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La verdad sirve

I. Extensión divina


Amada alma de mi alma. Deliberadamente hemos dejado aparte el asunto del compartir. Esto se debe al efecto que ello puede tener, y también a una cuestión de entendimiento. Escúchame, hija mía, con amorosa atención y apertura serena.


¿Es necesario que se comparta lo que el corazón siente o la mente piensa? Sí. Esto se debe a que, de otra manera, mantienes en las bóvedas de la inconsciencia – o las llevas hasta allí - algo que forma parte de tu experiencia presente. ¿Con qué fin harías algo así? ¿Con qué propósito dejarías de compartir lo que sucede en tu corazón, si no es para conservarlo sólo para ti? ¿Qué otra causa puede tener ello, sino el miedo?


La idea de “quedarse algo para uno mismo” es ajena a la verdad del ser, ya que no existe tal cosa como “algo exclusivo de su propiedad”. Todo procede del amor de Dios y le es dado a todos por igual. El compartir divino no tiene preferencias, exclusiones, ni secretos.

La fuente creadora es pura luz que siempre brilla. No existe algo como “oscuridad” en su realidad perpetua. Todo en ella está a la vista de todos porque es de todos en todo. Naturalmente, esto no lo puede comprender – ni mucho menos aceptar - una mente que se concibe como separada y busca definirse a sí misma de modo autorreferencial.


Tal como ya sabes, en el mundo de la individualidad se cree que existen algunas cosas que son de unos, y otras que son de otros. Esto es comprensible, dada la falsa asociación que existe entre tener y ser. Si conservas más, si preservas cosas para ti mismo, sin dárselas o compartirlas con los demás, evitas perder o disminuir tu ser, según los criterios del sistema de pensamiento ilusorio. Dado que conoces bien de lo que se está hablando aquí, no nos extenderemos más allá de estas palabras.


El problema que muchas veces tienes con el hecho de compartir los asuntos del corazón y de la mente, es que no comprendes claramente el verdadero significado de compartir. En esta sesión daremos una visión particular al respecto, la cual se ajusta al propósito de tu ser.


Compartir es un acto de comunión. Es decir, de unión común de corazón a corazón, de ser a ser. Dicho de otro modo, del Cristo en ti, al Cristo en tu hermana y hermano. No existe ningún otro nivel en el que se pueda compartir verdaderamente. Esto se debe a que solo en la verdad de tu identidad – es decir en el Cristo que eres – puedes unirte a lo que son los hijos e hijas de Dios, es decir a cada aspecto de la creación.


Las ilusiones no se pueden compartir. La razón de ello es que para que exista un vínculo de comunión es necesaria la reciprocidad perfecta, y esto solo es posible en el amor. Solo en un recíproco dar y recibir como uno existe un verdadero compartir. Cuando das lo que otros no pueden recibir, o es susceptible de ser interpretado de un modo diferente a lo que otros interpretan, estás estableciendo una relación inexistente. Guardas la apariencia de relación, pero te mantienes aislado.


II. Compartir: la realidad del amor


¿Si no es posible compartir ilusiones, qué otra cosa puedes dar, sino la verdad? Recuerda que fuera de ella no hay nada que sea real. Por lo tanto, cuando hablamos de compartir en los encuentros de resurrección, y esto atañe a todo encuentro entre hermanas y hermanos, lo que estamos diciendo es que se crearán espacios de acogida amorosa, sin juicio, definiciones, o formatos predefinidos. En ellos, el Espíritu de amor que mora en todos se expresará de la manera que sólo él dispondrá. Esto podrá hacerse con palabras en un grupo, o en reuniones más personales, según lo dicte el corazón. Nada de eso es esencial, ya que lo que se busca es la experiencia de permitir que el alma se exprese libremente en la verdad. Recuerda que el silencio es una forma de expresión, y puede ser tan santa como lo es el uso de la palabra, siempre que proceda del amor.

¿Qué es lo que se te invita a compartir en un encuentro de corazón a corazón? El ser. Quizá te preguntes cómo hacer algo así. Esta pregunta forma parte de un patrón de pensamiento que no tiene anclaje en lo nuevo. Procede del viejo modo de pensar, el cual ya ha sido dejado atrás.


El ser sabe cómo compartirse en la verdad, es decir que sabe cómo vivir en comunión. En efecto, este es el único modo de relación posible, ya que es la manera en que el creador de todo lo santo, lo bello, lo eterno, ha dispuesto desde siempre y para siempre. La vida es comunión, tal como lo es el amor. Por lo tanto, la creación también lo es, al ser su expresión.


Hermanos de todo el mundo. Vosotros que estáis viviendo en la luz de la resurrección, incluso sin daros cuenta. Alegraos de poder pasar de la relación especial, o la no relación, al estado de comunión. Os aseguro que este cambio es tan grande como no sois capaces de imaginar. Sus efectos son universales. Vuestra experiencia terrenal será tan diferente y luminosa que andaréis serenos por los caminos del mundo. Sonreiréis mucho más. Vuestra respiración será más pausada y profunda. Dejaréis atrás la agitación, pues toda ansiedad y desarmonía procede de una falta de unidad.


Este es un recordatorio a permanecer siempre unidos a vuestro reino interior. Ese universo tan vasto y lleno de energía vital, creatividad, amor y belleza que sabéis que mora en vuestro centro. En la medida en que os vais uniendo más y más a él, en esa medida os vais haciendo comunión. Y una vez que lo sois, o mejor dicho que aceptáis el hecho de que esa es la realidad eterna de vuestro ser, no experimentaréis ninguna dificultad para relacionaros en la tierra, tal como lo es en el cielo. Es decir, en razón de la comunión de los santos, un dar y recibir perpetuo de ser a ser, de Cristo a Cristo.


Recuerda hija mía, que no son las palabras las que sanan, ni los gestos, sino el amor. Por lo tanto, no es necesario que digas nada en un encuentro de comunión, ni que predetermines algo. Simplemente se necesita permanecer en la escucha interior, con la plena atención puesta en tu corazón. La voz del amor que eres guiará tu humanidad a cada instante. Verás lo que debas ver, en razón de cada momento presente. Oirás lo que tenga que ser oído. Se te revelará lo que ha de serte revelado a cada instante. Todo ello, enraizado en el ahora. Es decir, que no se te dará un conocimiento abstracto universal que se pueda aplicar a la generalidad de las cosas, sin que ello guarde relación alguna con el presente, sino uno que estará vinculado a él.


III. Eterno presente


Amada de mi divino ser. Recuerda que si bien la verdad sirve a la inmensidad del universo, al servir a toda la creación, y es generalizable a todo tiempo, lugar, circunstancia y dimensión de existencia, es inútil si no te sirve a ti en cada instante presente. Esta afirmación te hará libre, porque te sanará de la compulsión de los patrones mentales y emocionales del pasado de irse por las nubes, sin anclaje en nada que sea real.


Una verdad que no sirve ahora, no sirve nunca. Esto se debe a que solo el presente es real, incluso en el plano del tiempo, tal como lo es en la eternidad. Cuando buscas una verdad que se pueda definir de una manera que se ajuste a todo tiempo, ser, y circunstancia, no puedes hallar nada. La verdad es tan viva y vivificante como lo es el amor. Por lo tanto, no puede manifestarse de un modo estático y encasillado. Es eterno presente.


Hija mía. Te pido, con todo el amor de mi corazón de Madre celestial, que no formules más una pregunta tal como: ¿Qué dice la verdad en este asunto o en aquel? Te exhorto a que, cuando sientas la necesidad de invocar a la verdad, cosa que irás haciendo cada vez más hasta hacerte acompañar por ella todos los días de tu vida, lo hagas de la siguiente manera:

¿Qué me dice la verdad en este momento presente? Este cambio hará que comprendas que la verdad vive en ti, tanto como lo hace en mí. En otras palabras, serás consciente de que eres la verdad, así como también la resurrección.

Ser la verdad es diferente a simplemente oír su dulce voz llamándote a la vida. Ser la verdad es reconocer que su hermosura es lo que eres, que tu identidad es una expresión única de su divina luz. Así como cada rayo de sol toma su energía de la fuente que le da existencia, del mismo modo tu ser la toma de mí, que soy la fuente de la resurrección y la vida. Aceptar esto y hacerlo carne en tu humanidad aquí y ahora es el medio para acceder a la consciencia de la resurrección. Dicho de otra manera, es en sí el reconocimiento de que eres la resucitada del amor. Es decirle sí a la verdad.


Alégrate, tú que has resucitado a la vida eterna.





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