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Preludio (El corazón del ser: Saberse amado, saberse amor - Libro III: Cartas de amor de un Ángel)

14 ago
4 min de lectura

I. Permanecer en el amor


Alma santa, luz que brilla desde la fuente de la luz verdadera:

¿Puedes comprender cuán valiosa eres? Sí, puedes, pues has sido creada con ese conocimiento perfecto. Y, sin embargo, una cosa es conocer algo en la verdad y otra es aceptarla como verdad para ti y hacerte uno con ella.


Muchas veces, cuando escuchas mi voz, que es la voz de Cristo —pues ella es la única voz verdadera—, sientes cantar y vibrar a tu corazón. Sabes que lo que escuchas es verdad. Sin embargo, pareciera que cuando va pasando el tiempo, incluso unos pocos minutos después de haberla recibido, la mente comienza a desentenderse de ello. Es como si esas palabras fueran dirigidas a otro y no a ti. Como si le hablara a otra persona o como si se estuviera refiriendo a un ser que poco tiene que ver contigo.


Dicho de otro modo, se pone en movimiento un extraño proceso de desidentificación con la revelación que has recibido. Esto sucede no solamente con estas palabras que estás recibiendo, sino con cada experiencia mística que has tenido hasta ahora. Ella viene a ti en toda su magnificencia. Reconoces que es algo que no procede del mundo, sino del cielo. Sabes reconocer su sacralidad y grandeza. Mientras dura la experiencia, gozas de un modo inefable. Quisieras quedarte en ella por toda la eternidad. Eres feliz en ello. Pero luego… luego viene el olvido de la mente. ¿Qué es lo que ocurre realmente cuando esto sucede?


A lo largo de tu camino hacia el pleno despertar a la luz del amor, has estado recorriendo una senda en la que has recibido intermitencias del cielo. Es decir, la sabiduría de Cristo expresada en forma de pensamientos que pareciera que no pensaste o sentimientos sublimes que no proceden del mundo. También has experimentado esa sensación inefable de ser parte de todo y estar abrazado por la totalidad universal. Te has visto a ti mismo, quizá, derramando lágrimas ante una expresión santa, una música sagrada o ante la belleza de tanta sabiduría cuando esta se hizo presente en tu vida de diversas maneras. En fin, has tenido la experiencia de la luz de la verdad en múltiples ocasiones. De hecho, tantas que no podrías contarlas. La mayoría de ellas ni siquiera las has podido poner en palabras o reconocerlas como tal.


A medida que fuiste avanzando en tu camino hacia el reconocimiento de la luz de Cristo, los pequeños destellos se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Así, pasaron de ser una pequeña intermitencia a una más frecuente e incluso más intensa. Sin embargo, siguieron siendo intermitencia de la experiencia de unión divina.


Lo que se te está recordando aquí es que hasta ahora has estado entrando y saliendo del redil. Sabes que la puerta está abierta y puedes ir y venir tanto como lo desees. Y lo haces a menudo. Con la diferencia de que vas entrando cada vez más veces y permaneces dentro de él por más tiempo. Pero sigues entrando y saliendo. Por eso es que puedes encontrarte a ti mismo haciendo lo que sabes que no está en armonía con tu ser o en unión con el conocimiento celestial del cual eres portador.

 

II. Vivir en la verdad


¿Verdad que has sentido muchas veces que la sabiduría que compartes con otros, la cual procede de Dios, parecería que se te olvida, y actúas como si ahora fueras tú el que necesita ser reeducado nuevamente, por decirlo de algún modo? Parecería que por momentos lo que dices y lo que haces no estuvieran en armonía, al menos en relación con lo que compartes como conocimiento de la verdad revelada. Sabes que no existe la muerte. Y lo sabes muy bien. Y, sin embargo, de repente te hallas a ti mismo temiéndole como si se tratara de un monstruo aterrador. Sabes que no puedes perder a tus seres amados porque forman parte de ti, tanto como tú formas parte de Dios. Y, sin embargo, súbitamente te encuentras a ti mismo sufriendo por la separación cuando crees que no puedes sentirlos con los sentidos corporales.


¿Por qué y para qué sucede eso? Sucede porque estás aprendiendo a sostener en ti la consciencia de Cristo. En otras palabras, porque tu mente, y con ella tu humanidad, se está adaptando —paso a paso— para poder permanecer sin interrupciones dentro de la consciencia verdadera que te ha sido dada en tu creación. Se están reprogramando el cuerpo, la mente y el corazón para poder permanecer en la luz verdadera.


Hacerte consciente de esto es de gran importancia ahora. Ya estás preparado para sostenerte dentro de la consciencia de Cristo de modo constante. Sabes muy bien cómo hacerlo. No necesitas ninguna guía. El cuerpo, la mente y el corazón te acompañarán en ello, tal como siempre te han acompañado en todo lo que tú dispones. Recuerda que son simples servidores de lo que eres.


Amada alma nacida del amor perfecto, has reconocido a la verdad como tu realidad. Sabes que va contigo dondequiera que tú vas, pues es lo que eres. Ahora es el tiempo en que comenzaremos a aceptarla como la única fuente de nuestro saber y obrar. Sin importar si esto se ajusta al creer del mundo o no, ni a lo que nuestra mente había aprendido acerca de la vida en el pasado. Es evidente que no se ajustará a ello.


Reconocemos, amorosamente y en paz, que a la mente le atrae en demasía lo que le resulta familiar, sin importar mucho si ello es verdad, santo o bueno. Simplemente se siente a gusto con lo conocido y a disgusto con lo que cree no conocer. Aceptamos esto como un comportamiento de la mente. No luchamos contra ella, sino que comenzamos a regalarle una nueva familiaridad: la de la verdad.


Y la mente la aceptará de buena gana. Y se unirá a nosotros en la belleza de la luz de Cristo que somos. Se reunirá con el corazón de un modo que nunca antes lo había hecho. Se fundirá en la plenitud del amor. Para ello es que se te regalan estas palabras, a ti y al mundo entero, para que, haciéndote uno con ellas, des testimonio de la verdad, permaneciendo en el amor.




 
 
 

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