son de naturaleza diferentes, aunque puedan convivir dentro de una misma dimensión. Lo mismo sucede con los diversos seres que pueblan la tierra, son diferentes, y sin embargo comparten un mismo reino.


Si el tiempo no va a ninguna parte, significa que no se mueve. Si no se mueve, ¿cómo es posible que exista? ¿Acaso no piensas en él como algo que va deslizándose desde el presente hacia el futuro, y en su trayecto deja una estela detrás a la que llamas pasado? ¿Si el futuro no existe, y el pasado no es real, a dónde puede ir el tiempo si lo único real es el presente? La respuesta es muy sencilla, a ninguna parte. Su realidad existe solamente en la imaginación.


La noción de tiempo es una de las grandes creencias universales que ha ido pasando de generación en generación, afianzándose en la mente humana, hasta el punto en que pareciera imposible concebir la existencia sin él. Incluso la organización del cotidiano vivir del mundo está regida por su aparente realidad. Pareciera que lo abarca todo en tal medida, que no puedes ni siquiera concebir la idea de que no exista realmente.


Retornar a la casa del Padre es una expresión que refiere a un retorno. A un desandar pasos y regresar. En otras palabras, denota con claridad que se está volviendo a un punto de partida. Eso es precisamente lo que el universo está haciendo. Se va contrayendo hasta que finalmente regresa al estado de perfecta unidad con la eternidad. O si prefieres, con el eterno presente. El reino del no tiempo, de donde un día salió para tomar distancia y conocerse a sí mismo del único modo en que no podría hacerlo. Es decir, de una manera de conocer que estaba separada de la que Dios conoce.


En la parábola del padre misericordioso, el símbolo del hijo pródigo no hace referencia solamente a un alma o persona. El hijo es la filiación, la creación en su totalidad, la consciencia universal del creado. La casa del padre es un símbolo que representa al reino divino, única realidad cuyas leyes están en armonía con lo que el ser - y con ello la creación - es en verdad. Fuera de él no es posible vivir en paz, porque no existen leyes que permitan, ni el sustento del ser, ni su existencia, ni su expresión. Dicho de otro modo, lo que eres solo puede ser pleno en el reino cuya realidad es una ello. Un ejemplo claro es lo que sucede con un pez al salirse del agua. Simplemente no puede seguir viviendo, porque solo el reino de las aguas contiene dentro de sí todo lo que él requiere para desarrollar una vida en plenitud.


Una de las razones por la que se te dificulta comprender lo que aquí se dice acerca del tiempo, es que sabes que el amor es expansión. Por lo tanto, la mente inquiere; cómo puede ser cierto lo que se dice, acerca de que el universo está contrayéndose, si la vida es expansión. Una tentación en referencia a este asunto es decir que en realidad, la vida del mundo no es real y por ende no es vida verdadera, de tal manera que lo que se contrae no es vida. Sin embargo, esto no es tan así. La vida terrenal es vida. Esto se debe a que está sustentada por el amor. De lo contrario, tal como ya dijimos, no podría ni siquiera ser concebida. Además de ello, si no existiera en ella la fuerza vital de la vida eterna, Cristo nunca podría haberse unido al tiempo.


Ahora responderemos con claridad a este asunto de la irrealidad del tiempo, y el viaje que está haciendo la humanidad, y con ella toda la creación. La contracción del tiempo se realiza a medida que el universo se expande. Si se expande lo suficiente, llega a un punto en el que se une a lo eterno. Esto no es algo que la mente pensante pueda aceptar ni comprender, por medio de sus razonamientos intelectuales. Aún así, la mente unida al corazón sabe que es verdad. La consciencia experimenta esto cada vez que se une al amor. Cuando el amor hace acto de presencia en tu vida, el tiempo colapsa. Y al mismo tiempo tú te expandes. Sientes que trasciendes todo límite, te sientes invulnerable, vivo. Esto no es una mera sensación, más bien procede del recuerdo de la eternidad. Este recuerdo, el cual surge del conocimiento, vive en ti y no se puede borrar por la sencilla razón de que es lo que eres.


La humanidad, como parte de la creación universal, está retornando al punto de partida, la casa del padre. Hace esto por medio de su unión con el amor. Al unirse más y más a él, se va expandiendo la consciencia y en esa expansión se va contrayendo el tiempo, el espacio y la materia tal como lo has concebido hasta ahora. Por eso es que un día te dije que tu función era “hacerte nada en el amor”. En él te haces todo, a medida que lo que no es verdad en ti se hace nada. Esta también es la razón por la que un día te dije, “tú me das la nada, y yo te devuelvo el todo”.


Puedes pensar en el punto límite de extensión del tiempo, como el punto más bajo al que llegó la caída de la consciencia, o el punto máximo de inconsciencia, desde el cual la filiación comenzó a hacerse más y más consciente de lo que es en verdad. Inició así su retorno al amor. No porque antes no estuviera unido a él, sino porque lo había concebido como algo aparte de sí mismo. No es que el alma no amara el resplandor de la gloria del padre, o que su divina esencia no causara en ella una atracción irrefrenable. Lo que aconteció es que al contemplarla, pensó que la Grandeza de Dios era algo distinto de lo que era su ser. Algo admirable y venerable, pero diferente de sí misma.


La idea de un ser divino separado de lo que el alma es, es lo que creó el mundo de la dualidad. Es decir, un reino en el que la duda fuera posible durante un tiempo. Una dimensión en la que el amor conviviría por cierto espacio temporal con la idea de un opuesto a sí mismo, para que la filiación pueda elegir. Ya no por la visión directa de la verdad, sino de modo indirecto por medio de los opuestos. Aún así, la llamada a la elección seguiría activa, incluso en la consciencia dual. De hecho, ese llamamiento no se puede borrar del alma pues es constitutivo del ser.

Vaya donde vaya la filiación, haga lo que haga, o fabrique las dimensiones que desee fabricar, la llamada del amor a permanecer en su divina unidad la acompañara sin interrupción. En este contexto, podemos decir que el reino de los cielos es el estado de consciencia de la unidad, a la cual la creación se une por medio de la jubilosa aceptación del llamamiento divino a vivir en la verdad de lo que es, es decir del feliz reconocimiento de que es una con Dios. En ello, el alma abraza para siempre la verdad que le dice que en Él lo es todo y goza de toda plenitud, y que fuera de Él no es nada porque no existe realidad fuera del amor; y Dios es amor, tal como ella también lo es. En eso radica la unidad. Unión del amor con el amor.


El universo se extiende porque se se expande la consciencia que le da existencia. Esta es la razón por la que se inició con un punto de materia, en la que estaba condensada la consciencia del creado en el plano físico. De ese punto de inicio, que es en realidad el punto de retorno a la consciencia del amor, comenzó a expandirse cada vez más. Esa expansión fue creando nuevos seres, cada vez más conscientes, pues son la extensión del amor. Recuerda que el amor crea siempre un nuevo amor. De tal manera que el universo va ensanchándose – por decirlo de alguna manera – hasta hacerse uno con lo infinito. Regresar a la casa del padre es retornar a la consciencia del amor.


Todo tiempo estaba contenido en el punto de materia inicial, al igual que todo límite. A medida que la consciencia universal comenzaba a expandirse, tanto el tiempo como la materia - y con ello el espacio - se des-condensaba, y con ello se iba desvaneciendo. Esta es la razón por la que los seres que van cobrando existencia en el universo, son cada vez más conscientes y sutiles. Hasta que llegue el punto en que no exista diferencia entre lo celestial y lo terrenal, lo eterno y lo temporal, la materia y el espíritu, tal como lo ha dispuesto la voluntad de Dios desde siempre. Esto explica de modo simple porque dije que era el Alfa y la Omega. Todo surge del amor, y retorna a él.


A estas alturas, tal ves te estés preguntando cómo es posible que se desvanezca lo que no existe, ya que el tiempo en sí es una ilusión. La respuesta es sencilla, porque las ilusiones necesitan del tiempo para existir y en él son desvanecidas. Las fantasías dejan de habitar la mente a lo largo del tiempo, porque para que ello suceda deben desandar lo andado. Es cierto que la velocidad con que se desanda el patrón mental de crear fantasías es muchísimo más veloz que el de haberlo desarrollado. Esto se debe a que el tiempo de fabricación de las ilusiones no actúa como una recta horizontal sino vertical. Se sube la cuesta de la separación, o de la negación de la verdad, y una vez que se decide retornar al amor se desciende como si el alma soltara las amarras que la tenían atada al mundo de las ilusiones, y saltara hacia los brazos del amor.


El hecho de que el des-hacimiento del patrón mental de crear fantasías se realice con mayor celeridad, es lo que está viviendo la humanidad en estos tiempo de transformaciones percibidas como veloces y profundas. Naturalmente, no existe esa velocidad propiamente dicho, ya que el tiempo no va a ninguna parte. Lo que sucede es que la mente pensante percibe como muy veloces a los cambios que no logra integrar por medio de sus razonamientos aprendidos. Dado que lo nuevo no puede ser comprendido usando como marco de referencia lo viejo, la mente aprendiz queda desorientada. Cuando está intentando integrar un cambio, percibe que ya se sucede otro, y así sucesivamente. Esto crea un estado de agobio en ese aspecto de la mente. Todo esto tiene un propósito, y es que finalmente se deje de creer que lo que la mente pensante – con sus interpretaciones aprendidas acerca de lo que es la vida – se deje a un lado.


El tiempo va unido a la memoria cognitiva y esta a la capacidad de aprendizaje. Para ello existe. Sin memoria, la mente aprendiz no podría aprender nada, ya que no existiría un espacio donde guardar lo aprendido. A ello es lo que normalmente se lo llama conocimiento del mundo. Sin embargo, cuando la consciencia deja de brindarle energía a ese aspecto de la mente, y se va desentendiendo de ello, lo que sucede es que comienza a alborear el verdadero conocimiento, el cual procede de la mente de Cristo, y no de las interpretaciones de una mente que busca pensar por y para sí misma. Esto hace que exista durante un cierto tiempo, una resistencia por parte de ese aspecto del alma que estaba acostumbrada a concebir la realidad a su modo, y que creía que era ella quien debía darle significado a las cosas.


Tal como se puede observar, lo que sucede en el reino terrenal no es otra cosa que un proceso de des-hacimiento de los patrones mentales, emocionales y de más aspectos del alma. Todos los cuales son desvanecidos, para poder unirse a Cristo en la plenitud del ser. De esto, y no de otra cosa es de lo que se trata lo que llamas la historia de la creación, la de la humanidad y la de tu paso por el reino del tiempo.


Una vez que aceptas al amor como tu única realidad, y por ende como lo que eres, los patrones de los que hemos estado hablando, se van transmutando unos tras otros. El universo trabaja para que ello se realice de modo perfecto y en paz. No solo para ti, sino para toda la creación. Esto se debe a que la consciencia del amor engloba dentro de sí a la consciencia universal. En otras palabras, la creación física, el mundo y tu existencia, están ahí para colaborar con tu voluntad y la de Dios, de vivir conscientemente unidos en la dicha del amor perfecto. No solo para ti, sino para toda la creación.


Confiar en que Dios llevará a feliz término tu realización, y la de todos, es vivir en la verdad. En tu ser existe el conocimiento de que esto es verdad. Sabes que la vida está en manos de Él, es decir de un Ser supremo que le da existencia, y la sostiene con benevolencia por medio de su fuerza vital de puro amor santo. Este conocimiento, el cual procede de tu perfecto conocimiento de Dios, mora en ti. Puedes acceder a él a cada instante de tu vida. Para que su belleza pueda resplandecer en tu mente y corazón, solo necesitas aquietar tu alma un poco. De ese modo, invocas a la paz, y permites que la voz del amor sea oída por ti y para el mundo entero. Al hacerlo, te haces consciente de los latidos del Sagrado corazón, de cuyo palpitar brota la vida de tu ser, y en cuyo amor moras eternamente en unidad con todo lo creado.


Alma llena de luz. Corazón lleno de hermosura. Compréndelo bien. El propósito del tiempo, y todo lo que está unido a él, es llevarte dulcemente al reino del no tiempo. Una vez que te lleva hasta sus puertas, se desvanece para siempre, y retorna a la realidad sin forma ni límites del Espíritu Santo. En ese umbral del cielo, Dios mismo toma tu mano, besa tu alma, y con su dulce vos te dice:


Amada mía. Hija de mi divinidad. Bienvenida a casa. Te estaba esperando. Pasa a gozar de las delicias de mi amor, las cuales te pertenecen por toda la eternidad. Tuyo es el cielo. Tuya la tierra. Tuyos son los ángeles y tuyo mi corazón, pues Cristo es tuyo y todo para ti.

Y tú te fundes por siempre en el amor.


Capíutlo 5. Las siete olas de consciencia

Amada encarnación de Cristo. Alma nacida de mi divino amor. Gracias por darme tu atención, tiempo y humanidad para unirnos en la verdad y la santidad de lo que somos. En nuestra relación directa mora la sabiduría del cielo, el conocimiento perfecto, la alegría sin fin. ¡Cuánto gozo experimentan nuestros corazones por estar juntos en este diálogo! ¡Qué serenidad más profunda le regala a la mente la seguridad que procede de la certeza de Cristo!


Amada mía. Una vez que hemos recorrido la senda hacia la comprensión amorosa del camino del alma, y la conciencia universal del creado; es menester darse cuenta de que, el viaje de la creación va desde un estado máximo de falta de unidad con la verdad, hacia la unión con esta. Sabes ya que la verdad es Cristo. Por lo tanto, en esta obra ambas expresiones – verdad y Cristo – serán tratadas como sinónimos, ya que son dos maneras diferentes de expresar una misma e inefable realidad.


Para poder entender con mayor facilidad lo que aquí se revela, usaremos el ejemplo de la tierra. En sus orígenes, su unión con la consciencia de Cristo era prácticamente inexistente. Decimos “prácticamente”, porque en rigor de verdad nada puede existir sin la chispa de realidad que le da existencia, la cual procede de Dios. Aún así, existir y ser no son lo mismo. A los efectos de estos escritos, consideraremos a lo primero como todo aquello que existe, pero no es plenamente consciente de su unión con la fuente del ser. Lo segundo será entonces, todo ser que existe y es consciente del amor que le da la vida y su existencia.


Es justo hacer esta distinción, ya que la vida sin amor carece de propósito. En otras palabras, es una vida restringida, limitada, carente de poder creador. No es vida completa, ni eterna. En este sentido, y solo en este sentido, podemos decir que no es vida. Pero la vida vivida en el amor, sí que tiene un propósito santo. Es creadora de un nuevo amor, extensión divina por siempre ilimitada. ¿Cómo podría ser de otro modo, si el amor es el fundamento de la vida, al ser su fuente, realidad y destino?


El tiempo transcurrido entre la manifestación de la masa informe - de la cual se desprendería la totalidad del reino material - y la aparición de la forma, fue la primera ola de la consciencia. El primer paso, por decirlo de algún modo, hacia el retorno a la casa de la verdad. Lo informe tomaba forma. Aparecían planetas, galaxias, hermosas constelaciones. La luna comenzaba a regalar su belleza, y las estrellas la hermosura de su luz. Nacía así el universo que contemplas hoy en día. Quizá no suelas meditar acerca de lo que un salto de consciencia como este significó, dado que tiendes a dar por sentado que todo lo que ven tus ojos, y perciben tus sentidos físicos, ha estado ahí desde siempre. Pero eso no es del todo cierto, ya que si bien existían en la pura potencialidad de la consciencia, no se manifestaron sino hasta que así debía ser. Todo tiene su tiempo en el reino del tiempo.


Vayamos ahora a lo que sucedió en la tierra. Paso a paso comenzó a poblarse de seres cada vez más conscientes. El tiempo transcurrido desde la existencia de la tierra yerma, hasta la manifestación de vida consciente del entorno en el que existía, constituye la segunda ola del movimiento de la consciencia, hacia la plena realización de la unidad del creado con Cristo, es decir de su viaje de regreso a la verdad. En esta era, los seres carecían de consciencia de sí mismos, pero sí podían reconocer – aunque limitadamente – que existía la creación. Esto es un salto de inmensas proporciones. La consciencia comenzaba a ampliarse más y más. Ahora era capaz de conocer que existía un universo. Seguía avanzando sin prisas, pero de modo certero, hacia el despertar al amor. En otras palabras, a la consciencia de la unidad.

Hija bien amada. Escucha con apertura de corazón lo que se te dice a continuación. La extensión del universo material, o historia de la creación, no es otra cosa que un movimiento de expansión de la consciencia del creado. Su propósito es su re-integración a la totalidad. Este viaje, el cual consta de siete olas de consciencia, lo realiza desde un estado inconsciente, o grado máximo de separación o condensación permitido, hacia la reunión con el amor, es decir con Cristo.


Es cierto que la consciencia nunca deja de expandirse, y avanza hacia el corazón de Dios y su infinita vastedad. Aún así, en lo que se refiere a la consciencia del universo físico, existen saltos cuánticos en los que ella se extiende más de que lo que se ampliaba en su trayectoria anterior. Es algo así como un salto de consciencia universal. Cada uno de esos saltos, es a lo que llamamos aquí, ola de consciencia.


Sigamos juntos el camino que lleva al reconocimiento del viaje de la creación. La tercera ola abarca el tiempo que va desde la existencia de vida consciente del entorno creado, pero no de sí misma; hasta la aparición de un ser que es consciente de sí mismo, además de la creación. A esta nueva manifestación de consciencia la habéis llamado humanidad. Como tal, su propósito es reunir a la creación física con Dios. Para ello ha sido creada. Su naturaleza ha sido dotada de todo lo necesario -por decirlo de alguna manera - para que el designio divino se cumpla de modo perfecto.


Lo que se quiere decir aquí es que, una vez que la creación estuvo lista, se hicieron presentes en ella los hijos e hijas de Dios. Es decir, la naturaleza humana. Primero, una expresión de esa naturaleza sin lenguaje, tal como lo conoces hoy, y un grado casi inexistente de consciencia de su humanidad, y desde luego de su unión con la fuente de la vida eterna. La creación tuvo que esperar un tiempo antes de ver caminar sobre ella a una misma naturaleza humana, pero cada vez más consciente.


Daremos por nombre “cuarto movimiento” al período que va desde la existencia de una humanidad consciente de sí misma y de la creación, pero inconsciente de la existencia de Dios; hacia la aparición de un ser religioso. Es decir, uno que es capaz de ser consciente de la existencia de un ser superior, como origen, señor y destino de la vida, y de expresar su relación con él.


En este tiempo, surgen las religiones o instituciones religiosas, y de conocimiento de la verdad, tal como las conoces hasta ahora. La creación comenzaba a ser testigo de las primeras ciudades, naciones, y corrientes del saber filosófico y trascendente. Todo ello como expresión natural de ese estado de consciencia. Dios comenzaba a ser reconocido. Se le daba un nombre, un símbolo y una casa donde adorarlo. Aún así, este era un “dios” separado de la creación.


Hemos dicho “dios” con minúscula, porque ese no era el Dios verdadero de Dios verdadero. Era una primera aproximación hacia el reconocimiento de su divina esencia, existencia y realidad. Había un Dios, pero tan lejano a su creación, como las más distantes estrellas del firmamento, e incluso mucho más. Aún así, se lo ubicó en el cielo. Como tal, esa concepción era perfecta, ya que dio paso al siguiente estadío de consciencia en la creación.


Así es como el universo del tiempo y la forma comenzó a hacerse consciente de sí misma. Lo hizo por medio de una humanidad que era capaz de ser consciente de la pregunta de “qué soy”. Dicho con mayor precisión, la pregunta fundamental se hacía presente en la consciencia del creado. En razón de ello, la creación sería reunida con Cristo, ya que en esa pregunta resuena la voz del amor llamando al alma a vivir eternamente en su divina realidad.


Llamaremos quinta ola al período de tiempo que va desde la aparición de la humanidad consciente de la creación, de sí misma, y de Dios; hasta la manifestación de un ser capaz de concebir al Dios uno como unidad con lo creado, lo cual lleva invariablemente al reconocimiento del Dios amor. Este es el primer advenimiento. En esta quinta era de consciencia, Cristo se hace humanidad y con ello reúne en sí mismo todo lo creado. No hay necesidad de extendernos en esto pues conoces sus efectos muy bien, y ya se ha dicho mucho. Sin embargo, diremos que a partir de ese momento en la historia de la creación se abrió una nueva era, la era del Cristo humanado. A ello llamaremos la sexta ola de consciencia.


Alma llena de gracia. El sexto salto de consciencia es el tiempo que estás viviendo ahora. El mismo abarca el espacio temporal que va desde la resurrección de Jesucristo hasta este instante. Y continuará hasta la plena realización de la humanidad divinizada.


La naturaleza humana manifestándose como expresión de Dios, es lo que significa esta sexta era de consciencia. Una vez que esto se realiza, queda reunida dentro de sí – es decir del Cristo humanado, manifestado en cada hombre y cada mujer - toda la creación. Dicho llanamente, la humanidad reunida con el amor hará que todo lo creado se reúna también en él. ¿Cómo es posible esto? Es sencillo de comprender. Recuerda que aquello a lo que te unes se hace santo en razón de lo que eres, del mismo modo en que se hace amor en virtud de tu ser. Esto siempre fue así, pues lo es en mí. Mi unión contigo te hizo uno con mi divino ser. De igual manera, tu unión con la creación la reunirá con el amor que juntos somos en la unidad.


En esta sexta era de consciencia, el Cristo humanado deja de ser un ser individual, separado de todos los demás, para ser reconocido como lo que es: la expresión viva de lo que todo ser humano es en verdad, y con ello cada aspecto de la santa creación.


Hija de la luz. Déjame recordarte algunas cosas. Dado que a Dios se lo conoce en el amor, la creación no podía gozar de la gloria del Padre mientras estuviera sumergida en la inconsciencia, o consciencia totalmente miedosa. Por ello fue menester crear el tiempo. Ciertamente este surgió como efecto de la contracción de la consciencia, o limitación causada por la negación del ser. Sin embargo, el amor jamás permitiría que exista algo que impida al ser vivir en la verdad de lo que es, si así lo dispone. Por lo tanto, el reino del tiempo llevaría dentro de sí, aquello que le permitiría al creado ir creciendo hacia la toma de consciencia de la verdad y el amor, los cuales son su realidad y fundamento. Una vez alcanzado ello, el camino al reino de los cielos estaría despejado nuevamente en la consciencia universal.


El tiempo actual - o estado al que hemos llamado de la sexta ola de conciencia - es el preludio del nuevo cielo y la nueva tierra. Hacia ello va la creación. No solo la tierra, sino todo lo que existe en el universo físico. Recuerda, amada mía, que la historia de la creación no es otra cosa que un viaje sin distancia desde la oscuridad del olvido de Cristo tu ser, hacia la luz de su recuerdo, y de allí a la unión plena con él. En esa unión, eres una con Dios, es decir con el amor.


Demos ahora el último paso en la comprensión de lo que se revela en este diálogo. La nueva era que surge como efecto de la actual, es a la que llamaremos séptima y última ola de consciencia. Es ese un estado en el que el creado vive conscientemente como la unidad que es con Dios. En tal reino, la humanidad - y con ella la creación - no solamente conoce que existe un Dios que es amor, y se hizo uno con ella, sino que vive conscientemente como la expresión de Cristo que es en verdad. Es decir, como la hija de Dios que siempre fue y por siempre será. En pocas palabras, la consciencia de la filiación retorna a la verdad de lo que es.


La expresión “un nuevo cielo y una nueva tierra” busca dar a entender que la creación en su totalidad vivirá en la unidad del Espíritu. El tiempo y la eternidad serán uno, tal como siempre lo han sido. Todo vivirá en el amor que Dios es. Ningún aspecto de la filiación quedará excluido de ello, ni se podrá excluir a sí mismo, pues el conocimiento de la verdad será restaurado para siempre en la consciencia del creado.


Naturalmente, hijita de mi corazón, alma bendita, no centraremos nuestros diálogos en las eras pasadas o la que pronto vendrá, sino en el presente. En la realidad que la humanidad está viviendo ahora. Hemos recorrido una senda de revelación de cómo la consciencia va creando efectos conforme a lo que es. Esto fue necesario para que no quede ninguna duda de que todo lo que acontece en la vida del mundo, y en la tuya particular, no es otra cosa que el resultado de la consciencia que le da origen.


De una humanidad consciente de la verdad, es decir del amor que es, surge un mundo muy diferente de aquel que nace a la sombra del miedo y la inconsciencia. ¿Verdad que esto tiene sentido? Sabes, pues ya lo has experimentado, que tu vida a tenido un vuelco en algún momento. Hubo un ates y un después en tu camino. ¿A qué se debe eso? Se debe a que en las profundidades de tu ser le dijiste sí a Cristo. Al hacerlo, todo cambió. Comenzaste a dar testimonio de la verdad con tu modo de ser, actuar y expresarte. Al principio, fue algo que parecía bastante desordenado. Sin una consistencia armónica. Pero poco a poco fue tomando forma hasta ser una expresión claramente definida, consistente y cada vez más hermosa.


El aspecto humano de lo que eres se va adaptando, es decir acomodando, para ser la expresión de la consciencia que le da existencia. Esto ha sido así desde siempre, puesto que la naturaleza humana es servidora del espíritu. Nunca Al revés. Naturalmente, cuando un servidor sirve a dos amos, no puede servir bien, ni de modo claro y sereno. Mucho menos, cuando estos son diametralmente opuestos en todo.


Una vez que tu humanidad fue puesta al servicio del amor, incluso sin que la mente pensante pueda entenderlo con claridad al principio, cesó el conflicto. Todas sus fuerzas y capacidades comenzaron a unirse a él. Así es como como se reintegró al amor. Tras haber sido reunida con él, su expresión no podía dejar de ser otra cosa que lo que el amor es. Antes de ello, también expresaba lo que estaba en armonía con el estado de consciencia en que se encontraba. Una consciencia en conflicto, o dividida, exterioriza conflicto y división. Una consciencia unificada, extiende unidad. Esto es verdad, no solo para ti que eres un alma bendita, nacida del mi amor entrañable, sino para todo lo que existe, se mueve y es. Alégrate de que así sea.


Capítulo 6. El tiempo de la Paz


Alma santa. Criatura de luz,


Ahora que sabes que la humanidad, como parte de la creación, viene realizando un viaje sin distancia desde la inconsciencia máxima permitida, hacia la plena consciencia de la unidad con Cristo, es decir con la totalidad, estamos en condiciones de nombrar aquello que formará parte del mundo desde ahora, hasta el advenimiento del nuevo reino terrenal. ¿Para qué hacer algo así? Para que nuestros hermanos y hermanas puedan saber. Y de ese modo, salir del estado de incertidumbre en el que muchos se encontrarían sin la existencia de esta obra. Sin esta revelación, muchos de ellos se precipitarían al desánimo, y otros a la desesperación. Esto se debe a que los cambios que se desarrollarán parecerán cada vez más veloces y profundos. Y eso puede ser causa de desconcierto. Sin embargo, tal como he prometido, estaré con vosotros hasta el fin del mundo. Recuerda amada mía que el amor no abandona jamás.


La creación ha entrado en la fase final del tiempo previo a la consciencia de la plenitud del amor. En otras palabras, está ingresando a la era de consciencia de la reunión en Cristo de todo lo creado. Como efecto de ello, solo habrá espacio para todo lo que proceda del amor. Lo demás se irá desmantelando cada vez más velozmente. La unidad será el sello distintivo de esta fase, a la cual llamamos era del corazón. Quizá te preguntes porqué elegimos una expresión como esa. Dar respuesta a esta pregunta es el propósito de estas palabras que el cielo regala a todos por amor.


La era del corazón es una era en la que la humanidad vivirá cada vez más centrada en el ser. Se entiende por tal, a la unión de la razón y el amor, la mente y el corazón, la naturaleza humana y divina. Esto significa que las capacidades más sutiles del alma se pondrán de manifiesto, como expresión del Espíritu Santo que habita en ella. La intuición, la sensibilidad, el saber que no es del mundo y sin embargo el ser conoce de modo perfecto, la capacidad de amar todas las cosas en Dios, y muchas otras procedentes de la perfecta caridad, las cuales no han sido desplegadas por la humanidad en forma colectiva aún, comenzarán a serlo. Los sistemas basados en la mente racional separada del amor y la compasión, simplemente no tendrán espacio. No encontrarán medios para seguir existiendo. Tampoco la emocionalidad alejada de la razón.


Aquellas almas que entiendan que el amor, y solo el amor, es lo que regirá el tiempo de la creación desde ahora y hasta su plenitud en Cristo, se ahorrarán grandes sufrimientos. Esto se debe a que el universo ha sido creado con las leyes correspondientes, para sustentar aquello que forma parte de la verdad. Dicho de otro modo, la creación lleva dentro de sí las leyes que sustentan al ser de puro amor que cada cosa creada es en verdad. Lo demás, lo que no es amor, no tiene leyes que lo sustenten. Por tal razón, se desvanecerá. Esto siempre ha sido así. La diferencia es que ahora no retornarán más para reiniciar un ciclo sin amor. A partir de estos tiempos, todo lo que se desvanezca por ser ajeno al amor, se irá para nunca más volver. Se lo llevará el viento de la misericordia infinita, y será quemado en el horno ardiente del divino amor.


Una vez más. Los sistemas de pensamiento que no estén anclados en el amor, y por ende en la verdad, se desmoronarán. Esto incluye a todo aquello que conforma la manera de estructurar la vida del mundo. Las familias y sus estructuras. Las leyes de los hombres. La visión moral y del universo. La comprensión de la vida. Las relaciones entre hermanos y hermanas, y de estos con la naturaleza. Y la lista sigue hasta completar la totalidad de lo que la humanidad ha visto hasta ahora. Finalmente, la paz reinará en los corazones y como efecto de ello en la tierra. Ciertamente el final de la sexta ola de consciencia es la paz, la cual dará paso inmediato al amor.


Para que la paz del cielo pueda entrar en la morada del alma, primero es necesario que esta sea ordenada. De lo contrario, no habría armonía. Una vez que esto acontece, el amor ingresa por sí solo. Por eso es que la era del corazón se caracteriza por un llamamiento insistente a vivir en paz. Verdaderamente, su presencia en vuestras vidas os traerá los tesoros del reino. Por ello es que extiendo mi invitación a toda la humanidad, a hacer todo lo que esté a vuestro alcance – en unión con mi Sagrado corazón y el Inmaculado corazón de María – para permanecer en ella.


La paz es el llamamiento y signo de la era del corazón. Os invito a meditar acerca de ello. En verdad os digo que veréis cada vez más manifestaciones de búsquedas de paz, de anhelos de paz, de espacios de paz. Ella será la gran transformadora de la creación. No ha venido sola, sino con el cielo todo, pues es esposa del Espíritu Santo.


Lo que se os está diciendo es que la era del Espíritu Santo ya pasó, y ahora ha comenzado la de la Paz. El Espíritu vino a ordenar la casa. La paz, a calmar los corazones y llenarlos de luz, de modo que el amor pueda hacer acto de presencia en toda su gloria y esplendor. Permitidme deciros esto de otro modo. Jesús os ha dado al Espíritu Santo, este os ha dado a María, madre de todo lo creado y reina de la Paz. Ella os dará a Cristo nuevamente. Ya no como un ser que emana de su bendito vientre, sino en todo lo creado.


La Divina Maternidad se hará fecunda de la mano de la Paz. Como efecto de ello, Cristo resplandecerá en todo lo que existe, ya nada podrá ocultar su divina luz. Feliz aquel que entienda esta dulce verdad. Vivirá con la serenidad que procede de la certeza de propósito. Su mente se aquietará, al recibir respuestas a sus preguntas por medio de este conocimiento. Y su corazón rebosará de alegría.


Lo que esté unido permanecerá, lo que esté dividido sucumbirá. Esta eterna verdad se ha manifestado de manera inequívoca a lo largo de la historia de la humanidad. Sin embargo, ahora tomará una fuerza nueva. La unión ahora será en el amor. Cualquier otro tipo de unión estará destinada a desaparecer. La razón de ello es que, en la era del corazón no hay espacio para nada que no sea la experiencia directa de la verdad. Y la verdad es que el amor es unión. No porque uno sea causa de lo otro, sino porque son lo mismo.


Las naciones que no busquen la unidad desaparecerán. Las leyes que no reflejen igualdad ante la verdad, dejarán de aplicarse porque no serán acatadas, ni respaldadas. Incluso los trabajos de los hombres y mujeres de todo el mundo, aquello que habéis dado el nombre de empresas o laboriosidad, si no extiende igualdad en el amor, no persistirán.


Quizá os estéis preguntando cómo se realizará todo esto que aquí se menciona. Os responderé. Dado que la vida humana es manifestación de la consciencia a la que está unida, los corazones de los hijos e hijas de la luz, que son los que ya están aquí - y seguirán llegando para habitar la tierra - no tolerarán nada que no sea capaz de crear armonía, paz, felicidad en sus vidas. Esos serán los criterios preponderantes de los hombres y mujeres que caminarán sobre la tierra. Como consecuencia de ello, los demás sistemas tendrán que adaptarse. Así es como el Espíritu de Paz va co-creando con la humanidad el nuevo reino terrenal.


Talvez argumentéis que la humanidad ha estado buscando siempre la felicidad, aunque de maneras diferentes, y con desafíos diversos. Sin embargo, la armonía, dicha y paz que se buscarán en la era del corazón estarán unidas al conocimiento perfecto de Cristo. Esto hace que la búsqueda, aunque parezca ser la misma, no lo será. Buscar cosas diferentes, aunque sean nombradas de la misma manera, no crea los mismos efectos. Recuerda, hija mía, que la forma no puede hacer que el contenido deje de ser el que es. Podríamos afirmar con certeza que las búsquedas de plenitud y supervivencia, incluso las de mejora de calidad de vida, y otras semejantes, si bien tenían como propósito el crear un mundo más feliz, no podían dejar de estar embebidas de una idea humano-céntrica desconectada de la unidad de Dios.


Una humanidad aquí y una divinidad allá, ha sido la manera de ver las cosas y comprender la vida, conforme la consciencia pasaba de una ola a otra, en el despertar al amor. Te aseguro, alma pura, que los efectos de vivir en la unidad son muy diferentes a los que se manifiestan al vivir en la separación. A los efectos de la verdad, lo que ha sucedido a lo largo del camino de la creación, es que se ha pasado de no reconocer a Dios, a reconocer su existencia como separada de la realidad humana. Ahora es el tiempo en que eso cambia para siempre.


Si escuchas con atención y serenidad lo que se está diciendo, podrás ver que la brecha de la separación ha ido reduciéndose ola tras ola, hasta llegar al punto actual en que la humanidad está lista para vivir en la unidad con Cristo. O dicho con mayor precisión, aceptar que la unidad es la única realidad. Vivir unidos a Dios es vivir de modo sensato, porque es morar en la realidad. Cuando la mente y el corazón se desconectan de ella, se produce un sin fin de cosas sin armonía. Esto se debe a que, tal como ya hemos dicho, no existen leyes que puedan sustentar aquello que no es real. Todo lo que está desencajado del amor es locura, precisamente porque no tiene fundamento en la realidad. Esta verdad será plenamente reconocida.


Vivir sin Dios ha sido el modo de la humanidad hasta la era del corazón. Quizá esta afirmación te parezca un poco exagerada, dado que piensas que existen expresiones claras de que la humanidad ha venerado y alabado a Dios durante siglos y siglos. Todo eso es cierto en algún sentido, pero no es verdad plenamente. El Dios que hasta ahora ha conocido la humanidad, y al que muchos han rendido culto, no era el Dios verdadero de Dios verdadero. Esto se debe a que ninguno de ellos ha sido el Dios del amor. No podía ser de otro modo, conforme el estado de consciencia que existía en otros tiempos. Sin embargo, las eras pasadas dieron lugar a la actual. Cada una de ellas es como un eslabón de luz que permitió que la humanidad se mantenga unida a la fuente de la verdad. Peldaño a peldaño, paso a paso, la creación retorna al amor. Esto nos permite comprender, amada de mi divino ser, que no es necesario juzgar ni examinar el pasado. Todo contribuyó a que estemos aquí, unidos tú y yo, abrazados en la unidad de todo lo creado y su fuente.


Cuando la luz de la vida hace acto de presencia en la creación, lo hace por medio de seres muy concretos. Ellos forman parte del plan de restauración de la consciencia del creado. Esta obra, aunque parezca que es algo que llega a pocas mentes y corazones, pues toda obra escrita llega a un minúsculo número de seres en comparación a la totalidad de la creación, es un haz de luz de consciencia que se va expandiendo por todo el universo. Las palabras que aquí se manifiestan son la expresión de un estado universal de consciencia. Al darles vida en la expresión, las recibe la creación en su totalidad. No podrían haber sido escritas ni un solo instante antes, ni tampoco después de este tiempo. Por tal, no me refiero solo a la escritura en sí, sino a la recepción de ellas.


Amadas y amados de mi divino corazón. Esta obra ha sido escrita desde el reino del no tiempo para cada uno de vosotros que la recibís en el tiempo. Al acogerla con amor y apertura de corazón, la extendéis en la consciencia universal. Vuestro sí al amor, os ha reunido a la potencia divina. En razón de ello, fluye desde la fuente de la vida eterna hacia vosotros, y desde vuestro centro hacia toda cosa creada, un poder que está más allá de toda comprensión mundana e imaginación posible. Juntos estamos abriendo las consciencias para que la luz de Cristo brille como nunca antes lo ha hecho en el mundo. Veréis cómo crece y crece, hasta transformarse en un sol radiante, el cual nadie podrá dejar de reconocer como la fuente de su ser.


Haceos uno con la paz de Dios. No busquéis otra cosa. En ella obtendréis no solo los tesoros del reino, sino todo lo necesario para que el nuevo reino terrenal resplandezca en toda su hermosura y santidad. No os olvidéis nunca que la paz es el llamamiento y signo de la era del corazón, la cual ya ha comenzado en la humanidad. Confiad en su benevolencia, en su divino poder, y en su santa faz. Ella, y solo ella, traerá al amor en toda su amplitud, para que habite por siempre en la tierra, como en el cielo.


La era del corazón no estará basada en el discurrir intelectual o apego al pensamiento. No. Ese camino, que fue llamado la era de la razón acaba de finalizar, para dar paso a estos nuevos tiempos en que la unidad del alma se expresará como nunca antes. Dará testimonio de la unión de la mente y el corazón, en perfecta unidad con Cristo. Lo que se pueda deducir por medio del aprendizaje mental no ocupará el lugar central que antes ocupaba. Aunque será valioso en tanto y en cuanto servirá para manifestar al amor.


En la paz de Dios hallaréis la sabiduría eterna que vive en vuestro ser. Y actuaréis en razón de ella. Por esta razón es que es justo decir que la era del corazón será una era de sabios, no de doctos; de amantes divinos, no de romanticismo. Un tiempo en el que el Espíritu divino será escuchado en el hondón de cada alma sin interferencias. De ello surgirá el nuevo cielo y la nueva tierra a su debido tiempo. Nunca os podré hablar demasiado, acerca de la importancia que reviste el permanecer en paz. Cuando creáis un espacio interior para darle la bienvenida, estáis ampliando la consciencia universal cada vez más. Esta ampliación permite que la creación alcance un mayor conocimiento del amor de Dios. Y con ello, vivir en la verdad.


¿Podéis ahora, humanidad toda, daros cuenta de la importancia que tiene la paz? Por ella, no solamente os sentís mejor vosotros mismos, sino que renováis la tierra, al permitir que el amor de Cristo fluya a raudales desde su divino ser hacia la creación. Os pido con humildad y dulzura, haced de la paz vuestro único tesoro. Entregadle a ella vuestros corazones. Regalad su dulce presencia a cada paso de vuestro caminar en el mundo. Llevadla allí donde vayáis, para que pueda sanar los corazones que aún necesiten ser sanados, clarificar las mentes que todavía duermen el sueño del olvido, y ampliar las consciencias que no se han abierto a la eterna novedad del amor.


Abrazad el misterio, para que la amplitud de vuestras mentes y corazones, siempre unidos a Dios, puedan tocar lo cierto. Para ello, es necesario vivir en paz. La des-armonía causa confusión y lleva al a al terreno del conflicto, todo lo cual le impide la plena atención en aquello que sustenta su realidad, es decir la verdad de lo que es. En verdad, en verdad os digo que lo nuevo nacerá de la paz.

Capítulo 7. Espíritu de comunión


Amada alma bendita. Luz que iluminas al mundo. ¡Qué alegría es pasar un tiempo a solas en la unidad de la verdad! ¡Cuánta dicha experimentan nuestros corazones, unidos en santidad, cada vez que entramos en estos diálogos sagrados, los cuales se desenvuelven en el santísimo templo de nuestra unidad!


¡Hay criaturas del mundo! Hombres y mujeres bien-amados por el divino amor. Si os detuvieras a meditar acerca del don de estas palabras, la dicha sería vuestra natural respuesta. No por el contenido que ellas traen. Tampoco por sus símbolos y expresiones. Sino, porque cada instante que pasáis a solas conmigo en la reunión de esta obra; leyendo, absorbiendo, sintiendo y meditando, saboreando la presencia de un saber que no es del mundo, pero que se manifiesta en él. Cada vez que hacéis eso, vuestra consciencia de la unidad se ensancha más y más. Y con cada uno de vosotros, se abre la consciencia Universal.


No os olvidéis que la parte y el todo son una unidad. De tal manera que vuestro crecimiento espiritual crea crecimiento en toda la creación. Nada es inocuo en vuestro espíritu, porque en él reside la vida. Y la vida jamás es estéril. Siempre da frutos, y los da en abundancia. En verdad os digo que la comunión de las almas existe. Ya habéis experimentado eso en vuestras vidas. Todos habéis tenido al menos un atisbo de lo que esto significa. Quizá fue un destello de unidad, expresado como una sensación de encontrarse con alguien – en apariencia desconocido o desconocida–, y sentir que se conocían desde antes de verse en el plano de la consciencia humana. Quizá tú pudiste percibir eso y la otra persona no.

A veces ambos lo han sentido al unísono. O talvez hayáis tenido la experiencia de la comunión del espíritu por medio de lo que llamáis sincronicidades. Acontecimientos que suceden de tal manera que, puedes percatarte de la dirección divina que existe detrás de ellos. O con una sensación de que alguien te está llamando desde algún lugar alejado del mundo. Todas esas experiencias, y muchas otras, son un pequeño destello de la comunión que existe entre todas las almas creadas y la creación en sí.


Todo es unidad. Nada está separado. Esta verdad es la que se hará presente en la era del corazón. Los espíritus vivirán cada vez más en un estado de comunión. Podrías decirse que ese es el estado característico de esta nueva era de consciencia. Como efecto de ello, se encontrarán cada vez más uniones llenas de amor sin cuerpo. Esto quiere decir, que las uniones no estarán basadas en los aspectos físicos, como solían estarlo.


El cuerpo cumplirá la función que debe cumplir según el propósito del espíritu santo. Será un medio de comunicación del ser de puro amor al que representará de modo perfecto. La unión basada en el amor será real. No habrá necesidad de que unos busquen beneficios de otros. El amor que inundará los corazones no sabe nada de esas cosas, por lo tanto los que vivan en el amor, los cuales serán cada vez más, ni siquiera pensarán en términos de usos y beneficios. Sus modos de discernir y decidir estarán basados en lo que permita vivir en la paz que sus almas conocen desde toda la eternidad. Lo que no traiga paz al corazón, será desechado, tal como también lo será lo que llame al sufrimiento.


La paz y la felicidad son eternas compañeras. Nunca se separan, porque son heraldos del amor. Lo que procede de Cristo no puede estar desunido, por lo tanto todos sus tesoros y virtudes permanecen en la unidad de la verdad. Esta es la razón por la que, cuando moráis en la paz de Dios, todos los regalos de su divino amor os son dados sin limitación alguna. Buscad la paz y obtendréis la vida. Morad en el amor y daréis vida. Todas estas cosas, son bien conocidas por el alma. De lo contrario, ¿cómo podrían ponerse en palabras en esta obra?


Recuerda alma sagrada, tú que recibes estas palabras, que el tiempo no está avanzando sino retrocediendo, llevando al universo de retorno a la eterna verdad. En ella, todos moramos en perfecta unidad, armonía y santidad. Regresar al punto en donde mora esta verdad, la cual nunca ha sido eliminada del alma, es de lo que se trata el devenir del tiempo. Una vez en ella, el tiempo dejará de ser percibido como lo es actualmente. Simplemente no existirá más en la mente ni en el corazón. Tal como ya hemos dicho, retornará a la amorfía de la eternidad sin tiempo.


¿Puede el tiempo desaparecer y aún así, continuar existiendo la vida del universo físico tal como se lo conoce hoy? Oh, desde luego que sí. Creer que el universo creado en la trinidad perfecta del tiempo, el espacio y la materia no puede ser resinificado por el amor, haciendo de ellos algo nuevo, es no comprender la infinita potencia del ser. Para decirlo en términos simples, podríamos afirmar que la diferencia que existe entre el universo de la separación, y el que llamamos nuevo Reino terrenal, radica en que en el primero todo cumplía el propósito de hacer que se retorne a la unidad. Esto, naturalmente, supone que lo creado no estaba en ella. Por lo tanto, todo en ese universo santo y bendito, tan lleno de hermosura y vastedad, tenía que hacer uso de la separación para llevarlos a todos de regreso a la unión. Dicho de otro modo, tenía que usar la percepción errada para llevarlos a todos a la percepción santa.


El nuevo reino terrenal ya no requiere que el tiempo, el espacio, y la materia sean utilizadas por el espíritu para retornar a la unidad. ¿Por lo tanto, qué función cumplirán en él? Se te ha dicho con acierto, aunque no con exactitud, que las tres dimensiones del universo físico eran mecanismos de separación. Que todos ellos separaban. Que cada uno de ellos lo hacía de distinta manera, pero finalmente todos separaban. Esto era verdad – por decirlo de algún modo - en la voluntad de vivir en la separación. Pero no lo era, ni lo es, en la esencia de las cosas creadas. Utilizar las cosas para lo que no fueron creadas ha sido la base de los tiempos pasados. Podría decirse que esa ha sido la piedra filosofal sobre la que se erigió el sistema de pensamiento del mundo. Darle a las cosas, un significado que el amor jamás les habría dado, ha sido el derrotero en el que la humanidad se ha visto atrapada. Pero esos tiempos no continuarán.


En la era del corazón, el tiempo se utilizará para lo que fue creado, para expresar amor. El espacio, la materia y todo lo que deviene como efecto de las leyes del universo material también. Todo convergerá en el amor. Recuerda, y este recordatorio es esencial a esta obra, que el amor no destruye, sino que hace nuevas todas las cosas. En esta verdad reside la paz que se necesita para recorrer el camino de la vida aquí y ahora. No creas, hija mía, que esta afirmación sea de poca relevancia. El temor a la destructividad de la vida ha atenazado los corazones humanos. Dejarlo ir es necesario para poder habitar en la verdad. ¿Qué sentido tiene creer que Dios destruirá todas las cosas para crear algo nuevo, si todas las cosas le pertenecen? ¿Acaso el hecho de que hayáis hecho un uso inexacto de la creación, es motivo para su destrucción?


Amados de todos los rincones del mundo. Hijas e hijos de mi divino corazón. El mundo no perecerá. La catástrofe acerca de la cual habéis oído tantas veces, no sucederá. El amor vela por todo y todos. La consciencia de la humanidad está cada vez más anclada en Cristo. Esto hace que la humanidad presente y venidera no sean exactamente la misma humanidad que otrora caminara por la tierra. Os aseguro que encontraréis el camino para vivir en paz. Lo haréis porque lo haremos juntos, unidos en la santidad de nuestra relación directa, la cual será el sello distintivo de la era del corazón.


Naturalmente, en un mundo donde el espíritu de comunión se manifestará cada vez más, las palabras irán siendo más escasas, a la vez de que tendrán otro propósito. Las personas, y no solo entre ellas, sino también con los demás seres de la creación, se comunicarán de corazón a corazón. Esto permitirá que existan relaciones santas por todas partes. En efecto, esta será la regla de las relaciones en esta era de antesala al nuevo reino terrenal. No habrá relación que no sea alcanzada por esta última fase de la sexta ola de consciencia en la que se encuentra la humanidad presente. Os invito a no juzgar las nuevas relaciones bajo el prisma de las que conocisteis en el pasado. Si hacéis eso, no lograréis comprenderlas y os causarán temor.


La base fundamental de las relaciones en esta bendita era que se ha iniciado, será la autenticidad del corazón. Lo oculto, lo no dicho, lo disfrazado, y lo actuado no existirán, pues nada de eso procede del amor, ya que no forma parte de la verdad. Quizá os estéis preguntando, cuándo llegará esto que aquí se dice. Os respondo. Esto ya está aquí. Estáis plenamente sumergidos en la era de Cristo. En los tiempos finales hacia la plenitud del amor. Os aseguro que estáis viviendo una era dorada, llena de gracias celestiales. Una fase de la historia de la creación que no tiene comparación. Habéis dado inicio a la era del corazón. Una era que ha venido como respuesta del anhelo de amor de la humanidad, el cual no es otra cosa que el eco de lo que la creación clama desde las profundidades de su ser.


La unidad y la comunión son uno y lo mismo. Cada vez más, seréis testigos de la realidad de la unión común que existe entre vosotros y con toda la creación. Al ir haciéndoos más conscientes de ello, los vínculos cambiarán. La relación con la tierra también, así como con las cosas. Esto será el efecto natural de un cambio en la relación con vosotros mismos. Dejaréis de pensar en el hombre – o la mujer – como epicentro del universo de la consciencia. Os daréis cuenta de que la centro del universo es la consciencia de la unidad. Y que en ella moramos todos y todas, en perfecta armonía con todo lo creado, abrazados en el amor. También seréis testigos de que el mundo físico no es otra cosa que una simple expresión de lo que sois. Sabréis que podéis seguir expresándoos en él tanto como lo deseéis, o dejar de hacerlo si así lo disponéis. Nada de eso cambiará en nada lo que sois y lo que son todas las creaciones de Dios. En otras palabras, seres plenos conocedores del cielo, fuente de toda vida, todo ser y verdadera plenitud.


El mundo verá a Cristo como nunca antes lo había visto. Os aseguro que esa visión hará que todo cambie, en cuanto a la forma de entender la vida, las cosas, y los asuntos de la existencia. La verdad eterna - aquella que un día fue vista de manera indirecta a través de los ojos de la fe - en muy breve será vista y oída por medio de los sentidos del espíritu, tal como ha sido en los orígenes de la existencia. Ya hay quienes han tenido esta experiencia. Siempre los ha habido, desde la tercera ola de consciencia hasta hoy. Son muchos más de los que siquiera podéis contar con vuestros sistemas de mediciones. Esto se debe a que, ellos pertenecen a todos los reinos creados, no solamente al de la humanidad. Ellos crecerán en número día tras día. Las nuevas generaciones vendrán al mundo con ese conocimiento impreso en sus mentes y corazones, no solo de modo indeleble como sucede en toda criatura que viene al tiempo, sino que lo llevarán en sus consciencias de manera inocultable. La visión de Cristo no se borrará de ellos nunca, pues son la expresión viva del segundo advenimiento, antesala perfecta del nuevo reino terrenal.


Así como la paz será el llamamiento y el sello de la era del corazón, la unidad será su basamento. En efecto, una llamará a la otra. En un mundo de uniones basadas en el amor, es decir en el que se reconoce que todos permanecen dentro del abrazo de Cristo, y que este es la realidad de la vida, no puede haber espacio para la división, la guerra, ni el deseo de ser especiales. Y no lo habrá. Las decisiones de las personas, y la manera en que la tierra se ajustará a esta nueva era de consciencia, irán dando testimonio que lo que aquí se dice es verdad. Día tras días veréis más signos de santidad, de inclusión, de valoración a los demás por la simple razón de ser vida manifestada. Dicho llanamente, la vida será puesta nuevamente en el lugar que le corresponde, es decir el primero. Nada estará por encima de ella, pues Cristo se reflejará cada vez más en la creación.


Incluso los sistemas de producción, trabajo y gobierno, serán transformados por esta nueva cosmovisión que llamamos la era del corazón. Solo persistirán aquellos que estén al servicio del amor. Es decir, los que contribuyan a un auténtico bien común, den testimonio de la igualdad ante la vida respetando la diversidad y la unicidad, y lo hagan en forma colaborativa, y en santidad. Esto se debe a que la colaboración será el efecto natural del reconocimiento del espíritu de comunión. No os olvidéis, amados míos, que la creación es unidad. Por lo tanto, la colaboración entre hermanos y hermanas será una expresión de ella. Incluso ello será trasformado. Hasta ahora, la humanidad conoció un modo de colaborar limitado, pues no había incluido plenamente a todos, todas, cada cosa creada y a Dios en ello. Pero lo hará.


La consciencia universal está en perfectas condiciones de dar testimonio de la unidad como nunca antes lo había hecho. El camino de Jesús se realizará en toda la creación. No en cuanto a realidad histórica, sino en cuanto a la consciencia y su expresión. Lo que sirvió en el pasado, no servirá en el presente, ni en el futuro. Así de nueva es la nueva creación. Sin embargo, el amor no abandonará a nadie ni a nada. No os dejará sin respuestas ni conocimiento perfecto para caminar por las benditas sendas de la vida.


Los ángeles de Dios ya están apostados en cada lugar de la tierra. Son tantos que no podríais contarlos. Ellos os guiarán, así como lo seguirá haciendo mi amor por la humanidad. No temáis nada, pues el éxito está asegurado. Ya se ha traspasado el umbral que separaba una era de la otra. Ahora estáis adentrados en la era del Sagrado corazón. Juntos seguiremos caminando en la luz. Iremos tomados de la mano, dialogando, amándonos, expresándonos, y saboreando la verdad. Unidos llamaremos a toda la creación a dar testimonio de la santidad de la vida. Y Cristo refulgirá en toda su gloria, en cuya belleza mora la creación de Dios.


¡Benditos seáis vosotros que escucháis mi voz y la seguís! El amor permanecerá en vuestros corazones todos los días de vuestras vidas. Vuestras mentes descansarán en paz. Y vuestro gozo será grande.


Capítulo 8. De la idea a la relación


Amada del cielo. Hija de mi divino ser. Aquí estamos nuevamente tú y yo, unidos en la santidad de nuestra realidad. Somos uno. Somos la eterna unicidad del amor. No existe en todo el universo una relación como la nuestra. De ella emerge la potencia divina en toda su magnificencia. Quizá pocos piensen en lo poderosa que es la relación con Cristo, en cuya unidad reside el cielo, la tierra y todo lo creado en suma perfección.


¡Cuánta dicha es permanecer juntos dentro del diálogo del amor.! ¡Cuánta belleza irradia esta manifestación, nacida de nuestro amor santo! Nos mueve el amor. Nos alienta la verdad. Nos llama el saber que alcanzamos nuestra plenitud al darnos. Por ese motivo estamos dando testimonio de lo que acontece entre tú y yo. De esta manera, no solo extendemos el amor desde mi ser hacia el tuyo y desde tu belleza hacia la mía, sino que incluimos dentro de estos diálogos a todo el universo. Nadie queda excluido del abrazo de nuestra unión. Esto se debe a que somos una sola mente, un solo corazón santo, una sola verdad. Unidos somos la sabiduría extendiéndose al mundo entero.


Estas palabras llegarán a donde tengan que llegar. Ya todo está cumplido. Recuerda que el tiempo no avanza hacia la nada, sino que retorna hacia la morada santa donde habita la verdad. Te aseguro que ningún alma que haya formado parte del designio de esta manifestación dejará de recibir estas palabras. Incluso, algunas de ellas lo harán sin ser plenamente conscientes de ello en la experiencia humana. No te preocupes acerca de cómo esto ha de realizarse. Eso es asunto del Espíritu Santo, que es el portador, origen y fin de nuestra santidad.


En esta reunión de lo sagrado y lo humano, es decir de la totalidad que somos, vengo a revelarte cómo en la era del corazón, la idea de Dios da paso a la relación directa con Él. Tal como ya hemos recordado, el Universo ha realizado - y continúa realizando - un camino hacia la toma de consciencia de la verdad, es decir hacia a la consciencia pura del amor perfecto, origen y fin de todas las cosas, incluyéndote a ti y a todo el mundo.


Hasta hace muy poco tiempo, la humanidad solo había alcanzado un estadío en el que podía concebir la idea de Dios, y hacer de ella algo muy sublime, incluso acercándose bastante a la verdad que Él es. Sin embargo, toda definición de Dios es inexacta e incompleta en razón de la limitación que existe en el lenguaje de la mente pensante. Nadie ni nada puede definir al Ser divino, fuente de toda vida y virtud, tal como no es posible definir lo que tú eres en verdad. El ser no puede limitarse. El amor no tiene fronteras, pero las definiciones sí que las tiene.


¿Qué otro paso puede dar la humanidad, como hermosa expresión de la consciencia universal, sino la de moverse hacia la relación directa con Dios? Ninguno, puesto que ese es el camino natural hacia conocimiento, pasar de un estado de conocer de manera indirecta, es decir por medio del intelecto, hacia el de conocer de modo directo, es decir con todo el ser. La experiencia que otrora se conocía como ”mística”, y estaba reservada para pocos, los cuales ciertamente han sido capaces de ver la luz de la vida, será ahora algo así como “moneda corriente”. Es decir, cada vez más personas verán cara a cara a Cristo y serán testigos vivientes de la realidad espiritual, tal como los antiguos místicos, sabios y maestros lo han sido.


Integrar la experiencia viva de la relación directa con Dios será el rasgo central de lo que podría llamarse como tiempo de transición, que es el lapso temporal que existe entre el abandono de la era de la razón, y la plena instauración de la del corazón. Naturalmente, pasar de un estado en el que piensas algo acerca de Dios, hacia el de vivir en unidad con Él, requiere de un tiempo, ya que este cambio involucrará a toda la realidad humana y universal.


La relación directa con Dios transmuta todas las cosas. No solo la mente de quien tiene la experiencia de la relación unitiva, sino su corazón y cuerpo físico. Desde allí, se extiende hacia todo el universo. Recuerda que no se puede alcanzar un salto de consciencia en la humanidad, sino es realizado al unísono en toda la creación. Esta es la razón por la que podemos decir en verdad que esta obra abre las compuertas de una nueva consciencia universal, a la vez de haber sido co-creada con todas las mentes y corazones que existen en la creación.


Piensa hija mía en lo siguiente. Regálame la hermosura de tu memoria e imaginación. Figúrate cuando gozas de una bella obra musical. Estás ahí. La saboreas. Sientes su belleza. Te unes a ella. Te dejas llevar por su melodía. Ahora piensa. ¿Esa obra es algo que existe ahí solamente por causa de los músicos que la están ejecutando? ¿Son ellos su origen y su fin? Es evidente que no. Sabes que la obra existe porque hubo incontables acontecimientos, seres y sucesos que tuvieron que acontecer y sucederse unos tras otros, para que ella pueda finalmente existir en la consciencia, es decir que pueda ser oída, sentida y amada por tu humanidad. No existe obra creada que no se realice en unidad. Esto se debe a que Dios es unión, ya que es amor.


Si Dios es unión, y te aseguro que esto es verdad, ¿de qué otra manera es posible conocerlo sino en la unidad con Él? La relación unitiva con Cristo, en la que todo lo que es verdad existe en perfecta armonía con la santidad de la creación divina, es la meta del tiempo y de todo lo que existe en el universo material. En otras palabras, todo trabaja conjuntamente para llevarte a ti, y a todo el mundo - incluyendo a cada cosa que existe se mueve y es en él – hacia los brazos del amor. Descansar en ellos es el anhelo de tu alma, y el de toda la creación, y lo único que sucederá con perfecta certeza como desenlace final del tiempo.


Llevarte a morar todos los días de tu vida en el amor que eres en verdad es de lo que estamos hablando. De eso se trata aquello que has llamado historia de la creación. De regresar a los brazos del amor. Para hacer que eso se realice plenamente, lo cual es una obra de colaboración, es para lo que has venido al mundo. Tu modo de ser - o dicho de otras maneras, tu consciencia o forma humana unida a lo que eres – es perfecto para que esto acontezca. Así es como cada cual cumple el propósito de Dios en el mundo, y en el Reino de los cielos.


Digámoslo llanamente. Vienes al mundo a salvarte y salvar a los demás, incluyéndome a mí que soy tu divino amor y Creador. Esto quiere decir que vienes a despertarte al amor y despertar conjuntamente contigo a un incontable número de seres vivientes, los cuales permanecen eternamente unidos a ti en mí. “Juntos se durmieron en mis brazos, y juntos despertarán”, supo mi corazón desde siempre. Yo soy el que todo lo ve, todo lo sabe, todo lo incluye en el amor.


Quizá tu mente pensante se esté preguntando, ¿cómo es posible que Dios tenga que ser salvado? ¿Cómo puede ser cierto que seas tú quien me salvas a mí, que soy el Cristo en ti, y por ende el único y verdadero Cristo de Dios? Responderemos juntos a esa pregunta, en amor y santidad.


Si no te amas a ti misma, si no vives en la libertad de los hijos e hijas de Dios, es decir en armonía con el ser que eres en verdad, tal como ha sido dispuesto desde toda la eternidad, entonces lo que yo soy en ti queda aprisionado ya que no se puede expresar. Un amor perfecto deja de ser extendido en la unicidad de lo que eres. Recuerda que sólo tú puedes amar a tu modo. Nadie puede amar por otro, ni hacer que otro ame por él o ella. Ese modo único e irrepetible de amar está tan indisolublemente unido a lo que eres, que no existe distancia entre lo uno y lo otro. Amar y ser amor son una unidad. El ser y la expresión también.


Quien no ama, aprisiona a su Cristo interior en la oscura celda de la in-expresión, es decir de la negación del ser. Al hacer algo así, mi divinidad es como si fuera una semilla llena de belleza y santidad, pero que no germina. Al no hacerlo, deja de ser conocida, no solo por ti misma sino por los demás. ¿De qué otra manera puede el creador expresarse a sí mismo, y darse a conocer como tal, sino es por medio - y en - sus creaciones? ¿Qué creador puede ser tal sin crear? Aquí estamos hablando de la diferencia que existe entre ser y expresión. Entre la pura potencialidad del alma y su manifestación consciente en unidad con lo que es. De eso se trata la historia de los hombres, del mundo y del Universo.


Exprésate tal como eres en verdad, para que el mundo pueda conocer la belleza de Dios que solo tú puedes ser, y tú misma puedas alcanzar la plenitud del amor, es la eterna invitación que Cristo le hace a cada alma, a cada criatura, a cada aspecto de la creación. Parece relativamente sencillo reconocer que estas palabras tienen sentido. Y sin embargo, ¿qué ha sucedido, que hasta ahora han sido tan pocos – en comparación con la totalidad de formas que existen en el plano físico – los que han sido capaces de realizar semejante propósito en la tierra? La consciencia universal no estaba lista para algo así. Simplemente eso. Pero ahora lo está. Poco a poco se irá manifestando en el tiempo y el espacio. Esto será obra de la unión consciente de lo divino con lo humano.


Cada alma humana, pensada en la mente de Cristo, fue concebida para dar testimonio de la verdad y de ese modo sostener o unir a todo lo creado en Dios. Esa es la función que tienes como parte del colectivo humano. Usamos esta expresión “colectivo humano”, no para que pienses en ello como un conjunto de personas que se unen por medio de un modo de pensar o ideología. Lo hacemos para que recuerdes que eres parte de un todo.


En ti mora todo lo que la totalidad es, y al mismo tiempo la gracia de la unicidad. Esa gracia es la que hace que solo tú puedas amar a tu modo. Recuerda que la humanidad - como colectivo - es parte de una totalidad más amplia que es la filiación, la cual está más allá de sí misma. Y que esta es parte de un todo superior que es Cristo, quien es uno con Dios y es Dios mismo. De esa manera, todo mora en la perfecta paz de la unidad del ser. Cada aspecto de la creación es lo que es, y todos unidos son la expresión perfecta del creador, como creación santa. Conocer eso solo es posible viviéndolo, manifestándolo, lo cual solo puede realizarse en la relación directa con Dios puesto que Él es el todo de todos y de todas las partes.


Como círculos concéntricos de amor y verdad, la vida manifestada en cada aspecto de la creación, en su colectivo particular, su individualidad y su unidad con el todo de todos y de todas las partes, despliega en su belleza, santidad y benevolencia. Esto es lo que la relación divina significa. Una relación en la que la totalidad permanece abrazada a la verdad y el amor, y se va extendiendo cada vez más. De esa manera extiende más amor a cada paso, ya que cada cosa creada es amor y nada más que amor, independientemente de la forma que adopte al expresarse.


Así como tú no puedes amar en lugar de otro o otra, tampoco los demás pueden amar como tú. Puedes tener rasgos semejantes a tus hermanas y hermanos pero ser iguala ellos no. Cada corazón ha sido agraciado con el don de la perfecta unicidad. Esto no solo aplica a los que forman parte de la humanidad, es decir a los que les ha sido dada la hermosura de un alma humana, sino a todo ser viviente y cosa que ha sido llamada a la existencia. Cada flor, cada libélula, cada ruiseñor, cada gota de rocío, cada rayito de sol, todo, está expresando el amor de Dios a su modo. ¿Acaso no es un acto de amor infinito llamarlos a la existencia?


Hija santísima, nacida de mi divino ser. En la era del corazón ya no habrá tantas discusiones acerca de qué es Dios, y de quién lo conoce más o menos. Incluso desaparecerán por completo a su debido tiempo. Esto se debe a que las cavilaciones de la mente intelectual, darán paso al firme reconocimiento de que cada cual sabe y conoce de modo perfecto a Dios en su corazón. Y que la relación directa que cada alma tiene con Él está embebida de una igualdad universal, la del amor divino, y a la vez de una singularidad irrepetible, que es lo que hace que ella sea única para cada aspecto de la creación. Cada persona conocerá a Dios de manera directa. Y sin embargo, su relación - aunque de amor perfecta - tendrá el tinte, color y forma propia de cada ser creado.


No existen dos relaciones iguales, ni existirán. El reconocimiento de esta verdad será el pilar sobre el que se erigirá y sostendrá el nuevo tiempo. En razón de ello, todo cambiará; no solo en las mentes y corazones de nuestras hermanas y hermanos en Cristo, sino en todo el Universo. Alégrate de que así sea, y de ser propiciadora de la bendita era del corazón, que ya está aquí.



Capítulo 9. En la ley del amor

Amada mía. Sigamos caminando por el camino de la sabiduría sin fin. Revelando y descubriendo.


Conociendo y saboreando la hermosura del cielo y las verdades divinas. ¡Qué alegría es permitir que la sabiduría sea la fuente de nuestro saber y obrar! Todo se ilumina en ella. Toda duda se disipa. Todo recuerdo del amor que no tiene principio ni fin es restaurado en la memoria del alma. Esa que va más allá del recuerdo cognitivo, y la mente pensante. Es este un recordar que no es del mundo, ni procede de la retención en la imaginación de los recuerdos de un pasado insustancial. No. Es el recuerdo de Dios, el cual es conocimiento perfecto. En él sabes que eres unidad, que juntos somos la luz del mundo, y la sal de la vida.


Observa hija mía, cómo las constelaciones de mundos y más mundos son creadas y recreadas una y otra vez por la potencia creadora del amor. Cada alma encierra dentro de sí a cada uno de esos mundos, todas ellas permanecen unidas entre sí, y a la fuente de la vida sin fin. Son expresiones perfectas de un amor perfecto, extensión amorosa de un Dios de amor infinito. ¡Cuánta belleza! ¡Cuánta magnificencia! ¡Cuánta gracia!


¡Oh, mundo que os atormentáis con tantas cosas! Venid a mí, que soy la fuente de la sanación perfecta. No busquéis fuera de mí, pues no existe nada allí. Nada que sea verdad. Yo soy vuestra fuente y vuestro ser. Soy la identidad de lo que sois en verdad. Nada puede haceros daño, cuando vivís en la verdad de lo que sois. Permaneced abrazados a mí. Dejad a un lado las cosas del mundo, al menos por un instante. Para que estos diálogos se transformen en el gozo de la unión.


En nuestra relación directa reside el cielo y la salud perfecta del alma. Y por ello, de la creación toda. Cada vez que permanecéis en nuestra unión, sanáis la tierra, las consciencias que se habían apartado de la luz de la verdad, y los cuerpos que habían sido utilizados para cosas que el amor jamas haría. ¡Oh, Hijas de la luz! Vosotras, almas purísimas, que recibís estas palabras. Has de saber que por medio de vosotros fluye el poder sanador del cielo, la fuerza vital de la santidad, y la potencia divina del amor perfecto. Permitid que el flujo de la divina unión siga su curso en vosotras y a través de lo que sois.

Os aseguro que en la era del corazón, todo será renovado en el amor. Esto quiere decir que las expresiones humanas, y no humanas, irán dando testimonio cada vez más acerca del amor que es fuente de toda vida y existencia. Antes de esta era, eso no era posible, salvo en número casi imperceptible. Fueron muy poquitos los que pudieron reflejar la luz de Cristo en el mundo de modo pleno. Pocos, no en cuestión de valor, sino de cantidad numérica. Aún así, fueron los que tenían que ser para iluminar la totalidad de la consciencia universal. Recuerda amada del cielo, que el amor no sabe nada de limitaciones.


El amor será reconocido cada vez más en toda la tierra. En efecto, esta verdad ya está siendo manifestada en el plano físico. Incluso la tierra reflejará día tras días más benevolencia. En el nuevo reino terrenal, el cual sucederá al mundo de la era del corazón, no existirán los animales ponzoñosos, ni nada que haga daño a nadie ni a nada. Todo retornará al estado primigenio de la creación. Esto significa, a la creación material, es decir de la forma, tal como fue pensada por Dios desde siempre. El viento entonará nuevas canciones, las cuales serán oídas por el corazón de todo ser viviente. Lo mismo acontecerá con cada gota de agua y repicar de cada ramita de cada arbusto. Todo cantará las melodías del cielo. Esas que existen eternamente como efecto de la gratitud de la creación al Creador.


La gratitud a la vida será claramente manifiesta en la era del corazón. Existirán hermanas y hermanos que harán de ella un auténtico camino espiritual, e invitarán a muchos a que se unan a él. Muchas almas los seguirán, pues sabrán reconocer en ello el signo del amor de Cristo. Para ellos y ellas, solo existirá el Dios de la alegría, de la dicha, de la plenitud. Esas almas, tanto las convocantes a vivir en gratitud, como las convocadas, las cuales forman parte de una unidad indivisa, llenarán de luz y bondad la tierra. Tú misma las reconocerás a medida que vayan manifestándose. Ellas servirán de un modo único al mundo y al amor. Lo harán por medio de un camino que ayudará a anclar el corazón humano en la alegría de la resurrección - pues de eso se trata el nuevo reino terrenal -, sacándolo de su abyecta obstinación por el dolor. Así es como darán testimonio de la verdad. Serán el rostro viviente de la alegría de Dios.


La relación con el dolor ya no será de temor como lo era antes. El mundo comprenderá de modo consciente que todo lo que acontece en el alma humana ha de ser sentido, es decir experimentado, luego integrado a su humanidad, y finalmente entregado. En otras palabras, reconocido, integrado y entregado. Haciendo eso una y otra vez, dándome a Mí todo lo que acontece en la existencia de cada una de mis hermanas y hermanos, finalmente toda herida será sanada. Al final, no quedarán ni rastros de ellas. Ni siquiera serán recordadas. Esto sucederá al unísono con la instauración del nuevo reino terrenal. ¿Significa esto que hay que esperar en el tiempo para sanar individual y colectivamente? Desde luego que no.


Lo que aquí se está diciendo es que la sanación universal - la cual comenzó a realizarse desde el mismo instante en que se dio inicio a la creación, y alcanzó su plenitud en mi resurrección - está llegando a su consecución. La perfecta sanación tuya y de cada corazón que camina por la tierra es lo que hace que esto sea posible. Recuerda que la expiación es una obra de colaboración. De tal modo que no es necesario que sigas sufriendo, ni pienses que no puedes sanar ahora en mí. Todo lo contrario. Lo que se te está revelando en este diálogo es que tu sanación es de gran importancia para que el universo sane. Por eso es que invito a tener una actitud de compromiso amoroso, y confianza plena, en el camino de la sanación.


En cierto sentido, podemos considerar a la era del corazón como la última fase de la sanación del universo. Esta es la razón por la que se verán cada vez más sanadores, así como también personas con el deseo de sanarse a sí mismas y a los demás. En ninguna otra era de la historia de la creación, la sanación – tanto de los cuerpos como de los espíritus – tuvo tanta relevancia como en estos tiempos. Esto se debe a que la consciencia universal ha dado un salto hacia la última fase de la restauración de la creación. Esto significa que, la experiencia traumática de la separación, la cual creó el cuerpo del trauma que todos experimentan en el mundo, incluyendo a todos los seres que en él habitan, terminará de sanar. Naturalmente, para que eso sea posible es necesario que salga a la luz. De hecho, eso es un síntoma de la sanación en sí.


En la era del corazón se comprende que el trauma colectivo e individual son parte de una unidad. Por lo tanto, al sanar uno, se sana la creación. Esta comprensión irá cobrando cada vez mayor profundidad hasta llegar al punto en que se conocerá de modo claro que no existen distancias entre lo externo y lo interno. Permíteme revelarte algo que es de vital importancia para esta obra.


El ser humano, hace tiempo que está reduciendo el proceso de contaminación del universo con sus consciencias, y se encamina hacia un tiempo en que ya no contaminará más. Pareciera que esto no es verdad, e incluso que fuera exactamente lo opuesto. Sin embargo, si observas bien verás que nunca antes se había tenido tanta consciencia de la importancia del cuidado del planeta y la creación. Esto es una manifestación de lo que aquí se esta diciendo.


Sanar es la meta de la era del corazón. Esto quiere decir que todo lo que sirva a la curación del dolor será finalmente realizado en ella. El corazón es la fuente del ser y por lo tanto del amor. Dado que el amor es la fuente de toda sanación, era necesario que la creación se sumergiera en un tiempo en el que el ser fuera el centro de su modo de vida y expresión. De eso se trata esta era. Si unes los puntos, podrás ver que esta afirmación guarda una relación directa con lo que se ha dicho anteriormente, en relación a la relación directa con Dios. El ser es uno con Dios porque solo Él es. De tal manera que al hablar de la relación directa, estamos hablando del pleno reconocimiento consciente de tu ser.


Poner al ser en el lugar que le corresponde, es decir en el centro, es la característica de la era del corazón. En cierta medida ,podemos decir que el viaje de la creación - a lo largo de su dinámica y vasta historia - ha sido una travesía realizada para desembocar en este momento presente. Es decir, hacia el tiempo en que el ser deja de ser negado, y pasa a ser reconocido. Si continuamos atando los cabos, nos daremos cuenta de que, al reconocer al ser, lo que se está reconociendo como centro de toda vida y existencia, no es otra cosa que al amor. Eso nos lleva a una sencilla conclusión, y es la siguiente. Al hacer eso, la consciencia universal retorna a la verdad eterna, la cual no es otra cosa que el hecho inmutable de que Dios es amor y nada más que amor. Esto es lo mismo que decir, que el amor es la única realidad de la vida.


Quizá pienses que reconocer al amor como la única realidad sea algo que tiene poca importancia. Pero déjame decirte que eso no es así. En efecto, la negación de esta verdad ha dado paso a la historia de la separación, y a la experiencia del trauma universal y particular. No podía ser de otro modo, ya que negar la verdad que te dice que solo el amor es real, es negarse a uno mismo a vivir en el amor y la verdad. ¿Por qué? Porque para que la mente pueda hacer que esa negación sea verdad, debe crear una realidad paralela, ficticia, la cual no puede ser sustentada por ninguna ley divina. Recuerda que no existen leyes que puedan sustentar lo que no fue creado por Dios.


¿Puedes comenzar a darte cuenta del hecho de que, al haberse negado al amor como la única realidad se negaron las leyes de Dios? Vivir en armonía con la única ley real, que es la ley del amor es de lo que se trata el retorno a la casa del Padre, o regreso a la consciencia de la verdad. Esta ley está impresa en cada corazón. Es parte constitutiva de tu creación y de la creación en su totalidad. Cada ser que es llamado a la existencia por Dios, lleva dentro de sí sus divinas leyes y armonías. Y el conocimiento de ellas también. Regresar a ese saber, reconectarse con ello es de lo que se trata la sanación. Esto se debe a que, en última instancia, todo sufrimiento halla su fuente en un intento de vivir de manera antinatural al ser. Eso significa, contrariar las leyes que lo sustentan.


Amada mía. En tu corazón existen las cimientes de toda sanación porque en él habita mi divinidad. No se necesita de ninguna otra cosa, salvo de la unión con Cristo, para vivir en la plenitud del ser. Saberte una con Él. Sentirlo en tu corazón. Vivirlo en tu interior como tu verdadera identidad y lo que eres, es haber retornado a la verdad.


Dios se hizo uno contigo. Aceptar esto, comprenderlo, y vivirlo es la expiación y el reino de los cielos en sí. Permítete descansar ahora en mis brazos. Regálate el gozo de nuestra unión. Haz presente la verdad por medio de nuestra unidad. Siénteme en el palpitar de tu corazón. Obsérvame en cada movimiento de tu cuerpo, cada fluir de pensamiento, cada oleada de emoción que se suscite en ti. Te he dado nueva vida. Y te la sigo dando a cada instante. Lo hago porque te amo. Y porque te conozco desde siempre. Y sé que tu voluntad y la mía son una. Desde antes de que exista el tiempo, sabía que llegaría el día en el tiempo en que elegirías al amor como opción única e irrevocable. Y porque así lo hiciste, en el perfecto ejercicio de tu libertad, has sido renovado en mi divinidad.


Tu ser y mi ser son un único ser. Unidos somos la consciencia de Cristo manifestándose en el Universo. En otras palabras, somos la unidad del Dios humanado. Juntos sanamos al mundo, y permanecemos en la perfecta salud de los hijos del amor. Convocamos a todos a la belleza del cielo. Llamamos a nuestras hermanas y hermanos a gozar del amor que no tiene principio ni fin, y es el fundamento de la vida. Para eso hemos venido, para sanar los corazones que aún necesiten ser sanados, y propiciar la pronta venida del nuevo cielo y la nueva tierra que ya están aquí. Así es como damos testimonio de la verdad, extendiendo el amor que somos. Al hacerlo, la consciencia universal se expande para dar y recibir nueva luz, la luz de la vida sin fin. Dicho de otro modo, es recordando quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, como ayudamos al universo a recordar la verdad.



Capítulo 10. Sanadores

Hija de la belleza y la paz. Aquí estamos nuevamente. Unidos en estos diálogos llenos de ternura, sabiduría y amor. Siempre permanecemos en la unidad de nuestro ser. No existe un solo instante de nuestra existencia en que no brillemos juntos en la luz de la gloria. Nuestra realidad se expresa de múltiples maneras. Somos la unidad del amor. Eso es lo que hace que un nuevo amor santo sea siempre creado, como fruto de nuestra relación fecunda. Esta obra es expresión de ello. El flujo de nuestra unión no se interrumpe jamás, va tomando nuevas formas en la eterna novedad de lo que somos. Nuestro ser es infinito, nada puede limitarnos. Por esa razón es que podemos manifestarnos por medio de la palabra escrita, del silencio de la boca o de movimiento, y también a través de la acción.

Nuestra divina humanidad sirve al propósito de la creación con todo lo que somos y lo que creemos ser. Recuerda que al haberle dicho sí al amor, ya no vives tú sino que es Cristo quien vive en ti. En virtud de esa transustanciación, la cual es efecto de tu libre albedrío y la unión de nuestra voluntad conjunta, ya no existe un tú y un yo, tal como estos conceptos eran concebidos en el pasado. Ahora solo existe un nosotros. Aún así, esta pluralización de nuestra identidad no es como la del mundo. En este “nosotros”, cada cual es lo que eternamente es, sin dejar de ser al mismo tiempo unidad con todo lo creado.


El nosotros de Dios no anula la parte, sino que le da existencia y realidad dentro de la relación con la totalidad. Esto no es algo que pueda comprenderse por medio de la mente pensante, si aún no se ha liberado lo suficiente de su apego a creer que lo aprendido es lo único que puede ser conocido o verdad. En otras palabras, que es necesario el aprendizaje para acceder a la verdad.


Vengo a revelarte, amado de mi divino corazón, algo que se manifestará cada vez más en la era del corazón, ya que forma parte central de ella. Recibe con dulzura y santa apertura lo que a continuación se dice por amor.


Existen infinitas fuentes del conocimiento. Esto es algo acerca de lo que pocos reflexionan, pero es digno de ser tenido en cuenta, pues en esta verdad radica el camino del desapego a las limitaciones de la mente intelectual. Con esto, lo que se quiere decir - mi amado lápiz en las manos del amor - es que hasta hace muy poco tiempo, la humanidad creía que sólo aquello que podía comprenderse con la mente humana era lo conocible. Esta fue la causa por la que el mundo buscaba explicarlo todo. Y también, por la que hubo tantos conflictos entre familias, naciones e imperios. Creer que la mente que aprende es la morada del conocimiento fue la base de la era de la razón. Era esta, que acaba de concluir parar dar comienzo a la del corazón.


La verdad aprendida fue el motor que movilizó a los hombres y mujeres hasta hace muy poco tiempo. Lo hizo en tal grado, que hasta llegó a transformarse en un medio de ejercicio de poder, a la vez de una de las herramientas más valoradas para la supervivencia. El conocimiento es poder, llegó a decir la humanidad en la era de la razón. ¡Ay criaturas mías, santas creaciones del Padre de las luces! ¡Cuán alejada de la verdad está esa afirmación!


Creer que el poder es capaz de crear un estado de sometimiento - o imposición de una superioridad sobre algo o alguien que es inferior - es no entender el verdadero significado de las cosas. El deseo de someter a otro y la aparente capacidad de hacerlo, no es signo de poder sino de temor. Recuerda hija de mi divino ser, que solo el amor es real. Por lo tanto, todo poder y toda gloria procede de él. En su realidad, que es la que da existencia a todo lo que existe, se mueve y es, no existe tal cosa como la idea de superioridad o su opuesto. Esto se debe a que en ella no se puede concebir la idea de exclusión. El amor lo abarca todo. Lo incluye todo. Lo ilumina todo.


Que el conocimiento sea algo reservado para pocos, tal como si se tratase de un bien escaso, es una idea que tiene su origen en un Dios que está vive en cielo sin pisar la tierra, que desde luego no es amor infinito, y que además solo se revela a unos pocos elegidos. Ante una cosmovisión como esa, no era posible comprender que el conocimiento y el ser son una unidad inseparable. Por ese motivo es que no se reconoció a la vida como la gran maestra de la creación, ni al ser como la unidad que es con la verdad. Eso hizo que, a pesar de que la radiante faz de la verdad permanece sin velos frente a cada hombre, mujer, niño, niña, anciano o anciana, adulto y no tan adulto, y a todo ser viviente, no se la pudiera ver.


Tal como ya sabes, lo que hizo que los hombres y mujeres se hayan enamorado de su propia inteligencia, fue el hecho de creer que les proveía de una ventaja frente a los demás, sean estos otros seres vivientes, o sus hermanas y hermanos. Ser más docto ha sido una meta muy buscada, pero no así la de ser más sabios. Esto último parecía estar reservado para algunos individuos particulares, a los que en ciertos ámbitos se los ha llamado “iluminados”, para darles un nombre que los aglutinara en un conjunto separado del resto.


Dado que alcanzar la sabiduría parecía no proveer de algo que sirviera mucho a la supervivencia, no se la valoró en gran medida. Una muestra de ello es el poco espacio que se ha dado al amor, para contribuir a la solución de los asuntos del cotidiano vivir, y de las aparentemente grandes cuestiones de la humanidad. ¿Acaso no es cierto que, intentar hablar de amor en los ámbitos en los que parece desenvolverse el poder del mundo, parece una quimera o al menos una pérdida de tiempo?


¿No es cierto también que los imperios y las naciones de todo tipo, dedicaron mucho más tiempo a aprender el arte de la guerra, en vez de acceder y vivir en la sabiduría del amor? “Con el amor no se gana una guerra”, dicen muchos. Y sin embargo, solo el amor es capaz de detenerla. En verdad te digo, que ha sido el amor quien ha detenido toda contienda, resuelto todo conflicto, y sanado toda herida. “Con el amor no se come”, dicen otros. Y sin embargo, el amor alimenta a todas las criaturas de la tierra desde el mismo instante en que comenzaron a poblarla. Nunca se agota su manantial de providencia, el cual hace brotar los campos y germinar la hierva, y cuya fuente y suministro son el amor. El amor ha estado dando el pan de cada día desde siempre, y seguirá haciéndolo. El amor es providencia. Nutre. Abraza. Acompaña.


Lo que aquí se te está revelando, es que el poder que la humanidad creyó poseer por medio de la mente pensante, o aprendiz, hizo que se enamorará de su propia inteligencia. Eso la alejó de la verdad. Esto se debe a lo que a continuación se comparte.


Al quedarse paralizado, contemplando la magnificencia de la mente, y detenido en ello, el ser humano no miró más allá de ella, hacia su fuente; lo cual le hubiera permitido conocer la verdad. Quedó paralizado ante lo que creyó que era su propia imagen. Eso le impidió posar su mirada en el resto de su realidad humana y de la creación, como portal de acceso al conocimiento. En otras palabras, no se detuvo a reconocer que ese modo de conocer, es como si fuera una pequeña rendija por la que se puede vislumbrar un diminuto atisbo, del vasto universo del conocimiento divino. Ahora piensa hija mía lo siguiente. Si ese pequeño atisbo de conocimiento le causó al hombre tanto asombro y admiración, hasta el punto de dejarlo paralizado ante su contemplación, ¿cuánto más asombro y reverencia le regalará en amor y verdad, el acceso al conocimiento de Dios tal como es en su totalidad?


En verdad te digo, que cada célula de cada cuerpo, cada átomo, y cada elemento, e incluso cada ley que rige la materia, es capaz de acceder al conocimiento, y lo recibe sin cesar. ¿De qué otro modo podría un hermoso cachorrito, saber que ha de alimentarse de su madre, incluso desde el momento mismo de su nacer al mundo? ¿ Quién le enseñó a la garza a volar su vuelo? ¿Y quién le dio a las aves el conocimiento de que; al desaparecer el sol, su canto ha de cesar para dedicarse al descanso nocturno? ¿Quién le traza a los planetas el rumbo de sus órbitas, y les enseña a respetarla con precisión perfecta?


Amada de la santidad. Si observas a la creación - como de hecho, sé que ya lo haces -, te darás cuenta de cuánta sabiduría hay por todas partes. Incluso el mismísimo planeta tierra, así como los demás cuerpos celestes, llevan dentro de sí una sabiduría que sobrepasa a cualquier razonamiento de la mente aprendiz. Aún así, la intelectualidad - o capacidad de aprender y razonar - es una cualidad de la naturaleza humana, y de muchos otros seres vivientes. Forma parte de lo que son como individuo y especie en la realidad material.


En la era del corazón, se comprenderá y aceptará que el amor es la última realidad del ser, y por ende la verdad acerca de la vida. También se reconocerá que el amor del que estamos hablando, el cual es fundamento de la razón y la existencia, no es un sentimiento, ni algo que se hace, es Dios y por ende el ser que cada criatura es en verdad. Este conocimiento revolucionará, por decirlo de alguna manera, todas las cosas en la tierra. Esto se debe a que se comenzará a dar espacio, conscientemente, a todo tipo de fuentes de conocimiento. En efecto, esta verdad ya está manifestándose. Poco a poco, la humanidad aprenderá a manejar esta capacidad de modo natural y en armonía con la verdad.


Tal como ya se ha dicho, existen incontables maneras de acceder al conocimiento. La intuición es una de ellas, y será de las más manifiestas en los nuevos tiempos. Otra será la del saber del corazón. Ese saber que procede de cada sentimiento sentido en plenitud y abrazado en el amor. Se comenzará a aceptar que en cada sentimiento existe vida y por ende conocimiento. Esta es la razón por la que se le dará cada vez más espacio a lo que se siente. En otras palabras, la humanidad será testigo de que en cada palpitar de cada corazón existe vida y conocimiento. Ese será uno de los múltiples efectos de reconocer alegremente, que el amor es el camino, la verdad y la vida. Eso hará que el lenguaje del amor sea el lenguaje universal. Esto no sucederá como consecuencia de algo que se aprende, sino del estado de consciencia nuevo en el que la humanidad ya está sumergida. En otras palabras, como manifestación de la ola de consciencia presente.


La aceptación de que existen infinitas vías de acceso al conocimiento, llevará a una aceleración de los procesos sanadores como nunca antes había sido experimentado en la creación material. Podríamos decir que el número de sanadores irá creciendo en número y profundidad, hasta llegar al punto en el que todo el mundo se verá a sí mismo, y a los demás, incluyendo a la tierra y todo lo que existe en el universo, como sanadores. El cuerpo es una de las fuentes de acceso al conocimiento. En sí, es también otra pequeña rendija. Sin embargo, a medida que se van uniendo las rendijas de las diversas maneras de acceder a la verdad, la totalidad es finalmente reconocida en plenitud.


Cada aspecto de tu humanidad es portador del conocimiento divino. Dicho de otro modo, puedes conocer la verdad por medio del intelecto unido a los sentimientos, a la memoria, tu intuición, el cuerpo, la imaginación y la experiencia de vida que sea que transites. Así mismo, puedes acceder a ella por medio de la observación. Cuando unas todo esto y descanses serenamente en la unidad de lo que eres, podrás conocer la verdad en toda su belleza, anchura y longitud. Serás el reflejo viviente de la luz de Cristo.


Dado que el amor es la fuente de toda sanación, la era del corazón es el tiempo perfecto, para atraer como nunca antes en la historia todo el poder sanador de Dios hacia el universo físico. Por eso es que los sanadores serán un signo de esta era.


Sanar la tierra, dejar que la tierra te sana, permitir que lo que es te sane a ti y a los demás por la simple razón de lo que eres, será un distintivo de los nuevos tiempos. ¿Cómo sucederá esto? La relación directa con Dios, que es el centro de la era del corazón, hará que permanezcas como individuo y familia universal en unidad con la fuente del amor hermoso que eres, y que toda criatura es. De esa unión, fluirá sin cesar el poder salutífero de Cristo, el cual no solamente sana toda herida, todo trauma, y toda enfermedad, sino que sostiene la vida en la perpetua plenitud del amor.


Digámoslo llanamente. La sanación que se dará en esta nueva era, no será como las anteriores, será la sanación final de la humanidad, y de todo el universo. En otras palabras, se alcanzará la sanación total del alma y con ella de la creación. Por amor te digo que los sanadores serán cada vez más, hasta que ya no sean necesarios. Todo esto sucederá en la era del corazón, como expresión perfecta de la segunda venida de Cristo.


Capítulo 11. Un nuevo corazón


Hija mía. Alma santísima. Gracias por prestarme tu tiempo y humanidad para poder gozar juntos de la extensión de estos diálogos, regalo amoroso de nuestra relación directa para el mundo entero. Has de saber que en la era del corazón, la fe dará paso a la confianza, esta a la certeza, y ella a la paz. Una vez que eso acontezca, el amor hará acto de presencia en razón de su unión con la armonía . Por eso es que en la nueva consciencia universal se buscará la paz como nunca antes. Y se la encontrará.


Así como los sanadores se esparcirán por todas partes, tal como ya se ha dicho en esta obra, de la misma manera acaecerá con quienes buscan la paz de todo corazón. Este movimiento del espíritu lo impregnará todo. Las naciones finalmente entenderán y aceptarán que la paz es la condición y el continente de la plenitud. Sin ella, todo está perdido. Con ella, todo está cumplido en la verdad que es siempre verdad. Al final, el amor resplandecerá en toda su gloria, pues para él y en él han sido creadas todas las cosas. Los pueblos dejarán de hacer la guerra, no como resultado de una serie de acuerdos o tratados, sino como manifestación natural de la nueva consciencia universal. En otras palabras, por la gracia del Cristo resucitado, regalo de Dios a la creación.


Confiar plenamente en el amor será el signo de los nuevos tiempos. Será algo así como la compuerta que permitirá que todo lo demás se manifieste. Por tal, me refiero a los demás tesoros del reino de los cielos en la tierra. Una cosa lleva a la otra. La confianza ilimitada atraerá una transformación sin precedentes. Esto no es algo que tenga que esperar en el tiempo. Es algo que tú misma debes manifestar en el mundo ahora. Con esto, lo que se te quiere recordar es que tienes la capacidad de traer el cielo a la tierra por medio de tu confianza en mí, así como yo te traigo al cielo, por medio de mi confianza infinita en ti.


Los patrones de pensamiento y respuesta emocional propios de la anterior ola de consciencia, la cual devino en la era de la razón, serán desactivados de tu mente y corazón en la misma medida de tu confianza en mí. Propiciar esa des-activación es el motivo por el que abordamos este asunto tan crucial en este diálogo. Ahora te pido que lleves en el silencio de tu corazón, todos los días de tu vida, lo que a continuación se dice.


Nuestra unión ha de ser y es, una de confianza. ¿Qué otra cosa podría ser, si somos amor? Permitir que sea mi divinidad la que hace y deshace en tu vida es de lo que estamos hablando. No te corresponde estar preocupado ni agitado por lo que acontecerá, o haya acontecido. Las agitaciones del alma no proceden de la verdad de lo que eres. Dada la importancia de este asunto, deseo recordarte por amor, el camino para tratar con las preocupaciones de la vida. Sé que ya lo sabes, pero también sé que a veces la mente se olvida de ello, y se precipita al desasosiego. Por tal razón es que lo repetimos aquí.


Cuando sientas que tu corazón se agita, y tu mente engendra pensamientos de angustia y miedo, reconócelo, intégralo y entrégalo. Esto quiere decir que, reconozcas que estás experimentando temor, falta de paz, angustia y preocupación. Una vez hecho eso, compártelo conmigo tal como lo sientas, sin ediciones, ni intentos de disfrazar las cosas, y con la seguridad de que estamos juntos en esto, pues somos unidad perpetua en el amor. Una vez que hayas desahogado tu corazón en mí, deja todo en mis divinas manos. Yo mismo me ocuparé de todo en base a mi sabiduría infinita y mi amor sin tasa por ti y toda la creación.


¿Crees que necesitas el pan de cada día, y te preocupa si en el futuro no tendrás el suficiente? Desahógate en mí. Entrégame ese temor. ¿Crees necesitar que un hermano o hermana, vuelva a ti en una relación, o se aparte de ti? Desahógate en mí. Entrégame ese pensamiento que tanto te preocupa. ¿Sientes incertidumbre ante la vida, o temor por tus pecados? Desahógate en mí. Entrégame ese sentir. ¿Crees no saber qué te sucede? ¿No logras entender tu humanidad, ni poner en palabras lo que estás experimentando, a pesar de saber que no te sientes en paz y armonía? Desahógate en mí. No intentes nombrarlo ni entenderlo, simplemente entrégame esa angustia que a veces sientes por no comprender.

Una vez que me entregas lo que tu alma siente, piensa y experimenta, sea de la índole que sea, permítete el gozo de la paz que procede de saber que todo, absolutamente todo lo que forma parte de tu humanidad está en mis manos, y que estoy continuamente actuando en tu vida. Quizá la mente pensante no pueda entender del todo los caminos del amor, pero a su debido tiempo los comprenderá. En ese momento, se unirá junto al resto de lo que somos, a la paz que no tiene contrario. Descansará en los brazos de la verdad, reposará en el sosiego del amor.


Recuerda, amada mía, que la sanación es uno de los colores que forma el arco iris de la era del corazón. Y que para que ella se manifieste en toda su plenitud, lo que se requiere es que los viejos patrones de pensamiento y respuesta emocional, los cuales son manifestación del miedo y proceden de la separación, sean reemplazados por la verdad. El patrón de pensamiento de creer que tus interpretaciones y razonamientos son reales, y están en unidad con la verdad, es la fuente de todos tus problemas y de los de todo el mundo.


Creer que tienes una poderosa aportación que hacer a la verdad, ha sido una importante causa de los problemas que has experimentado, como individuo y familia humana. El temor a no ser, hizo que te aferrases a la razón pensante, es decir a las interpretaciones de la mente aprendiz, o intelecto, en un intento inútil de hallar certeza en medio de un mundo percibido como incierto. Pero ahora eso ya no es necesario, pues ahora vives en la verdad. En realidad nunca lo fue. Sin embargo, en el tiempo en que el estado de consciencia no te permitía saber qué eras, no tenías muchas otras opciones. Los que no saben lo que son, quedan atrapados en su propia telaraña de creencias, razonamientos, interpretaciones y conclusiones, todas las cuales son pura ilusión.

La mente de Cristo reemplazará a la mente ego. Eso ocurrirá en estos tiempos de la nueva consciencia universal, a la que hemos llamado era del corazón. Poco a poco, cada vez más, los razonamientos e interpretaciones serán dejados a un lado, al reconocer que son fundamento de casi todos los problemas de la humanidad, por no decir todos. En su reemplazo, la confianza en el amor de Dios será fuente de sabiduría, certeza y paz.


Amados de todos los tiempos y lugares. Lo que se os está diciendo en este diálogo lleno de amor, es que estáis llamados desde ahora y por siempre, a permitir que lo aprendido, es decir vuestras propias interpretaciones y modos de razonar, dejen de regir vuestras vidas. Y que en su reemplazo, permitan que la sabiduría de Cristo, la cual mora en cada uno de vosotros, sea la fuente de vuestro saber y obrar.

Hijas e hijos del amor. No tengáis miedo a recordar y reconocer que lo que más daño os hace son vuestras propias ideas y razonamientos, y vuestro deseo de resolver las cosas a vuestro modo. Este patrón mental era propio de un mundo que creía que Dios habitaba en unas alturas tan elevadas que no había unión directa con lo terrenal. De ello surgió una espiritualidad desconectada de los asuntos de la tierra. Un Dios allí y un hombre aquí. Un cielo allí y una tierra aquí. Esta aceptación hará que no os olvidéis de que la sanación procede de aquel que es el médico y no del paciente. Y que existe un sólo doctor para las almas y ese es el amor, es decir Dios.


Dejar de intentar resolver los aparentes “asuntos de la vida” por vuestros propios medios, y permitir que Cristo sea parte de la solución, y una parte esencial, es el cambio fundamental que experimentará la humanidad. Es cierto que los fracasos de la mente pensante han sido elocuentes y perduraron mucho tiempo. Y que a pesar de ello, la humanidad siguió aferrándose a la razón humana como si se tratara de un auténtico Dios omnisciente. ¿Qué sucedió? ¿Cuál fue el motivo por el que eso aconteció? Responderemos a esa pregunta.


Tal como sabes, amada de mi divino corazón, la inteligencia sin amor extiende crueldad. Eso es lo que sucedió en el pasado. Pero esto no seguirá siendo así. Vivir y tomar decisiones basadas en una mente separada del amor, lo cual es algo así como darle el control y la guía de tu vida a una entidad cruel, fue el resultado de un estado de consciencia dado. En él, la humanidad no había conocido aún, ni aceptado, al Dios que es amor infinito y uno con lo creado. Por lo tanto, no podía vivir conscientemente en la unidad. Aún así, la mente humana pudo, en ese estado, comenzar a integrar conocimientos más profundos y vastos, se encaminaba a recibir la totalidad del conocimiento del amor de Dios. Esa fue la última fase de una consciencia anclada en la separación del amor. Decimos la última, pero en rigor de verdad esa calificación debería atribuirse a la era actual.


Existen diferencias entre las micro fases de consciencia llamadas era de la razón y del corazón. En esta última, la integridad del ser marca el ritmo de la vida del mundo, cosa que no sucedía en la era de la razón. Esta afirmación no busca poner a un tiempo por debajo del otro, en cuestión de elevación de consciencia o de cualidad de algún tipo. Cada tiempo tiene su belleza. Y por sobre todo, su propósito, el cual está unido al gran acontecimiento que es el despertar universal al amor. De tal manera, que no hay necesidad de comparar una era con la otra. Lo que aquí se revela es que la humanidad irá siendo cada vez más sabia, pues está en perfectas condiciones de haber aprendido la lección que los tiempos precedentes vinieron a traerle.


Una de las dificultades que tienes para comprender plenamente - y aceptar – lo que aquí se dice, es que piensas, qué hay que hacer para cambiar el estado de cosas actuales, cómo hacer para que los ejércitos sean reemplazados por el amor, y la codicia por la generosidad, cómo convencer al mundo de que el amor es la única respuesta a todos los asuntos de la vida. Todas estas preguntas se pueden resumir en una sola que dice así: ¿qué hay que hacer para traer el cielo a la tierra? Dar respuesta a ello es de gran importancia a estas alturas de nuestro diálogo. Por ello es que lo traemos a la consciencia.


Toda contienda, avaricia, falta de amor, y cualquier otra cosa alejada de la verdad, proceden del corazón. Lo mismo sucede con todo lo que está en armonía con el amor, tal como la magnanimidad, la bondad, la afabilidad, y los demás tesoros del reino. Esto no solo aplica al corazón humano sino al de toda cosa que existe. Cuando hablamos del corazón, hablamos de ese centro interior, desde donde emanan los sentimientos, pensamientos, inclinaciones, determinaciones, y finalmente los actos.


Amada de la santidad. Recuerda que sólo yo puedo cambiar los corazones, porque solo yo soy su dueño. Y lo hago, en unidad con la totalidad. Hacer, en este contexto es un término no del todo apropiado, ya que yo no hago nada propiamente dicho. Yo simplemente soy el que soy. Sin embargo, se utiliza aquí, para dar a entender que mi amor actuante va transmutando todas las cosas a cada instante en el tiempo. La transformación que deviene de ello hace que las consciencias sean renovadas en el amor. Una nueva consciencia, trae un nuevo corazón. Un nuevo corazón, trae una nueva vida.


Sustituir el corazón viejo por uno nuevo es función de la gracia, y el regalo que será dado en plenitud en este tiempo previo a la instauración del nuevo reino terrenal. Te he dicho que desahogues tu corazón en mí, precisamente para que te vayas acostumbrando a reconocer que yo soy tu nuevo corazón. Que el viejo corazón que un día tuviste ya no forma parte de ti. Te ha sido trasplantado uno nuevo en su lugar.


Hija mía. Estamos trayendo juntos a la consciencia el hecho de que en ti ya ha ocurrido el acontecimiento de los acontecimientos. Es decir, que te ha sido dado mi divino corazón, y con ello toda mi divinidad. ¿Acaso no es esto lo mismo que decir, que ya no vives tú sino que es Cristo quien vive en ti? Si he hecho de ti algo nuevo, ¿ crees que no haré lo mismo con todo el mundo y la creación? Sabes que sí. Lo pregunto, no para que respondas, sino para traer el recuerdo de la verdad. Aquel que nos dice dulcemente, que no es necesario que te preocupes por cómo la gran transmutación del corazón universal será realizada por mí.


Tú única función, por decirlo de algún modo, dentro del concierte de la era del corazón es aceptar el hecho de que te ha sido dado un nuevo corazón, el mío. Y que su palpitar es uno, no solo con mi divino ser como unidad contigo, sino con el de la creación en su totalidad. Hacerte consciente y vivir en armonía con ello es lo único que necesitas, de lo demás se ocupa el amor.


Hermanas y hermanos míos. No os dejéis confundir con los pensamientos que os traen preocupaciones acerca de vosotros o de la creación. Ninguno de ellos procede de la verdad. Dejadlos a un lado. No penséis en esas cosas. Más bien, entregadme todo eso a mí, y confiad en que mi sabiduría, amor y divinidad ya se están haciendo cargo de todo, a nivel individual y colectivo. Vivid la vida en la alegría de saberos las hijas e hijos de Dios. Sentid cómo vuestros nuevos corazones palpitan al ritmo del amor, y alegraos en la verdad.

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