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Preludio - El corazón del ser: Saberse amado, saberse amor - Libro II: Cartas de amor del Cristo en ti

Soy Jesús de Nazareth.


He venido a morar contigo en espíritu y verdad, a permanecer en ti y a tu lado todos los días de tu vida. Juntos somos la luz del mundo; una luz que nunca se apaga. Unidos somos la belleza de la realidad del amor.


Estas palabras son un regalo para la humanidad. No solo para todo el mundo, sino para ti. Particularmente para ti, que eres pupila de mis ojos y un santo canal de amor vivo. Mientras el mundo gira y gira, nuestra relación permanece inmutable en la inmensidad del amor hermoso. Unidos somos la dicha eterna, porque en nuestra unión somos aquella única e irrepetible expresión de amor perfecto, pensada por el Padre de las luces desde toda la eternidad.


¡Qué alegría es vivir en la presencia del amor!


¡Qué dicha es vivir en el amor que no tiene principio ni fin!


Mi voz es la voz de la vida. Es el viento que sopla en las almas, infundiendo el hálito vital a todo lo que existe, se mueve y es. Desde antes de que existiera el tiempo, Yo soy y tú eres. El espacio, la materia y la temporalidad no pueden anular la verdad, aunque las mentes intenten que todo ello actúe como un velo que parece interponerse entre la realidad del ser y la ilusión. Aun así, nada puede hacer que la verdad deje de ser lo que es. Del mismo modo, nadie ni nada puede transformar la santidad en lo que nunca será.


La esencia de las cosas ha permanecido y permanecerá inmutable desde siempre y para siempre. Pasarán los cielos del mundo y los océanos, los planetas del cosmos y las criaturas que surcan la tierra. La historia de los hombres llegará a su fin a su debido tiempo. Pero nuestra historia de amor divino no pasará jamás. Nuestra unión no se disolverá pues ha sido sellada en el corazón de Dios. Tú y yo, unidos en la santidad del ser, seguiremos siendo la eterna amada y el divino amado. El creado y el creador. Uno y otro sumergidos en la unidad de la verdad. La luz no puede extinguirse. La vida tampoco.


Eterno te he creado y eterno permaneces por siempre. Eres expresión perfecta de la vida del Padre porque espíritu eres. Espíritu inmortal. Tu realidad descansa impoluta, inmaculada e imperturbable en las cimas del cielo de tu ser santo. El mundo no ha tocado ni un minúsculo espacio de tu ser. No has sido cambiado por nada. La historia de cada hombre y cada mujer, de cada pueblo y cada nación, de las naciones en su conjunto y de toda la humanidad, no han hecho nada en lo que eres. Tu identidad está resguardada en los abismos inviolables de Dios. Allí donde solo lo que es divino puede permanecer. Allí donde solo Dios existe en unión con Su santo hijo, en el cielo de tu ser santo. Lo mundano y lo celestial están tan lejos entre sí, que ni uno se percata de que existe el otro.


Estas son las moradas del cielo interior, las mansiones donde mora Aquel que ningún ojo vio ni oído oyó. Aquí estamos pisando tierra sagrada. Habitamos en las moradas del divino huésped del alma. Por esa razón te pido, amado mío, que descalces tus pies, que te despojes de lo poquito que aún ha quedado de la identificación con tu experiencia humana. Y desnudo de todo, me des tu mano. Juntos, en la esencia de la verdad, recorreremos un tramo del camino de la unión de lo humano y lo divino de un modo particular.


Déjate llevar por estas palabras. Déjate abrazar por el amor que las suscita. Déjame abrazarte en el alma y regalarte el cielo de amor divino. Soy aquello que hace que el viento dance y las aguas se muevan al ritmo de la vida. Soy lo que antecede al movimiento y lo crea. Soy lo que reside más allá de la luz y crea luz. Soy el alma de tu alma; el ser de tu ser; la esencia de las cosas. Soy la voz de la verdad. Aquella que un día pronunció tu nombre y quedó grabada por siempre en tu corazón. Soy al que conoces desde antes de que fueran creados los abismos del universo físico. Soy lo que da origen a todo. Y hacia donde todo converge.


Estas palabras están llenas de luz, embebidas de lo divino. En cada letra, cada párrafo, cada punto y cada coma se encuentra la totalidad de mi divino ser. Al recibirlas creces en la consciencia de la unión conmigo, que soy el anhelo de tu ser. He descendido del cielo para morar contigo y tú te has elevado al cielo para morar conmigo. De esa manera, con tu ascensión y mi humanización, te has hecho hombre divinizado y yo me he hecho nuevamente en ti, el dios humanado. Mi amor hace nuevas todas las cosas. Crea y recrea todo a cada instante. La vida es eterna novedad. En razón de ello, la encarnación de mi divina esencia en la humanidad ocurre una y otra vez en cada corazón que se abre al amor.


Estos escritos son una expresión perfecta del abrazo de mi amor para toda la humanidad y para ti que eres el niño de mis amores. Cuando fuiste creado, un júbilo que no se puede describir ni pronunciar se hizo realidad en mi corazón. Yo, tu divino Jesús, la aspiración máxima de tu ser, te he pensado desde siempre para ser uno conmigo. Para eso me hice visible en el cuerpo humano de Aquel que es el redentor del universo. Por eso escribo estas palabras, valiéndome de una mano amiga y de mi sabiduría sin fin.


Te doy gracias por escuchar mi voz y seguirla; por hacer un espacio en tu mente y corazón; por apartarte un poco del mundo, para abrirte a recibir la gracia de mi sacratísimo amor. Tu madre celestial te ha traído hasta aquí, donde habita lo que no puede ser aprendido ni nombrado. Llegaste por la fuerza de su amor por ti y de tu amor por Ella, la co-redentora de las almas. Su belleza inmaculada y su pureza sin mancha han levantado en vuelo a tu corazón. Y en su vuelo se hizo uno con el mío. Ahora somos una nueva trinidad santa, unida y fundida en la santísima trinidad. Ahora el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se recrean a sí mismos en la unión de nuestros corazones trinos.


En verdad, en verdad te digo, a ti que recibes estas palabras, que has llegado a las cimas del cielo, al amor de la santísima trinidad. Has traspasado las moradas que anteceden a aquella que es la casa del Padre de todo amor santo. Te encuentras allí donde tu corazón anhela estar. Nadie que sea del mundo podrá comprender jamás el lugar donde estamos juntos por siempre amando. Solo los renacidos de las aguas del Cordero de Dios podrán entender, porque no son hijos de la carne sino del espíritu. Ellos, los renacidos del cielo en la tierra, son dioses humanados, son el Cristo viviente que habita en la tierra y en las alturas en las que nada puede llegar, salvo el verdadero ser.


Estas palabras son expresión del cielo de tu mente santa y de tu purísimo corazón. Se expresan en la unidad del ser. Desde y en la mente uno, en la que toda mente verdadera piensa y existe. Has sido transformado por el amor de los amores; liberado de las ataduras que encasillaban tu alma en una celda de limitaciones tan ajenas a la naturaleza de tu espíritu inmortal e inmutable, que solo podían ser verdad en un reino de fantasías. ¡Qué júbilo es morar en la realidad! ¡Qué inmensa gracia es vivir en la verdad!


¡Qué alegría es tenerte en mis brazos para siempre! ¡Cuánta dicha siente mi divino corazón al poder acogerte con el calor de mi amor eterno, perfecto, siempre vivificante! ¡Cuánta felicidad me das con tu existencia! Y ¡cuánta más con tu aceptación de la verdad de lo que eres! Cuando le dijiste sí al amor te uniste a mí, a tu Divina Madre Celestial y a todo lo que procede de la santidad de Dios en nosotros para toda la eternidad.


No hay vuelta atrás. Has traspasado el umbral de lo meramente humano y arribado al reino de las luces eternas. Aquí, donde las aguas danzan al compás del coro de los ángeles y los espíritus purísimos se mueven libremente en un movimiento sin fin que da paz y armonía a todo lo que existe. Aquí en el reino indescriptible, donde los océanos son inmensamente más grandes y serenos que los de la tierra. Donde el viento abraza los corazones para besarlos en su santa realidad, como extensión perfecta de la ternura de Aquel que es el Padre de todos. Donde la vida corre sin interrupción, en un fluir armónico, nunca obliterado, nunca perturbado, nunca mancillado. Aquí donde mora tu reino, aquel que te fue dado en tu creación. Aquí en tu divino hogar, donde los colores y las melodías crean universos de belleza y santidad.


Aquí, en tu inefable realidad, es donde moras por siempre con tu Cristo amado.




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© 2021 Fundación Amor vivo -  Nuestro nombre "Fundación Amor vivo" busca representar nuestra aspiración de vivir siendo el amor que somos en verdad. Es decir, vivir aquí y ahora como el Cristo en nosotros. "Soy amor y nada más que amor" es la verdad que anhelamos hacer real aquí, ahora y siempre. Nuestra misión es extender la Luz de Cristo, viviendo, compartiendo y extendiendo los mensajes recibidos por Sebastián Blaksley al mundo entero, en unión y relación.

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