AQUÍ
—Amada mía, alma llena de luz,
déjame recordarte
lo que ya sabes
y a menudo olvidas.
Recibe estas palabras con amor,
con una disposición serena
a la dulzura del Amor.
—¿Qué es aquello que olvido?
—Que hay un momento
en que dejamos de buscar.
No porque hayamos encontrado
todas las respuestas,
sino porque comenzamos a reconocer
que la pregunta más profunda
nunca estuvo lejos de nosotros.
Estaba aquí.
En la vida que ya vivimos.
En el cuerpo que ya tenemos.
En el día que ya ha comenzado.
—¿Y por qué seguimos intentando llegar?
—Porque a veces creemos
que existe una vida verdadera
esperándonos detrás de esta.
Una vida más plena,
más consciente,
más luminosa.
Pero el Amor no te pide
que llegues a otra vida.
Te invita
a estar enteramente
en esta.
—¿Incluso aquí,
con todo lo que la vida trae?
—Precisamente aquí.
Donde alguien te mira.
Donde una palabra puede herir
o devolver la paz.
Donde el cuerpo se cansa.
Donde una puerta se abre.
Donde algo termina
y algo comienza.
Donde no sabes.
Donde amas.
Donde pierdes.
Donde vuelves a empezar.
Aquí es donde el Amor quiere estar.
No por encima de tu humanidad.
No después de tu humanidad.
Dentro de ella.
—Entonces, ¿qué significa habitar?
—No controlar la vida
para que se parezca a lo que imaginas.
Significa dejar de vivir
en otro lugar.
Dejar de estar siempre
un poco más adelante,
un poco más atrás,
un poco más lejos de ti misma.
Y volver.
Volver al cuerpo.
Volver al instante.
Volver al encuentro.
Volver a lo que está sucediendo.
No para hacer de cada momento
algo extraordinario,
sino para descubrir
que nada necesita ser extraordinario
para ser habitado por el Amor.
—¿Y cómo sé que estoy habitando?
—Cuando aquello que un día reconociste
ya no necesita ser explicado.
Cuando la Presencia
ya no necesita ser buscada.
Cuando la verdad
ya no necesita ser defendida.
Cuando el Amor
deja de ser una idea
y comienza a vivir
en tu manera de estar.
En cómo escuchas.
En cómo miras.
En cómo tocas.
En cómo dejas ir.
En cómo permaneces.
En cómo vives
cuando nadie está mirando.
—Entonces habitar no es añadir algo a la vida.
—No.
Es quitar aquello
que te mantiene ausente de ella.
—¿Y qué queda cuando ya no estoy ausente?
—Esto.
Estar aquí.
Enteramente aquí.
No esperando que la vida comience.
No esperando convertirte
en alguien capaz de vivirla.
Aquí.
Ahora.
Tal como eres.
—¿Y el Amor?
—Permite que encuentre en ti
un lugar donde habitar.
Porque el Amor
no vino a sacarte de la vida.
Vino a habitarla.
Y la vida no es solamente
aquello que te ha sido dado.
Es también
el espacio sagrado
en el que el Amor
puede hacerse visible.
Por eso, amada mía:
HABITA LA VIDA.
No huyas de ella.
No la conviertas en un camino
hacia otra parte.
Entra.
Permanece.
Vive.
Y deja que el Amor
la habite plenamente en ti.





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