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Unidos en la resurrección, recibido por Sebastián Blaksley

I. Te miré y te vi


Amada de todo el universo. Una vez más te digo, eres la resucitada del amor. Observa que no he dicho que estás resucitada o que has resucitado, sino que eres la resucitada. Esto se debe a que tu ser y la resurrección son una unidad. No podrías resucitar si la resurrección no fuera un aspecto de lo que eres. No solo tú, sino todo el universo. Con ello se quiere recordar que, así como puedes retornar al amor, porque amor es lo que eres en verdad, del mismo modo resucitas a la vida eterna porque eres la resurrección y la vida.


Lo que aquí se está trayendo al conocimiento consciente en forma colectiva, es decir, a la mente universal, es que en el centro del corazón de todo ser viviente, independientemente de la forma que tenga, existe la chispa de vida eterna, la cual constituye su única realidad. En ella, reside la infinita potencia del amor perfecto. Esto incluye, por decirlo de algún modo, a toda santa virtud, toda belleza, toda verdad manifestada y por manifestar, así como también la resurrección a la vida eterna, como uno de los tesoros del reino.


El tiempo que estás viviendo, hija de la luz eterna, es el espacio temporal que existe entre el evento de tu resurrección y el de tu ascensión gloriosa al cielo. Esta senda, la cual se experimenta como si se tratara de fases, es la que transita todo el universo, en forma individual y colectiva. Yo fui el primero en recorrer y mostrar ese camino. Lo hice en la figura de Jesús. Recuerda que ser el primero no significa ser el único. Quiere decir simplemente que otros me seguirán. Entre ellos estás tú, que recibes estas palabras de vida eterna.


Cuando resucité, o dicho con mayor precisión, cuando abrí las puertas de la consciencia de la resurrección para todo el universo, vi tu resurrección junto a la mía. Te miraba desde la gloria de mi ser, y te vi resplandecer para siempre en la hermosura inefable que eres. Te miré y te vi. Sí, a ti. Muy concretamente a ti, que recibes esta revelación ahora. Recuerda que no hay un todo el mundo al que yo le hable, pues “todo el mundo” es un concepto. Te hablo a ti, y lo hago de corazón a corazón. Sabes bien de dónde proceden estas palabras. Y conoces también que son verdad.


En el centro de tu corazón existe el conocimiento de tu resurrección en unión con la mía. Hablamos como si fuéramos dos seres separados para que se pueda comprender en cierto nivel de la mente pensante, pero lo cierto es que no existe distancia entre el uno y el otro. Esto se debe a que, tal como ya sabes, somos unidad.


II. Tuya es la resurrección y la vida


En verdad, en verdad te digo que no hay tal cosa como “mi” resurrección, o como “tu” resurrección. Lo que en verdad, y no en ilusiones, existe es una consciencia totalmente amorosa que reúne dentro de sí a todo lo que existe y es, sosteniéndolo eternamente en la vida que nunca cesa y la dicha que no mengua jamás. Esa consciencia es Dios mismo, es el Amor perfecto. Es la fuente de la creación. En otras palabras, es lo que eres.


Si Cristo resucitó, tú también tienes que haber resucitado con Él, en Él y por Él. Sabes, pues ya estás bien cimentado en la verdad, que la resurrección no puede haber sido para Dios, ni algo exclusivo de su encarnación en la forma humana. Algo así carece totalmente de sentido. ¿Puede resucitar lo que es eterno? Dese luego que no.


Lo que resucitó fue esa pequeña parte de la mente del hijo de la vida, la cual había negado la eternidad como su única realidad. Para que ello fuese posible, se extendió al plano de la forma la potencia redentora de Cristo. Es decir, la capacidad del amor de hacer nuevas todas las cosas, llevarlas de regreso al estado de Gracia y sostenerlas en ella.


Si Cristo vive, también vives tú, pues no eres otra cosa que el Cristo en ti. ¿Cuántas veces recuerdas o piensas en mi resurrección? ¿Verdad que muy pocas? ¿Puedes observar qué poco espacio hay en tu sistema de pensamiento – y en el del mundo – para la resurrección? Ya hemos hablado de ello. Sin embargo, aquí retomamos este asunto con el fin de mirarlo en una nueva luz.


Si hay una creencia que se halla profundamente instalada en la estructura de pensamiento del mundo es la realidad de la muerte. De hecho, más allá de su reconocimiento o no, la fe puesta en que ella es real es la causa de prácticamente todo lo que el mundo hace y deja de hacer. Todo miedo encuentra su raíz en ella y toda falta de amor también. No existe un solo pensamiento del ego que no esté orientado en razón de la creencia en la inexorabilidad de la muerte.


Puede que los diversos caminos espirituales enseñen que existe la vida eterna y que hay un cielo, independientemente del nombre con que lo denominen y los atributos que le hayan dado. Aun así, la creencia en la muerte terrenal como algo real sigue instalada en la mente y el corazón de la humanidad. No en todos, por cierto, pero sí como patrón primordial de pensamiento. Transmutar esto es el propósito de esta revelación.


De poco sirve que reconozcas la verdad si no haces de ella el punto de convergencia de tu mente, tu corazón y todo lo que eres. Saber que no existe algo así como la muerte, en el sentido en que no puede proceder de Dios y, por lo tanto, no tiene fundamento, ni sustancia, ni realidad, y seguir viviendo como si no lo supieras es insensato. Del mismo modo lo es el saber qué eres y vivir como si fueras otra cosa.


III. Un nuevo ser santo


La resurrección es el regalo que, como tu Divina madre, te he dado desde siempre a ti y a todos, por la simple razón del amor. Eso no es algo que ocurrió en el tiempo, sino en el instante mismo de tu creación, puesto que forma parte de lo que eres. Lo que ocurrió en el tiempo es la toma de consciencia de ello, o su manifestación en el plano de la forma o estado de consciencia de separación. Lo que se manifiesta, procede de lo no manifestado. Por lo tanto, tiene que haber en ti un centro cuyo poder divino extiende resurrección.


Resucitar significa llamar nuevamente a la vida lo que había muerto. Dicho con más precisión, llamar a ser lo que había dejado de ser. En cierto sentido podemos decir que es un “revivir”, “renacer a la vida”, o “volver a ser”. ¿Acaso no es eso lo que ya ocurrió cuando yo hice de ti algo nuevo, y dejaste atrás la nube de amnesia que dificultaba la visión y aceptación de tu verdadero ser, lo cual te sometía a creer que eras lo que nunca fuiste, ni serás, porque no procede del amor? Sabes que ya no vives tú, sino que es Cristo quien vive en ti, y que has renacido de lo alto. Conoces que eres un nuevo ser. Lo que aún no has aceptado es que en ello reside la resurrección.


Hazte ahora esta pregunta ¿Qué es lo que un día dejó de ser en ti, y luego necesitó ser abrazado por el poder de la resurrección para poder revivir? La respuesta es evidente. Nada que sea real. Esto se debe a que todo lo que eres es santo, eterno y permanece inalterable en Dios. Y sin embargo, yo, que soy la verdad, el camino y la vida, resucité. ¿Cómo se comprende esto? Se lo entiende cuando recuerdas que la resurrección es el abrazo del amor, el cual se extiende hacia las ilusiones y las desvanece para siempre, dejando en el alma solamente aquello que es verdad, y que por lo tanto es extensión pura de Cristo, esencia y ser de todo lo creado.


La energía, por decirlo de algún modo, emanada del amor en forma de “poder de resurrección”, transmuta todo lo que toca, haciendo que aquello que estaba en disonancia con la amorosa voluntad de Dios sea recreado, de tal manera que pase a estar en perfecta comunión con ella. Recuerda que la verdad no tiene partes en la que pueda ser fraccionada o dividida. De tal manera que, si bien utilizamos diferentes expresiones, tal como voluntad divina, amor perfecto, o poder de resurrección todas ellas hablan de lo mismo. Hablan del ser que es fuente de todo ser, y de toda vida.


Amada mía. ¿Dónde reside tu conocimiento de la resurrección? Reside en el anhelo de ser. En esa fuerza irresistible de ser el que eres en verdad, más allá incluso de toda contrariedad. Ese deseo de ser, incluso en los casos en que parezca estar disminuido a casi nada, encierra dentro de sí todo el poder de Dios, incluyendo el de dar vida nueva a todas las cosas. En ella mora la fuerza creadora que ha dado y sigue dando existencia a todo lo que es santo, perfecto, amoroso. Ese poder reside en ti y en todo lo que existe, se mueve y es. Esta es la razón por la que la resurrección alcanza a todos por igual.


Hijo de la vida. Lo que aquí se está recordando con claridad es que no existe un solo ser viviente que no resucite. Todos y todo resucitarán en el amor. En efecto ya han resucitado, a pesar del hecho de que la toma de consciencia de ello pueda demorarse en el tiempo tanto como cada alma así lo disponga. Una vez más, has sido creada por la Madre de los vivientes. En ella no existe la muerte, ni como acto, ni como potencia. Ella es la vida sin fin, el amor que no tiene contrario, y la dicha infinita en la que su creación vive eternamente.





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