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Ser feliz: anhelo del corazón - Carta 6

I. Gozo del conocimiento


¿En qué otro lugar puede residir la felicidad que no tiene fin y es siempre creciente, sino allí donde Dios mismo la ha puesto desde y para toda la eternidad? ¿Cuál puede ser su morada, sino la consciencia del amor que eres en verdad? Sólo en la luz de la santidad se puede ver la dicha del cielo que eres, porque ambas son una en verdad. No existe alegría más grande que la que se vive como efecto de la libertad de ser quién eres en verdad. Aquello que reside en las profundidades insondables, pero accesibles, de tu corazón, es lo que el amor ha hecho de ti desde el instante mismo de tu creación. Y es tan inmutable como lo es su divina fuente.


Hijito mío. Si abres tu mente y corazón más y más cada día, comenzarás a entender muchas cosas que hasta ahora parecían veladas para el entendimiento pensante. Descubrirás - en un descubrir incesante – las maravillas de tu ser. Y podrás contemplar la belleza del cielo en lo que eres. Esta expresión no es una metáfora - ni un uso hiperbólico del lenguaje humano -, es la simple descripción de aquello que no se puede describir, porque está más allá de toda imaginación posible. En verdad, en verdad te digo que si dejas de aferrarte a tus interpretaciones, y abres las puertas de tu alma de par en par, puedes oír mi voz y contemplar mi rostro en la gloria de mi divinidad, la cual es tu herencia por derecho de nacimiento. Y puedes también gozar de mi abrazo de hermano santísimo, unido a ti por toda la eternidad en la belleza de la verdad.


No soy un extraño para tu corazón, soy su fuente, su alegría y su sustento. Soy Aquello que anhela de verdad. Quien permanece en Mí, que soy el amor fundante de toda vida y fuente de toda santidad, permanece en la consciencia del amor que es en verdad. Soy la consciencia divina. Soy la pura abstracción de la realidad, desde donde surge toda existencia. Soy Aquello que te da vida a cada instante y de quien obtienes tu capacidad de escuchar, hablar, cantar y ser. Por esa razón es que puedo comunicarme contigo de un modo tan directo, tal como lo hago a través de estas palabras, y de otros medios de los que dispones como humanidad.


Todo me pertenece por derecho propio. Nada existe fuera de Mí que sea verdad. Unidos somos aquello que inspira la música de un arpa afinada, la hermosura de las melodías que brotan de ella. Y de la belleza que manifiestan sus tonos, al entonar una sinfonía de amor puro. El recuerdo de nuestra unión es lo que hace que te salten lágrimas de admiración al contemplar la belleza de un atardecer, o la pureza intocada de un niño recién nacido, en cuya fragilidad se manifiesta la ternura del cielo, maravilla de la vida.


Soy el abrazo del amor hecho realidad en ti y en todo lo creado. Soy el amor informe que ha venido a la forma de un modo particular en esta divina expresión de la verdad. Para eso he tomado una mano amiga, dedicada en cuerpo y alma a hacer en todo mi divina voluntad. Para que muchos me puedan ver con los ojos de su alma y permanecer conscientemente dentro del abrazo de la paz. También para que recuerden que mi amor es misericordioso, y que mi reino es eterno como eterno es mi amor por mis hijos.


Soy el amor que ha venido a ti desde la realidad que no tiene forma. Estoy más allá de todo símbolo y toda limitación. Soy el que soy, tal como lo eres tú. No existe nada que pueda limitarte porque no lo existe para Mí. Tú y yo, unidos en la verdad, sumergidos en el océano de luz de una sabiduría que no es del mundo, somos la realidad del amor que da vida a todo. Somos unidad. Somos el cielo. Somos la verdad que es siempre verdad.


Más allá del viento estamos tú y yo creando su movimiento. Más allá de la luz, residimos inmutables tú y yo en la unidad desde la cual toda luz es creada, porque es su fuente universal. Más allá de las formas existimos nosotros, que somos vida en abundancia. Juntos somos la resurrección que sostiene al resucitado para siempre en la vida eterna. No nacemos para morir. No resucitamos para retornar a una realidad pasada de la que fuimos liberados. Ahora somos la vida eterna. Somos el cielo del mundo y también del no tiempo. Somos Aquello que hace feliz al corazón. Somos la unidad de la verdad. En nosotros reside la sabiduría del cielo, en la que podemos gozarnos a cada instante pues nunca se acaba.


Somos el saber de Dios hablándole al mundo y con él a todo el universo. En el fluir de nuestra voz, unida a todo en la santidad de nuestro ser, nuestra palabra va creando vida, sanando heridas, resucitando lo que estaba muerto. Llama a todos para reunirnos en la morada santa. Nuestra voz, que es vida y amor, viaja como lo hace el viento. Nadie sabe de donde viene y a donde va. Pero sopla. Siempre sopla nuestro viento de amor. Y viaja a lo largo y ancho de la vastedad del mundo, abrazando a los corazones sufrientes, y alentándolos para seguir adelante hacia la luz de la vida eterna. En su fluir por todo el universo, nuestro amor llama a todos. Toca - con su suavidad - las almas que buscan la paz. Besa los corazones entristecidos por el olvido de la verdad. Enciende una luz pura y serena en las mentes que andan desorientadas, creyendo ser lo que nunca podrán ser, ni necesitan serlo. Nuestra unión crea vida. Nuestro amor crea un nuevo amor. Nuestra verdad crea universos nuevos de plenitud y santidad.


Somos luz para el mundo. Somos uno con la fuente de todo lo que existe. Por ese motivo es que decimos a ciencia cierta que ya no solamente reflejamos la luz del cielo, sino que somos el cielo mismo. Nuestra luz no puede apagarse porque somos la luz de la vida eterna, en cuya santidad y pureza existe todo lo creado. Juntos somos el abrazo universal.


Nuestro amor es grande. Es tan inmenso que no cabe en un corazón de carne. Ni en la suma de todos ellos. Su realidad se extiende más allá de los confines de la forma, y se expande hacia reinos inimaginables, traspasando las fronteras del pensamiento humano. Y abarcando dentro de sí toda mente, alma y corazón. Así es como nosotros, que somos fuente del pensamiento, la mente que piensa y lo pensado a la vez; porque somos uno - fundidos en el amor - infundimos vida, alegría y belleza en la creación. Sanamos los cuerpos que necesitan ser sanados, de tal modo que puedan caminar en paz por los caminos del mundo, hasta llegar a la mansión celestial que el amor mismo les ha preparado.


II. Soplo de vida


¡Escuchad, hijos míos, cómo sopla el viento de nuestro amor santo! Haced silencio para oír el susurro de su canto. ¿Acaso no lo escucháis? ¿Podéis sentir cómo abraza vuestras almas y refrescas vuestras mentes? Es el viento del Espíritu Santo que sopla por toda la tierra, haciendo que su belleza y santidad reverberen en los corazones que anhelan amor. En cada cuerpo que busca plenitud. En cada vida que desea vivir en paz.


Sopla. Sopla. Y sigue soplando desde siempre y para siempre el viento de mi ser divino. Aletea sobre las aguas del perdón y el amor. Os habla con la dulce voz de mi sagrado corazón a cada instante. Os está llamando ahora mismo. Desde el cielo resuena mi Palabra, unida a la voz que os he dado cuando con amor perfecto os he creado.


Hijos míos. Os estoy llamando a entonar un canto nuevo cada día. A dejaros recrear a cada instante de vuestra existencia. Mi amor hace nuevas todas las cosas, siempre. Y vosotros no sois la excepción. Os estoy invitando una vez más, a que cada mañana al despertaros, o cada tarde al tomaros unos minutos de descanso, retornéis al conocimiento de la eterna creación y permanezcáis en Mí. Os aseguro que saldréis tan renovados de nuestro encuentro santo, que no podréis siquiera expresar en palabras cuánta alegría siente vuestras almas.


Toda dicha reside en nuestra unión, porque ella es en sí el amor perfecto. Por lo tanto, os pido incansablemente que no os alejéis ni un instante de Mí. Si queréis hacerlo, porque aún creéis que el mundo puede daros algo, o porque todavía consideráis que podéis hallar felicidad en alguna cosa pasajera, no os preocupéis. Retornad a Mí cuando estéis listos o dispuestos. No hay prisa. El tiempo también me pertenece. Podéis ir y venir si así lo deseáis, aunque mi preferencia es que permanezcáis en Mí por siempre, para gozar juntos de las maravillas eternas. Yo soy la puerta del redil que siempre está abierta.


Nadie viene a Mí sin llevarse un regalo para el alma, el regalo de los tesoros del reino. Presentes que se dan a cada alma como muestra de mi divino amor, pues Yo soy la presencia santa. La única realidad que es verdad. Soy la esencia de la vida y la vida misma. Unido a ti, somos la extensión de la creación. Soy el eterno presente en el que brilla la luz de la santidad, y sobre la que descansa serena la benevolencia de la creación. Soy Aquello que causa el éxtasis del corazón enamorado. Y la certeza de la mente que ha hallado la verdad. Soy la causa de la alegría de las almas puras y de la grandeza de los espíritus nobles.


Hijos míos. Vosotros que habéis sido apartados del mundo y preservados dentro de la unidad del abrazo de mi amor divino para dar testimonio de la verdad, y de ese modo comenzar a vivir el cielo en la tierra, os digo: no os amedrentéis por las cosas del mundo, pues no tienen ningún poder sobre vosotros. El mundo ha sido vencido para que podáis vivir en paz mientras dura el tiempo.


Porque he resucitado a la vida eterna, es que vosotros habéis resucitado conmigo. Y porque juntos somos la resurrección, es que el cielo puede manifestarse en la tierra. Nuestro corazón unido es la luz de la verdad, es el cielo del mundo. No creáis ni por un solo instante que el cielo terrenal - el cual es manifestado en razón de nuestra unión divina - es menos que el cielo del no tiempo. Ambos son una unidad, aunque sin lugar a dudas cada uno de ellos posee una cualidad diferente, si me permitís usar esa expresión.


Lo que se te está mostrando con estas palabras - pupila de mis ojos - es que a cada paso que das en el camino de adentrarte más y más en el insondable océano de la verdad, vas creciendo en la consciencia de lo que eres. Se expande tu realidad. Se extiende tu ser. Aumenta tu luz. Y con ello, la luz de tu consciencia. El gozo crece. El júbilo se ensancha. Tu realidad consciente traspasa las fronteras que ayer había alcanzado y a las que ya nunca más volverá. Mira hacia delante el alma. Siempre hacia adelante. Allí donde puede contemplar el rostro radiante del amor hermoso, y mirarse a sí misma en los ojos del amado, en el corazón de Dios.


III. En los hombros del amor


Imaginaos vuestro ser - o vuestra vida, si así lo preferís - como una inmensa escalera de luz, radiante y toda hecha de un mármol tan bello y sublime, que su hermosura se confunde con la belleza del cielo de Dios que sois en verdad. Una Scala Coeli que comienza en el tiempo y se extiende hasta las alturas máximas de la santidad, allí donde no existe un final porque todo es eternidad. Esa escalera tiene peldaños. Cada uno de ellos, al ser alcanzado, permite al alma contemplar nuevas realidades de luz y verdad. A medida que ascendemos por ella vemos más, puesto que los panoramas de la vida se miran desde nuevas perspectivas. Esto lo sabes bien, pues lo has experimentado en tu paso por la experiencia humana. La mirada de un niño no es la misma que la de un hombre que ha vivido muchos años en el mundo. Y sin embargo, ambos siguen siendo lo que siempre han sido y serán.


Así como el tiempo es corto y largo a la vez, la vida terrenal es vieja y nueva a la vez. Lo mismo ocurre con tu ser. Eres eterno, existes desde antes de que existiera el tiempo. Eres un alma inmortal. Eres más antiguo que los montes más antiguos, o los árboles más perennes. Existes desde antes de que existiera el tiempo. Y sin embargo eres nuevo a cada instante. Mi espíritu infunde nueva vida incesantemente. Esta es la razón por la que eres a la vez nueva y eterna creación.


En nuestra unión, lo nuevo y lo viejo permanecen unidos en la verdad. Lo limitado e ilimitado también. Esto no es algo que se pueda comprender si se permanece en los primeros peldaños de la hermosa escalera de la vida. Pero a medida que avanzas sobre ella, te adentras cada vez más en la contemplación de la totalidad, en la vastedad de la verdad que eres en unión con Dios.


No hay necesidad de que te canses subiendo por tu Scala Coeli, y recorras un camino fatigoso, cuando puedo llevarte dulcemente en mis brazos o sentado en mis hombros. No hay necesidad de esforzarse en nada. Nunca la hubo. Tampoco hay necesidad – y nunca la hubo - de preocuparte acerca de cómo será tu camino una vez que hayas alcanzado el último peldaño, el cual está mucho más cerca de ti de lo que puedes imaginar. Te aseguro que está a tan solo un pensamiento de distancia. Cuando lleguemos allí, desplegaremos nuestras alas, y volaremos juntos el vuelo de la libertad. Y en nuestro vuelo seguiremos bendiciendo la creación. Gozando de los confines inacabables de la realidad divina. Continuaremos siendo uno por toda la eternidad tal como siempre lo hemos sido. Ambos corazones fundidos en un mismo fuego santo. Amalgamados y sin costuras, permaneceremos siendo uno en todo y con todo, sin dejar de ser el que somos.


En nuestra unidad seremos - tal como lo somos ahora - por siempre plenos. Desde nuestra plenitud participaremos - tal como lo hacemos ahora, aunque de modo más consciente - de aquello que trama el corazón de Dios. Seremos llama que enciende los corazones. Voz que llama a las almas a vivir en la paz. Canto que enamora a los espíritus humanos que saben reconocer al amor. Pensamiento luminoso que viaja desde la mente de Cristo que somos; hacia todo lo creado, y en cuya estela de luz trae un saber que alegra en la verdad.


Amado mío. En tu alma he esculpido el rostro de mi Hijo y al hacerlo te hice uno con Él y Yo me hice uno contigo. Ahora somos una trinidad santa. Una nueva creación cuya esencia es el amor que desde toda la eternidad es esencia de todas las cosas. Siempre eterno. Siempre nuevo. Siempre ahora. Somos la eterna plenitud del amor. Somos la presencia de la realidad, la cual nunca se ausenta de la vida. Somos espíritu informe, creación perfecta. Humanidad divinizada. Somos la totalidad reintegrada a la verdad. Somos la reunión de lo que estaba disperso, reunido en el amor. Somos el triunfo del corazón Inmaculado de María. Somos la unión de los tres corazones, latiendo al ritmo de la vida que no tiene principio ni fin. Somos la eterna realidad del amor.


IV. Nuevo umbral del pensamiento


Hijito bien amado. Juntos hemos entrado a una nueva dimensión de la verdad. Un nuevo grado de conocimiento de aquello que no tiene grados. Con esto, lo que se te quiere decir es que hemos traspasado un umbral en el conocimiento del amor de Dios. Desde aquí, comenzaremos a movernos cada vez a mayor velocidad. No porque en el cielo exista tal cosa como un antes y un después, condición necesaria para que la aceleración exista, ya que está sujeta al tiempo y el espacio. Sino porque vuestra consciencia humana individual y colectiva se ensanchará de tal manera, como nunca antes en la historia de la creación. Eso es lo que en parte habéis estado experimentando como individuo y especie en los tiempos actuales. Los acontecimientos parecen acelerarse cada vez más sin poder detenerse. Esa sensación de aceleración puede crear temor en las mentes que aún no comprenden las cosas desde la perspectiva de la eternidad. La aceptación de la unión que existe entre lo inmutable y lo que cambia, es lo que ahora te permitirá permanecer en paz. Ser conscientes de la relación que existe entre ambos es de lo que trata este nuevo umbral de consciencia al que la humanidad se ha adentrado.


Despertar al amor que eres en verdad sigue siendo el único propósito de este mundo. Permanecer en él es en sí la finalidad de tu consciencia y de tu alma, porque es la voluntad de Dios para su creación. Entender bien esto significa comprender la razón de la existencia, y descubrir el secreto de la vida. Una vez llegado allí, alcanzas el último peldaño de tu Scala Coeli. De ahí en más, ya no recorres un camino, pues no hay tierra que pisar, sino que vuelas el vuelo del espíritu, impulsado suavemente y de modo perpetuo por el viento de la sabiduría de Dios, tal como un bebé recién nacido es llevado en los brazos de su madre. Allí te unes al coro de la verdad. Desde luego, esto no es algo que se pueda conocer con la mente pensante, pues tal como ya se te ha dicho, existe una gran diferencia entre pensar acerca de la verdad, conocer la verdad tal como es y ser la verdad que se ha reconocido en la luz de la santidad.


Solo en la consciencia de Cristo puedes ver la luz del cielo. Solo en la pureza de tu inocencia perfecta puedes ver la verdad que eres. ¿Y para qué es necesario conocerte tal como Dios te creó? Para que puedas comprender la grandeza de lo que eres y contemplar la belleza de tu ser, de modo tal que puedas ser feliz para siempre haciéndote uno con ello. Recuerda que existes por causa del impulso creador de Dios para compartir con sus creaciones la dicha eterna; en la que permanece por siempre, y cuyo júbilo nada puede amenazar. En otras palabras, para que seas feliz en su amor.


Te he dicho, al inicio de este diálogo, que la felicidad solo puede hallarse allí donde Dios la ha puesto. Y que la ha preservado inviolable en la realidad de lo que eres en verdad, es decir en el amor perfecto de tu ser. Lo que se te quiere revelar con esto, es que la felicidad no es algo que haces o dejas de hacer, es lo que eres. Esto se debe a que el amor y la felicidad son uno y lo mismo. De aquí se desprende con facilidad lo que he venido a revelarte: la felicidad consiste en ser el amor que eres en verdad.


Antes de finalizar este encuentro santo, quiero despejar toda posibilidad de duda en tu mente y corazón. Quizá te topes con una paradoja, pues por un lado ya has alcanzado el conocimiento de que eres amor, y que lo que eres es inmutable; y al mismo tiempo tal vez sientas que no has alcanzado la felicidad duradera, cosa que sin dudas es cierto. Esto nos lleva a tener que expandir un poco más este asunto, aunque de modo muy breve.


Lo que eres es inmutable y por ende inviolable. Eso está fuera de toda discusión. Sin embargo, que eso sea verdad, no quiere decir que tu experiencia personal en el mundo esté alineada con ello. ¿Puedes ser amor y vivir como si no lo fueras? O sí. Claro que sí. Lo has hecho muchas veces en el pasado. No hay porque sorprenderse de ello.


¿Entonces, llegados a este punto la pregunta es, quién es ese tú que parece ser capaz de experimentar lo que no es verdad acerca de ti y de seguir recordando la pesadilla de la separación? Hijo Mío, ese tú es simplemente una ilusión. Una idea desatinada que se puede soltar y a la que no tiene sentido seguir alimentando en ningún nivel. Abandónala por completo ahora. No sólo a la idea en sí, sino a los recuerdos que cada tanto parezcan resurgir en tu memoria. En otras palabras, olvídate de lo vivido. Olvídate de todo y reposa serenamente en los brazos de mi amor. Permanece ahí todos los días de tu vida. Y verás como la dicha de lo que eres refulge en la luz de tu gloria.


Deja ir todas tus interpretaciones acerca de cómo son las cosas, y permite que lo que eres te muestre en qué consiste la verdadera felicidad, y dónde reside su fuente. Y te aseguro que no volverás a desear ninguna otra cosa que vivir en la verdad, fuente de toda plenitud.



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© 2021 Fundación Amor vivo -  Nuestro nombre "Fundación Amor vivo" busca representar nuestra aspiración de vivir siendo el amor que somos en verdad. Es decir, vivir aquí y ahora como el Cristo en nosotros. "Soy amor y nada más que amor" es la verdad que anhelamos hacer real aquí, ahora y siempre. Nuestra misión es extender la Luz de Cristo, viviendo, compartiendo y extendiendo los mensajes recibidos por Sebastián Blaksley al mundo entero, en unión y relación.

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