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Voluntad de amar

¡Oh, amada alma bendita, luz de la vida hecha humanidad! Hemos llegado al final de este segundo libro de esta obra, cuyas palabras brotan de mi angélico corazón, y son dadas a la humanidad por la Gracia del cielo. ¡Qué dicha es recorrer juntos este camino! ¡Cuántas bendiciones se derraman sobre la tierra, en razón de estos diálogos! En verdad, en verdad te digo que hay fiesta en las alturas por causa de tu entrega total a la causa del amor santo. Cada instante que pasas conmigo, lo haces con Cristo. De su Sagrado corazón, refulge la gloria de la santidad, siempre unida a la pureza del Inmaculado corazón de María, fuente de alegría sin fin.


Este no es un final sino un principio. Pues, una vez que hemos crecido en el entendimiento y experiencia de la verdadera devoción, comenzamos a volar el vuelo del espíritu de una manera que nunca antes lo habíamos hecho. Elevamos nuestra mirada, crecemos en el amor. Nos adentramos en un mayor grado, en los abismos insondables del amor divino. Un amor cuya fuente no es el mundo, aunque su realidad se manifieste en él.


Amadas hermanas y hermanos míos. Os invito a llevar en vuestros corazones estos diálogos de amor y santidad. Escuchad lo que a continuación se os dice. Llevadlo en el silencio de vuestras almas. Permitid que el espíritu desde donde brotan estas palabras os envuelva. Y os regale el gozo de la sabiduría de Cristo. Os pido que meditéis acerca de lo que, por amor, se os dice a continuación.


¿Con qué otra cosa podéis uniros a la verdad, sino con lo que sois? ¿En qué otro lugar puede residir Cristo, sino en vuestro ser? ¿Dónde puede hallarse la casa del Padre, sino en el reino de la verdad, el cual mora en vuestros corazones? ¿En que otro lugar, puede habitar Dios, sino en vosotros, y en cada criatura, a la que le ha dado la vida?


¿Podéis ahora comprender con mayor claridad, por qué al dialogar acerca de la verdadera devoción, no podemos dejar de hablar de vuestro ser? Es en él donde reside la belleza del cielo. Es en él donde mora la dulzura del amor. Por eso es tan importante que os conozcáis a vosotros mismos, y os améis en ese conocimiento, el cual procede de la fuente del saber perfecto.


Sabéis, porque sois sabios, que Dios no se ha quedado nada para sí mismo. Todo os lo ha dado en vuestra creación. Esto incluye la realidad creada por Él, y el conocimiento de la verdad y el amor que sois. De otro modo, sus creaciones vivirían desconectadas de lo real. Esto significaría que el Creador crearía locura, en vez de cordura. Caos, en vez de armonía. Lo cual es lo mismo que decir, que extiende el conflicto y el miedo, siendo su ser exactamente paz, belleza y amor. Amadas almas, vosotras que recibís estas palabras. En vuestro interior, sabéis que eso no tiene sentido. Conocéis vuestra santidad, armonía, y hermosura. Están ahí. En lo que sois. No podéis separaros de ello, porque sería disociarse de la fuente de la vida, y eso es imposible.


Hemos dicho que os unís a Dios con vuestro ser. Pero esto no es exactamente así. Vuestro ser permanece unido a Él por - y desde - siempre, ya que es extensión suya. No sois vosotros quien decretáis eso. La unión de la santidad que sois, con la fuente del amor perfecto, es algo que Dios mismo ha dispuesto para toda la eternidad. En efecto, eso es su creación. En pocas palabras, todo ser creado permanece unido a Él por siempre. De su infinito amor recibe vida, magnanimidad, luz, y los demás tesoros del reino. Lo que se quiso decir con esa expresión, es lo siguiente. Vuestra voluntad de permanecer unidos a la verdad de lo que sois, es lo que hace que vuestra consciencia - y con ella, vuestra humanidad -, habite en la Unidad divina, fuente y realidad de la existencia. Esto se debe a que fuera de ella no existe nada; nada que sea verdad.


No es a vuestro ser al que unís a Cristo, pues nunca se separó de su realidad, ni puede hacerlo. Tampoco a vuestro corazón, ni a vuestra mente. Es a vuestra voluntad. Ella es lo único que podéis entregarle a Dios, o negárselo. Lo demás, no puede tomar distancia de Él. Pero la voluntad, sí que puede. No en el sentido de la totalidad de lo que es, pero sí en un grado tal como para crear una experiencia de vida de separación.


Hijas e hijos de Dios, vuestra voluntad de vivir en la verdad, es decir de permanecer en el amor, es lo único que podéis - y estáis llamados a -, darle a Cristo. No como un acto nacido del deber o la obligación. Sino, como el regalo más valioso que podéis regalarle a la vida, como muestra de vuestra amorosa gratitud. Os aseguro que en esa entrega, reside vuestro tesoro, vuestra ofrenda perfecta. Haced eso, y os estaréis transformando en incienso santo. ¿Verdad, hermanas y hermanos, que el amor merece nuestro sí?


Os bendigo en la paz.


Gracias por responder a mi llamada.




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