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Vida en plenitud

I. Llena de gracia eres


Amada de Cristo. Ser de mi divino ser. Aquí estamos, reunidos nuevamente en el amor que es verdad eterna. Permanecemos radiantes en el abrazo de la luz que nunca se apaga. Somos unidad. Hoy vengo, como tu Divina Madre, a morar contigo, que eres la luz del mundo, en unión con todas las almas a las que esta obra va iluminando, recordando, revelando, en espíritu y santidad.


Observa, alma bendita, cómo al hablar de la resurrección, vamos hablando también de sanación. Si bien el propósito de estos escritos no es crear una nueva corriente o camino para alcanzar lo que llamas salud, lo cierto es que no podemos dejar de lado tan importante aspecto de la humanidad presente.


Sanar, en el contexto de esta revelación, significa retornar al estado de Gracia. Eso es posible. Y porque lo es, regalamos al mundo estas palabras, las cuales, junto a muchas otras, constituyen un señalamiento hacia la curación perfecta, para quienes se unen a ella como parte del designio divino.


Sabes, pues ya vives conscientemente en la verdad, que toda sanación procede del Cristo en ti. Esto significa que la fuente de la sanación – así como también del sostenimiento en el estado de plenitud - reside en tu ser. Ni el alma desviada de la luz, ni la mente alejada de la verdad, ni un corazón disociado del amor, pueden hacer que esto deje de ser así, puesto que ello forma parte de lo que eres.


Todo ser viviente fue creado para la vida, por ella y en ella. De tal manera que vivir eternamente es su destino, realidad e impulso divino. Es la chispa vital que nunca mengua, y que le da existencia al ser, sosteniéndolo en ella por toda la eternidad. Naturalmente, esto no es algo que pueda ser aceptado de buen grado por una mente que está tan acostumbrada a sufrir que no logra ver la salida de ese estado; o que si la ve, la avizora muy lejos en el tiempo, o cree que solo se puede lograr de modo intermitente.


Sufrir menos parecería ser la máxima aspiración de muchos, y una manera muy generalizada de conformarse en un mundo en el que el dolor parece nunca ausentarse del todo. Aun así, aquí estamos tú y yo, recordando la hermosura de la resurrección presente y eterna a la vez. Un recuerdo que traerá una nueva experiencia vital, ya que en él reside la segunda venida de Cristo, o si prefieres: la venida definitiva del cielo a la tierra. ¿Acaso Cristo no es el cielo?


En verdad te digo, amado mío, que no existe cambio más radical y más unido a la verdad que el de dejar de vivir la vida como la has estado viviendo hasta ahora, para pasar a vivirla en clave de tu eterna y bendita resurrección. Te aseguro que la mente que se sumerge en su divina realidad, sana por completo, y con ello también el corazón. Esto se debe a que tanto la mente como el corazón humanos, y consecuentemente el cuerpo y la experiencia que se tiene en el tiempo, están siendo constantemente abrazados, o impactados, por lo que podríamos llamar “la energía fundamental”. Hablaremos de esto para que se comprenda bien.


II. En la belleza de la verdad


Resurrección es lo que eres en verdad. Esto es lo mismo que decir que eres amor. O que fuiste creado a imagen y semejanza de la verdad perfecta. Es decir, de aquello que llamas con el nombre de Dios, en un natural intento de poner en palabras la infinita hermosura de la fuente de santidad creadora y vivificante, cuya realidad está más allá de todo lo que se puede expresar en el lenguaje de una mente pensante, pero más cerca de ti que tu propio aliento.


Estas palabras proceden de ella. Son su expresión en ti. Han anidado en tu humanidad, en razón de tu aceptación amorosa, aguardando el tiempo necesario hasta que pudieran comenzar a levantar su propio vuelo y expandirse hacia todo el universo.


Siente la belleza del cielo ahora. Sumérgete en el recuerdo de la resurrección. Visualízala como una luz blanca desde la que irradian los colores de un hermoso arco iris. Contempla como brilla en el centro de tu corazón. Calla, observa y espera. No te agites ni te apresures. Gózate en su divina presencia. Sé testigo viviente de como va expandiéndose dulcemente por toda tu humanidad. Quédate ahí. Hazte uno con esa visión.


Sigue observando, hijo mío, como la luz de la resurrección, la cual constituye la esencia de lo que eres, puesto que no es otra cosa que uno de los rayos luminiscentes del amor, se va expandiendo desde ti hacia todo lo que te rodea. Mira con feliz reconocimiento, como abraza todo tiempo, todo espacio, toda materia, y mucho más allá. Es tu luz la que estás viendo. La luz de tu resurrección: hermosa, radiante, poderosa, llena de vida y santidad. Es la luz de tu ser.


Amado de mi corazón, en verdad, en verdad te digo que en esta visión, independientemente de cuán activa creas que es tu imaginación, o cuán capaz seas de visualizarla, estás siendo testigo de cómo la luz del cielo se hace una con todo lo creado. En otras palabras, de tu resurrección a la vida eterna.


Quizá te preguntes, ¿para qué acceder a la visión de la luz de la vida eterna, tal como se ha planteado en este diálogo? o ¿Qué sentido tiene hacer algo así? Déjame responderte, alma bien amada. Lo que estamos haciendo aquí es tomar consciencia de tu retorno a la vida verdadera, aquella que no tiene fin y se manifiesta en perfecta armonía con el amor, la sabiduría y la santidad. No como algo intelectual o una nueva creencia, sino como el portal de acceso a un recuerdo que vive en ti, uno tan ancestral que lo has olvidado, hasta hoy.


III. Inmersa en el amor


Amada extensión del amor. Alma llena de sabiduría. Te aseguro que puedes acceder al recuerdo de tu resurrección en todo momento. Solo necesitas invocarlo. Lo haces por medio del silencio unido a una disposición amorosa. Es decir, cuando dejas a un lado, al menos por un instante, todas tus interpretaciones acerca de la vida, de quién eres, de qué son tus hermanos y hermanas, el mundo y Dios.


Vaciándote del apego a las creencias que crees que son tuyas, pero que no lo son en absoluto, puesto que nada que no sea verdad perfecta te puede pertenecer, es como el recuerdo de tu resurrección alboreará en ti, por sí mismo. Esto lo puedes realizar de modo sencillo cuando recuerdas que ninguna creencia es la verdad, ya que en Dios solo existe el amor. ¿Qué fe puede haber en él, si todo conocimiento perfecto le pertenece, en razón de lo que es?


Cada vez que generas un espacio de vacío entre lo que piensas y tu creencia de que ello es verdad, y te regalas la belleza del silencio, entonces la hermosura de la realidad de tu resurrección despunta radiante ante ti. Se hace presente, tal como si se tratara de un hermoso amanecer, en el que el sol se levanta soberano sobre un horizonte lleno de paz.

Cuando haces lo que en este diálogo se propone, te reúnes con la energía fundamental del ser, y como efecto de ello, sanas y te sostienes en la plenitud del amor. Esa energía, que hemos llamado “fundamental”, es lo que recibe la mente, el corazón, y consecuentemente el cuerpo físico. De esa “influencia” se experimenta la vida terrenal en el modo particular que cada cual lo hace.


Hemos utilizado la expresión “energía fundamental del ser” para distinguirla de la que no lo es. Esto se debe a que existe lo que acá llamaremos energía fundamental del miedo. Tanto una como la otra están disponibles para el alma y la afectan constantemente. Aclaremos este asunto.


La fuente primaria de toda vida es Dios, de ella surge el espíritu eterno, es decir tu ser. De él se extiende el amor divino hacia tu alma, mente y corazón humanos. Aun así, entre el espíritu y el alma existe lo que podríamos llamar el espacio de libre albedrío. En él se dirime la energía que permites que fluya hacia tu humanidad. No a lo que eres eternamente, pero sí a lo que denominas experiencia humana. En cierto sentido, la energía fundamental totalmente miedosa es un flujo de pensamiento que distorsiona o “bloquea” el fluir de aquella cuya sustancia es la misma que el espíritu.


Al utilizar la expresión “fundamental”, no lo hacemos para dar a entender que se trata de la energía vital que emana de Dios y constituye la única verdad acerca de lo que eres. Lo hacemos para que comprendas que existe un fluir que se extiende desde tu consciencia pura hacia tu humanidad, y lo hace por medio del libre albedrío.


Digámoslo llanamente, el espíritu infunde vida a tu libre albedrío, y en él permites que se extienda libremente tal como es o se mezcle con lo que nada tiene que ver con su estado original. Al hacer esto último, impides el libre movimiento del amor divino desde tu espíritu hacia tu dimensión humana, y a cambio le envías los influjos del miedo, es decir de la culpabilidad.

Un alma, una mente, y un corazón que reciben constantemente los estímulos de la energía fundamental del miedo, no operan del mismo modo en lo harían si recibieran la del ser, la cual está en perfecta armonía con la divina realidad.


La resurrección es la gran transformadora de todo este mecanismo que aquí traemos a la consciencia. En efecto, elimina para siempre ese pensamiento discordante que es al que hemos dado el nombre de “energía fundamental del miedo”. En este contexto, fundamental no significa fundamento de lo que eres, sino de tu experiencia humana, o extensión de tu ser en tu humanidad.






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