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UNIDAD

La separación es una experiencia.

No una verdad.


Puede sentirse real en el miedo,

en el dolor,

en el juicio,

en la sensación de estar solos frente al mundo.

Pero aun allí, en lo más profundo, algo permanece intacto.


La unidad no es una idea espiritual.

No es una teoría elevada para comprender con la mente.


Es la realidad silenciosa que sigue sosteniendo toda vida, incluso cuando la olvidamos.


Cada vez que creemos que el otro es completamente distinto de nosotros, el miedo encuentra un lugar desde donde crecer.

Y junto al miedo aparecen la defensa, la competencia, la necesidad de controlar, la violencia visible o invisible.


Pero el amor siempre recuerda otra cosa.


Recuerda que debajo de las historias, los nombres, las heridas y las diferencias, existe una misma fuente latiendo en todos.


No una uniformidad.

No una pérdida de singularidad.

Sino una comunión más profunda que toda apariencia.


La unidad no borra el rostro único de cada ser.

Lo revela.


Porque solo cuando dejamos de vivir separados del amor podemos comenzar a encontrarnos verdaderamente unos a otros.


Tal vez por eso el corazón reconoce lo que la mente muchas veces no puede comprender.


Reconoce que nadie sana solo.

Que nadie despierta solo.

Que nadie puede sostener la vida únicamente desde sí mismo.


Toda existencia está entrelazada.


Como eslabones invisibles de una misma corriente.


Y cuando uno recuerda el amor, de algún modo también ayuda a recordar a todos.

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